¿HASTA QUÉ PUNTO PUEDE SER REPRESENTATIVA LA DEMOCRACIA?

El 15 de mayo de 2011 una simple manifestación en la madrileña Puerta del Sol generó un amplio movimiento de protesta en toda España, con efectos que aún perduran. Motivos había muchos, pero el de la desconfianza hacia los partidos por su escasa representatividad quizás fue el más señalado. De hecho, dos de las consignas más coreadas fueron aquellas de No nos representan y Democracia real ya.

Es difícil saber cuánto queda de aquél movimiento en el sentir popular seis años después. Pero es evidente que nuestra democracia sigue teniendo graves déficits en representatividad y participación ciudadana, como se señaló entonces. Otra cuestión es hasta qué punto son solucionables.

Para empezar, el concepto de representatividad se presta a mucha confusión. En su máximo nivel de exigencia es, sencillamente, inviable. Pensar que los políticos elegidos harán en todo momento lo que los electores quisiéramos que hicieran es completamente irreal.

Aunque sólo fuera porque es imposible prever, cuando se les elige, cuáles van a ser las decisiones más importantes a las que van a tener que enfrentarse en los años siguientes. Baste pensar, por ejemplo, en que gobernar un país implica, cada vez más, adaptarse a sucesos que ocurren o decisiones que se adoptan en otros sitios del orbe mundial, y que no son previsibles.

Por otra parte, para cualquier político hay mucha diferencia en la comprensión que puede tener sobre los asuntos a decidir cuando está en la oposición que cuando está en el gobierno, por la información disponible en uno y otro caso. Y, a poco honesto que sea, eso debiera llevarle a cambiar su postura en muchos de esos asuntos.

Por tanto, aunque los políticos que eligiéramos quisieran ser escrupulosamente representativos con nuestro mandato, siempre tendrán que hacer cosas sobre las cuales no nos habían dicho nada, porque ni ellos mismos lo sabían.

Pero, además, hay otro problema: ¿nosotros mismos, como electores, sabríamos qué hacer ante cada una de las decisiones a las que tuvieran que enfrentarse nuestros representantes? ¿Estaríamos en condiciones de valorar con un mínimo de sensatez y responsabilidad sus consecuencias? Es obvio que, en la gran mayoría de los casos, no. Y no porque los que están gobernando el país sean más inteligentes que los que les hemos votado (que en muchos casos no es así), sino porque nosotros mismos no hemos tenido la oportunidad de informarnos y prepararnos para tener un criterio solvente sobre lo que convendría hacer.

En estas circunstancias, exigir una representatividad política en sentido estricto es absurdo. Podría empezar a tener sentido si hablásemos de representar los intereses mayoritarios. Pero, aun así, a poco que lo analicemos, tampoco ese es un concepto claro, porque ni es evidente que los principales intereses y prioridades que podamos tener la mayoría de los ciudadanos sean comunes, ni tampoco lo es que cada uno de nosotros los mantengamos inmutables durante mucho tiempo.

Por otra parte, aunque los políticos que teóricamente nos representan quisieran defender honestamente nuestros demandas, es muy posible que los que les hemos elegido no lo percibiéramos así. Bastaría, por ejemplo, con que los resultados de sus actuaciones se hicieran evidentes en un plazo más largo del que nosotros estuviéramos dispuestos a aceptar.

El error es creer que la democracia representativa significa elegir a determinados representantes para que hagan lo que quiere el pueblo. Es un error porque, más allá de la retórica política, ese pueblo no es un conjunto mínimamente homogéneo de personas, que sepan claramente lo que quieren que se haga en su nombre, y porque esos representantes tampoco saben, en la mayoría de los casos, sobre qué asuntos van a tener que decidir. En realidad, la democracia representativa es, más bien, un método de selección de las personas que van a tener que tomar decisiones políticas para después dejar, en gran medida, en sus manos esa potestad, confiando en que la ejercerán procurando beneficiar a la mayoría de la sociedad.

Es cierto que si los programas electorales reflejasen lo que cada partido realmente piensa hacer si llegase al poder, los ciudadanos que estuviesen dispuestos a estudiárselos tendrían una idea bastante fiel de sus intenciones a priori. Sería un buen paso en la dirección correcta. Si, además esos programas fueran escrutados y debatidos en profundidad y públicamente, por quienes tuvieran capacidad para ello, y evaluados en sus implicaciones económicas por organismos independientes, estaríamos más cerca de esa solución. Y si, además, los políticos se acostumbrasen a rendir cuentas con transparencia, nos acercaríamos aún más.

