EL MOVIMIENTO MAKER

La producción en masa de objetos no solo ha propiciado la desaparición de los artesanos y de muchos oficios y profesiones sino que también ha limitado enormemente lo que cada persona, por si misma, puede fabricar, modificar o incluso comprender.

No obstante, aunque los artesanos han ido desapareciendo paulatinamente, siempre ha habido personas a las que les ha gustado construir cosas; siempre ha habido personas habilidosas y aficionadas a la tecnología, el cacharreo o el trabajo manual. Personas que necesitan hacer. Suelen ser además personas curiosas y, por tanto, juguetonas y creativas; que prueban, experimentan, desarman las cosas o les buscan utilidades que ni siquiera habían pensado aquellos que las idearon. Y así, observando, inventando, haciendo y reflexionando, es como aprenden. En muchos aspectos, la actitud y forma de trabajo de estas personas es muy similar a la de los artistas. Al igual que ellos, crean. Y sus motivaciones y formas de trabajo pueden llegar a ser muy parecidas.

En la mayoría de los casos, la construcción o reparación de artefactos por uno mismo es una afición más que una cuestión económica. Sin embargo, la posibilidad de adquirir, a precios asequibles, componentes, herramientas y equipamientos digitales, como las impresoras 3D o las cortadoras láser, para el diseño y la fabricación de objetos personalizados, unida a la facilidad que ofrece Internet para conectar a todo tipo de personas con todo tipo de conocimientos y habilidades, está transformando esta situación.

A lo que tenemos que añadir una actitud de rechazo al consumismo, los productos desechables, la obsolescencia programada, las imposiciones de las multinacionales y la dependencia de los productos tecnológicos y los especialistas. Todo ello va creando un ambiente, una cierta ideología y forma de actuar que pretende cambiar o contrarrestar la cultura y los abusos del sistema.

En este contexto es donde surge el Movimiento Maker, cuyo inicio se atribuye a Dale Dougherty, quien creó en 2005 las Maker Faries y la revista Make, para poner en contacto y dar visibilidad a los proyectos “Hágalo usted mismo”. Desde entonces, el número de comunidades, publicaciones y encuentros de “hacedores” no ha parado de crecer. Y no solo agrupa a frikis de la informática y la tecnología, sino también a diseñadores, científicos, artistas y, en general, a personas interesadas en desarrollar proyectos de forma colaborativa y multidisciplinar.

Paralelamente, están proliferando los llamados espacios Maker, que son lugares en los que la gente se reúne para compartir recursos y conocimientos, trabajar en proyectos, construir cosas y establecer relaciones y contactos. Son espacios pensados para idear y probar. En ellos podemos encontrar todo tipo de herramientas y utensilios, máquinas, materiales y componentes, desde destornilladores, pinceles, imanes y motorcillos eléctricos hasta impresoras y escáneres 3D. Algunos de estos lugares pueden estar dirigidos o tutelados por expertos, pero lo habitual es aprender observando y preguntando a los demás.

Y si lo que hemos inventado nos parece lo suficientemente útil o innovador y queremos comercializarlo, también hay fábricas que alquilan sus servicios y materializan nuestros proyectos. Podemos acceder a ellas desde nuestro ordenador, enviarles el diseño y las instrucciones digitales necesarias para la fabricación e indicar el tamaño de nuestro pedido, que puede ser de unos pocos ejemplares o de millones de ellos. Finalmente, también desde nuestro ordenador, es posible ofertar el producto a través de una página web.

Como puede verse, el movimiento Maker ofrece una alternativa al modelo actual de producción y consumo de bienes y servicios. También es una forma de autoempleo, ante el escenario laboral que están imponiendo la globalización, la automatización y la inteligencia artificial. Los artículos de consumo y las innovaciones tecnológicas ya no son creados y distribuidos única y exclusivamente por los grandes fabricantes y las compañías multinacionales, sino que es posible que cada cual elabore o participe en la elaboración de sus propios objetos personalizados. Probablemente esta forma de manufactura y distribución no sustituirá al modelo productivo actual, pero sí ofrece la posibilidad de modificarlo, o de reducir la dependencia que tenemos de él.

