Ver a un anciano cruzando la calle cuando el semáforo anuncia que su tregua finaliza, es una metáfora del mundo en que vivimos. Los coches comienzan a avanzar cuando el anciano todavía no ha llegado a la otra orilla. Algunos tocan el claxon segundos después de que el semáforo pase a verde y el hombre debe mantener la calma arriesgándose a que la impaciencia urbana lo arrolle en cualquier momento. Un ser humano solo, acechado por otros muchos seres humanos, que tienen como principal objetivo continuar su rumbo sin que nadie se interponga.

Esta es la sociedad que hemos montado.

Vivimos en un sistema en el que somos jóvenes hasta los treinta y cinco años y laboralmente viejos a los cincuenta. Esto lo constatan a diario las personas de esta edad en adelante, pero además lo afirma Juan Luis Cebrián, que declaró hace unos meses que “la tercera edad de los periodistas comienza a los cincuenta”. Y si a los cincuenta años eres ya de la tercera edad, a los sesenta estás social y laboralmente muerto.

Por si acabáis de incorporaros a este artículo, recapitulemos: eres joven hasta los treinta y cinco, viejo a los cincuenta y anciano a los sesenta. ¿Estamos? Bien, pero luego resulta que alguien muere a los setenta y todos dicen eso de “ah, pues era joven” ¡¿En qué quedamos?!

Teniendo en cuenta que la esperanza de vida en España está alrededor de los ochenta y un años y que laboralmente somos descartados a los cincuenta, nos quedan treinta y un años por delante para descansar. Y entiendo que haya quien desee jubilarse para descansar, pero por muy cansado que esté uno, ¿treinta y un años no es demasiado tiempo?

En este modelo social, la consecuencia de ser considerado un viejo es un castigo del que se libran muy pocos. Si tienes la suerte de haberte convertido en un respetado científico, diriges una entidad bancaria o asesoras una importante empresa, quizá te salves del linchamiento. Como en el caso de Helen Thomas; la periodista decana de La casa Blanca que se retiró a los ochenta y nueve años. Añadiendo además el lastre del género, este ejemplo resulta casi de ciencia ficción.

Hemos vendido y comprado la idea de que sólo amamos incondicionalmente la juventud y la belleza, por lo tanto, cuando todo ser vivo por lógica natural empieza a envejecer, experimenta más que nunca el miedo al rechazo. Y lo grave es que no se trata de un temor infundado.

El miedo al abandono es comprensible. A todos nos importa lo que piensen los demás de nosotros (y me inquieta bastante vuestra opinión al respecto de esta afirmación) ¿Cómo no nos va a importar? Gran parte de nuestra vida depende de la interacción con el resto del mundo.

La palabra “viejo” sigue siendo un insulto y los viejos permanecen agazapados porque sienten que las calles pertenecen a los jóvenes. El terror al envejecimiento se incrementa además gracias a la publicidad y a los medios de comunicación. Y también gracias a muchos de nosotros, que sin apenas ser conscientes, acabamos actuando como cómplices en este despropósito. Un peligroso espíritu censor asoma a menudo para juzgar cómo se debe vivir y con qué aspecto una vez traspasada la difusa barrera de la vejez.

¿Qué estamos depositando en esta idealizada juventud? Vivimos inmersos en la batalla contra casi lo único que no se puede vencer; el tiempo. Y encima llegan mensajes de países, en teoría civilizados, que nos animan a quitarnos la vida legalmente cuando lleguemos a cierta edad, sólo para evitar atravesar ese terreno árido que tanto nos sobrecoge. Algo estamos haciendo muy mal si creemos que tras la juventud no hay nada; que sólo nos queda la resignación ante el deterioro físico y el rechazo social.

Si consiguiéramos entender la vejez como una circunstancia inevitable con miles de posibilidades de enriquecimiento en vez de como una amenaza, ya estaríamos cambiando algo. Pero yo no sé cómo hacerlo, y no sé cómo hacerlo, entre otras cosas, porque el entorno es hostil. Mientras sigamos enterrando vivos a los viejos, no tenderemos fácil dirigirnos hacia las siguientes etapas de nuestra vida con alegría y libertad. ¿Cómo disfrutar del viaje si sabes que al final del camino hay un pelotón preparado para fusilarte?

Y algún día, todos seremos ese anciano que intenta cruzar la calle, acechado por una sociedad inmisericorde y frenética, que sigue acelerando el paso para llegar a ninguna parte.

Una sociedad en la que sus miembros no sirven para nada sus últimos veinte años de vida, es una sociedad fracasada.

