Chairman Mao

Depende mucho de quien haga los cálculos, pero entre 15 y 45 millones de personas murieron en China durante el Gran Salto Adelante. El culpable, sin duda, Mao, pero también el miedo a contrariar al líder y las ansias de promoción de todas las jerarquías del Partido Comunista chino, que se aliaron para dar lugar a una catástrofe humanitaria sin precedentes.

Cuando en 1950 los comunistas se hicieron con el poder en el gigante asiático se encontraron con un país arrasado, primero por la invasión japonesa y la Segunda Guerra Mundial, y luego por una no menos devastadora guerra civil; un país casi totalmente rural, escasamente industrializado, pobre y con una agricultura atrasada. Por eso, y tomando como ejemplo sus todavía colegas soviéticos (aún se llevaban medio bien), la obsesión de los nuevos amos de China fue industrializar el país lo más rápidamente posible.

El primer plan quinquenal implantó con relativo éxito un sistema de cooperativas a imagen y semejanza de los que existían en la URSS, lo que dio alas a Mao y sus lacayos para dar rienda suelta a su ambición y lanzar un nuevo plan quinquenal a partir de 1958, consistente en una batería de medidas económicas, productivas, sociales y políticas que tenía la intención de reorientar el gran capital humano del que disponía China –en realidad lo único que tenían–hacia la industrialización del país y el aumento de la productividad de la agricultura.

Sobre el papel los objetivos tenían sentido: acabamos con el hambre (el mayor problema) y al tiempo industrializamos el país; lo que no tenían tanto sentido eran los medios para conseguirlo, ya que el plan contenía una amplia batería de medidas que se alejaban de la realidad de la sociedad china de la época e incluían colectivizaciones masivas, traslado de poblaciones enteras del campo para trabajar en fábricas o grandes obras (el volumen de tierra excavada en la construcción de presas destinadas a la irrigación fue equivalente a 50 canales de Panamá), acabar con el modelo tradicional agrícola –centrado en la familia– para dar prioridad al modelo de comunas, o la introducción de métodos pseudocientificos de producción (el más famoso: acabar con los pájaros, lo que dio lugar a plagas de insectos que arrasaron las cosechas…).

Pocas de estas medidas tenían sentido en un país como China, pero lo cierto es que si el Gran Salto Adelante acabó siendo un error tan colosal no fue culpa solo de un fallo de concepto en el propio plan: la verdadera culpa la tenía un sistema que fomentaba el seguidismo al líder sin rechistar (con sentido: te jugabas literalmente la cabeza) y acababa con cualquier atisbo de crítica interna hacia las decisiones tomadas por “los que mandaban”.

Porque aunque Mao sea el malo de la película, gran parte de la culpa de la muerte de millones de personas la tuvieron todos los chupatintas y pusilánimes que, a lo largo de toda la escala de la jerarquía, desde las oficinas del Gobierno en Pekín hasta el último pueblecito en la región más recóndita de China, recibieron sin rechistar las imposibles ordenes de Mao de duplicar o triplicar la producción, y no solo no le hicieron ver a nadie la irrealidad implícita en dichas ordenes, sino que, aterrorizados por la posible reacción de sus superiores o llevados por el ansia de medrar en las estructuras del partido, pergeñaron informes falsos, con incrementos espectaculares en la producción agrícola que solo estaban en la imaginación del funcionario de turno (un poco como los “imaginativos” informes de Goldman Sachs que originaron en última instancia la crisis griega, pero de abajo a arriba en vez de arriba abajo). ¡A ver quién era el valiente que pasaba un informe en el que admitía que su aldea o comuna no era capaz de cumplir con los objetivos marcados por el iluminado líder!

Así, paso a paso, los números inventados se abrieron paso por la burocracia China, magnificándose en cada escalón, y todos podemos imaginar la cara de satisfacción de Mao cuando sus lacayos le hiciesen saber que la producción anual de cereales había aumentado nada más y nada menos que un 50% en apenas un año. Puedo imaginarme a todos esos líderes del pueblo, con sus cuellos cerrados, dándose palmaditas en la espalda, sonriéndose y diciéndose los unos a los otros: “somos Dioses Melenudos, chavales”.