Con independencia del impacto social que pueda llegar a alcanzar, una de las implicaciones más inmediatas de la Cultura Maker es el potencial que tiene para transformar la educación y convertir el aprendizaje en algo estimulante. Muchas de las habilidades necesarias para el diseño y el desarrollo de soluciones y productos innovadores, como la creatividad, el pensamiento crítico, las destrezas manuales, la autonomía, la capacidad de adquirir, relacionar y aplicar todo tipo de conocimientos o el uso inteligente de la tecnología, apenas se atienden en la educación formal.

Al igual que sucede en el resto de la sociedad, en la escuela el conocimiento se consume pero no se construye. Unas de las principales críticas que pueden hacerse a la educación actual es que es excesivamente académica y poco significativa para los que aprenden. Se teoriza mucho y se hace muy poco. No se da respuesta a preguntas del estilo ¿qué puedo hacer con lo que sé? o ¿qué necesito aprender para hacer tal cosa?

Incluso reconociendo su valor, cuando se intenta implantar esta forma de trabajo en las escuelas nos encontramos con las inercias, las resistencias y los problemas estructurales del sistema educativo, que dificultan y casi hacen inviable este empeño. Las metodologías que centran el aprendizaje en la resolución de problemas y la realización de proyectos, no solo tecnológicos, se enfrentan a la escasez de recursos, la falta de formación de los profesores y la rigidez del funcionamiento escolar.

La primera de estas dificultades, la falta de recursos y equipamiento, es la más fácilmente solucionable. La limitación de medios se puede compensar, en parte, con la imaginación y el reciclaje (al fin y al cabo de eso se trata) y los reformadores educativos siempre están dispuestos a gastar dinero público en comprar impresoras 3D, kits de robótica o cortadoras láser y anunciarlo profusamente en la prensa, las radios y las televisiones. Así se crea la sensación de que la educación se está modernizando, de que no está desfasada con lo que demanda el futuro.

Pero no basta con disponer de los recursos si no hay quien sepa cómo utilizarlos. La cultura científica, tecnológica y artística de la población en general, y de muchos profesores en particular es claramente deficiente. Y tampoco basta con contratar profesores especialistas, sino todo lo contrario. Se necesitan personas con un perfil generalista y muy versátil que, además de ser tecnológicamente cultos, sean cultos en general; es decir, que además de tener ciertas destrezas y conocimientos técnicos, también tengan otros tipos de destrezas, o la predisposición a adquirirlas. No es este el tipo de profesor que se está formando en las Facultades de Educación. Ni en las otras.

Y aquí es donde interviene el problema principal: la organización del currículo en asignaturas y la distribución del tiempo escolar en intervalos pautados de una hora, que limitan enormemente cualquier metodología interdisciplinar y que se base en la construcción de conocimientos a través de la actividad de los alumnos. No se pueden relacionar conocimientos y personas si hay reglas y barreras pensadas para lo contrario.

Las estrategias y habilidades que se necesitan para el futuro no se están desarrollando en la educación formal. Pero sí se están ofertando como actividad extraescolar, incluso en los colegios y los institutos, fuera del horario escolar. Ya hay espacios habilitados y particulares o  empresas que ofrecen este servicio. En estos espacios, al igual que en las escuelas de música, los talleres de teatro o las ludotecas, por ejemplo, es donde se están desarrollando las habilidades realmente útiles para responder a la incertidumbre del futuro. Y este tipo de educación no es obligatoria, ni gratuita.

