¿Necesitan algún máster nuestros políticos?

Se cuenta que un presidente de los Estados Unidos, en un ataque de sinceridad, comentó en una entrevista que, nada más llegar a la Casa Blanca, la mayoría de los presidentes recién elegidos lo ignoran casi todo de su nuevo trabajo y que, en realidad, los dos primeros años de su mandato son una especie de máster pagado por los contribuyentes para que aprenda a ejercerlo.

Habría que añadir que, lógicamente, eso también habrá dependido de la preparación con la que llegase cada uno, de su capacidad de asimilar todo lo que luego le habrán ido contando y, por supuesto, de su interés personal por profundizar y hacerse rápidamente una visión del conjunto.

En cualquier caso, sea o no cierto, ese comentario refleja bien lo que sucede con la mayoría de las personas que llegan por primera vez a la presidencia del gobierno de un país. Sucede con quienes acceden al primer puesto de una empresa medianamente grande, así que ¡cómo no les va a pasar a quienes nos van a dirigir a todos!

Por eso, sorprende que, entre las muchas cosas que se han dicho y escrito a raíz del máster que la recién dimitida Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, había incluido en su CV sin haberlo hecho, se haya pasado por alto la cuestión, en mi opinión mucho más importante, de si ese era el máster que realmente tendría que haber hecho para prepararse para ejercer las funciones de presidenta a las que aspiraba y, de no ser así (como sospecho), cuál es el que debería haber cursado. Cuestión que, naturalmente, es extensible a todos aquellos que pretenden acceder a la máxima responsabilidad ejecutiva de un Estado.

Es inevitable que los ciudadanos paguemos un precio por la bisoñez inicial de nuestros gobernantes. Pero, precisamente por ello, deberíamos ser muy exigentes con que su preparación previa fuese lo más completa y ajustada a lo que luego necesitarán,

Es lógico que, aunque quisieran prepararse bien antes, se encuentren con muchos aspectos desconocidos con los que solo cabe tomar contacto tras hacerse cargo de esa responsabilidad. Y, por tanto, es inevitable que los ciudadanos paguemos un precio por la bisoñez inicial de nuestros gobernantes. Pero, precisamente por ello, deberíamos ser muy exigentes con que su preparación previa fuese lo más completa y ajustada a lo que luego necesitarán, si llegan a gobernar.

Por ejemplo, escuchamos con frecuencia a los principales líderes políticos opinar y debatir sobre los cambios fiscales que se requieren para poder financiar los diversos gastos del Estado de Bienestar. Sería razonable, por tanto, que antes de llegar a gobernar se enterasen bien de las mejoras que admite nuestro sistema tributario y, obviamente, de las consecuencias, positivas y negativas, que ello implique. Otro tanto puede decirse sobre lo que habría que cambiar en nuestro mercado laboral para conseguir resolver de una vez la anomalía de que España duplique las tasas de paro en relación con la media europea. Y así podríamos continuar con otros asuntos de la máxima prioridad nacional.

Es obvio, sin embargo, que España no vive en una burbuja, separada del resto del mundo, y que muchas de las principales amenazas que se ciernen sobre nuestras vidas se están gestando más allá de nuestras fronteras. Son cuestiones, por tanto, a las que también hay que prestarles mucha atención.

Por ejemplo, la Unión Europea: ¿hacia dónde va? ¿Cómo afectará a España ese rumbo y cómo puede influir en las decisiones que ahí se toman? En un momento, en que la salida del Reino Unido exige que España tenga un mayor protagonismo, ¿tenemos una idea clara sobre qué estrategia le conviene a la UE en cada tema? ¿Qué consecuencias tiene el excesivo dirigismo que está ejerciendo Alemania, sobre todo en materia de economía? ¿Vamos hacia una Europa “alemana” o hay posibilidad de reequilibrar el poder al frente de la UE? Y tantas otras preguntas sobre las que nuestros dirigentes políticos tendrían que haber reflexionado antes de llegar a La Moncloa.

