En un momento como el que vivimos, con una prolongada situación de interinidad en el Gobierno, se oye eso de que no pasa nada mientras tengamos una Administración que funcione y siga gestionando lo público al margen de los vaivenes políticos.

Pero, ¿es verdad eso de que tenemos una Administración que funciona aceptablemente?

Responder a esta pregunta resulta esencial en un país como el nuestro, en el que el gasto público supone cerca de un 45% del PIB.

Téngase en cuenta que si hablamos de Administración en un sentido amplio y no jurídico podríamos incluir en ella al personal al servicio de la sanidad pública, de la educación pública, de la justicia, de la policía o de la gestión y recaudación tributaria. Es decir, un buen número de aspectos que consideramos esenciales en nuestras sociedades dependen directamente de cómo funcione esa Administración que se encarga de gestionar los correspondientes servicios.

Ciertamente hay diferencias importantes entre un juzgado y un hospital público, pero muchos de los problemas que hacen que su funcionamiento diste de ser el ideal son comunes.

El primer problema es que tanto un hospital, como un colegio o un juzgado necesitan de una organización y un aparato administrativo que dé apoyo a los médicos, profesores o jueces en el desempeño de su profesión, de forma que efectivamente se puedan dedicar a curar, enseñar o enjuiciar. Esas organizaciones administrativas deben tener un jefe que no necesariamente ha de ser un médico, un profesor o un jurista; sino prioritariamente un buen gestor.

Desgraciadamente en la Administración no existe una cultura sobre la importancia de la gestión, ni tampoco una suficiente formación de su personal en esas habilidades. Por eso en nuestra Administración, compartimentada por sectores materiales, la gestión de un hospital se le suele encargar a un médico, la de un colegio a un profesor y la de un juzgado al secretario judicial. Lo habitual es que ninguno de ellos tenga conocimientos sobre cómo gestionar una organización y que, además, en general, no le apetezca lo más mínimo hacerlo dado que lo que le gusta es la medicina, la enseñanza o el derecho.

Convendría empezar por ser conscientes de que un buen médico, un buen profesor o un buen jurista frecuentemente no tienen por qué ser unos buenos gestores; y que un hospital, un colegio o un juzgado son organizaciones complejas.

Un segundo problema tiene que ver con la absoluta desmotivación del personal al servicio de la Administración.

Un sencillo experimento en el que participé, habitual en cursos de dirección, coloca a un grupo de individuos a oscuras en una habitación llena de muebles y les pide que se muevan durante un tiempo determinado. La sensación es frustrante. Chocas con personas y objetos sin saber a dónde vas. Después les piden a los partícipes que, nuevamente a ciegas y en la misma habitación, se muevan para cumplir un objetivo sencillo en el que todos deben colaborar y participar. La sensación cambia radicalmente. Las personas que antes eran obstáculos ahora son colaboradores para cumplir un fin.

Esta experiencia explica con sencillez las bases del funcionamiento saludable de cualquier organización; bases que resultan totalmente desconocidas en la Administración.

En las Administraciones, en general, no existen objetivos claramente definidos de los que se haga partícipe al personal que en ellas trabaja. Lógicamente, la fijación de los objetivos más generales depende de los altos cargos que se encuentran en la cúspide de las Administraciones. En otros artículos hemos hablado de la necesidad de que en la designación de los altos cargos primen más los criterios de mérito y profesionalidad que los factores de simple afinidad o proximidad política con el Gobierno de turno. ¿No podríamos seguir en esto el ejemplo británico en la designación del Gobernador de su Banco Central en su última renovación? El cargo se sometió a público concurso abierto a todo el mundo y, previa valoración de los currículos por una comisión de expertos, se adjudicó a un canadiense. Se desconoce su afinidad con el partido político en el poder.

Colocar a buenos profesionales al frente de las organizaciones favorece que tiendan a establecer objetivos claros y creíbles al personal a su servicio.

Una vez fijados esos objetivos, el segundo elemento que genera una fuerte desafección del personal es la incómoda sensación de que resulta irrelevante que haga bien o mal su trabajo. Establecer procedimientos justos y claros de evaluación del desempeño resulta imprescindible para que en una organización los profesionales que quieran hacer bien su trabajo no terminen completamente desmotivados ante la certeza de que importa poco lo que se entreguen o el resultado de su trabajo. En un mundo ideal debería bastar con la simple ratificación del trabajo bien hecho. Pero como estamos lejos de la santidad, la gente necesita sentir el reconocimiento por lo que se hace.

