¿MIEDO A LOS MEDIOS?

Desde bien pronto, el poder comprendió la importancia de los medios de comunicación. Se dice que el rey Juan II de Castilla (1406-1454) fue el primero en nombrar a un cronista real: Juan de Mena. Este se convirtió en un verdadero funcionario público, con nombramiento oficial y sueldo. Los Reyes Católicos, adelantados a su tiempo, fueron muy conscientes de la importancia propagandística de los cronistas: tuvieron un buen número de historiadores oficiales, que escribían bajo supervisión y censura, como instrumento educativo de la monarquía, promocionando sus logros y conquistas. El más famoso de estos personajes fue Alonso de Palencia, que, cuando quiso relatar con cierta libertad lo ocurrido en las Cortes de Toledo de 1480, fue sustituido por decisión de la reina Isabel.

Y es que llegar a la realidad de las cosas constituye un verdadero acto heroico para el común de los mortales. Por lo general, lo que aceptamos como real no es lo que realmente ocurre, sino lo que los contadores de la realidad nos dicen que ha ocurrido. Entre esos narradores de la realidad, tienen hoy una importancia decisiva los medios de comunicación. Por esta razón, no es ni mucho menos exagerado afirmar que se han convertido en un cuarto poder, junto con los clásicos poderes legislativo, ejecutivo y judicial.

Hace algunas semanas, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, volvió a abrir la caja de Pandora, señalando la necesidad de intensificar el control público de los medios de comunicación. Así, en el libro Conversación con Pablo Iglesias, afirmaba: “no puede ser que algo tan importante, y de interés público, imprescindible para la democracia, como son los medios de comunicación, esté solo en manos de multimillonarios”.

Repasando el programa con el que Podemos concurre a estas elecciones generales, no encontramos ninguna referencia a cómo Pablo Iglesias pretende articular el control del cuarto poder. Así, sólo se encuentra alguna alusión genérica al fomento de los medios de comunicación “sin ánimo de lucro” o a la creación de “un Consejo del Audiovisual, independiente e integrado en la Plataforma Europea de Autoridades Reguladoras (EPRA), similar a los que existen en algunos países de nuestro entorno”.

En cualquier caso, el debate que ha pretendido suscitar el líder de Podemos es el de si todos los medios de comunicación deben ser públicos o al menos tener un cierto control público, dada la función tan esencial que desempeñan para el buen funcionamiento de una sociedad democrática y para la formación de una opinión libre y consciente.

Nuestra Constitución impone al legislador que, al regular la organización y el control parlamentario de los medios de comunicación social dependientes del Estado, garantice el acceso de los grupos sociales y políticos significativos, respetando el pluralismo de la sociedad (art. 20).

Este precepto constitucional no tiene equivalente en el derecho constitucional comparado ni en los tratados internacionales de derechos humanos. Sin duda se introdujo en nuestra Constitución a modo de antídoto frente al abuso que el franquismo hizo de la radio, la prensa y la televisión estatales, como instrumentos de propaganda del régimen.

Nuestra Constitución no se preocupó, en cambio, de limitar la creación o funcionamiento de los medios de comunicación privados, ya que los consideraba manifestación de la libertad de expresión y contrapeso de los medios públicos, aunque también podían utilizarse como servidores del poder. Los medios privados solo quedan así sometidos a la cláusula general que reconoce el derecho de los ciudadanos a “recibir libremente información veraz”. El límite de la veracidad a la libertad de información se interpreta como un deber impuesto al profesional de comprobación responsable y diligente de los hechos divulgados, lo que no excluye el eventual error en la información, siempre que se haya empleado una diligencia -de intensidad nunca precisada- en su contrastación.

El Tribunal Constitucional ha declarado, aunque sin mucho énfasis, que la creación y uso de un medio de comunicación no requiere de reconocimiento legal o administrativo, salvo que necesite del uso del dominio público (caso de la radio o la televisión) o la escasez del medio de transmisión exija una intervención pública para su reparto.

En cualquier caso lo que a Podemos le preocupa es el control de los medios privados, que, en principio, son los que no están directamente sometidos al poder.