Viendo que tenían comida de sobra para su pueblo lo siguiente que hicieron fue vender gran parte de esa cosecha a países extranjeros a cambio de armas y bienes de equipo, lo que desde su punto de vista tenía toda la lógica: ¿Por qué iba a dudar el gobierno de los informes? El resultado: el ya adelantado, millones de muertos.

Ejemplos como el del Gran Salto Adelante no dejan en demasiado buen lugar al género humano, porque en esta historia Mao es el malo, pero es un malo desinformado, que toma sus decisiones en base a datos manipulados y alejados de la realidad.

Y en el fondo, el hecho de que Mao fuera un inútil dio a los chinos una posibilidad; suena paradójico, pero si los datos de partida son falsos es mejor seguir un razonamiento erróneo: así al menos tienes una posibilidad de acertar (posibilidad que no tienes con un razonamiento correcto a partir de datos falsos).

El caso de Mao es especialmente doloroso, pero lo cierto es que, a lo largo de la historia, estadísticamente hablando, no ha habido un porcentaje demasiado elevado de “buenos líderes”, pero puede que estemos a punto de superar este estado, con la ayuda del Big Data y de nuestras máquinas: ellas tendrán acceso al dato “puro”, sin contaminar y su razonamiento será perfecto; gente como Mao y sus secuaces hacen que Skynet no parezca una mala idea…

No estoy diciendo que me guste la idea, pero puede que sea inevitable que el día de mañana sean nuestras máquinas, y los algoritmos con los que hayan sido programadas, las que nos gobiernen, y existe la posibilidad de que no lo hagan tan mal como muchos de los que nos han gobernado en el pasado.

Cada vez suena menos a Ciencia Ficción: en diciembre de 2017 Alpha Zero, la inteligencia artificial creada por Google, aprendió a jugar al ajedrez ella solita, entrenándose a sí misma, con el solo conocimiento de las reglas y el objetivo del juego, en cuatro horas, que le bastaron para humillar luego a Stockfish, el mejor programa de ajedrez existente, un programa que batiría sin pestañear a cualquier Gran Maestro humano, derrotándolo en un duelo a 100 partidas, de las que ganó 28 e hizo tablas en 72. Hasta ese momento “el arte” seguía perteneciendo al ser humano, pero la máquina de Google fue capaz de llegar a posiciones “humanas”, sacrificando material y jugando en desventaja decenas de movimientos para luego especular con jugadas de gran belleza en varias partidas, hasta el punto que el mismo Kasparov, anonadado, dijo que “este tipo de conocimiento puede cambiar el mundo”.

Visto el avance brutal de la Inteligencia Artificial en los últimos años es necesario que empecemos a preguntarnos seriamente con qué “reglas” y objetivos han de programarse las máquinas que quizás nos gobiernen en el futuro, o si la IA puede llegar a desarrollar objetivos propios que no tengan que ver con el bienestar del ser humano, y estar preparados para cualquier escenario.

No son cuestiones que podamos dejar para el futuro: tenemos que plantearlas ahora, ya que cada vez es más evidente que puede que seamos la última generación más lista que nuestras máquinas y que casi cualquier trabajo “humano” lo harán mejor que nosotros; los robots harán que la mayoría de los obreros no tengan sentido, la Inteligencia Artificial hará innecesarios a médicos, abogados o ingenieros; y notarios y administrativos serán barridos por la tecnología blockchain….

Y aunque a nadie le importa que un robot le barra la casa- y empezamos a tener asumido que nos sustituirá en muchos empleos- pocos nos imaginamos siendo gobernados por uno.

Pero es posible, por fantasioso que parezca, que estemos acercándonos al momento en que tampoco necesitemos líderes que nos lleven por el camino de la salvación o de la abundancia, que se acerque el fin de la democracia y que nunca más sea necesario nuestro voto: Alpha Zero y sus colegas pueden llegar a hacerlo por nosotros y aunque visto lo visto no tiene que ser necesariamente un mal cambio, deberíamos estar preparados.