Con todo, nuestra forma de elegir a los supuestos representantes políticos seguirá teniendo mucho de cheque en blanco. En estas condiciones, el voto se decide más por una cierta convicción de que, pese a todo, aquellos que elegimos son preferibles a los otros. Es decir, por miedo o rechazo a las otras alternativas que se nos presentan.

Llegados a este punto, hay que reconocer que si admitimos que la representatividad política tiene mucho de falacia estaremos cuestionando uno de los pilares en los que se basa nuestra democracia. ¿Quiere eso decir, por tanto, que la democracia tiene mucho de ficción? Es evidente que en este aspecto sí.

Pero, también es cierto que, a medida en que la mayoría de los ciudadanos se fueran comprometiendo en mejorar su propia capacidad para comprender lo que hacen los políticos, para saber lo que podrían hacer y lo que deberían hacer, y para organizarse a fin de exigirles que lo hicieran, lo que tenemos se aproximaría mucho más a una democracia auténtica.

Que sea así, depende fundamentalmente de los políticos, sí, pero también de los ciudadanos.

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Sobre Manuel Bautista Pérez

Ingeniero Aeronáutico por la Universidad Politécnica de Madrid. En la Administración Pública ha sido Director General de Aviación Civil (2004-2009), Director General del Instituto Nacional de Meteorología (actual Agencia Estatal de Meteorología) (1986-1996) y Asesor del Ministro de Transportes, entre otros puestos. En el sector privado ha trabajado en el Grupo Anaya, como Director General de la División de empresas multimedia, y en la empresa Multimedia Resources como Director General. En el ámbito internacional ha sido Vicepresidente de la Organización Meteorológica Mundial, miembro del consejo de administración de organismos como el IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático), Eumetsat, Eurocontrol, etc., y ha trabajado para varios Gobiernos de América Latina como consultor del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, en temas de desarrollo estratégico.

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13 Respuestas a ¿HASTA QUÉ PUNTO PUEDE SER REPRESENTATIVA LA DEMOCRACIA?

  1. O'farrill 22 marzo, 2017 at 2:19 #

    El artículo que nos presenta el autor intenta conciliar dos cuestiones importantes: voluntad popular y voluntad partidaria. La primera sería la síntesis de lo que se entiende como “democracia real”; la segunda sería la elección de otras “voluntades” parciales como un mal menor (eso en el caso de que cumpliesen lo prometido). Entiendo que seguimos con la confusión de representantes de los ciudadanos o Parlamento y representantes de partidos o Gobierno al igual que seguimos confundiendo “estado” con “administración del estado”. Es como si en una comunidad de propietarios, la administración de la finca se erigiese en propietaria de la misma.
    La “representación” real implica el depósito de una confianza en quienes elegimos para legislar, no en alguien que nos mande, sino en alguien que nos obedezca. Menos aún que nos engañe, robe y nos imponga arbitrariedades surgidas de sus caprichos.
    Sé que hay una gran dificultad en conciliar intereses y voluntades, pero eso es la “política”. También sé que unos controles más eficientes sobre nuestros políticos y unas exigencias en sus conductas así como la posibilidad de revocar sus cargos “ipso facto” serviría de muro de contención para cualquier veleidad pero…. resulta que hacen las leyes y las trampas los mismos y, sobre todo, juegan a su favor con nuestro dinero.
    Un saludo.

  2. Jesus Zamora Bonilla 22 marzo, 2017 at 10:22 #

    Totalmente de acuerdo. En el último capítulo de mi último libro (que está a puntito de salir) argumento más o menos lo mismo.
    https://www.amazon.es/Sacando-consecuencias-filosof%C3%ADa-Siglo-Filosof%C3%ADa/dp/8430971106/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1490174490&sr=1-1

    • CharlieCC 29 marzo, 2017 at 6:04 #

      Hombre, venir a hacer spam aquí no va, ten un poco de vergüenza.

  3. Manu Oquendo 22 marzo, 2017 at 11:32 #

    Pues si No es representativa y No es directa……………cambiémosle el nombre porque entonces…………………………… no es Democracia.

