Muerte dulce

Tan inquietante como sugerente, indudablemente profunda y sentidamente lapidaria fue esa frase atribuida a Confucio en la que afirmó que “se muere como se vive, aprende a vivir y sabrás morir bien”.

Relacionar lo que más tememos que es la muerte, con la vida que es lo que más queremos, pone en manos de nuestra voluntad vital el proceso con el que terminará la nuestra. Claro, que esto era hace unos 2500 años, un momento en el que la forma de entender la vida y la muerte resultaban bien distintas a lo que sucede en nuestros días, en los que los avances científicos y tecnológicos nos empiezan a permitir modificar sustancialmente tanto una cosa como la otra.

Si aplicamos la sentencia en sentido estricto, no dejaremos de concluir que la actitud ultradefensiva de los pobladores de nuestra sociedad respecto a la muerte es una misma actitud en relación con el hecho de vivir. Y en eso si que hemos cambiado bien poco desde entonces. Continuando con el dicho, la negación de la muerte en nuestra cultura está significando la negación de la vida (menos la propia, claro está), y el declive de ese particular rezo que es el arte, o como afirmó en su día Jung “El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar”. Por eso conviene preguntarse ante la obra de un artista si está negando la muerte, pues en caso afirmativo su trabajo no valdrá ni un ápice.

Mucho se ha discutido sobre si lo que más tememos los hombres es realmente la muerte o el dolor, sin acabar de concluir que ambas realidades pertenecen a ámbitos bien diferentes, pues el miedo al dolor está inexorablemente ligado al hecho de vivir, y no al de morir, el cual viene determinado por la total desaparición de la actividad de los sentidos, y por tanto de cualquier sensación ligada a la materia. Es decir, es más que probable que en el proceso de morir la muerte no duela, y solo atribule al espectador cercano o sensible que proyecta su propia sensación.

Habrá que centrarse más adecuadamente en el sufrimiento individual para tratar el tema de la eutanasia, y no en el contradictorio y sorprendente concepto de “muerte digna”. No creo que haya a lo largo de toda la vida un momento más digno que el de la muerte, cuya característica principal es la total imposibilidad de mentir o falsear. Partiendo de estas bases, lo que no es poco dada la palabrería verborreica que inunda el debate en este novedoso nicho de los “predicadores sociales”, es aquí desde donde debe contemplarse el complejo problema de la eutanasia.

“No creo que haya a lo largo de toda la vida un momento más digno que el de la muerte, cuya característica principal es la total imposibilidad de mentir o falsear”.

Un problema en el que intervienen diferentes variables, que combinadas arrojan un buen número de diferentes casos, con vertientes que pueden entrar en flagrante contradicción entre sí. La voluntad de una persona, ahora paciente, que en un momento determinado de su vida dijo que no quería sufrir al morir, o que expresó el deseo de que no se le alargara la vida con medios artificiales; pero a la que, en cambio, no le podemos preguntar sus deseos ciertos y actualizados por el estado en el que se encuentra. Unos médicos que podrían provocar la muerte ante la evidencia palmaria de la irreversibilidad del proceso en el estado del paciente, o que sencillamente no le aplican la tecnología que le podría mantener vivo. Y unos terceros, familiares y/o amigos, que por su conocimiento del paciente pudieran tomar una decisión sobre la vida del afectado y ejecutarla a conciencia de que es el deseo expreso de este, aunque esto se parezca más a un suicidio asistido.

Dejando de lado otras formas próximas a la eutanasia (cacotanasia, ortotanasia, distanasia y antidistanasia, etc.), el problema de fondo radica no solo en la decisión misma sino también en quién la toma o la debe tomar, y la participación de las instancias públicas en todo ello para asegurar que no se está llevando a cabo una muerte indeseable o contra la voluntad del paciente. Claro que este tema no es cualquier cosa, pues se trata de cumplir una última voluntad del protagonista, o por contra, de un asesinato. Y aunque conceptualmente parezca clara la diferencia, en la práctica ya ha habido casos en los que todo ha resultado mucho más difícil. Y si ya de por si todos estos límites son confusos, habría que añadirle el componente religioso, en el que las diferentes iglesias pueden mantener posiciones radicalmente distintas (unas claramente a favor –protestantes y judías–, y otras rotundamente en contra –como la católica–, no siempre igualmente alineadas, en función del país del que se trate).