Simone De Beauvoir

3 comentarios

3 Respuestas a “VIAJE A NINGUNA PARTE”

  1. Victoria dice:

    Aguda reflexión, Bárbara.
    Antes se fabricaban o adquirían objetos para que durasen. Hoy, nacen con obsolescencia programada.
    Parece que hemos trasladado también ese sentido de utilidad temporal a las personas y, sin embargo, el propio sistema se ha rebelado creando un antivirus que anticipa esa falta de funcionalidad no sólo a efectos laborales en el periodismo sino a todo factor humano susceptible de producir algún tipo de rendimiento en una empresa, resultando indiferente su cualificación, de ahí que, como bien dices, se esté laboralmente premuerto desde los 50.
    Incluso el fin de la utilidad ha sido superado, actualmente, por el concepto económico de análisis de costes. No importa la calidad sino el coste (cuánto ahorro supone eliminar a un trabajador de 50 años, por muy competente que sea, si puedo contratar a dos de 25, por muy incompetentes que sean).
    Los viejos, en definitiva, equivalen a gasto inútil para la empresa o sociedad, aunque ahora, por su pensión, sean la fuente de ingresos de una familia entera.
    Quizá debiéramos aprender de niños y jóvenes a ser viejos, pero, como tú, tampoco sé cómo…
    Un abrazo,
    Victoria

  2. Rafa dice:

    Vivimos en un mundo en que lo que entendemos por acción, parece el resultado de una frenética y desenfrenada carrera para demostrar que a lo largo del día, somos capaces de desarrollar más actividad y dinamismo (hacer cosas) que el resto de los humanos;

    tanto es así que si no practicamos actividades deportivas (preferentemente de alto riesgo), no pertenecemos a lo que se ha dado en llamar clase dirigente, formar parte de consejos de administración, dirección, presidente de la comunidad de vecinos ( si eres fresador o carpintero, no vale), estás adscrito a una organización que vela por la ecología, o eres por ejemplo gestor cultural, es que no estás vivo.

    Esta extraña concepción de lo que es la acción, está relacionada con la juventud; y aunque la juventud es un tiempo de tu vida tan importante como otros, en este momento social , se valora extraordinariamente, así que todo el mundo quiere ser joven, como antiguamente eran valorados los consejos de ancianos, y todos querían llegar a ser viejos.

    Esta idea nos lleva a ver gente de 80 años en gimnasios y parques, al borde de la angina de pecho, intentando realizar hazañas propias del Capitán América o la Masa.

    Ancianos que renuncian a cuidar a sus nietos propios o de otros, porque es de viejos, conciben la enfermedad como un problema psicológico porque indica decrepitud, como si enfermar solo fuera cosa de la edad.

    Existen tiendas para jóvenes carrozas, que cuando sales te han vestido de torero o de la Flor de la Canela, y además los medios de comunicación confirman permanentemente estos parámetros.

    Pero el verdadero problema de este planteamiento, no es la enorme cantidad de idioteces que hacemos, pero si lo que no generamos a causa de esta moda.

    Ir pasando por cada una de nuestras etapas con relación a los impulsos de la naturaleza, los biorritmos, y de algún impulso que viene de más allá; descubrir lo que toca a cada tiempo de nuestra vida como único.

    Yo opino que el siginificado de la juventud solo cobra sentido cuando has envejecido..

    En fín, Bárbara, que en tu artículo, el único que probablemente este vivo es el viejo que cruza la calle y parece que la vida es un oficio del que deberíamos estar siempre aprendiendo.

    Un abrazo

  3. buey44 dice:

    El concepto de utilidad era ajena, de alguna manera, a la sociedad espannola antes de la decada de los 90, siendo que el pais hasta finales de los 80 no pudo calificarse de “sociedad de consumo” en el peor sentido que conlleva el termino; pero ahora si que el principio regidor es, como en todas las sociedades mundiales de consumo, la autopercibida necesidad del individuo: y utilitaria porque esa percepcion es, mas que nunca, de naturaleza extrinseca a la persona en si siendo objeto, de forma inmisericorde, la pulsacion-cosmica parece-de venta y compra como forma de satisfacer dichas necesidades por parte de la persona. Y estas necesidades-y esto es lo mas siniestro del asunto-corresponden siempre a la necesidad de produccion y venta de objetos y servicios de consumo por parte de las empresas-y no, en realidad, a lo que pudieran ser las necesidades mas importantes e intrinsecas de los seres humanos. Y ya lo ves: se produce el de facto anulacion o aniquilacion del individuo en si que, en sus deseos, esperanzas y impulsos, no es mas que mechanismo humano, en su forma macro-economico, de provecho utilitario a modo de una vaca de granja, cuyo valor, en ultima instancia, se refleja en una cuenta bancaria de una empresa o a nivel financiera en saldo general de la banca en si. Pero los viejos si pueden seguir siendo consumidores,salvo que con eso de la sabiduria natural de la edad dejan de ser tan impulsivos debido tambien a una cierta declive de vitalidad asi “ciega” que es propio de otras edades. Pero tienen pensiones, eso si; y muchos son “vacas” bien jugosas en cuanto objetos humanos de todo ese mercado consumidor geriatrico que crecio tanto, tambien a partir de medios de los 90 en Espanna.

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