    Entonces, en vez de bombardear a otros países para que copien nuestra No-Democracia tendríamos que enfundarnos las pistolas y mirarnos al espejo.

    El tema que toca hoy el autor comienza a aparecer en textos políticos: No vivimos en una Democracia y al no reconocerlo estamos creando un mito que nos lleva de cabeza a nuestra autodestrucción por………………ignorar nuestra propia realidad.

    Reconocer que esto es un Régimen Mixto de Aristocracias Políticas, Oligocracias económicas y mediáticas, supervisado y dirigido desde el Exterior por otros Aristócratas y que de vez en cuando elegimos Diputados……………………. que tienen CONSTITUCIONALMENTE prohibido representarnos porque representan a las Aristocracias anteriores (Partidos, Instituciones, etc)………………….tiene grandes ventajas. Siempre que sabemos el terreno que pisamos, podemos mejorar. Si lo ignoramos, no.

    Por ejemplo, nos saca de la vía muerta de “Como ya estamos en la gloria…. no hay nada por hacer”.
    Por ejemplo, habría un horizonte de mejora…………hacia un “demos” capaz de decidir un poco más cada vez.

    Este Régimen no es una Democracia. Reconozcámoslo y no caigamos en trampas semánticas.

    Neguémosle el derecho a Engañarnos.

  4. Andrés 22 marzo, 2017 at 12:49 #

    Estimado Manuel,

    En ocasiones nos dejamos llevar por el uso del lenguaje sin siquiera plantearnos el fondo de lo que queremos decir. En el caso de la democracia representativa, parece bastante claro que tenemos uno de esos casos.

    ¿Qué queremos decir con representativa? ¿Qué parte de mí se supone que representarán? ¿Mis sistemas de ideas? ¿Mi ideología? ¿Mis prejuicios? ¿Mi conciencia? Está claro que ni representan todas ellas y difícilmente parte de alguna de ellas.

    Siendo benévolos, supongamos que un grupo al que voto, representa lo mejor de mis ideales, los cuales los he razonado y pulido a lo largo de años de reflexión y contraste. Incluso en dicho caso, de forma similar a como menciona el artículo ¿Qué pasa si las condiciones cambian, o si yo cambio?

    Como mucho la representatividad será de lo mejor de mi forma actual de reaccionar, pero no se puede representar la capacidad de reflexión, de flexibilidad, adaptabilidad, de creatividad, de comprensión de una nueva situación.

    Si somos claros, veremos que la representatividad implica que como mucho represente una fotografía o caricatura de lo que actualmente cada persona ha estimado como valioso, pero en un mundo lleno de retos flexibles, inesperados y cambiantes, eso no es suficiente.

    Necesitamos producir a una transformación social, yendo de una democracia que se dice representativa, a otra participativa (en la medida de las posibilidades de cada persona). Y es entonces en esta participación directa, en donde los otros atributos cognitivos de la población (creatividad, reflexión, etc.), sí pueden actuar, manifestarse y conjuntamente actuar en democracia.

    La democracia, o se ejerce de facto o queda convertida en una simple idea, como puede ser la idea de un unicornio o de un hada.

    Saludos,

  5. Rafa 22 marzo, 2017 at 18:26 #

    Es evidente, contestando a la pregunta que se formula Manuel Bautista,

    Que las democracias actuales, si son representativas; lo son de nuestra opinión, lo son del nivel en general de formación integral que como individuos ocupamos en este momento, lo son para que el conjunto de la ciudadanía tome decisiones muy básicas respecto al área en que se mueven nuestros intereses;

    Eso no quiere decir que el ciudadano no tenga interés por las cuestiones públicas que le atañen, pero creo que vivimos en sociedades con realidades relacionadas y educadas en lo inmediato, con la felicidad rápida, con lo que está de moda y como consecuencia de ello son las decisiones que se toman en las urnas

    Además de que las preguntas que se nos formulen, estén mediatizadas o dirigidas en un sentido u otro, situación para la cual tendríamos que tener un criterio de distinción, para el que deberíamos estar preparados.

    Sirva como ejemplo, la frase que con orgullo expresan los norteamericanos de que:

    ” Cualquier ciudadano puede llegar a presidente “, es lamentable, porque no cualquier ciudadano debe llegar a presidente, solo los que tienen una formación sólida y conocimentos suficientes para ello

    Pero lo realmente lamentable y se está demostrando, es que esos representantes nuestros, en verdad si que son representativos de quienes les votamos.