Los conflictos relacionados con el tema no han adquirido la dimensión de cuestión pública, hasta que han entrado en ella las terceras instancias. Así, por ejemplo, de siempre ha existido el “tiro de gracia” en los conflictos bélicos, como una manera de aliviar un sufrimiento insoportable y sin medios para paliarlo, de un compañero de combate, cuando aún la compasión no fue sustituida por la “solidaridad”. Pero es solo cuando el mundo del Derecho, las Iglesias o la Medicina se han personado como parte activa en ellos, a partir de los avances tecnológicos alcanzados en tiempos de paz y en las pasivas y asentadas sociedades del bienestar, cuando todo este debate se ha disparado.

“Desde esa posición, yo no sé quienes son un médico, un juez o un sacerdote, para determinar una decisión mortal de este tipo, y mucho menos aún un político”.

Desde esa posición, yo no sé quienes son un médico, un juez o un sacerdote, para determinar una decisión mortal de este tipo, y mucho menos aún un político. En una sociedad en la que el aborto ha sido aprobado parlamentariamente y, por tanto, es legal, dependiendo de plazos y circunstancias, y un médico puede practicarlo sin problemas, un juez no puede impedirlo y un sacerdote solo puede rechazarlo, a cualquiera le asaltan serias dudas sobre la forma de entender y valorar la vida y la muerte humanas de unas instancias que, en cualquier caso, deberían defenderla.

Igualmente, solamente una sociedad que pone el valor de la vida en el centro de su panorama público, y empuja colectivamente en pos de mantenerla a costa de lo que sea, podría estar en condiciones de legislar adecuadamente sobre este tema, en cuyo caso es seguro que pondría en el centro de la diana la importancia que tiene esa vida para esa persona, y que solo en los casos en los que después de hacer todos los esfuerzos necesarios para mantenerla podría plantearse otras cosas. Sin duda, no es el caso.

Además del sinfín de variables que entran en juego, no creo que exista una solución clara al problema, pues incluso tratándose de casos similares en cuanto a circunstancias que concurren (tipo de enfermedad, estado biológico, pronóstico clínico, etc.), siempre tendrá la singularidad de que se trata de una persona concreta, con todo lo que supone de subjetividad implícita en el momento más decisivo de su vida después de haber nacido, y solo quienes le pudieran conocer más y mejor estarían en todo caso en condiciones de poder acercarse a una decisión concluyente. En un momento en el que no es posible que la decisión venga del afectado, y si este se hubiera pronunciado lo fue en circunstancias muy distintas a las que le sobrevienen, solo los que han compartido con intensidad su vida estarían en condiciones de acercarse a una decisión conforme a su “espíritu” vital. Algo que no entenderán los poderes fácticos.

“En un momento en el que no es posible que la decisión venga del afectado, y si este se hubiera pronunciado lo fue en circunstancias muy distintas a las que le sobrevienen, solo lo que han compartido con intensidad su vida estarían en condiciones de acercarse a una decisión conforme a su “espíritu” vital”.

Pero no tengan duda, los legisladores y su séquito no tendrán problema tanto en arrogarse la potestad última de decidir, así como en garantizar que esta está en sintonía con el paciente, pues llevan tiempo adoptando la empoderada actitud de administrar la vida y la muerte de los demás.

