En 1840, el gran pensador Alexis de Tocqueville ya se maravillaba, en La democracia en América, de la fuerza que tenía en ese país el espíritu asociacionista. En ese libro comparaba las democracias de la Europa continental, y en particular la francesa, con la norteamericana. Recojo algunas frases memorables:

«El habitante de los Estados Unidos aprende desde su nacimiento que hay que apoyarse sobre sí mismo para luchar contra los males y las molestias de la vida; no arroja sobre la autoridad social sino una mirada desconfiada e inquieta, y no hace un llamamiento a su poder más que cuando no puede evitarlo. (…)
Surge un obstáculo en la vía pública, el paso está interrumpido y la circulación detenida; los vecinos se establecen al punto en cuerpo deliberante; de esa asamblea improvisada saldrá un poder ejecutivo que remediará el mal, antes de que la idea de una autoridad preexistente a la de los interesados se haya presentado en la imaginación de nadie. (…). En los Estados Unidos, asócianse con fines de seguridad pública, de comercio y de industria, de moral y religión. Nada hay que la voluntad humana desespere de alcanzar por la acción libre de la potencia colectiva de los individuos”.

Las palabras y las ideas de Tocqueville mantienen todo su vigor. En las antiguas monarquías los estamentos intermedios organizados y poderosos -clero y aristócratas- limitaban el poder absoluto del rey en función de sus propios intereses. En una sociedad democrática «todos los ciudadanos son independientes y débiles; nada, casi, son por sí mismos, y ninguno de ellos puede obligar a sus semejantes a prestarle ayuda, de modo que caerían todos en la impotencia si no aprendiesen a ayudarse libremente».

La división de poderes se ideó para que cada poder actuara de dique de contención de los demás, singularmente el poder judicial aparecía como guardián de la ley, como garante de que todo poder se ejerciera de conformidad con ella como expresión de la voluntad general.

Pero la división de poderes no resuelve dos graves problemas. La democracia se realiza a través de asociaciones potentes con un estatus constitucionalmente privilegiado que, si bien nacen con el propósito de servir al interés general, pronto se convierten en estructuras de poder que sirven a sus intereses. Me refiero a los partidos políticos, que los grandes pensadores (Tocqueville, Michels o Sartori) ya calificaban abiertamente como el peligro de la propia democracia, en cuanto que un sistema democrático es, en su funcionamiento real, un sistema de partidos. Y éstos, cada vez más organizados, tienden a convertirse en sectas que contaminan a los poderes constituidos a través de mecanismos que nos suenan a todos: la decisión de quién va en las listas electorales, con tendencia a buscar personas fieles al partido más que personas independientes y de criterio. Los parlamentarios elegidos con este perfil funcionan como correa de transmisión de la voluntad del partido que acaba por influir en la designación de los otros poderes (singularmente los miembros del gobierno de los jueces).

Existen, además, otras estructuras de poder fuertemente cohesionadas, (singularmente el poder económico y los medios de comunicación) que también persiguen sus propios fines. Los partidos políticos y los poderes democráticos reciben fuertes presiones de estos modernos poderes aristocráticos, en función de sus propios intereses que no suelen coincidir con el general. ¿Alguien se ha preguntado realmente por qué a los ciudadanos nos toca pagar el llamado déficit tarifario a empresas eléctricas que tienen beneficios extraordinarios, en un sector regulado y en el que existe una situación de claro oligopolio de oferta? ¿O por qué el Gobierno y oposición sólo consiguen ponerse de acuerdo para indultar, en contra del criterio del juez sentenciador, a un conocido banquero condenado penalmente ?

Para hacer frente a estos graves peligros de la democracia, aparte de fortalecer la división de poderes, es precisa una sociedad fuerte, unida a través de asociaciones. Están en juego muchas cosas. Hace tiempo que pocos discuten que la democracia sea el sistema más justo de gobierno conocido por el hombre, pero también resulta claro que es el más exigente con el ciudadano, porque le traslada la responsabilidad de las decisiones más importantes, en particular, la de quién queremos que nos gobierne. Si no asumimos con valentía esa responsabilidad, la democracia se convierte en la justificación perfecta de otra forma despótica de gobierno. Sin ciudadanos comprometidos con la defensa de la democracia, simplemente NO HAY DEMOCRACIA. Así de sencillo.

