Parece que la tendencia es imparable y que, en unos pocos años, ya no usaremos el dinero físico porque todo lo pagaremos con la tarjeta o con el móvil. Son los países nórdicos los que avanzan más decididamente en esta dirección. Así, por ejemplo, en Suecia la proporción de pagos en efectivo en las tiendas cayó del 40% en 2010 al 15% en 2016, según el Banco Central de este país.

Sin embargo, causa verdadera estupefacción que esto no suscite un intenso debate. Sobre todo, porque pese a sus ventajas los riesgos e inconvenientes son enormes. No cabe duda de que, si todos nuestros pagos los tuviéramos que hacer mediante medios digitales, el dinero negro y el fraude fiscal asociado desaparecería. La consecuencia sería que Hacienda ingresaría bastante más dinero.

Bien, pero si todo nuestro dinero estuviera en los bancos, ¿qué pasaría en la próxima crisis financiera? Ya no cabría discutir si los Estados deben garantizar (con nuestros impuestos) el dinero de los depositantes y hasta qué límite. Como todos tendríamos que tener nuestro dinero en algún banco, para así poder hacer nuestros pagos digitalmente, los Estados estarían obligados a salvar el dinero de todos. Máxime cuando han sido ellos los que nos han forzado a meterlo en los bancos. Tampoco quedaría ninguna duda de si habría que salvar a esos bancos con el dinero de los contribuyentes. Habría que hacerlo, sí o sí.

En otras palabras, cuando aún estamos pagando las consecuencias de la última crisis financiera, motivada en gran medida por los excesos de los grandes bancos (y la incapacidad de las Autoridades bancarias para vigilar sus actividades), así como por la elevada dependencia que nuestra economía tiene de ellos, se pretende que vayamos hacia una situación en la que la economía de los países, y la de todos los ciudadanos, dependan de los bancos totalmente, al 100%.

Eso, cuando no es nada evidente que los Estados (y sus supervisores) hayan aprendido a vigilar eficazmente a estas entidades y puedan, por tanto, garantizarnos a los ciudadanos que, a partir de ahora, las actividades bancarias se van a guiar por la prudencia (y no por la avaricia) y que van a asumir solo los riesgos que estén estrictamente justificados.

Por supuesto que hay más razones, y de peso, para estar en contra de la supresión del dinero efectivo, pero solo con esta que acabo de mencionar debería bastar para que se hubiese montado un revuelo de campeonato. Y nada, como si tal cosa.

Es tan absurdo que parece como si todo esto no fuera más que un rebuscado experimento psicosociológico (de esos que tienen un montón de cámaras ocultas y todo) para ver cómo va reaccionando el personal. ¿Y cómo reacciona el personal? Pues, nada, ¡muchos tragándose el anzuelo y presumiendo de modernos tecnológicos!

2 comentarios

2 Respuestas a “Me fío tanto de los bancos que quiero que lo controlen todo”

  1. Alicia dice:

    Es impensable hacer un trayecto en metro sin que te encuentres una extensa variedad de tocadores de diversos instrumentos musicales, cantantes, repartidores de caramelos por la voluntad y, cómo no, algún cojo ―perdón, discapacitado con movilidad reducida―que, al margen de picarescas en las que de toda la vida se ha dicho los españoles hemos sido de toda esa misma vida de ese mismo Dios unos artistas (aunque no más artistas que bastantes venidos de otras latitudes, que hay que ver lo bien y lo deprisa que aprenden), acarreando cada cual con su historia y sus circunstancias personales, quién sabe si su único medio de supervivencia no serán esas monedas que recogen en su vasito de plástico.
    Muchos de ellos, y lo sé de “buena tinta” no tienen posibilidad alguna de abrir una cuenta en un banco. De manera que de tarjeta de crédito ni hablamos.
    Al margen de otras cuestiones de economías más “macro”, en las que me pierdo, ¿qué pasaría con esas gentes? ¿Cómo utilizarían las ganancias recogidas en el vasito de plástico?
    Que qué tonterías digo; qué ganancias si ya no habría monedas que depositar en el vasito.
    No morirían de hambre, eso es verdad. Que tengo una amiga que tiene un amigo mendigo y me cuenta que dinero no mucho, la verdad, pero sobrecitos de fiambre, queso, cartones de leche y otros artículos no perecederos, se encuentra con tanto ―porque pícaros seremos, pero generosos también, Sancho-Quijotes al dos por uno, en plan oferta― que, dice mi amiga, “me lo termina regalando para que no se le estropee” y que, dice también “a mí me da vergüenza, pero qué puedo hacer”.
    Le digo que “pues, oye, regálaselo tú a otro mendigo”. Y, ella a mí, “¿y si no tiene el pobre (amén de mendigo) a quién regalárselo?”. Y que es que no la escucho.
    Y es que, La Biblia lo dice muy bien ― ¿o no es la Biblia? Bueno, no importa―, no sólo de pan vive el hombre sino ―que eso ya lo digo yo―de la pequeña parcela de libertad de la que con sus habilidades sepa rodearse.
    Así que, que dejen el asunto del dinero tal y como está, que como dice mi amiga, “si el dinero desaparece y esto va a más me tendré que buscar una ONG a la que darle los sobrecitos de fiambre y de queso, y los cartones de leche, para que ni se estropeen ni se caduquen”.
    Que, bueno, sería sí una solución para mi amiga que, dice también, “aparte de hacer una obra de caridad sin desembolso alguno, con lo que me ahorrase comiéndome yo misma todos los sobrecitos que mi amigo me regala que pudiese tendría para regalarle yo a él ―comprados con la visa, claro―unos zapatos o un anorak cuando lo necesitara”.
    Y que qué me parece.
    Yo le contesto que un trajín tontísimo que sólo hace complicar las cosas. Pero me quedo pensando si soy del todo sincera o es que tengo miedo de que mi amiga, en un ansia desmedida de ser una benefactora o donante VIP (como hay personas que son tan vanidosas) se lo mande todo a la ONG y ya no me dé a mí el sobrecito de mortadela que de vez en cuando me llega de rebote.
    Así que mi amiga y yo hemos pensado ―tenemos nuestras diferencias pero en ese punto estamos de acuerdo― que lo mejor es que se queden las cosas como están (que no es que estén muy bien y también estamos de acuerdo en eso) y que cada cual se gaste su dinero como quiera.
    Y que el buey suelto bien se lame. Dice, mi amiga, mujer sencilla ella y muy de proverbios.

  2. Estimado Manuel,

    No sólo nos tragamos el anzuelo, sino que hasta nos tragamos el sedal entero, disfrutando como si de un plato de espaguetis se tratara.

    Y si alguien nos dice algo, hasta nos enfadamos porque nos interrumpen la comida.

    Un saludo.

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