El descontrol del sistema financiero mundial: habría que preguntarles a los candidatos a suceder a Rajoy, en el Gobierno de España, si están preparando ya las propuestas sobre este asunto que defenderán en los foros internacionales o si pretenden empezar a enterarse de qué va todo esto cuando lleguen al despacho presidencial,

Otro ejemplo: el sistema financiero. Es sabido que la mayor parte de las operaciones financieras se realizan sin ningún control o supervisión gubernamental. Para hacernos una idea de su magnitud, en el año 2014 estas operaciones sumaron, a nivel mundial, los 630 billones (millones de millones) de dólares, mientras que el PIB mundial alcanzó los 71 billones. Insisto: sin supervisión de ningún regulador. De modo que seguimos acumulando riesgos en este campo. Y la crisis del 2008 ya nos ha mostrado que, al final, las consecuencias son tremendas y las pagamos entre todos. Esta misma semana, sin ir más lejos, los presidentes de los tres principales bancos españoles (Santander, BBVA y CaixaBank) reclamaban en Bruselas que se aplicasen las mismas reglas de juego a la banca tradicional y a los nuevos “bancos” tecnológicos. El del BBVA señalaba, además, la necesidad de crear organismos globales, a nivel mundial, que definan principios comunes. El asunto es peliagudo y de una enorme complejidad. Así que habría que preguntarles a los candidatos a suceder a Rajoy, en el Gobierno de España, si están preparando ya las propuestas sobre este asunto que defenderán en los foros internacionales o si pretenden empezar a enterarse de qué va todo esto cuando lleguen al despacho presidencial, dejando mientras tanto que sean otros líderes los que defiendan sus propias propuestas en esos foros.

Más ejemplos: la seguridad en el ciberespacio. Huelga explicar a estas alturas la enorme y creciente dependencia que están adquiriendo la mayoría de las actividades económicas y empresariales respecto de Internet y las tecnologías asociadas. Tampoco es necesario señalar la fragilidad y vulnerabilidad de la Red, así como los riesgos y amenazas que ello implica. Sobre estos baste un dato: junto al Internet que usamos habitualmente existe otro, conocido como Internet Profundo o Darknet, que se estima 500 veces mayor que el Internet conocido y en el que debe haber más de 200.000 webs, entre las cuales proliferan multitud de actividades delictivas e ilegales. ¿Alguien está estudiando en España qué hacer frente a esas amenazas? Espero que sí. Esta semana también nos hemos enterado de que la compañía Telefónica ha constituido un “consejo asesor para ciberseguridad” con la participación de expertos extranjeros de primera fila. Lógicamente, este grupo se centrará en los aspectos que le interesen a esta compañía, pero habrá muchos otros que, en cambio, sí le afecten al país y que, por tanto, justificarían que quienes aspiren a gobernarlo dedicaran parte de su tiempo a comprender con cierto detalle la naturaleza de estas amenazas y sus posibles soluciones. Si esta iniciativa pone de manifiesto la importancia que tiene este asunto para nuestra principal operadora de telecomunicaciones, mucha más la debe tener para quienes pretendan ponerse al frente del país.

No creo que haga falta seguir poniendo ejemplos para hacer ver que son muchos, muy variados y complejos los asuntos sobre los que la elite política debería estar familiarizada y con ideas sólidas respecto de lo que nos conviene. ¿Lo están? No lo sé, pero me temo que la gran mayoría apenas tienen opinión sobre ellos.

Este problema tiene un sustrato aún más preocupante y es que mucha gente, en su ignorancia, se cree que “cualquiera vale para gobernar (con tal de que sea honesto)”, lo cual es radicalmente falso si por “gobernar” entendemos hacerlo bien.

¿Nos da igual a los ciudadanos que nuestros próximos gobernantes estén más o menos preparados sobre todos estos grandes asuntos cuando se pongan a dirigir nuestros destinos? Está claro que no. El problema es que la mayoría no somos conscientes de ellos ni de las amenazas que conllevan. Es más, como lo ignoramos casi todo sobre ellos, tendemos a minimizar su importancia y a darle la espalda a esa parte de la realidad que nos afecta. En consecuencia tampoco somos especialmente exigentes con que, al menos, nuestros líderes políticos sí se los tomen en serio y lleguen al poder con proyectos suficientemente maduros al respecto.