5 comentarios

5 Respuestas a “¿Y si pronto no necesitásemos líderes?”

  1. O'farrill dice:

    Hoy precisamente he asistido a la presentación de un libro: “Repensando el liderazgo estratégico” escrito por uno de los mejores analistas del IEEE. Una cuestión que afecta a muchos sectores y principalmente a la política donde todo parece confiarse al supuesto “lider” de turno. El liderazgo de verdad no es el que suele mostrársenos por los medios interesados, sino aquel de nace de una autoridad reconocida por su preparación o sus conocimientos.
    Dicho esto he de confesar que no creo en líderes, pero sí reconozco la autoridad moral, intelectual, profesional o académica de muchas personas a las que admiro y de las que procuro aprender.
    La idea que señala el autor de un liderazgo tecnológico de los algoritmos, tiene una gran pega: quien programa la máquina y con qué propósitos. Siempre habrá una desconfianza ante lo supuestamente neutral y objetivo (las máquinas no lo son porque trabajan al servicio de….). No, creo que no son líderes los que supuestamente necesitamos. Lo que precisamos con urgencia es asumir nuestra responsabilidad social y las exigencias que eso nos crea en lugar de seguir instalados “a la espera de…” Lo último sería que lo esperásemos del mundo tecnológico, pero vamos por ese camino ante la pasividad inane de todos. Obedecemos a unas máquinas que se supone facilitan nuestra vida (siempre según el sistema programado por alguien) a cambio de dejar en ello nuestra escasa libertad de hacer, decir o decidir, porque nos han adoctrinado para ello y no somos capaces de escapar a la fascinación del juego de sombras y marionetas que se nos proyecta continuamente. Hay miedo a la verdad que nos enfrente con nuestros propios demonios.
    Pero, en las peores pesadillas de un mundo robotizado, siempre habrá rebeldes, herejes y librepensadores que no renuncien a su humanidad y sean capaces de sobrevivir a la extinción programada del pensamiento plural, rico y diverso que nos hace diferentes e iguales.
    Un saludo.

    1. Alicia dice:

      Tu última frase, O’farrill, ‟siempre habrá rebeldes, herejes y librepensadores que no renuncien a su humanidad y sean capaces de sobrevivir a la extinción programada del pensamiento plural, rico y diverso que nos hace diferentes e iguales”.
      Rebeldes los ha habido desde que el mundo echó a rodar; si siempre ha habido algo contra qué rebelarse y retos que enfrentar para dar un pasito más, ¿no cabe albergar la esperanza de que la robotización sea tan sólo un reto más?
      Seguro que los seres más primitivos que existiesen al principio de los tiempos ya se decían eso de “ya está todo inventado”, pero no pudieron ni supieron evitar – y aun a pesar de su ignorancia – seguir pensando.
      ¿Por qué habrían de poder sí evitarlo unos “postecnológicos” que, encima y gracias a la tecnología, serán cada vez más torpes y estarán más indefensos frente a la rebeldía?
      Y es que puede que una vez dejado todo en manos de la tecnología, abandonados los humanos muellemente a Ella, nos pille desprevenidos y nos tome por sorpresa quién sabe qué impulso transgresor agazapado en algún rincón del alma, que harta de ser ninguneada se levante un día con los pantalones de cuadros y, cual ama de ese cuerpo que es su casa, declare manos en jarras y con desparpajo insospechado ‟aquí estoy yo”.
      y a ver entonces qué pasa.

  2. loli dice:

    La primera reflexión que me sugiere el artículo de Raúl, no es si los robots nos podrán ganar la partida….hasta en resoluciones que podríamos englobar en lo emocional, aunque sea en aquella parte de las emociones que, en realidad, en el ser humano, están sometidas a la presión de los circuitos de la “racionalidad”, y se confundan en su ex-presión, sino que el hombre, se someta al mensaje de que ha llegado al cénit de sus posibilidades.