    Un abrazo

  6. Carlos López 22 marzo, 2017 at 19:31 #

    Yo no entendí así el “no nos representan”:
    /***
    En 2011, el mundo de imagen creado por Zapatero chocaba ya abiertamente con la realidad de la crisis.
    Aparece el 15-M. Su característico “no nos representan” no implicaba un antidemocrático “no aceptamos la democracia representativa”, sino un “se les ve el plumero”. Como en un teatro en el que se nota que los actores fingen.
    Era la percepción de los políticos como una clase social ajena, una “casta” si se quiere, que va a lo suyo. Que representan un papel de cara a la opinión pública, pero luego no defienden (no representan) más intereses que los propios.

    “El origen de los emergentes”
    http://pajobvios.blogspot.com.es/2015/11/el-origen-de-los-emergentes.html
    ***/

    Pero es que además tampoco veo tan importante esa representación fiel. Yo veo al gobierno más como servicio profesional al que elegimos para una función:
    /***
    Conviene evitar planteamientos emociológicamente contaminados:
    + la democracia no es el “gobierno del pueblo” como sugiere su etimología; nunca lo ha sido, por muy halagador que nos resulte, y halagar una forma básica de manipular;
    + una mayor participación de la ciudadanía no vuelve el sistema ‘más democrático’; democrático se suele utilizar aquí como ‘bueno’, como respetuoso o atento con la ciudadanía, descalificando a quien no comparta la propuesta;
    + el objetivo de la política no es desarrollarnos como ciudadanos o como personas, aunque al participar en política desarrollemos facetas ciudadanas; el objetivo de la política es la organización de la sociedad.

    No propondré mecanismos concretos a aplicar. Pero el planteamiento anterior lleva a que el objetivo último de un gobierno es cumplir una función social práctica, no facilitar una satisfacción emocional.

    Emociologías
    http://pajobvios.blogspot.fr/2016/12/emociologias-el-libro.html
    ***/

  7. EB 22 marzo, 2017 at 20:51 #

    Manuel, su pregunta no tiene respuesta. Mucho menos en los términos que usted la plantea. Con respeto, mucho ruido y pocas nueces.

    Bien sabemos que la institucionalidad de la política y el gobierno en las democracias constitucionales tienen deficiencias –en algunos países, muy graves. Si uno plantea que la solución es cambiar al electorado –hoy horrible, mañana educado e informado y ojalá fungible– yo me río porque una vez más se pretende ignorar la historia de la humanidad. Si uno espera que los políticos emprendan cambios sustantivos –esos que reducirían mucho el premio de su esfuerzo por hacerse del poder– también me río y por las mismas razones. Si uno confía en que haciendo cambios marginales en algunas instituciones de la política y el gobierno a la largo se conseguirá algo sustantivo, no me río porque hay alguna probabilidad, por baja que sea, de conseguirlo.

    En todo caso, una tarea urgente pero difícil es desmontar al famoso cuarto poder, cueva de podridos. Hoy las circunstancias son favorables para ponerle fin a semejante podredumbre. No veo, sin embargo, entusiasmo alguno entre los indignados para desmontarlo. Sí veo que los indignados quieren apropiarse del cuarto poder para ser ellos los que extorsionen a los políticos o para facilitar su acceso al poder.

  8. Jesús Zamora Bonilla 23 marzo, 2017 at 9:57 #

    Sobre este mismo tema, un libro muy recomendable es este: “Democracy for realists”
    https://www.amazon.es/Democracy-Realists-Elections-Responsive-Government/dp/0691169446

  9. Loli 23 marzo, 2017 at 10:38 #

    Del artículo de Manuel deduzco dos compromisos que entiendo deberían realizarse, antes de empezar a hablar de que una “sociedad democrática” responde al concepto de “representativa”, con cierta coherencia.

    Primero: el compromiso de sus ciudadanos de aumentar su formación en el sistema social en el que se desarrolla, y, segundo, que los políticos, es decir, aquellas personas que se ofrecen para la gestión de un país, se comprometieran también, además de con la transparencia de sus acciones, con una iniciativa didáctica que garantizase, de algún modo, la formación y comprensión de sus programas políticos y sobre todo, que aumentase la capacidad de criterio de los ciudadanos.

