A estas alturas ya es obvio que el escándalo por la manipulación de millones de coches de la multinacional alemana, para saltarse los controles medioambientales, tiene implicaciones mucho más profundas e importantes de lo que a primera vista parecía. A mí, particularmente, me llaman la atención las siguientes:

La incapacidad de los gobiernos para asegurarse de que las empresas cumplen sus leyes. Es evidente que algo ha fallado estrepitosamente en los mecanismos de vigilancia. Si el control de las emisiones de nitrógeno en los coches era tan importante para la política medioambiental europea, e incluso para la salud de las personas, ¿cómo es que, desde el año 2009 hasta ahora, nadie en Europa ha detectado las trampas? ¿O acaso era tan inconcebible que algún fabricante de coches cayese en la tentación de abaratar sus costes saltándose las normas? Que el mayor fabricante europeo de coches haya estado burlando todos los controles, en Alemania, en la Comisión Europea y en todos los demás países donde esos coches se fabricaban, no se explica solo por los fallos específicos que se hayan dado en este caso. En otros ámbitos también se han producido escándalos similares que han puesto en evidencia las debilidades de los sistemas de vigilancia de los gobiernos. Baste recordar, por ejemplo, que el desencadenante de la actual crisis económica fue el descontrol con el que estuvieron actuando durante años los grandes bancos. Como ya me he referido a esto en otras ocasiones no me extenderé sobre ello ahora.   

Todo apunta a que tenemos un problema estructural: ¿están verdaderamente capacitados los Estados para vigilar el cumplimiento por parte de las grandes empresas de aquellas normas legales que son importantes? Y si no lo están, ¿cuáles son las razones? En mi opinión, tiene mucho que ver con la falta de medios adecuados y de independencia de los respectivos organismos supervisores, que es tanto como decir con un mal diseño de la Función Pública. Aunque mucha gente es consciente del problema, no se acaba de abordar su solución y, cada vez que salta un escándalo de estos, todo se limita a buscar unos cuantos culpables y a pasar página, sin entrar en las causas de fondo.     

Por otra parte, hay un exceso de normas legales que mezcla lo importante con lo accesorio y dificulta su correcta aplicación. Tanto la Comisión Europea como los gobiernos se han convertido en máquinas de producir normas. Es un espejismo, pero hemos llegado a creernos que cada vez que un gobierno aprueba una nueva ley es que está tomando medidas, que está haciendo algo positivo para mejorar un determinado sector de actividad. Nos cuesta creer que, quizás, en vez de mejorar, lo está estropeando. Pero si un gobierno no produjese leyes, la oposición política y los medios de comunicación dirían que no está gobernando, que no está haciendo nada. Cuando lo cierto es que hay tal cantidad de normas legales que resulta realmente difícil para cualquier empresa (sobre todo las pequeñas y medianas) y no digamos para los ciudadanos de a pie, conocer exactamente cuáles son sus obligaciones.

Se trata de un problema mucho más grave de lo que parece: el que haya tantísimas normas hace que los ciudadanos y las pequeñas empresas seamos cada vez más vulnerables y estemos más en manos del Estado, porque aunque queramos hacerlo bien siempre habrá algo que estemos haciendo mal. Desde este punto de vista, uno casi da gracias al Cielo de que los gobiernos y las Administraciones carezcan de medios para vigilar el cumplimiento de todas esas normas. Pero, lógicamente, la solución debiera ser otra: producir solo las realmente necesarias y asegurarse de que esas se aplican bien.  