Prácticamente todos los proyectos de reforma de la función pública, incluido el que ha llevado a cabo el último Gobierno, han hablado de la evaluación del desempeño. Siempre se han quedado en papel mojado.

Por estas razones, entre otras, nuestra Administración está en la UVI. Aunque lleva ya tanto tiempo en esas condiciones que más bien se ha convertido en enfermo crónico.

El sueño de una Administración dirigida por buenos profesionales y con un personal motivado en ponerse al servicio de los demás no es algo imposible. Más bien parece algo alcanzable. Y una Administración que no esté roída por la carcoma resulta imprescindible para el buen funcionamiento de un país en el que lo público pesa casi el 50% de su economía.

5 comentarios

5 Respuestas a “Una Administración en la UVI”

  1. Jose Maria Bravo dice:

    Entrar en el debate de la Privatizaciones, que es en realidad el transfondo de este articulo, es complejo.

    Entrar en el debate del Gasto Publico, que es en realidad, también el transfondo de este articulo, es muy complejo.

    Se dice que es “Populismo” abogar por una Salud Universal y una Educacion Universal estatal. Se dice que eso es “Populismo”, es un país con casi 30% de la población en “riesgo de exclusión”. Se dice que abogar por continuar con una política que fue pauta, otrora, de Desarrollo es decir lo que quiere oír el “pueblo”.

    Hay una base real que podríamos diferenciar. Una que es lo que “necesita” una población, cada vez en aumento, para subsistir. Y, hay otra base que es el uso de los bienes publicos a favor de los intereses privados.

    Entonces entramos en otra interpretación de “Populismo”, es lo que suena bien y apoyan los “Poderes” establecidos, véase el aparato de propaganda. “Suena bien” que se aminore el gasto publico con el “dolo” de los funcionarios. Otra parte de la sociedad que tuvo como única salida profesional, ser funcionario. Épocas donde no era tan fácil hacer estudios superiores ni tampoco tan fácil una Salud Universal. Época de luces y sombras propias de la reconstrucción post-guerras.

    Pero, además de sonar bien, porque suena bien aminorar el gasto publico. Sucede que los políticos, los “servidores publicos”, aprovechan las circunstancias para construir nuevos hospitales con “bellas” estancias en desuso. O construir barrios en predios pseudo legales y luego no tener clientela “adecuada”. Deuda publica en “barbecho”.

    Proponer que se quiten los Parlamentos Autonómicos, puede sonar bien, como quitar el Senado. Pero eso es realizable?. Eso también es “populismo”: La verdad es que la Realidad es también sicológica, social e ideal.

    1. Alicia dice:

      Es que… se dicen tantas cosas. Pero precisamente esa, la de que abogar por una Salud Universal y una Educación Universal estatal es “Populismo”, a mí me parece que está muy bien dicha.
      Es sí verdad que suena bien que se aminore el gasto público aunque, eso también, no creo que ello fuera con dolo de los funcionarios que optaron por la salida laboral del funcionariado de carrera, con sus oposiciones y su esfuerzo; otra cosa es que pudiera irlo en el de los puestos a dedo.
      Y lo de quitar los Parlamentos Autonómicos a mí como que no me suena mal del todo; si bien es verdad que me sonaría aún mejor suprimir, directamente y sin contemplaciones, las autonomías.
      De lo que me parece que no se dice nada – en el artículo de Isaac – es de privatizaciones.
      Tampoco se dice – ni en el artículo ni fuera de él – que en este país haya casi un 30% de la población en riesgo de exclusión, salvo en el caso de que quienes lo afirman no se estén ateniendo en rigor a la verdad o, que también puede ser, pretendan convencernos de que si ellos gobernases habría salario y renta mínima para todos.
      Si tal sucediese, que los hados no lo quieran, la exclusión social alcanzaría – en justa compensación – al 70% restante. Porque, me pregunto, de dónde sacarían los dineros para tanta alharaca sino del bolsillo del contribuyente.
      Se habla también, en el artículo, de que hacen falta buenos gestores. Y es verdad que hay poquitos. Pero (como en todo hay excepciones) ahí está la ministra Ana Pastor, que la estoy viendo en la televisión en este mismo momento, en la Marimorena.
      Quien la quiera escuchar está a tiempo.