Y no nos engañemos aquí chocan dos vectores de fuerza. Uno singularmente potente: el de los poderes de hecho que se resisten a ser controlados y que harán todo lo posible para que no los controlemos (incluso tratar de aborregarnos con fondos públicos mediante programas de televisión hechos para cerebros planos). Enfrente, el ciudadano de a pie que, harto de estar harto, comienza a adquirir consciencia de que o esto lo arreglamos nosotros o no lo arregla ni Dios. Y que además es nuestra responsabilidad formar parte de la solución.

Hace poco me explicaban con un ejemplo gastronómico la diferencia entre implicarse y comprometerse: en la preparación de unos estupendos huevos fritos con jamón, la gallina está implicada, el cerdo comprometido. El plato de una verdadera democracia sólo sale con una sociedad de ciudadanos formados y comprometidos. Y aquí las asociaciones tienen un importante papel, como mecanismo de movilización social.

Pero ¿por qué, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, en las sociedades europeas no proliferan las asociaciones? En el modelo europeo occidental las superestructuras estatales se han metido hasta la cocina en todos los aspectos de nuestra vida. La Ley y el Estado nos dicen cómo hay que hacer cada cosa. El espacio que queda libre nos lo disciplina el modelo socio cultural. Nos queda poco margen y nos hemos habituado a que todo nos lo organicen desde fuera.

La película infantil Wally imagina un futuro en el que seres humanos obesos se acostumbran a que toda la actividad física se la hagan las máquinas, hasta el punto de que llegan a atrofiarse todos sus músculos y no pueden hacer algo tan sencillo como incorporarse o caminar.

La hiperorganización estatal ¿no habrá anquilosado nuestros músculos asociativos e incluso nuestra capacidad de iniciativa? ¿Qué pasaría si desde pequeño alguien planificara cada paso que damos? ¿No se nos olvidaría que tenemos una capacidad de decisión propia y una visión del mundo única? Y ¿qué ocurriría si un Ente Superior nos garantizara que no nos iba a faltar de nada en la vida? Al menor inconveniente nos dirigiríamos a Él en actitud de reclamación, en lugar de tratar de resolver nuestros problemas. Aunque no seamos conscientes, esta pérdida de la costumbre y la habilidad para afrontar y resolver situaciones no solo nos está atrofiando, sino que nos está dejando indefensos ante los poderes que nos proveen. Cierto, como en Matrix, podemos desconectar la máquina, pero entonces ¿qué sería de nosotros?

Imagino gentes asociándose para defender cosas que no les afectan directamente, intereses ajenos o difusos. No hay que imaginar demasiado si repasamos las primeras reivindicaciones del 15 M, de ese grito espontáneo que pedía división de poderes, independencia judicial o reforma de la ley electoral. Hoy queda poco de aquellos días, pero volverán a surgir asociaciones empeñadas en hacer de esto una democracia. Hastío hay, lo que falta es compromiso.

10 comentarios

10 Respuestas a “SIN COMPROMISO NO HAY DEMOCRACIA”

  1. Emiliano dice:

    El Estado era opresor en los tiempos de la Independencia de los EEUU, pero creo que en los tiempos actuales el problema suele ser más bien el poder económico, y el Estado como correa de trasmisión de sus intereses. El problema actual es que el Estado es débil. El rey ya no se cuela en nuestra casa para darnos una patada en el culo (como dice temer Homer Simpson): son los bancos los que se quedan con nuestra casa.

    Las expresiones liberales “Papá Estado” o “las garras del Estado” muestran esa visión tradicional del Estado como ente extraño, venido de otro planeta para meternos el dedo en el ojo. Pero no es así: el Estado es la organización de los ciudadanos. El Estado se crea por sí mismo, de manera natural. Si dos personas naufragan en una isla desierta, inmediatamente montan un Estado.

    Ahora bien, en un país de muchos millones de personas, es lógico que el Estado se perciba como algo lejano y ajeno, más aún si éste procede de un régimen autoritario. Yo tampoco confiaba en el Estado cuando era joven: quería ser libre para poder fumar porros, follar, y reunirme con quien me diese la gana para hablar de lo que me diese la gana.

