BUSCANDO LA ESENCIA EN EL ZETTABYTE

Un centro de datos o data center es una instalación en la que se concentran decenas o cientos de servidores y miles de discos duros. En cada uno de ellos se almacena una parte de los datos que se vuelcan en Internet. Hay alrededor de 2500 de estos centros repartidos por todo el mundo y la información se mueve continuamente de unos a otros, copiándose en más de uno, para que, en el caso de que suceda una catástrofe, como un atentado o un terremoto, los datos no se pierdan.

No puede saberse con exactitud cuántos datos hay almacenados en Internet, ni cuántos de ellos se mueven cada día. En un estudio publicado en Science en el año 2011 se afirmaba que la cantidad de información digital generada por la humanidad hasta el año 2007 era de 295 trillones de bytes y había aumentado hasta los 600 trillones en el 2011; es decir, se había duplicado en solo cuatro años. Hoy en día, terminando 2015, se da por seguro que los datos almacenados ya superan el zettabyte: los mil trillones de bytes.

Para hacernos una idea de la magnitud de estas cifras, un libro digitalizado en formato pdf puede necesitar entre 1 y 5 millones de bytes de almacenamiento, mientras que una película de alta definición necesita 1000 millones de bytes (un billón de ceros y unos) por cada hora de duración; de manera que  toda la información depositada en Internet equivaldría, como mínimo, a 200 billones de libros o a medio billón de películas de 2 horas.

Como sucede con las bacterias, si nada lo detiene el crecimiento de los datos es exponencial. Se estima que antes del año 2020 Internet tendrá 5000 millones de usuarios, más de la mitad de los 7700  millones de seres humanos que poblarán el planeta. Todos ellos con la posibilidad de crear su página de Facebook, subir vídeos a YouTube o enviar tuits o mensajes de Whatsapp, en el supuesto de que esas empresas sigan existiendo.

Continuamente se nos recuerda que vivimos en la era de la información; aunque, para ser precisos, deberíamos matizar que vivimos en la era de las informaciones y los datos. Al tener a nuestra disposición un gigantesco almacén de informaciones y al recibir cada día, querámoslo o no, cientos o miles de ellas, consideramos que estamos informados. Aunque, tanto en lo que recibimos como en el almacén, no exista ninguna jerarquía y se guarde todo, desde las fotos de la paella que nos comimos el domingo hasta las obras digitalizadas de Platón.

Textos, imágenes, sonidos, formas y todo lo que pueda digitalizarse se está almacenando en Internet, en la nube, que es un término que describe perfectamente su carácter cambiante, volátil e indefinido; casi inmaterial. Allí se están depositando todos los conocimientos y testimonios de la humanidad. Desde la Antigüedad, y durante milenios, se ha considerado que las bibliotecas eran un depósito de sabiduría. Ahora comienza a extenderse la idea de que pronto dejarán de ser necesarias, ya que disponemos de una biblioteca universal.

Se precisa información para producir conocimiento, pero disponer de la primera, aunque sea en ingentes cantidades, no garantiza lo segundo. Hace falta criterio para seleccionar los datos, asociarlos y, con ellos, producir un mensaje. Y hace falta más criterio todavía para interpretar correctamente los mensajes, para detectar o intuir su trascendencia o su parte de verdad.

Paradójicamente, ahora que disponemos de más informaciones que nunca también estamos mucho más cerca de una única forma de pensar.  Salvo que sepamos dónde está, cuando queremos encontrar algo en la nube utilizamos un buscador; pero cada buscador encuentra aquello para lo que está diseñado, obedeciendo las instrucciones de un algoritmo de búsqueda que, además de localizar, prioriza unos resultados por encima de otros; por ejemplo colocando en primer lugar los enlaces más visitados, con lo que, apareciendo los primeros, todavía se visitan más.

No todos los buscadores funcionan así, los hay más especializados que otros, o que utilizan otros criterios para valorar lo que ofrecen en primer lugar; pero, en la práctica, Google se ha convertido en el principal y casi único buscador. Lo mismo que está sucediendo con Wikipedia en muchos trabajos, rápidos y poco rigurosos, de investigación.