Este problema tiene un sustrato aún más preocupante y es que mucha gente, en su ignorancia, se cree que “cualquiera vale para gobernar (con tal de que sea honesto)”, lo cual es radicalmente falso si por “gobernar” entendemos hacerlo bien. Si recibieran la preparación que realmente se precisa, probablemente la mayoría de la gente llegaría a estar en condiciones de gobernar bien, pero obviamente esa no es la situación. Desgraciadamente, ni siquiera es la situación en la que se encuentran la mayoría de nuestros políticos.

Por eso, aunque efectivamente es escandaloso que nuestros dirigentes engañen en sus CV, añadiendo títulos que no tienen, a mí me parece mucho más escandaloso que se permitan el lujo de aspirar a gobernarnos sin haberse preparado adecuadamente para ejercer tamaña responsabilidad, y que los ciudadanos no se lo echemos en cara.

2 comentarios

2 Respuestas a “¿Necesitan algún máster nuestros políticos?”

  1. Juan Teruel dice:

    ¿Qué necesitan uno o varios Master? Por supuesto. Y un servicio completo e integral de Limpieza, también, o incluso más. Lo último: Qué “sí se puede”. Hombre, ¡Qué si se podía! Toma chalet.

  2. O'farrill dice:

    Recuerdo cuando hace ya demasiados años, se invitaba al candidato y se le preguntaba por sus intenciones políticas de una forma simple: “¿Que quieres hacer con España?”. La respuesta era la misma: “Primero ganar las elecciones, después ya veremos”.
    Tiene mucha razón Manuel con su artículo que nace de la perversión del sistema político.
    La primera perversión es la de de representación del “soberano” (del pueblo) sustituida por la representación de partidos. Desde el momento en que se eligen a representantes de unas siglas en listas cerradas y bloqueadas, no existe responsabilidad ante el elector sino ante el partido. Ni siquiera ante el programa del partido (si lo hay y se cumple). Si la representación fuera directa, el poder real residiría en el Parlamento (legislativo) en forma individual para cada diputado.
    La segunda, es que se nos dice que las elecciones son para elegir un presidente de gobierno (que no jefe de estado). En su caso, el Parlamento debía aprobar sus nombramientos politicos en cuanto a la cualificación de los propuestos. El dejar al presidente que lo haga, supone que suya es la responsabilidad de sus actos (es el caso de reprobaciones) y no vale argumentar lo de “ese señor me ha salido rana”.
    La tercera es que, mientras para ocupar cualquier puesto en las AA.PP. se exige una determinada cualificación, no vale sólo la de “político” para ocupar un cargo de responsabilidad. En todo caso deberían presentar su proyecto de gestión ante el Parlamento y las bases para el mismo.
    En España, al comienzo de la transición, había politicos que habían “sudado la camiseta” desde bastantes años antes, con experiencia, preparación y conocimiento de la gestión pública. Casi todos fueron laminados por las “nuevas generaciones” cuyo mérito está en aplaudir al jefe. El PSOE cambió en Suresnes a los socialistas de verdad y corazón, por un “clan de la tortilla” de veinteañeros (¿nos suena en Podemos verdad?), que dejaron España que no la reconocía “ni la madre que la parió” (Guerra ). Sobre todo las AA.PP. donde entraron como elefante en cacharrería (corrupción). En el PP (antes AP) se fueron quitando a la vieja guardia, cuya imagen no les gustaba (eso es lo más importante en el mundo mediático actual) para que llegasen caras nuevas (algunas con “mucha cara” como se ha ido viendo). En Cs se llegó a decir que sobraban ya en política las generaciones de la Transición. Más imagen de cara al exterior, lo importante es el cartel publicitario.
    En fin, hemos visto como ha ido deteriorándose la formación en todos los ámbitos. La política es uno de ellos. Pero lo grave son las consecuencias posteriores.
    Un saludo.

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