7 comentarios

7 Respuestas a “Muerte dulce”

  1. Alicia dice:

    Querer vivir o querer morir. Si el que ha de decidir es otro, mal va la cosa. Si el que ha de decidir es el interesado (en lo uno o en lo contrario), no va mucho mejor.
    Bueno que, en realidad, si la elección es vivir no hace falta ni elegir, que tan sólo se necesita seguir, seguir, seguir… Seguir y Dios dirá puesto que, al fin y al cabo, a morirse va uno siempre y sólo hay que esperar, tener paciencia y no agobiarse.
    La cosa se pone sí complicadilla cuando la elección es morir. Complicadilla porque desear morir suele darse nada más en momentos difíciles de sobrellevar; pero los momentos son nada más eso, momentos (por muy largos que puedan hacerse y que a veces se hacen hasta eternos), y las dificultades, pues… Y es que qué es fácil y qué es difícil está tan sujeto a estados de ánimo.
    Cuántas veces va uno, y porque le pille con la moral desmedidamente alta, se arremanga y dice esto lo hago yo, lo que sea, pintar la casa, le pasó a una amiga mía, aunque en el bajón soltó la brocha, y eligió mudarse, y dejar el pifostio que había montado tal como estaba; o, por el contrario, que también pasa, clavar una chincheta sin apenas ganas y terminar redecorando.
    Que es por lo que digo. Que si la decisión de morir ha de ser propia, del futuro muerto quiero decir, ¿a qué propiedad nos estamos refiriéndonos?, ¿al derecho que libremente estaba ejerciendo en determinado momento de expresar deseo de lo que le diera la gana?, ¿y si en momento distinto e igual de libremente lo que le da la gana es otra cosa pero no tiene la precaución de expresarlo y da la mala casualidad de que le tomaron la palabra?
    Así que, pienso, si lo prudente es no dejar decisión tan delicada (definitiva, para ser más concretos) en manos de otros, no menos prudente es no dejarlas ni siquiera en manos de uno mismo, tan volubles que somos los humanos, tan dependientes de estados anímicos siempre tan cambiantes.
    Y si pienso así tengo que agradecérselo a mi amiga, que me lo hizo ver cuando me confesó (en privado, y con la advertencia de que por favor no se lo contara a nadie) que a raíz de la movida de la mudanza lo entendió estupendamente y que, cuando sabe que quiere algo pero no qué, clava una chincheta aunque sea sin ganas.

  2. pasmao dice:

    Oportuna columna Carlos

    En otra parecida MANU comentó que al respecto y en USA, un estudio o un libro, que no recuerdo alertaba de los peligros de la promoción de la eutanasia, porque “casualmente” en todos los paises que en los que se había promocionado la eutanasia se habían descuidado los cuidados paliativos.

    A priorio no debería de ser así, pero así habia o ha ocurrido.

    Pareciera que a los potenciales afectados por la eutanasia se les cerrase una puerta a exprofeso (los cuidados paliativos) para que se tentasen los machos a la hora de decidir. Ojito que si no quieres que te eutanasiemos las vas a pasar canutas.. es el mensaje que subyace.

    Añadamos casos cómo el holandes donde parece, son temas tabú, que muchos “viejitos” huyen los fines de semana de las residencias, so pena que ciertos Dres Muerte se vayan a pasar por ahí y les pillen.

    https://www.dw.com/es/huyendo-de-la-muerte/a-1043887

    Que unos viejitos holandeses confien mas en los alemanes que en los suyos, sabiendo cómo se llevan los holandeses con los alemanes, es paradójico. Pero cuando te juegas la vida..

    Un asunto que no se quiere comentar es lo PROVECHOSO que resulta para el Estado dejar de pagar pensiones y prestaciones médicas gracias a la Eutanasia.

    Recordemos que es el mismo Estado que se ha hecho el loco cuando las cajas vendían productos fincieros imposibles a esos mismos viejitos, pero si ello ayudaba a que el agujero de la caja fuera minorara y que esos supervisores del Estado pudieran salvar sus posaderas, .. ese mismo Estado se apiada de los sufrimientos y nos saca Leyes de Eutanasia..

    Vayas cosas pasan.

    Un muy cordial saludo

  3. pasmao dice:

    Simplemente añadir que ese libro que se publicó en USA, lo hizo con el suficiente peso como para incidir en un sentencia del Supremo de allí.

    No es un simple libraco o un estudio de Fin de Master de uno de nuestros políticos al uso. Si no algo serio.

  4. Manu Oquendo dice:

    Esta sociedad se mueve en direcciones nauseabundas y estamos entregando al Estado el poder sobre nuestras vidas. O nos planteamos en serio los límites de su poder sobre nosotros y se les pone límite CONSTITUCIONAL o esta gente se convierte en lo que es: El lado Oscuro de Milton.

    Esta cuestión que unos partidos instrumentales dirigido por imberbes ególatras, egoístas y ambiciosos, de escasa luces y menos valores merece una reflexión que no se va a producir porque a poco que se observe de cerca canta de muy mala manera. No lo van a permitir.