Desde que los seres humanos compiten por el territorio, sea este físico o ideológico, la tecnología y la información han proporcionado ventaja o poder sobre el adversario. Así es como lo siguen entendiendo las empresas, los Estados y cualquier otra corporación o grupo de poder. Los datos son un bien preciado porque, sabiendo analizarlos, sugieren relaciones entre los fenómenos, indican tendencias,  y, en consecuencia, nos permiten anticiparnos a los acontecimientos.

Pero el volumen de datos es tan abrumador que ha sido preciso diseñar tecnologías y procedimientos para recopilarlos y encontrar patrones en ellos. Una parte de esta recopilación y  análisis se lleva a cabo por humanos, pero con el desarrollo de la inteligencia artificial, otra buena parte se ha automatizado; delegando en las máquinas la toma de decisiones que sean acordes con los resultados.  Un ejemplo clásico es el de los ordenadores vinculados a las actividades bursátiles, que emiten órdenes de compra o de venta siguiendo las reglas y persiguiendo los objetivos que se les hayan fijado; se trata de emitir más órdenes, llegar más lejos y ser más rápido que los ordenadores del contrario.

La predicción y la toma de decisiones a partir de los datos masivos se está extendiendo en todos los ámbitos, no solo los empresariales, sino también militares, sociológicos, científicos, políticos o educativos. Los datos, creciendo y alimentándose a sí mismos, deciden las campañas publicitarias, los movimientos más probables de la población, los daños colaterales de una acción impopular o las vacunas que nos vamos a poner y cuántas de ellas serán necesarias. Y con ello se está imponiendo una realidad y una única verdad: la verdad de los big data.

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Sobre Enrique Sánchez Ludeña

Enrique Sánchez Ludeña, nacido en 1956, es licenciado en Ciencias Químicas, con la especialidad de Bioquímica y Biología Molecular, por la Universidad Autónoma de Madrid. Durante diez años fue profesor de ciencias y matemáticas en el Colegio Ágora. Simultáneamente, y desde entonces, se ha dedicado a la elaboración y edición de textos escolares y otros materiales didácticos sobre ciencias experimentales, tecnología e informática. Ocasionalmente colabora en actividades de formación del profesorado.

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5 Respuestas a BUSCANDO LA ESENCIA EN EL ZETTABYTE

  1. Manu Oquendo 16 noviembre, 2015 at 0:34 #

    Entre la incineración, los atentados, la paranoia del almacenamiento de bits y bytes y los sueños malignos de los especuladores del “big data” y del “meta data”, los fabricantes de almacenes de datos están de enhorabuena porque la neurosis no tiene fin a la vista.

    De aquí a la eternidad hará falta capacidad de almacenamiento. Somos acumuladores natos y afrontamos el desafío con entusiasmo.

    A los datos citados por el artículo habría que añadir todas nuestras conversaciones de voz digitalizadas.

    De repente lo mejor de nosotros, –nuestra huella digital– ya es eterna. Justo cuando los físicos se plantean las partículas informacionales.

    La inmortalidad ya solo exige que pongamos en marcha nuestra conciencia virtual con todos nuestros datos de alta granularidad a su disposición.

    ¿Qué pasó con los que abominaban de ambas cosas: la eternidad del acto humano y la inmortalidad del alma?

    Recordemos que nuestras partículas por debajo de un tamaño de 10 elevado a -33 son espíritu puro, inmaterial, y que de ellas emana todo lo que palpamos.

    El lado positivo es que por primera vez en la historia confluyen la Física, Las Mónadas de Leibniz y las religiones –adecuadamente interpretadas–.

    Todo tiene su lado bueno. Así que dispongámonos a la vida eterna. Es nuestro patrimonio.

  2. Sedente 16 noviembre, 2015 at 11:07 #

    Excelente de nuevo señor Oquendo.
    Todo será sabido y nada quedará oculto. Así parece ser.