    Pero cuando el verdadero peligro es el Mercado, añoro el Estado. No como Papá, si no como la organización en la que me vertebro con los demás ciudadanos, para asegurarnos las mayores garantías posibles.

    Para que esto sea así, es cierto que hace falta compromiso. El estado se convierte en Papá Estado, no por su mera existencia, si no cuando el ciudadano decide adoptar el papel de Hijo. Quizás el ciudadano debería adoptar el papel de Padre, lo cual implica tanto preocuparse de sí, como preocuparse de los demás.

    El compromiso debería ser tanto para participar en la dirección del destino que compartimos (participar en el Estado), como para dirigir el propio destino.

  2. Javier dice:

    Emiliano, al igual que los liberales usan la expresión «Papá Estado», la izquierda hace lo mismo con los «Peligrosos Mercados». El problema es caer e la fácil dicotomía Estado-Mercado, igual que Izquierda-Derecha, que es lo que nos debilita como seres con ideas propias. Con eso juegan los partidos políticos, que nos ponen en falsos dilemas para confundirnos, como si las únicas opciones posibles fueran ellos. El Estado somos todos, y el Mercado también somos todos. Está claro que los ciudadanos nos hemos acomodado bajo la supuesta protección de «Papá Estado», pero también nos hemos acostumbrado a la cómoda actitud de pensar que el dinero llueve del cielo y que tenemos un derecho divino a un puesto de trabajo bien remunerado. El dinero se gana con esfuerzo y con iniciativa, al igual que un Estado útil y efectivo se consigue con esfuerzo e iniciativa.

    Lo más triste de todo esto es que hemos perdido precisamente esa iniciativa que es la que nos hizo alcanzar los logros sociales, económicos y científicos de los que estamos tan orgullosos en Occidente.

    1. Emiliano dice:

      Javier, no sé de qué izquierda me hablas. No soy ninguna víctima de los partidos, mi pensamiento se construye a sí mismo desde hace décadas, mis ideas son propias y la dicotomía Estado-Mercado no me la dictan: la dicto yo.

      No hay dicotomía izquierda-derecha. Sólo existe el Mercado, y los partidos que forman el bipartidismo son una sola y misma opción: el Mercado. Son correas de transmisión cuya función es satisfacer las necesidades del Mercado.

      Los “Peligrosos Mercados” han destruido Grecia y amenazan con destruir varios países más, de la misma manera que tradicionalmente han hecho los ejércitos en las guerras de invasión. Creo que “Peligrosos” se queda corto.

      Los Mercados ponen precio al trabajo de los seres humanos (cada vez menos valorado), crean burbujas, quitan y ponen gobiernos, montan guerras, trafican con vidas humanas. Para ellos, el concepto de Ciudadanía no existe, sólo somos recursos que manejar. Son entes asociales, y sin un control férreo destruyen el tejido social e imponen la Ley de la Selva. ¿No crees que hubiera estado bien que el Estado interviniera el mercado inmobiliario hace 15 años y desmontase la burbuja inmobiliaria antes de estallar? ¿No estaríamos infinitamente mejor? Pero eso los liberales lo llaman “intervencionismo del Estado”. Pues bendito sea.

      No veo por ninguna parte la lluvia de dinero ni los puestos de trabajo bien remunerados, ni creo en ellos. Las acusaciones liberales de que los ciudadanos son vagos y codiciosos no la comparto. Sin embargo, los Mercados sí que viven de la cultura de la especulación, que sólo genera pobreza y no produce ningún tipo de bienes. Eso ni es trabajar ni es tener iniciativa.

      Con el debilitamiento del Estado no recuperaremos la iniciativa individual ni colectiva. Pues para recuperarla, haría falta el intervencionismo del Estado: necesitamos televisiones cuyo objetivo sea concienciar y formar, no alienar; un sistema educativo orientado a la formación de ciudadanos de alto nivel intelectual y humano, no orientado a cubrir las necesidades del mercado laboral; un entorno familiar en el que los padres están presentes y activos, y tengan destrezas que potencien la inteligencia, la curiosidad, la iniciativa y la empatía de los menores. Y todo esto es absolutamente imposible sin la intervención del Estado. Quizá un Estado diferente al actual; pero Estado al fin.