Iglesias lo que nos viene a decir es que mejor que todos los medios sean públicos y dependan del ejecutivo o del legislativo, ya que, de este modo, tienen la legitimidad democrática de estar sometidos a los representantes del pueblo como poder soberano. El razonamiento falla si tenemos en cuenta que los medios de comunicación tienen la misión de controlar y criticar a los políticos, de forma que el ciudadano pueda comprobar si sus representantes están cumpliendo bien con el mandato que les han otorgado. Hoy en día, los medios se han convertido en el mecanismo de control de la ciudadanía sobre el correcto funcionamiento del ejecutivo, del legislativo y también del judicial; poderes a los que somete a escrutinio en su funcionamiento, exponiéndolos ante la opinión pública. Mal van a cumplir los medios con esa función si son controlados por aquellos a quienes tienen que controlar.

De la pluralidad y profundidad de los medios de comunicación, depende, en gran medida, la calidad de nuestra democracia.

Resulta difícilmente discutible que en España existe una verdadera saturación de medios de radio y televisión públicos (¿herencia del franquismo?): a la radiotelevisión estatal, se han sumado con entusiasmo las televisiones autonómicas, burdamente utilizadas como instrumento de poder de los mandatarios autonómicos. En un contexto de reducción del gasto público y recortes sociales, las Comunidades (con pocas excepciones) mantienen su gasto en medios de comunicación. Un ejemplo paradigmático es la Generalidad catalana que, estando al borde de la quiebra, mantiene 6 canales públicos de televisión y 3 canales de radio, en una de las mayores operaciones de propaganda institucional conocidas en nuestro entorno. Su gasto en esta partida duplica el de la siguiente Comunidad que más gasta en estas atenciones (Andalucía).

Los medios de comunicación públicos tan sobredimensionados producen, al menos, dos efectos perniciosos: a las consabidas corruptelas y a la instrumentalización del poder, se une la distorsión que produce la competencia desleal entre ese sector, financiado por los presupuestos, y los medios de comunicación privados.

Ciertamente, la independencia total no existe. No hay comunicador, periodista o medio de comunicación que no aborde una información o una opinión con una ideología previa, unos intereses y unas relaciones que, de uno u otro modo, le condicionan. Si los medios de comunicación públicos son dependientes del sector público que los controla, los medios privados lo son del empresario que los financia y dirige y que puede tener determinados intereses.

Por eso, en la variedad está el gusto. Quizá lo ideal fuese un sector de comunicación muy reducido y de alta calidad, que preste un verdadero servicio público; acompañado de medios de comunicación privados muy diversos y con un control eficaz que evite las posiciones dominantes de monopolio o de oligopolio.

En fin, Pablo, que te propongo reducir el gasto público en medios de comunicación y propaganda y dejar que los medios privados hagan su trabajo y te controlen y critiquen (y, en su caso, te aplaudan). Que lo más importante es que exista una gran variedad de medios que den distintas versiones de lo que está ocurriendo.

Oí decir a un historiador que no nos podemos formar opinión sobre lo acontecido sin haber leído, al menos, cinco versiones distintas del mismo hecho. Nuevamente aquí es nuestra responsabilidad tener la curiosidad suficiente de querer conocer lo que pasa a nuestro alrededor.

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Sobre Isaac Salama Salama

Licenciado en Derecho y en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Pontificia Comillas (ICADE, E-3). En 1996 ingresa en el cuerpo de Abogados del Estado y, desde entonces, ha desempeñado diversos puestos como Abogado del Estado: la Delegación del Gobierno de Madrid, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, la Agencia Estatal de la Administración Tributaria, el Tribunal Constitucional, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y los diversos Comités de Naciones Unidas para la protección de los derechos humanos. En el período 2000-2004 formó parte del gabinete del Presidente del Gobierno. En situación de excedencia voluntaria desde octubre de 2013.

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3 Respuestas a ¿MIEDO A LOS MEDIOS?