    Al autor, don Enrique, quisiera decirle que parece que ha mandado la pelota a las nubes como con bate de béisbol y que existen muchos temerosos de la A.I. y de todo lo que ella supone, pero al hablar de su “esencia” no pude si no pensar en otras cosas.

    Antes quiero decir también, que yo he estado igualmente imbuido por los últimos acontecimientos y que arrastro, además y todavía, ideas sobre el artículo anterior “cariño y caridad” que no han dejado de brotar.

    Aún así, como digo, quisiera hacer ver otro punto de vista sobre el nuevo artículo ya que, estando uno en las nubes es fácil ver cómo una pelota lanzada con fuerza y destreza como con bate de béisbol describe una órbita en su cenit, y que debido a las fuerzas de la naturaleza, la pelota casi se detiene por completo pudiendo ver incluso y si estás atento hasta las palabras escritas en ella.

    Parece que al hablar de ordenadores pasamos de soslayo y por encima de la sensibilidad necesaria que hace falta para todo ello.
    La sensibilidad humana que hace falta para conseguir todo esto.
    El orden de las cosas.

    Es muy curioso que en nuestro idioma, a diferencia de otros, hablemos de forma coloquial de el ordenador. El ordenador y el orden de las cosas que existe dentro de él.
    Hemos conseguido con nuestra sensibilidad distinguir entre todo tipo de materiales hasta el extremo de ordenarlos con exquisitez y delicadeza para que todo esto tenga lugar o pueda ser.

    Hemos distinguido, separado, ordenado y ensamblado la esencia de los materiales para poder hacer todo esto.

    Qué sensibilidad encierran las manos del hombre en su hacer y proceder sin darnos apenas cuenta.

    Así el oro y la plata, el cobre, el aluminio, el silicio, las tierras raras y toda la amalgama necesaria para que todo esto tenga lugar.
    Para que luego, unos cuantos electrones, entren y salgan y se acumulen y oscilen, vibren, salten y en definitiva jueguen o sigan un camino establecido y dispuesto. Un camino necesario por y a través del orden y la esencia de las cosas.

    Espero que la misma sensibilidad continúe en el para qué.

    Saludos a todos.

  3. Afrodita 16 noviembre, 2015 at 20:31 #

    Me pregunto cuantísimos bytes van a subir a la nube con motivo de los atentados en París del pasado viernes. La prensa escrita, las televisiones, las emisoras de radio repitiendo una y mil veces con todo lujo de detalles lo ocurrido. Programas especiales en los que late, en las voces de quienes los dirigen y de quienes participan, la vanidad y el orgullo que los embarga de ser “¡yo, yo quien se solidariza con las víctimas!”, “¡yo, señores, y que conste en las actas, quien condena a los asesinos!”, “¡yo quien clama justicia!”.
    Cuantísima palabrería que a nada compromete de todo el que se siente protagonista cuando es invitado a decir.
    Sí, quedará constancia en la nube por los siglos de cómo el sufrimiento y el dolor y la injusticia llenan las bocas y las arcas de quienes encuentran en ellos oportunidad de ganar dinero y gloria.
    ¿Qué sería de la economía mundial si no existiesen el mal y la miseria?

  4. Sedente 17 noviembre, 2015 at 8:13 #

    ¿Es el oro en verdad un engaño, pues?
    Se convirtió el símbolo de lo parecido en pago por el hecho. Del Sol de un mañana. Más tarde se convirtió al oro en engaño en el pago pues ya no era ni oro. El metal se fue popularizando y el engaño fue aumentando. Finalmente apareció el papel y el bono y el plástico.
    El hecho sumó todos los anteriores engaños y el trabajo es ahora a veces tal engaño como un numero pagado en una cuenta en un banco.

    Y todo lo anterior lo soporta una micra de oro de un circuito integrado.
    Todo pagado en la suma de engaños y aún así seguimos buscando.

    El encontrar la esencia o la verdad en el zettabyte será todo un reto, pues la banalidad casi ha tomado el control de la vida.