  3. TOTO dice:

    Es deplorable la escasez de crítica y denuncia política en el vigente sistema, como un todo y de sus componentes fundamentales: la Constitución, el parlamento, el aparato partitocrático, el sistema judicial, los estatutos de autonomía o las elecciones “libres”, por no hablar de los integrantes decisivos del Estado, el ejército, los altos funcionarios del estado, la estetocracia subsidiada, los organismos estatales que dirigen la vida económica y la UE como suma de Estados.

    Por ello, no es el gobierno “libremente elegido” el que gobierna sino que lo hacen las elites hoy en activo, valga como ejemplo recalcar, y como ya se ha mencionado en este blog, que en la mayoría de los casos el parlamento no elabora las leyes –tampoco el gobierno- sino lo cuerpos de altos funcionarios del Estado y luego lo parlamentarios se limitan a perorar al dictado sobre ellas. Por tanto, hoy estamos en un régimen único de partidos (que recuerda a la realidad política del franquismo), en el que las diversas formaciones se unifican en el aparato estatal a la vez, y de cara a la galería, manifiestan ostentosamente “pluralismo” y “diversidad”. Eso hace que el acto de votar sea un sinsentido y una estafa, pues se vote al partido que se vote, siempre se valida con el sufragio la misma realidad estructural subyacente, al aparato estatal.

    En este sentido un libro interesante es “El Poder. Historia natural de su crecimiento” de Bretrand de Jouvenel, que enfatiza el “carácter expansionista del poder” a través de un crecimiento de los instrumentos de dominación, de tal manera que desde la revolución francesa están aumentando sin pausa “las dimensiones del ejército, la carga de los impuestos y el número de funcionarios”. El autor también explica que el ente estatal, para crecer sin límites, se modifica y modifica la sociedad a la que domina y parasita

    Sobre esta base, embarca luego al cuerpo social en infinidad de pseudos-debates y trifulcas banales sobre asuntos menores para hacer de la vida política un lastimoso espectáculo y del individuo medio un espectador, mudo y pasivo siempre, así como para dividir y enfrentar unos con otros a los integrantes del cuerpo social.

  4. TOTO dice:

    «Estamos asistiendo -escribe Jouvenel- a una transformación radical de la sociedad, a una suprema expansión del Poder. Las revoluciones y los golpes de Estado no son sino insignificantes episodios que acompañan a la implantación del protectorado social. Un poder bienhechor velará sobre cada hombre desde la cuna hasta la tumba… Como consecuencia lógica, este poder dispondrá de todos los recursos de la sociedad… De modo que se trata de constituir como un inmenso patriarcado, o, si se prefiere, matriarcado, pues se nos dice que el poder colectivo debe estar animado por sentimientos maternales.»

  5. Alicia dice:

    Patriarcado o matriarcado el poder siempre es poder, y el que tiene el poder y lo ejerce, haga lo que haga, tire para dónde tire aun con las intenciones más nobles siempre tendrá detractores que entiendan que lo que debe hacer es otra cosa. Y entonces se buscan los consensos, y se llega a arreglos y apaños chapuceros un poco parecido a lo que ocurre cuando dos comensales que uno quiere vino tinto y el otro lo quiere blanco optan por el rosado, solución intermedia que no contenta ni al uno ni al otro.
    ¿Pero de qué otra forma se puede hacer las cosas?
    Las noticias, la información, todo lo que se escucha y se ve y se lee de política y de economía (y de todo en general, aunque parece que son en este mundo que hemos ido creando la economía y la política, juntitas y de la mano, el eje de nuestras vidas y de la felicidad que tanto ansiamos) tiene infinidad de vertientes; todo el que te cuenta “qué está pasando” te lo cuenta desde su punto de vista, y todo comentarista que opina acerca de eso “que está pasando” lo hace desde su criterio, y el mortal corriente que quiere entender algo cada vez está más confundido.
    Y los gobiernos, en las democracias, los elegimos los mortales corrientes y confundidos que no es ya que ni siquiera sepamos qué sabemos o no sabemos ni qué entendemos o no entendemos; es que tampoco tenemos ni medio claro qué es lo que tienen medio claro más allá de querer el poder aquellos a los que tenemos que elegir.
    Y así vamos dando palos de ciego, nunca convencidos al ciento por ciento (y ni al muchísimo menos) de qué es lo que queremos ni quiénes de entre los candidatos a gobernar serán los menos confundido.
    Pero lo que sí que tienen claro quienes aspiran en cada momento a gobernar es que quieren el poder aunque sea bajo el pretexto de ejercerlo para hacer lo mejor.
    Y lo mejor no es igual para todo el mundo. No hay un “mejor” que pueda satisfacer a todos cuando, además, la mayoría de las personas no tenemos, no nos lo han brindado ni nuestra sociedad ni nuestra cultura ni nuestra ética, un criterio filantrópico de qué sería BUENO, en mayúsculas y en sentido absoluto, para que todo funcionara mejor; la mayoría de las personas a la hora de votar y de elegir atendemos, con miras bastante cortitas, a qué nos va a beneficiar en la inmediatez del cada día y en la consecución de nuestros raquíticos y personales intereses.
    ¡Si votaran y eligiesen a los gobernantes nada más que los sabios!
    Pero desde su sabiduría sólo elegirían a sabios.
    ¿Y dónde hay un sabio que quiera el poder?