En sus conferencias, el doctor Stuart Brown, uno de los investigadores más reconocidos sobre el papel que desempeña el juego en el desarrollo de la inteligencia, suele contar la anécdota de cómo el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA descubrió que aunque estaban contratando a los graduados con mejores expedientes académicos estos no podían resolver problemas con la misma eficacia que los antiguos ingenieros, ya retirados. Al revisar el perfil profesional y personal de unos y otros, encontraron que la mayoría de los empleados más jóvenes no habían hecho cosas con las manos; es decir, no habían desarmado aparatos para ver cómo funcionaban, ni reparado una bicicleta o una tostadora, o construido un amplificador para el equipo de música. Es decir, estaban seleccionando a su personal con criterios equivocados. A partir de ese momento, preguntar sobre las aficiones y actividades actuales y pasadas, pasó a ser una parte esencial de la entrevista.

Esto mismo puede aplicarse a la mayoría de los trabajos. Y cada vez es más habitual que en los procesos de selección no se pregunte tanto sobre los títulos que se tienen sino sobre aquello que uno sabe hacer.

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Sobre Enrique Sánchez Ludeña

Enrique Sánchez Ludeña, nacido en 1956, es licenciado en Ciencias Químicas, con la especialidad de Bioquímica y Biología Molecular, por la Universidad Autónoma de Madrid. Durante diez años fue profesor de ciencias y matemáticas en el Colegio Ágora. Simultáneamente, y desde entonces, se ha dedicado a la elaboración y edición de textos escolares y otros materiales didácticos sobre ciencias experimentales, tecnología e informática. Ocasionalmente colabora en actividades de formación del profesorado.

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9 Respuestas a EL MOVIMIENTO MAKER

  1. Paz 7 junio, 2017 at 7:37 #

    De la misma manera que gente muy manitas sin base teorica tampoco les habria servido…

    • EB 8 junio, 2017 at 12:57 #

      Hola Paz, muy bien hace usted en recordar que por muy manitas que uno sea, mucho le ayudará tener “otros” conocimientos para tomar decisiones o simplemente para contemplar el universo. El problema es cuáles son esos “otros” conocimientos y cómo los obtenemos, algo sobre lo que el post nada dice a pesar de que la segunda parte se centra en educación (Enrique se limita a repetir deficiencias del sistema escolar pero como en posts anteriores sin entrar en una visión integral de educación, o sea de formación personal hasta graduarse de adulto, y en particular de cómo la educación escolar podría contribuir a esa formación).

      Peor, la segunda parte es precedida por una primera que deja en claro dos errores grotescos. Uno pensar que la autosuficiencia en lo que consumimos podría generar un nivel siquiera razonable de bienestar material (o alternativamente, ignorar que la especialización es la base del altísimo nivel de bienestar material que gozamos). Otro ignorar las grandes oportunidades que siempre y hoy más que nunca antes han tenido y tienen los “makers” (o alternativamente, pensar que no hay oportunidades porque la gran mayoría se decide por especializarse para obtener un mayor beneficio). Y por supuesto el error adicional de no relacionar ambos puntos.

      Nota: el Movimiento Maker es algo de menor importancia incluso dentro del mundo DIY (do it yourself).

      Nota2: lo dicho sobre autosuficiencia y especialización es válido tanto a nivel personal como a nivel familiar, tribal y nacional (si cabe alguna duda recomiendo estudiar lo que ha estado sucediendo en China e India).

      • Administrador 8 junio, 2017 at 14:08 #

        Me cabe la duda de si EB sabe exactamente lo que significan las palabras; en este caso grotesco. Según la RAE, algo grotesco es algo ridículo y extravagante (acepción 1) o algo irregular, grosero y de mal gusto (acepción 2).
        Se puede argumentar y criticar sin que por ello haya que ofender.
        Tengo la sensación de que estamos siendo excesivamente tolerantes con sus comentarios, tanto en el fondo como, sobre todo, en la forma.

        • EB 8 junio, 2017 at 14:42 #

          Para su información, uso la palabra grotesco en el sentido de ridículo o chocante o absurdo porque encuentro que los errores apuntados carecen de lógica y contradicen la evidencia histórica.