Un tercer aspecto inquietante es el exceso de complicidad entre los poderes públicos y los grandes poderes privados. También hemos hablado de esto. Es un tema complejo y con muchos matices. A fin de cuentas, hemos oído muchas veces que las grandes empresas son las locomotoras de las economías nacionales y que, en este mundo tan globalizado, el éxito de un país también se mide por el número de sus multinacionales que juegan en las primeras ligas mundiales. Siendo así, ¿alguien puede sorprenderse de que los gobiernos protejan y apoyen a esas empresas? De hecho, y volviendo al caso que nos ocupa, tras la primera reunión de ministros de industria europeos, el titular era: La UE cierra filas con Alemania frente al escándalo de Volkswagen. ¡Pues claro! Hasta el propio presidente de la patronal europea de fabricantes de automóviles, un francés y primer ejecutivo de la Renault-Nissan, competidor del fabricante germano, advertía a Bruselas de que este sector genera 12,1 millones de empleos en Europa. ¿Hay que recordar que en España este sector representa el 10% del PIB, el 9% del empleo y es fundamentalísimo en nuestra actividad exportadora?

Así pues, las complicidades se entienden. Yo diría, incluso, que son necesarias. Pero la cuestión es quién manda a quién en este maridaje. Y a costa de qué. Es evidente que los gobiernos tienen que mantener una autoridad y una cierta distancia respecto de las grandes empresas. Primero, por higiene democrática: muchas veces los intereses de estas grandes compañías no coinciden con los de la sociedad. Segundo, por eficacia económica: el apoyo excesivo a unas cuantas grandes empresas convierte a estas en monopolios de facto, y esto impide a otras más pequeñas crecer y competir con las mismas armas frente a aquellas. La solución pasa por disponer de organismos supervisores y de defensa de la competencia, que sean potentes y realmente independientes; mucha más transparencia y una regulación eficaz de las actividades de los lobbys.

El cuarto aspecto que quiero destacar es el papel clave que ha jugado la sociedad civil en destapar este asunto, como pista de por dónde deben ir también los tiros. Conviene recordar que quien ha descubierto las trampas de Volkswagen en Estados Unidos no ha sido la Administración medioambiental estadounidense (EPA), sino una ONG que encargó un estudio a una universidad. A partir de los resultados de ese estudio la EPA empezó a actuar. Ya sabemos que la sociedad civil norteamericana es mucho más potente que la europea, y por supuesto que la española, pero es un ejemplo más de lo importante que es que los ciudadanos nos organicemos, actuemos y no nos entreguemos tanto a los Estados, por la cuenta que nos tiene.

Es más, creo que si tuviéramos una sociedad civil mucho más activa y organizada, se podrían revertir y solucionar, en gran medida, los tres problemas que he citado antes. 

6 comentarios

6 Respuestas a “Cuatro lecciones del caso Volkswagen”

  1. Jose dice:

    1. La competencia en los temas de emisiones de los coches es nacional. Cada Estado MIembro decide cómo controla e inlcuso qué niveles de emisiones. Lo único que está armonizado a nivel europeo son las llamadas normas Euro (Euro 5, Euro 6, etc.). Una de las claves del fallo vienen de esta diversidad normativa y falta de armonizadción.
    Cuando con una norma común, el control es nacional, se compite por tener los controles más blandos. Si vendes en el país tal no te controlan, pero si vendes en este otro te pillan seguro. Por eso se debe armonizar, no sólo la legislación, sino el control de la legislación.

    2. Muchos Estados grandes están demasiado cerca del sector automobilistico por el brutal tamaño y peso que tiene esa industria en esos países (aelmania, Francia, España e Italia) y otros son demasiado pequeños para enfrentarse a multinacionales con presupuestos mayores que los del país. Cuando una multinacional dice que o me das subisidios o cierro, o me eximes de controles o cierro, y pongo a tus obreros en la calle, un Estado pequeño cede. Y así empieza la competencia entre Estados.

    3. La Comisión ha intentado regular las emisiones de coches, pero también los controles de emisiones, pero los Estados no lo han permitido hasta ahora.