    Creo que el libro que el compañero anterior ha citado es el del médico Herbert Hendin, traducido al español como “seducidos por la muerte” .
    Aquí un resumen del Autor.

    http://derechoavivir.org/seducidos-por-la-muerte/

    Nos hemos doblegado a vivir dentro de un relativismo tramposo y acientífico. Seguimos viviendo dentro de un paradigma científico muerto hace 100 años y todavía ausente de los sistemas educativos incluyendo en ellos el 99.5% de los cursos Universitarios.

    No piensen por un instante que nos gobiernan los Partidos que aparentan hacerlo. Todos en determinadas cuestiones siguen como corderitos entusiastas las directrices degradantes que nos hunden cada día un poco más.

    Este sistema es incapaz de explicitar qué cree que es un ser humano, qué es la vida, qué es el universo, qué es el espíritu.
    Da pena, incluso antes de dar asco.

    Saludos

    https://www.youtube.com/watch?v=wuUUUP35530

  5. Alicia dice:

    Siempre me ha gustado poco ir al médico, de hecho he ido muy poco a lo largo de la vida; pero hace unos años, no recuerdo por qué motivo, debe de ser que cometí la torpeza de quebrantar mi norma y, bueno, con el argumento de que dada mi edad (unos 60 añitos) era conveniente una densitometría me avine a salir de la consulta con un volante que desencadenó no sé ni cómo una sucesión de volantes para diversos especialistas.
    ¡Pero si yo estoy bien! Me dije.
    Así que me senté en mi casa, cigarrillo en ristre – advertida, por supuesto y como no puede ser menos de lo muy perjudicial que es el tabaco – y, tras cavilar durante unos cinco segundos en qué especie de rueda estúpida me estaban sin yo querer metiendo, rompí todos los volantes y nunca más, jamás de los jamases.
    Y es que con los viejos pasa mucho. Acuden al médico por no sé qué dolorcillo rutinario, o porque se aburren, y, de ahí, como las cerezas, se van las circunstancias o los aburrimientos enlazando de manera que el viejo se queda atrapado en el mundillo cutre de atender nada más que a sus dolencias. Se hacen dependientes de la medicina y de los médicos y de los medicamentos; y de vivir obsesionados por la salud de su cuerpecito. Y cuando el cuerpecito se avería, pues como si fuera un electrodoméstico que ‟pues esto, le va a costar una pasta, además hay que pedir las piezas a Alemania, así que usté verá”.
    Y el viejo ve. Ve merced a la buena industria de consejeros desinteresados que lo más fácil y rápido y cómodo e indoloro es avenirse y dejarse de líos.
    Así que yo, si me duele algo hago como que no lo sé y, que ya lo tengo pensado, cuando esté mala, pero mala muy mala de verdad, hago al supermercado un pedido grande de alimentos no perecederos, y cuando lo tenga en casa me encierro bajo siete llaves y atranco la puerta, pero no le digo a médico ninguno que esta boca sea mía.
    Ah, y buena provisión de cigarrillos, que se me olvidaba.
    No me imagino muerte más dulce, tranquilita y a mi aire; y sin que me empuje nadie, que detesto los empujones.
    Lo digo en serio. Que por muy doctor que un doctor sea y pertrechado de sus manos limpias, su bata blanca y sus procedimientos perfectamente asépticos fuese quien pusiera fin a mi vida sería una humillación que no quiero bajo ningún concepto soportar.
    Y lo llaman muerte digna. Es una vergüenza.

  6. pasmao dice:

    Muchas gracias MNU por recordar el título.

    Mercería la pena meditar sobre las consecuencias que ha tenido en los sistemas nacionales de salud su “funcionarización”, incluyo las grandes compañías privadas; versus el antiguo médico, profesional liberal, que enfrentaba los casos libre de ataduras de protocolos (que es cierto que limitan los daños de los incapaces) pero que coartan la libertad medico paciente, sometiéndola a la lupa de intereses cada día mas bastardos.

    Es cierto que ha conseguido el acceso de personas a sistema de salud que en otros tiempos habrían quedado de la mano de dios, pero el precio de ese Taylorismo aplicado a la medicina es posible que se nos haya ido de las manos.

    Y en uno de los temas que mas se ve es precisamente en la Eutanasia, o el aborto.

    Un cordial saludo

  7. Paz dice:

    ¡Que razon tienes Alicia! ¿No hay una frase que dice que no hay gente sana sino sin diagnosticar?;)
    Y eefectivamente: uno muere como vive

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