      1. Jose Maria Bravo dice:

        Estimada Alicia: Como puede usted leer abajo, en alguna parte, en este caso Reuters- una de las agencias de noticias mas importantes del mundo, con sede en Londres lo dice

        Casi un tercio de la población en España está en riesgo de exclusión o pobreza
        jueves 15 de octubre de 2015 18:47 CEST Imprimir [-] Texto [+]

        MADRID (Reuters) – El 29,2 por ciento de la población en España, un total de 13.657.232 personas, vive en riesgo de pobreza o exclusión, un indicador que subió casi dos puntos porcentuales en el último año, lo que se traduce en casi 800.000 personas más en riesgos de exclusión.

        Y lo que usted considera Populismo o no, pues lo respeto.

        Cordialmente

  2. O'Farrill dice:

    Amigo Isaac: como ya hemos comentado en algún otro lugar, una de las reformas estructurales pendientes que no ha sabido o no ha querido afrontar el PP desde su mayoría parlamentaria son las AA.PP. Coincido contigo en todo lo que dices en tu artículo pero además creo sinceramente que será buena una temporada “sin gobierno” como se dice y se machaca en los medios de comunicación. Se trata de un simple respiro del BOE y una cierta paz social donde los ciudadanos siguen viviendo como mejor pueden. Nos va a ayudar a finar nuestro voto en la próxima e ineludible nueva convocatoria electoral. Y los resultados pueden ser sorprendentes.
    He pasado mi vida en las AA.PP. y he visto cómo se ha destruído el enorme capital humano, organizativo y de servicio que tenían en otras épocas, para enfangarlas en la corrupción, la falta de coordinación, la arbitrariedad y el despilfarro. Ahí el PSOE tiene un gran protagonismo. ¿Recuerdas cuando los ministros y subsecretarios se llevaban a matar? ¿porqué se amplió la contratación laboral y se sustituyó a los funcionarios por gentes que ignoraban la Función Pública y sus reglas? ¿porqué se eliminaron los controles previos de gasto? ¿porqué se dividió a los funcionarios con privilegios y castigos? Hablas de desmotivación y es cierto, pero lo peor es que se les ha motivado para otra cosa: obedecer sin replicar al señorito de turno.

  3. Yolanda Hdez dice:

    La palabra “burocracia”, instrumento administrativo por excelencia, en el diccionario de la R.A.E. cuenta con una evolución llamativa de sus definiciones:
    1. Organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios.
    2. Conjunto de los servidores públicos.
    3. Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos.
    4. Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas.

    En un principio, parecía la panacea para hacer funcionar la maquinaria organizativa, la que fuera. Sin embargo, la realidad es que genera gran ineficiencia, al menos, en el sector público, tanto a nivel interno como en las relaciones con los ciudadanos. Es un claro ejemplo de lo recogido en el artículo de Larra “Vuelva usted mañana” (por si resulta de interés tenerlo localizado on-line dejo uno de los enlaces donde se recoge:
    http://www.estrategialocal.com/_es/libros_y_manuales/_internal/repository/VUELVA.pdf)

    Las acertadas propuestas del post contribuirían a que la Administración pública pasara, por lo menos, de la UVI a planta. Sólo añadir algún aspecto al debate.
    En general, el empleado público es alérgico a los cambios y si estos vienen de fuera, más. La figura del “Project Manager” es muy necesaria dentro de la Administración, pero para asegurar que la planificación y actuaciones acordadas se lleven a cabo, tienes más probabilidades de éxito si haces partícipe al grupo afectado en el proceso de elaboración de las decisiones, como se propone en el post, pero además, si la iniciativa es liderada por alguien respetado de dentro. Si el análisis de las situaciones se realiza por alguno de los “suyos”, ayuda a una mejor implantación de los procesos adoptados y la persona que se encarga de ello, tendrá una visión global partiendo de la propia experiencia, y este punto de partida es clave. Las recetas pro forma, pueden ser muy eficaces para una organización pero no tienen por qué funcionar en otra.

    Respecto la desmotivación, si los altos cargos se eligieran por su mérito y su capacidad como se plantea, ello favorecería la reducción de los ejércitos de asesores que por un lado, ahogan a muchas Administraciones públicas, y por otro, producen mayor desmotivación dentro del funcionariado. La figura del asesor es importante y necesaria, pero en su justa medida.

    En lugar de adoptar medidas que favorezcan alguno de los aspectos señalados, el legislador prefirió aprobar el año pasado la Ley 39/2015, Ello supone que en el plazo de cinco meses, será obligatorio relacionarse con la Administración pública de forma telemática, quedan a salvo los particulares y no siempre. El tiempo dirá si la decisión hace que la palabra burocracia escale posiciones y se identifique con la primera de sus definiciones en el diccionario de la R.A.E. o si al contrario, propicia que sea necesario crear una quinta acepción.

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