    4. Controlar es muy caro. Se puede controlar las emisiones de 1 modelo de coche nuevo. Pero no se pueden controlar todo lo que sale de una fábrica. El sistema se ve obligado a confiar en el productor. A cambio se debe penar al que se le descubre vendiendo el producto adulterado. Pero los Estados no tienen capacidad política para imponer multas y pedir la devolución de unas ayudas, que casi siempre provocan la quiebra de una fábrica (vease el caso reciente de Alcoa en Cerdeña). Para ser capaz de hacer eso hay que estar muy lejos de la fábrica, de los obreros, de la empresa y de los votantes. Es decir, sólo se puede hacer desde Europa. Un Estado nunca aceptará poner una multa y pedir la devolución de unas ayudas si ello supone poner a 1500 obreros en la calle. Las empresas lo saben y hacen chantaje a los Estados amenazando con los despidos.

  2. Jose dice:

    Existe una regla sobre los controles: se deben hacer a un nivel de decisión superior al controlado, y aún así a veces no es suficiente y hay que subir dos niveles.

    Ejemplo: la competencia urbanística es de los ayuntamientos. La disciplina urbanística que controla los fraudes urbanísticos, no es de los ayuntamientos, sino de las CCAA.

    Aún así no basta, pues la CCAA tienen miedo a derribar las casas y construcciones ilegales permitidas por ayuntamientos corruptos. Las CCAA saben que los habitantes de una casa ilegal o los trabajadores de un hotel construido sobre la playa, también votan. Por lo que al final no derriban nada. Vease el ejemplo de Chiclana de la Frontera (Cádiz) donde el segundo partido político ha sido el de los dueños de casas ilegales que no quieren que se derriben. Lo lógico es que la disciplina urbanística en España dependiera de una autoridad reguladora independiente y a nivel del Estado.

    Lo mismo pasa con los controles a las empresas grandes como VW. Si no se controlan en Bruselas, si siguen siendo controladas en los Estados Miembros, el sistema seguirá fallando.

    La prueba está en el pánico que tienen los políticos nacionales y las grandes empresas a la DG Competencia, que controla las ayudas de Estado de los Estados Miembros, no desde el punto de vista del fraude, sino desde el del efecto que tienen en el mercado.

    Mientras el asunto se ventila a nivel nacional, no pasa nada y todos están tranquilos. Pero cuando, por ejemplo, un funcionario Estonio que no sabe nada de Italia, ni de los italianos, pasa a ser responsable de un caso de ayudas de Estado ilegales en Italia, la clase empresarial y política italiana se mea encima de miedo. Pues saben que ese Estonio está totalmente fuera de su esfera de influencia.

    1. Josep dice:

      Hay un tercer nivel de actuación que no se menciona y creo tan importante o más que los demás: exigir responsabilidades a quien no realizó su trabajo como debiera. Un ejemplo sería el del responsable de la EPA americana: no se puede admitir que tenga que ser una ONG quien destape el fraude de VW. Ese “responsable” debería dimitir, o ser cesado, como mínimo por incompetencia en sus funciones. Eso si no se prueba que además hubo connivencia o corrupción. Esa búsqueda y exigencia de responsabilidad profesional sería lo que haría actuar a los funcionarios de forma competente, leal y ética. Quienes han demostrado carencias en cualquiera de esos aspectos deberían ser sustituidos. Está claro que esto casi nunca se está aplicando en nuestra sociedad. Un ejemplo paradigmático de ello es que hay un pais cuyo presidente del gobierno proclama y actúa parapetándose según él en la legalidad, cuando se ha demostrado que el partido al que pertenece y las campañas que le hicieron ganar elecciones se financiaron de forma ilegal. La deriva ética y moral que ello conlleva se va extendiendo en la sociedad y al final se asumen situaciones inadmisibles. Ciertamente el caso VW es sólo la punta del iceberg, pero también una buena oportunidad para reflexionar.