  2. pasmao 7 junio, 2017 at 17:10 #

    Simplemente recuerdo cuando era posible cambiarle uno sólo las bujias al coche.

    Abrías el capó y allí estaba todo. Todo a la vista, me refiero.

    Ahora abres el capó y no tienes ni idea de nada. Y el del taller tiene que enchufarle una maquinita para que lo “diagnostique”.

    Simplemente cuadrar los frenos de una bici de ahora, con tanto disco hidráulico.. requiere de herramientas sin fin..

    Pero si tienes el coche viejo al que podías “meter mano” llegará al autoridad competente y te dirá que eres un peligroso criminal del medio ambiente. Y en bici no podrás ir porque la junta de l trocola se ha descompensado.

  3. Santiago Salvador 8 junio, 2017 at 9:41 #

    Estoy de acuerdo con los argumentos que expresas en este artículo. Me llama la atención lo del último párrafo que trata sobre la contratación de personal para la Nasa.
    De otra parte, parece que, “de fábrica” parece que unos venimos con la curiosidad y afán por saber cómo funcionan las cosas, y desde pequeños nos arriesgamos a abrir los aparatos. Si tenemos suerte en los primeros intentos y reparamos algo, parece que esta habilidad nos va a acompañar toda la vida. Si, en cambio, de pequeño tienes malas experiencias con tus primeras incursiones al desguazar o reparar aparatos, puede que acabes perdiendo el autoestima y dediques tu energía y atención a otras habilidades.
    Por mi parte tengo rachas. En las últimas dos semanas he reparado el dispensador de detergente del lavavajillas (Fagor), el selector de potencia del microondas, he hecho la cirugía a la batería del portátil y le he cambiado las celdas por unas nuevas y mejores y he desmontado la tostadora para meter su piezas, excepto las eléctricas, en el lavavajillas para limpiarlas y lo he vuelto a montar de nuevo.
    Muchas de estas acciones han sido posibles gracias a la amabilidad de decenas de personas que graban en vídeos cómo reparar cosas y los comparten con los demás. Estos son unos nuevos profesores, con titulación o sin ella, que están ofreciendo la oportunidad de aprender a los demás de un modo, hace poco inimaginable.
    Mi reconocimiento desde aquí a todas las personas que dedican parte de su tiempo de ocio, a compartir sus aficiones con los demás.

  4. Loli 8 junio, 2017 at 15:47 #

    Si además de tener “ayuda” o “información”, al respecto de cómo un buen trabajo cirujano de “disección”, “arreglo de desperfecto”…o “apaño”, y “recomposición” del artilugio en cuestión, fuéramos capaces, se me ocurre, de aprovechar esas experiencias, y a la vez que nos aclaramos o entendemos por qué tal batería está colocada en una determinada posición u ocupa un determinado lugar, o es de un determinado tamaño, también se nos animara a conocer ¿qué es? y ¿cómo funciona?, almacenamos una “corriente de electrones” en un paquetito para luego dejar que “fluyan” a demanda donde lo necesitamos, ¿sabemos realmente qué ocurre?, y si lo sabemos, ¿podríamos conocer más cosas más allá de datos superficiales?.

    A lo mejor la “revolución tecnológica”, pueda servir para mucho más que para lo que ahora parece está sirviendo.

    O al menos, el gran potencial que se está desplegando en su ingeniería, y que en gran parte parece pensado para incentivar situaciones de entretenimiento y autismo en la sociedad, podría convertirse en un elemento importante y motivador de saber y conocer más de las Ciencias que actualmente realizan grandes avances…y alimentar, primero, nuestra curiosidad, y luego, a lo mejor nuestra…fascinación por aprender.

    Ese cable por donde se conducirá la corriente de electrones y que necesita ser “aislado” para que éstos sigan una dirección, ¿qué es un material aislante?…, pues igual resulta que para conocerlo de verdad, o averiguar más sobre ello, nos tenemos que mirar a nosotros mismos….nuestras importantísimas neuronas que no podrían hacer nada sin un elemento biológico ejerza de “aislante” en su cables axiónicos….

