¿Homosexualidad?

Uno de los aspectos estrella dentro de las sociedades occidentales, en cuanto a opinión pública se refiere, es el de la homosexualidad. Al tiempo, para un explorador de la naturaleza humana, es uno de los más complejos de abordar, más allá de los simples eslóganes y panfletos con los que suele venir adornado, y de la mediatizada influencia del mundo de la política que todo lo abarca, cuando no lo contamina de sus intereses partidistas.

Es complejo porque en él confluyen una serie de mitos, tabús, conflictos de intereses y estructuras sociales a las que inevitablemente apelan, que difícilmente pueden ser clarificados sin un amplio y completo análisis que va desde lo biológico hasta lo histórico, pasando por cuestiones afectivas delicadas y por profundos misterios como lo es el tema del amor. Por lo tanto, valgan unas breves líneas para simplemente centrar un poco el tema.

Por lo que convendría comenzar es por identificar esta realidad, pues ¿se puede generalizar algo tan íntimo como la sexualidad exclusivamente teniendo en cuenta si la “pareja” es del mismo sexo que el tuyo? Del mismo modo que la heterosexualidad, hay un sinfín de matices, variantes, sentimientos, vínculos y comportamientos, como para quedarse exclusivamente en este factor general para entenderlo en su totalidad. Como es obvio, en él se darán muy distintas, legítimas o no, circunstancias que lo harán loable o detestable.

La lucha que han establecido muchos colectivos para tratar de que las sociedades modernas toleren, e incluso, acepten la homosexualidad, sacándola de la marginación, la exclusión, el estigma y la humillación, me parece tan loable como aceptar el voto femenino, las políticas de ayuda de los servicios sociales a poblaciones desfavorecidas, o la integración de los flujos de inmigrantes. Pero sin duda es solo la parte más superficial del tema, como casi todo lo que se trata desde una perspectiva social sin más.

Como tantas otras cosas de los hombres, esta realidad forma parte casi en exclusiva del mundo de la especie humana. La sexualidad animal, excepto en lo referente a la capacidad intrínseca de algunas especies para variar su género en función de su supervivencia, es esencialmente reproductiva, es decir, que su sexualidad está ligada directamente a la reproducción de la especie. En cambio, en la especie humana, desde tiempos históricos, no es así en exclusiva, por mucho que haya quienes se empeñen en ello. Después de la protohistoria hay innumerables vestigios escritos de cómo los colectivos humanos han tenido que abordar esta realidad, en la mayoría de los casos persiguiéndolo y negativizándolo.

En nuestro caso, hasta hace bien poco, la homosexualidad formaba parte de las patologías descritas en los manuales de referencia de salud mental más importantes, considerándolo una anomalía que requeriría tratamiento terapéutico y farmacológico. No es de extrañar, por tanto, el cabreo generalizado de quien sintiéndose así, reivindique desde el orgullo su propia forma de sentir la sexualidad. Y siempre será mejor que se haga lúdicamente que soez.

Los que hemos tratado las circunstancias afectivas y complejas de las relaciones homosexuales, detectamos algunas diferencias significativas si se comparan con las heterosexuales, especialmente en lo referente a la intensa sensibilidad demostrada por el curso de la relación y su transitoriedad, pero la gran mayoría de las cuestiones vinculares de las relaciones son claramente similares, por lo que se pueden contemplar los conflictos y episodios que acaecen desde perspectivas parecidas: celos, dominación, posesión, control, satisfacción, identificación, etc.

Está de moda en el medio el término “opción sexual” para identificar la manera en que cursa y se desarrolla la sexualidad de cada uno. Casi siempre me parece un término desafortunado, porque no suele ser una elección, sino que le viene dado al individuo, y tampoco es esencialmente sexual, sino afectiva. La atracción, el deseo, la pasión, el amor, la satisfacción por el vínculo, y los sentimientos y emociones que acompañan la relación, le vienen dados de la misma forma que al resto de comportamientos “sexuales” de otro tipo, y por lo tanto, sería mucho mejor y cierto hablar de homoafectividad que de homosexualidad. Plantearlo como opción no es sino otro ejercicio más del nefasto empoderamiento (o apropiación) típico de las mentalidades egológicas de nuestro tiempo.

Igualmente es esencial contemplar en estas formas de afectividad, la manera como se viven las relaciones con el “otro género”. De ellas puede deducirse hasta que punto la afectividad mantenida con el tuyo procede de una realidad intrínseca o es consecuencia de una animadversión manifiesta u oculta derivada de episodios negativos o apegos destructivos. Acostumbrados ya a que la “guerra de los géneros” establezca la forma en que debemos mirar al otro, siempre surge la duda de si la afinidad es resultado de una simpatía o de un rechazo visceral, en cuyo caso, es legítimo plantearse si es un paso adelante positivo en el desarrollo de la propia identidad, o se trata de otro proceso disociativo más de los que tanto proliferan en nuestro entorno.

Y puestos a seguir cuestionando para ahondar en ello, ¿se puede hablar de igual modo sobre lo que es en esencia la homosexualidad masculina y la femenina, o solo el hecho de ser ambas relaciones de pareja del mismo género, ya las iguala, las identifica y define por naturaleza?