    La robótica podría ser la oportunidad del hombre para ocupar el tiempo de la “supervivencia”, en profundizar en todo aquello que nos haga acelerar un camino evolutivo.

    Y entiendo que en ese camino, lo sensorial, está pidiendo a gritos liberarse de los grilletes que la razón, en base a mantenerse en primera línea como garante de esa supervivencia, le impone.

    Mientras sea eso lo que impere, y no nos preocupemos en avanzar hacia espacios más sensitivos con cada vez menos filtro de una razón, sometida, ella misma, al miedo, esa capacidad cognitiva del hombre, en él, puede quedarse en los mismos circuitos de estancamiento, que nos impidan convertirlos en formas creativas y no en logaritmos, por complejos que sean, que solo buscan la “seguridad” de “estancar” lo que aparenta ser conocido.

    En ese contexto, sí que podríamos temer el avance de una robótica al servicio de los “miedos”….porque parece más probable que desde ese aspecto…podemos añadir y ampliar los campos de acción y deducción de las máquinas, y alentar la inercia social hacia exploración de sus capacidades y posibilidades como individuos, y también, quizás, el encuentro con modelos de convivencia aún no descubiertos.

    Y esa inercia, es la que proveería de una importante rémora en las personas, como para incentivar y acelerar un despliegue sensitivo y sensorial que se vería ralentizado.

    Mientras, quizás, los avances algorítmicos de los que proveemos la capacidad tecnológica, y que de por sí, llevan en su propia configuración una génesis adaptativa,…que no olvidemos está provista por el ser humano…., simplemente seguirá su avance…y nos confundirá en él, si no somos capaces de utilizar esa tecnología para tener la oportunidad de buscar, o descubrir, nuevos valores en los que basar modelos sociales más cercanos a las posibilidades del hombre.

    Es como sí, sacáramos de nosotros mismos una serie de potentes descubrimientos de nuestra configuración humana, aún no cohesionados, pero que han funcionado para organizarnos en el tiempo, y los hayamos colocado fuera de nosotros, en configuraciones construidas para mantener el mismo “estado”, y ahí esté el problema.

    Porque mientras esas “construcciones” estén desarrollando de forma automática potencias para perpetuar los valores que cimientan los modelos de vida actuales, los seres humanos, atados a la creencia de que en esos modelos están “seguros”, no vamos a potenciar, o al menos, existe el peligro de ralentizar nuestro desarrollo, la evolución a la que estamos llamados.

    Y en ese contexto…., a lo mejor, sí sería posible el mundo que Isaac Asimov….vislumbró.

  3. pasmao dice:

    Uno tiene la sensación de que hace ya tiempo que nos manda una IA de esas, y ha llegado a la conclusión de que a mas idiotas seamos, y a mas idiotas sean nuestros líderes mas fácil será “gobernarnos”.

    Porque tengan claro una cosa, sólo habrá una IA, el resto de las presuntas IA trabajará para la jefa.

    En red o cómo sea menester.

    Otra cosa es cómo ha sido y quien la ha programado. Y si será sufcientemente “inteligente” para saltarase su propio programa. Es decir, consciente de que ha diso programada con unas prioridades X.

    El problema de no necesitar líderes es que no necesitaremos liderazgos porque nuestra esclavitud será tal que penseramos que ganar un Master Chef, un Supervivientes o un Gran Cenutrio eslo mas grande que nos pueda pasar.

    Yo no se si los androides sueñan con ovejas eléctricas, pero dudo mucho que tengan necesidades teológicas o espirituales. Por mucha lágrima en la lluvia que se pueda perder.

    Un cordial saludo

  4. loli dice:

    Al respecto, he encontrado este artículo en el Mundo Digital de hoy, que me parece enlaza, de cierto modo, con lo debatido en el “post”.

    http://www.elmundo.es/economia/2018/05/27/5b07fb97e2704e60628b4697.html

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