  6. José María Bravo dice:

    El articulo de Salama, si uno lo lee detenidamente, tiene cuestiones que soslayan un interés de cambio. Lo que pasa, a mi entender, es que se basa en dos conceptos que aparentemente son antagónicos: La independencia y la asociación.

    Se puede decir que al asociarnos independiente estamos adquiriendo un compromiso. De alguna manera, así entendido, la independencia deja de ser en si misma para devenir en interdependencia.

    Tiene lo anterior una logica formal evidente. El problema es la constitución de ese nuevo estado. Quiere decirse cual es el compromiso que se adquiere y con que fin.

    En principio el concepto de independencia surge como liberación de un yugo. La interdependencia sería la integración voluntaria. Podríamos llamar así a la Democracia. Quisiera, entonces, decirse que la importancia de asociarse es, ante todo, preservar la integridad libre de cada individuo. Pero aquí caemos en, la grave contradicción, que es que las asociaciones se constituyen y estipulan unas normas.

    Los partidos políticos son asociaciones, como bien dice Salama, que han corrido el peligro de convertirse en contrapeso de independencia por los intereses, particulares, de sus integrantes . Esto también ha sido fruto de la importancia del liderazgo y su elección, por sufragio de las mayorías, de sus representantes en el entramado social cuya identidad es el Estado, como vertebrador de la pluralidad de asociaciones.

    Salama propone mas asociasonismo que partidismo. Esto como propuesta es loable pero tiene, en su origen, ese llamado peligro de caer en las «garras» de lo que se llama Poder.

    La pregunta es, si ese Poder elegido, tiene derecho y responsabilidad de preservar la Constitución de su principios o no?. Podríamos, o debemos, llamar a esos principios la política, u ordenamiento de la convivencia, de la integración.

    Salama habla de la división de poderes pero en una asociación o partido hay, como esencia, una interdependencia y en la Constitución de su modo de convivencia es como tal. En términos de Estado el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial son interdependientes y su labor particular es preservar los principios. Que uno de sus poderes no lo cumpla a cabalidad no implica la dejación de los principios, y su transformación coherente, si no la sustitución de quien lo incumpla cabalmente.

    En la esencia misma de la democracia no debería sustituirse el criterio de la mayoría, por defecto, en las asociaciones particulares. Como quizás,se pretende en la Reforma del Poder Judicial en España.

  7. llauses dice:

    Hola a todos,

    Antes que compromiso … conciencia.

    Una de las cosas buenas que está sucediendo en nuestra Spain, es que la gente se está dando cuenta y lo está expresando, hay un conjunto de factores que están jugando a favor … las comunicaciones, las redes sociales, el juego abierto de los medios, lo que hace la mano derecha lo termina por saber la izquierda … todo esto conlleva que se estén descubriendo cosas (OTAN y el 11M) y los que quieren jugar con ventaja tienen que hacerlo con cuidado porque hasta el Rey volverá a pedir perdón.

    Un saludo, Luis

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