Parece que vamos lentamente digiriendo (solo socialmente), los hitos en los que el patriarcado reinante nos hacía creer que la única fórmula viable para el contexto afectivo-sexual residía en la heterosexualidad, la familia y la reproducción, y del binomio poniendo ahora el acento más en lo afectivo que no en lo sexual. Queda por ver si la apertura al Amor que subyace en las relaciones entre personas del mismo género adquiere auténticamente significación y entendimiento desde lo femenino, o solo se queda en la reconocible e improrrogable homosexualidad patriarcal compartida por todos.

Solo hay que ver la intensidad adquirida por la pornografía a todos los niveles para pensar desgraciadamente más en lo segundo que en lo primero.

2 comentarios

2 Respuestas a “¿Homosexualidad?”

  1. O'farrill dice:

    Como todo lo que es utilizado por lo que llamamos «política» en su propio beneficio, el tema que analiza tan acertadamente Carlos ha sido manoseado, pervertido, sesgado y publicitado como parte de una guerra ideológica que viene a sustituir a las clásicas de «derechas» e «izquierdas» que ya sólo creen algunos despistados. La ideología de género se ha impuesto y, en muchos casos, lo hace deformando lo que -coincido con el autor- lo que son (o debían ser) afectos nacidos de los sentimientos, por lo que parecen ser puras cuestiones de sexualidad reducidas muchas veces a la máxima expresión de lo cutre o lo soez. La pureza del sentimiento y de la intimidad personal se ve manchada por el exhibicionismo barato de la «visualización». Eso lo saben los verdaderos homosexuales (he conocido y conozco a bastantes que reniegan de la misma porque creen que los perjudica banalizando lo que son sus vidas). Ocurre como en el mundo de la llamada «discapacidad» también muchas veces utilizado con unos u otros intereses. El día que entendamos lo que es el respeto mutuo y la igualdad entre todos nosotros como señas de identidad de la especie y no seamos utilizados para el enfrentamiento social o la propaganda política, entonces podremos hablar de un verdadero progreso positivo.

  2. Manu Oquendo dice:

    La palabra amor lleva camino de convertirse en otro significante vacío y este proceso de «confusión semántica» se ha acelerado en las últimas décadas.

    Hoy día usamos «amor» para encubrir una amplia gama de relaciones que Grecia y Roma distinguían muy bien y que, sin ser exhaustivos, nos lleva desde la simple fornicación a la filia y el eros y de estas a ágape en su forma más elevada de amor altruista y trascendente. El ágape sería la forma de expresar no solo el respeto afectuoso por otra persona sino que definiría una relación orientada a la plena realización de otro ser humano que, en este caso, sería la persona «bien amada».
    Es decir, persona amada….. según su Naturaleza y sus Fines.

    No debe sorprendernos por tanto que en el entorno espiritual –entendido como el ámbito de los fines trascendentes de los seres humanos– el énfasis esté en el «ágape» siendo todas las otras formas inferiores a esta en grados diferentes.

    Una definición por tanto podría ser algo así como «Dar de aquello que no nos sobra, sin esperar nada a cambio y por el bien del otro u otros,». Esta definición coloca al amor verdadero en su sitio y relativiza otras formas de relación que, independientemente de la dotación cromosómica, los niveles hormonales y las pulsiones instintivas, no son en absoluto altruistas ni desinteresadas.

    Suponemos que el «ágape» no es un tipo de relación fácil precisamente porque excluye el componente narcisista, utilitario o egoísta de otro tipo de relaciones que, no sorprendentemente, tratan de asimilar todo bajo un mismo paraguas. Además exige tener razonablemente claro en qué consiste el bien del «otro u otros». Esto dista mucho de ser fácil o incluso accesible. Podríamos decir que constituye un «proceso de crecimiento personal» quizás propio de la etapa vital que Maslow describía como de «autorrealización».

    A lo largo de la vida he conocido a varios homosexuales. Ninguno de ellos encaja ni de cerca en el estereotipo que hoy se promociona ni puedo imaginar a ninguno de ellos de tal guisa. Todo lo contrario.
    Alguno, un médico y psiquiatra a quien conozco desde que yo estaba en la universidad y él daba clase vivió unos años como homosexual y por su profesión fue capaz de identificar el momento de su infancia en el cual de modo inconsciente rechazó el arquetipo femenino que representaba su madre. A los 45 años conoció a la que hoy es su esposa y ha tenido desde entonces una vida hetero con hijos y nietos. Hoy ya está cerca de los 90 años y acaba de dejar de tratar pacientes. Es el psiquiatra que más enfermos de Sida ha tratado en España con métodos introspectivos. Es hombre de vastísima cultura y un gran corazón.

    Por supuesto no pretendo generalizar. Simplemente describir un caso concreto de los cuatro que he tratado como amigos en mi vida. Pero sucede que encarna un tipo de homosexual que el sistema legal actual rechaza porque prohíbe las terapias inversas y penaliza a los profesionales que las llevan a cabo incluso si es a petición del cliente o paciente. Es decir la reflexión interior que él, Antonio, llevó a cabo para incorporarse a la heterosexualidad.

    Debemos tratar de conocernos y ayudarnos.

    Saludos y buenos días

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