    A lo mejor no es todo acceder al último modelo de móvil que sale al mercado…con muerte programada de dos a tres años, o a lo mejo sería importante interesarnos por los materiales utilizados en ellos, acercarnos de algún modo a por qué y cómo funcionan y a mirarlos como herramientas de acceso a conocer más cosas.

    Las células de nuestro cuerpo tienen esa capacidad, de “éxitus programado”….y muchísimas más cosas….igual lo de la alta tecnología no es tan alta ni tan nueva….pero podemos averiguarlo.

  5. O'farrill 10 junio, 2017 at 14:11 #

    Compartir conocimientos es una de las experiencias mejores de la convivencia social. El aprendizaje permanente nos construye y vivifica hasta que, alguien, quizás con la mejor de las intenciones, nos convence de que los conocimientos están mejor en manos de expertos y que, por ello, debemos confiar en ellos y (añado) “depender” de ellos para cualquier cosa.
    La formación personal es uno de los derechos básicos del ser humano porque será la palanca que lo libere de las imposiciones y decisiones de los demás pero, al parecer, hay ya una mayoría capturada que prefiere la comodidad de “no saber” a la responsabilidad de “saber” y no responder. Esconden la cabeza para no enterarse de nada y así se creen más seguros en manos de los “profesionales” que se hacen cargo de su tutela.
    Un saludo.

  6. Ramón Gonzalo 14 junio, 2017 at 20:17 #

    La lectura de “El movimiento Maker”, (lo he abordado en la sala de espera de un hospital) ha sido, y no tengo por qué exagerar, el artículo que con más placer he leído desde hace meses. Ciertamente comparto todas las afirmaciones, hasta tal punto que (aunque no haga referencia más que a la vida familiar) en la educación de mis hijos me sentí urgido a complementar su formación académica dotándoles de esa lógica intelectual, que está presente en muchas aventuras domésticas tales como:
    • Discutir con ellos el posible arreglo de las cosas que se iban estropeando.
    • Confiarles desde muy pequeños el montaje de los enseres que llegaban desmontados…
    • Diseccionar los aparatos que íbamos a tirar para ver si entendíamos algo de su funcionamiento…
    • Construcción compartida de juguetes-artefacto medio ideados por ellos y con posibilidad de ser montados y desmontados a su antojo, utilizando siempre que fuera posible ideas suyas…
    • Discusión respecto a las posibilidades de éxito en los engendros que surgían y de los problemas de peligrosidad que conllevaran…
    • Secundar y permitir ese deseo adolescente de poner la cama sobre la mesa fin de gozar una mesa de enorme superficie… cama y mesa con iluminación, sonido, tele, alarmas… también diseñados y construidos por ellos…
    • Un etc. enorme
    Y, como dices, Enrique, no arreglábamos por economía, arreglábamos porque en un arreglo se suman dos lógicas: la que ha promovido el desgaste o la rotura, y la de cómo reparar, que además tiene su puntito de creatividad…
    Y no lo hacíamos para que su futuro se encaminara por el mundo tecnológico: lo hacíamos porque la globalidad de sus conocimientos entroncara con lo real…
    Me ha “emocionado” esa relación que haces de habilidades de las que dices carece la educación formal y que las aporta el hacer cosas útiles: pensamiento crítico, autonomía, capacidad de relacionar, capacidad de aplicar…
    Comprendo el placer personal de algún interviniente entre los comentarios al artículo cuando con ayuda de internet ha arreglado objetos domésticos. No sé si lo habrá hecho por evitar gastos: posiblemente no. Aunque si ha ahorrado unos euros, se sentirá además muy satisfecho.
    Acabo recalcando una frase del artículo: “No se pueden relacionar conocimientos y personas si hay reglas y barreras pensadas para lo contrario”.
    ¡De veras que he disfrutado!

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