  3. Jose dice:

    Por cierto, estoy 100% de acuerdo en que las autoridades de control deben ser independientes. No hay duda de que una de las razones por las que hay tantos incentivos para ser político corrupto en España es porque todo el sistema reside en los jueces. En otros países hay autoridades antifraude que están a un nivel superior al nivel de decisión que se investiga y son independientes.

    Así una de las razones (entre otras muchas, como la falta de transparencia de la administración, y el alto sentido de la intimidad de los españoles) por las que el fraude es menor en Reino Unido que en España, es la existencia de la Serious Fraud Office. La SFO es independiente y tiene unos medios de investigación que nunca podrá tener un sobrecargado juez británico. Con todo, cuando se descubrieron las comisiones pagadas por British Aerospace a la familia real saudí en la venta de Tornados, Arabia Saudí amenazó con romper el nuevo contrato de venta de los Eurofighters. La respuesta pública oficial del Gobierno británico fué la orden de cerrar la investigación de la SFO contra los ejecutivos de BA. Pero al menos el cierre del caso se hizo de manera transparente y pública, y todo el mundo lo supo. No como en España.

  4. Manu Oquendo dice:

    Gracias por el artículo.
    Traigo el enlace de Rafael Poch.

    http://blogs.lavanguardia.com/paris-poch/?p=144

    El ángulo del imperio.
    Saludos

    1. óxido nítrico, CO2, y demás ... dice:

      Yo también traigo un enlace, otra perspectiva que se une a las otras hipótesis. Basada en datos científicos que se han probado..
      http://www.rebelion.org/noticia.php?id=204057

      Hipótesis todas.

      Sobran el 95% de los coches del mundo mundial. En españa hay al menos 25 millones. ¿porqué no empezamos a transformar lo que ahora llamamos “industria” ? ¿porqué seguimos midiendo en P.I.B? si no vale?
      Ese tren que nos llevaba a todas partes ya no existe, porque ahora tenemos que ir a 300km/hora ( mínimo, que sinó no llegamos- me pregunto a dónde).
      La locura de miles de Kms de autopistas de peaje, y todos queriendo un “ave” que pase por su comunidad, mientras dejamos de percibir el vuelo de las aves auténticas.

      El carbono del aire precipitará y lo esconderán en los mares, como si eso no es lo que hubiera estado haciendo el océano desde hace milenios.
      Precisamente ahora se está levantando debido al aumento de la temperatura de los mares ( artículo en Nature). Para que eso sea posible, hay que apantallar el cielo.
      Es decir, que en vez de paliar el cambio climático recuperando a los fotótrofos, aumentando la fotosíntesis, regenerando oxígeno, posibilitando que se cierren los ciclos del carbono, el del nitrógeno, fósforo ( casi agotado) y los demás elementos esenciales.. estamos suponiendo que cualquier grupo organizado puede desvelar fraudes con consecuencias planetarias. Posiblemente pueda, pero como usted ha dicho, con “las complicidades” esas.
      Lo que podríamos hacer aquí y ahora, uno por uno, es disminuir el consumo de la carne, sólo hace falta resolver un problema de bioquímica de primero. ¿ Cúantos moles de CO2 se generan por kg de proteína animal versus otro tipo de alimentación mucho más rica en nutrientes?
      No se la cifra, pero no creo que sean ni 500 millones de los 8000 millones de humanos que somos, los que pueden comer carne al menos una vez al mes. Como muchos de nosotros contribuímos mil veces mas que la mayoría, el norte debería empezar a respirar de otra manera.
      ¿ Cómo podemos disminuir además “las emisiones”? ¿Cuántos miles de km en W, aviones, y barcos post-panamá se recorren por esas rutas para que comamos naranjas en verano, o vino sudafricano?
      El escándalo no es sólo el del pueblo aquel y sus wagen- hay tramposos por todas partes. Les habrá dolido … mucho. Me consta que hay muchos ciudadanos excelentes en ese País.
      Mi opinión es que los escándalos están también globalizados. Cada cual que se mida sus emisiones.

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