    Añadiría, además, que unos y otros, quizás deberíamos también, estar dispuestos a cambiar nuestras expectativas, nuestros conceptos previos del funcionamiento de las cosas, y por lo tanto, ¿por qué no?, un político, o una formación política, estuviera en condiciones y disposición de cambiar también sus “supuestos ideológicos” previos ante nuevas evidencias, o las mismas, solo que admitiendo que existen muchos ángulos de contemplación.

    Sería una prueba de madurez, seguramente, en una sociedad.

    Lo que ocurre, es que, a la vez, quizás, el mismo funcionamiento que ahora se da, a nivel de elección de representantes, de la formación de agrupaciones políticas, de criterios en cuanto al tiempo y la labor que se debe realizar desde un “Parlamento”, (a lo mejor no consiste todo en legislar como locos), debería variar.

    Desde la rigidez que se ha apoderado de la estructuras institucionales, que parecen lugares designados únicamente para ser ocupados por ideologías y grupos de opinión atados a ellas, hasta la desidia que de gran parte de la sociedad se manifiesta a la hora de ahondar y participar en toda clase de estudio, aunque nuestra propia subsistencia nos vaya en ello, hacen muy difícil la madurez, que los compromisos anteriormente citados, evidenciarían,….por ahora.

    Llega un momento en el que, poner adjetivos calificativos a las grandes carencias que se evidencian del modelo social, parece un trabajo cansino y hasta inútil y descorazonador, si no empiezan a ir acompañadas de “pinceladas”, ideas coloreadas por nuevos matices, que por pequeñas, y restringidas aunque sea, aún, a pequeños foros, pues ….hagan …comiencen a hacer…”actos de presencia”.

    ¡Ideas nuevas, por favor!…Nos hacen creer que tenemos una libertad electiva que no existe, desde el momento que somos incapaces de imaginar nuevas posibilidades, porque nuestra capacidad de pensar está restringida y atada, a veces sin darnos cuenta, a los mismos esquemas.

  10. O'farrill 23 marzo, 2017 at 13:49 #

    Me permito aportar los siguientes comentarios del historiador, periodista y analista político norteamericano:
    – “la democracia está en retroceso en todo el mundo….”
    – “no veo contradicción entre una sociedad autoritaria y la tecnología avanzada; la tecnología no va a salvarnos….”
    – “estamos tocando ahora los límites del progreso y vamos a regresar a la “norma” que será menos liberal y mucho mas violenta…”
    Se dice que un pesimista es un optimista bien informado. También, que no hay mayor sordo que el que no quiere oir… No nos podemos hacer trampas en el solitario sino adivinar todas las que son “cantos de sirena” para eliminar nuestra libertad.

  11. O'farrill 23 marzo, 2017 at 13:50 #

    Perdón por el “lapsus”. El autor a que me refiero es DAVID RIEFF. Disculpas.

  12. Loli 23 marzo, 2017 at 15:52 #

    La palabra “subsistencia”, me sugiere vivir debajo de los umbrales de la “existencia”.

    Pero claro, ¿conocemos de verdad las posibilidades, las potencias que podría encerrar ese concepto, el de “existencia”.?

    Nuestras democracias, y lo creo en general, se están caracterizando, en su desarrollo, por la necesidad excesiva de legislar, de “normalizar” todo lo referente a la vida en sociedad…e individual también.

    ¿Quizás no nos estemos dando cuenta de que, estamos dejando en manos de personas que desconocemos, de grupos de interés, y de poder, aspectos tremendamente delicados y sensibles de nuestra vida, sin prácticamente ninguna atención ni especial preocupación por que los elegidos, al menos, aporten y expliquen sus méritos?.

    ¿Somos conscientes de que seguimos pidiendo que nos representen ideologías y en muchos casos doctrinas?.

    ¿Somos conscientes, de que si no asumimos alguna responsabilidad en ello, lo que surja de las cada vez más demandadas regulaciones y leyes, puede influir de manera radical y perturbadora en el desarrollo de nuestra existencia?.

    Subsistir, puede ser también estar atrapados en la sensación de un “supuesto bienestar”, que nos impida acceder a espacios mucho más amplios de “existencia”.

    ¿Se puede estar “subsistiendo”, con todas la necesidades cubiertas, o en su creencia?….Igual sí , o igual….ni siquiera eso.

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