  1. Alicia 18 Mayo, 2016 at 10:11 #

    Sí, mucho miedo a los medios. Y más cuando se observa, sin asombro ni sorpresa pero sí con aprensión, que los más peligrosos son los que más subyugan ― o ahí está la Sexta ― al personal.
    Que cavilaba yo, por cierto, hace unos días preguntándome “¿pero no he oído yo en alguna parte que fue Soraya Sáenz de Santamaría quien puso mucho interés en darle alas?”, sin entender ese afán por aupar al enemigo. Y, hace un par de días, en una tertulia vespertina de esRadio uno de los comentarista explicaba (como si me hubiese escuchado) que es que ella pensó que le vendría bien al gobierno (o quizá al PP, no me acuerdo) que mucha gente viese a estos que tanto prometen y berrean (la redacción es mía, ella o el comentarista lo decían de otra manera) para que se fueran enterando de la que se nos venía encima, pero que vino a resultar (decía también) que le salieron las cosas al revés y, pues así estamos…
    No entiendo como la señora Sáenz de Santamaría, que tonta no creo que sea, no tomó en consideración cuánto satisface a eso que llamamos “la clase obrera” ― que siempre me imagino esforzada y sudorosa y explotada, cuando sé que no es así ― que se arremeta contra los “ricos” (que no obligatoriamente han de ser señores barrigudos y con puro) y que, quienes arremeten, aseguren “¡vamos a quitárselos a estos, “la casta”, y dároslo a vosotros que sois “el pueblo””.
    Y es que en este país nuestro lo que más moviliza el voto son rencores, envidias y deseos de venganza. Y, la clase “obrera” (aunque no siempre y sólo obrera, que a esa sí que no la entiendo), con tal de desbancar a los que odia no teme a tener que hacer horas de cola en un supermercado para poder limpiarse… bueno, los mocos.

  2. Loli 19 Mayo, 2016 at 9:53 #

    Hace poco, leyendo un libro de divulgación sobre la historia del mismo (de Fréderic Barbier), me enteré, no sin asombro, de cómo, bajo el supuesto de la abolición de privilegios, se suprimieron, durante el período de la Revolución Francesa y años posteriores, corporaciones de libreros, en un intento de “liberalizar profesiones”.

    En este acto, que en sí, podría aparentar buscar una mayor equidad e igualdad, pues resulta que hizo que muchos impresores-libreros, dedicados a buscar, recopilar y cuidar formatos de impresión de obras de todos los tiempos, de todo contenido (con lo que mucho conocimiento y cultura, entiendo, que eran también objeto de su trabajo y dedicación), fueran a la quiebra.

    Ese trabajo “quedó des-cuidado”.

    Parece, también, que su lugar fue ocupado por “libreros, tenderos y vendedores de segunda mano”, se mercantilizó.

    También por “redactores, publicistas y tipógrafos”…..todo preparado para su difusión y “consumo”.

    En definitiva, parece que se crearon la bases del nacimiento del ese “cuarto poder”, y su maquinaria en marcha…en esa nueva sociedad….¿o no tan nueva?.

    El caso es que para que funcione una máquina, son necesarios “funcionarios”…..

    De tal modo que el propio Honoré de Balzac llegó a decir:

    “durante la Revolución, un hatajo de hombres ignaros, de origen pueblerino y convertidos en libreros de la noche a la mañana, se lanzaron al comercio del libro que traían inmensos beneficios, la caída de la librería (del Antiguo Régimen, reveló el secreto del …papel corrompido…”.

    Balzac estaba en contra de la Revolución, e indudablemente el origen de aquellas personas a las que él denomina “pueblerinos” e “ignaros” eran producto de las tremendas desigualdades en las que prendieron llama los acontecimientos sangrientos de ese momento.

    Pero a los que no eran “ignotos”, en el tema, a los “intelectuales del momento” que promulgaron las “liberalizadoras leyes”, no se les podía escapar, que las gentes deberían estar preparadas para asumir determinadas profesiones, corporaciones. Lo sabían, pero no tenían, al parecer, intención alguna de elevar el nivel de conocimiento de las personas, ni utilizar ninguna didáctica con ellas, a no ser, aquélla que les permitieran manipularlas a su antojo.

    A mí, todo esto, me induce a pensar que, a lo que hay que temer es a la falta de “inteligencia”….esa importante capacidad del ser humano que queda reducida a cenizas, o como mucho, a pequeños rescoldos llameantes, detrás de los poderes.

    Y el afán de poder, no tiene, a mi modo de ver, ningún signo político concreto.

  3. Rosae 24 Mayo, 2016 at 20:11 #

    Cuentan los medios que cuando se vió que la ‘noticia’ era un negocio, la ‘verdad’ dejó de ser importante;
    Y según Chomski, profesor y pensador estadounidense, los medios más que relatar ‘noticias’, redactan para “formar” opinión en la gente; y, por ahí van los tiros..o las bombas..o los ‘refugiados’..y,..etc.

    Para cuando mejores “formadores de opinión”, mejores noticias? Etc..
    a no! Que no son rentables!!-

    Me disculpen los periodistas, pero yo hago lo que me enseñaron de peque, los papeles al “suelo” para no pisar lo “fregao” y olé!!

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