    Me temo que la materia sabe quién tiene o no su pago y dónde está el oro y el hecho del que en verdad ha hecho.
    A ella, a la materia, no se le escapa nada, porque supo dónde estuvo al principio y dónde está ahora. Sabe quién la movió y el cómo y el cuándo.
    Sabe dónde cayó la gota de sudor y dónde la lágrima.
    Sabe a su vez el por qué y el para qué.

    Es así el juicio del hombre tan errático como su propio saber, más bien poco.

    ——–

    Pero bueno, al final parece que todo se arregla con un algoritmo. Ahora parece que todo se arregla con algoritmos.

  5. Manu Oquendo 17 noviembre, 2015 at 13:12 #

    Este campo ha sido mi vida desde 1964 y me gustaría ofrecer un par de perspectivas que nos afectan.

    En primer lugar, USA debe recurrir al metadata y al Big Data porque su sistema politico no ha tenido la fuerza de imponer un DNI como en España hizo Franco.
    Cuando tienes a cada persona controlada con un DNI electrónico no necesitas análisis muy sofisticados: Te vas directamente al DNI y tienes todo lo que necesitas: Desde Consumos “itemizados” concretos a conversaciones telefónicas digitalizadas.

    Ya está aquí el control total y eterno.

    En Segundo lugar, algo más extenso y más importante.

    No hay un solo Micro-Procesador europeo.
    Ni un Sistema Operativo.
    Ni Software de Organización y Gestión de Bases de Datos significativo.
    Ni un solo Aplicativo de Propósito general que sea líder de mercado.

    Todos los sistemas militares y civiles, privados y públicos, dependen por tanto de estos productos que no son europeos y sin ellos –y sus correspondientes actualizaciones periódicas– no puede funcionar ni un ejército moderno, ni una red de telecomunicaciones de voz o de datos en cualquier protocolo incluyendo el de Internet. El acceso a estos productos no es libre ni de mercado. Cualquier díscolo está sujeto a sanciones.

    Tampoco pueden funcionar bancos, bolsas, compañías eléctricas, los sistemas de generación de energía, los sistemas de navegación, inercial o de satélite. Ningún negocio puede hacerlo.

    En lo referente a las tan de moda “Redes Sociales” estamos en la misma posición..

    Europa es, -como en sus inicios de Señorona raptada, un continente en situación de Gran Dependencia.

    Tenemos el mismo nivel de dependencia estratégica, táctica y funcional que…. Burkina Faso.

    En realidad nuestra dependencia es mucho mayor porque nuestro “hardware” de todo tipo es más sofisticado.. Desde lavadoras a frigoríficos pasando por automóviles, aviones, drones, motocicletas y hasta esas bicicletas eléctricas que los ayuntamientos han puesto en las calles para que regresemos al pasado mejorando nuestro sistema cardiovascular.

    Tecnológicamente nuestra dependencia es de naturaleza colonial y ha sucedido en los últimos 50 años sin que nadie en Europa tuviese la capacidad de hacer otra cosa que ir cerrando iniciativas fallidas en tanto que nuestros gobiernos proclamaban –estúpidamente orgullosos– la firma de tratado tras tratado internacional que “supondría” más “facilidades” y “más crecimiento”.

    Si alguna vez Europa quiere levantar la cabeza del hoyo, tendrá que Re-Construir estas capacidades y para hacerlo vamos a necesitar Re-Negociar nuestra situación industrial con, como mínimo, las tres o cuatro grandes potencias mundiales: USA, China, Rusia e India.

    Esto no es ni siquiera “planteable” desde el “modelo” de Europa que se ha venido construyendo.

    Por mucho que el sistema judicial europeo nos lo quiera recordar de vez en cuando con sentencias sobre la privacidad en feisbuc.

    Mientras esperamos por alguna generación de Europeos capaces de planteárselo, debiéramos pensar en nuestro horizonte en esta Dimensión.

    Vamos a imaginarlo, por ejemplo, desde una escuela de “indepes” en Deltebre, desde otra en Cangas de Narcea donde los niños sean usados para mantener a profes de “Bable” o desde la Ikastola de Leiza un día de sirimiri.

    Ser independiente tiene mucha más tela de lo que parece y es evidente que nuestros políticos no lo quieren saber.

    Saludos

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