La formación de un futuro profesor de secundaria consiste en un máster de un año que le habilita para la docencia. En este máster se pretende condensar todo lo que un docente debería conocer para llevar a cabo su labor: psicología, sociología, didáctica, programación educativa…. Es decir, consiste en un batiburrillo de nociones generales que se complementa con un breve periodo de prácticas. Y este batiburrillo no incluye unas nociones básicas sobre biología.

Aunque tampoco se proporcionan estas nociones en los estudios de grado que ofertan las Facultades de Ciencias de la Educación, las antiguas Escuelas de Magisterio. En ellas, salvo las obligadas referencias a Piaget, Skinner y Vygotsky, la formación de los futuros profesores no incluye lo que la ciencia, y en particular la biología, sabe sobre el desarrollo y la maduración de los seres humanos. Apenas describe los cambios orgánicos y metabólicos que se producen, así como su incidencia en el funcionamiento del organismo, lo que incluye la forma en la que aprende y lo que es capaz de aprender.

Parece que biología y educación son dos términos contrapuestos, ya que, en muchas ocasiones,  educar consiste en reprimir o canalizar ciertas tendencias biológicas, en dominar lo que tradicionalmente se ha llamado nuestra parte animal, nuestros instintos, aquello que nos queda de salvaje. Al educarnos aprendemos a vivir en sociedad.

Esta ha sido una concepción tradicional de la educación, en la que un sujeto bien educado era aquel que imponía su razón sobre sus impulsos naturales. Una concepción en la que cuando se recurría a los conceptos biológicos, tales como la evolución y la herencia, era para reforzar o justificar los supuestos previos que ya se tenían o los resultados que se conseguían. Pero en ningún caso se tenían en cuenta para aplicarlos en la práctica pedagógica, con intención de modificarla o mejorarla.

En los últimos años se han producido tantos avances en las ciencias biológicas, la neurología, la genética o la fisiología que no se pueden ignorar ciertos hechos y mantenerlos al margen de lo educativo. Empiezan a resultar manifiestas las contradicciones entre lo que empieza a saberse sobre las emociones, el aprendizaje y el funcionamiento del ser humano, y las tradicionales prácticas escolares. No obstante, sigue sin cuestionarse el modelo, sino que tan solo se pretende un ajuste, para que lo que ya saben los biólogos tenga cabida en lo que hacen los pedagogos.

Desde los comienzos del pasado siglo, la Ciencia ya sabe que el tiempo no transcurre para todos por igual, que transcurre más lento cuanto mayor sea la velocidad. La fisiología y la bioquímica ya saben que no debe confundirse el tiempo biológico con el tiempo social, con el tiempo que cuentan los relojes mecánicos y los calendarios. Cada organismo, cada persona, tiene un tiempo propio de maduración. Cada cual tiene sus relojes, su cronobiología, pero se pretende ajustarlos para que todos funcionen al unísono.

La madurez no es tanto cuestión de tiempo como de haber completado las sucesivas etapas de un ciclo, de haber pasado por todas ellas. Por eso resulta difícilmente defendible la pretensión de que, por tener los mismos años, los alumnos de una cierta edad se encuentran en un nivel de maduración parecido. Esto resulta muy evidente en personas de distinto sexo, pero no solo en ellas. Sin embargo, la escuela insiste en agrupar a los alumnos por edades, dando por sentado que cuando se tiene la misma edad la maduración es la misma.

En determinadas etapas del desarrollo,  unos pocos meses pueden suponer grandes diferencias madurativas entre los sujetos. Hay periodos críticos, como el de la entrada en la escuela y el del comienzo de la pubertad, en los que estas diferencias son, posiblemente, la causa de muchas dificultades de adaptación y de aprendizaje.

Cuando se toman decisiones sobre lo que debe aprenderse a cada edad, no suelen tenerse en cuenta los estados hormonales, emocionales y anímicos asociados a cada etapa madurativa. La adolescencia, por ejemplo, es una edad tremendamente compleja bioquímica y biológicamente, es un momento en el que cambian continuamente los ánimos y los humores, es un periodo vital de dispersión en el que el organismo tiene enormes dificultades para mantener la atención. En esos años, sin embargo, es cuando más se exige un tipo de aprendizaje que la demanda.

Creemos que nuestra razón dirige o puede dirigir nuestra conducta; pero en realidad no es así. Centramos la mayor parte de nuestros esfuerzos educativos en la educación de la razón; pero la razón es solo una de las formas en que se utiliza el pensamiento.

El pensamiento, lo que llamamos pensar, no es un producto exclusivo del neocórtex. Es el resultado de múltiples factores que lo condicionan. Son tantos y algunos tan determinantes que se podría afirmar que el cerebro no tiene pensamientos, que solo les da forma. Tenemos motivos ocultos, influencias, imperativos y urgencias que condicionan y determinan nuestros estados. Nuestra genética, las circunstancias de nuestro nacimiento, nuestro subconsciente, nuestras distintas memorias, lo que sucede a nuestro alrededor, todo ello nos influye y nos conduce.

No se piensa solo con el cerebro, sino que se piensa con todo el cuerpo. Y, desde un punto de vista anatómico y funcional, no deberíamos estar hablando de un cerebro sino de varios, y no todos ellos están en la cabeza. Hay un cerebro de la razón, el neocórtex, pero también hay un cerebro de las emociones y de los instintos, el cerebro límbico. Este cerebro, además, tiene el control último de lo que suele llamarse sistema nervioso autónomo y se ocupa de filtrar la información que nos llega por los sentidos antes de enviarla hasta la corteza cerebral; resulta esencial, por tanto, para el aprendizaje. Incluso ya comienza a hablarse de la existencia de un cerebro cardíaco y un cerebro intestinal, de redes neuronales ubicadas en estos órganos que pueden tomar decisiones y pasar a la acción independientemente del cerebro. Todos estos cerebros son capaces de aprender, todos toman decisiones, todos emiten y reciben información, todos producen hormonas.

Se cree que los pensamientos  surgen del cerebro cuando bien podría ocurrir a la inversa, que fueran los pensamientos, aquello que se piensa, los que están dando forma al órgano encargado de pensar. Uno de los grandes descubrimientos de la neurociencia es el hecho de que nuestro cerebro está en constante construcción. El cerebro es plástico, se construye a sí mismo a medida que piensa. Según la manera que tengamos de pensar, según pensemos en unas cosas u otras, se va tejiendo un entramado de conexiones, de sinapsis. Según como se use, según lo que se vea inducida a hacer, la red neuronal se dispondrá de una u otra manera.

Educar es cambiar el cerebro. La cultura cambia el cerebro y el cerebro a su vez cambia la cultura. Hay una evolución conjunta de una cosa y la otra. Pero no solo el cerebro, sino que la educación cambia toda nuestra biología; más importante aún que nuestra genética lo es nuestra epigenética, ese conjunto de factores que, sin cambiar la secuencia del ADN, influyen en que los genes se expresen de una u otra manera o no se expresen en absoluto. La educación cambia al ser humano y las decisiones que se tomen sobre ella están incidiendo en el futuro de la especie. Estoy seguro de que los legisladores y los educadores no son conscientes de esta responsabilidad.

 

7 comentarios

7 Respuestas a “BIOLOGÍA Y EDUCACIÓN”

  1. Rubén dice:

    Interesantísimo artículo. ¿Podrías redactar un post con una bibliografía básica para adentrarnos en este aspecto de la neurociencia?

    1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

      El artículo no pretende proporcionar la visión de un experto, porque no lo soy, sobre el tema que se trata. Se limita a comparar algunos datos procedentes del ámbito científico con las prácticas docentes más habituales. No he leído ningún libro en concreto para escribirlo. Cuando he tenido dudas sobre alguna cuestión he buscado en Internet informaciones fiables sobre el tema. También he preguntado a personas que saben más que yo sobre estas cuestiones. Casi todo lo que se expone en el artículo son hechos y descubrimientos que ya forman parte del acervo científico. La única aportación personal es la forma de casar las piezas.

      1. Rubén dice:

        Gracias. Intentaré entonces rebuscar por la red. Un saludo

        1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

          Siento no haberte ayudado más. Pero estoy a tu disposición para debatir sobre cuestiones más concretas. Una buena forma de empezar a tirar del hilo es leer sobre el funcionamiento del sistema límbico.
          Copio a continuación un texto que escribí para otro blog:

          De los cinco sentidos convencionales hay uno, el olfato, que no es filtrado por el tálamo. La sensación, una vez convertida en impulsos eléctricos, llega directa al bulbo olfativo, uno de los componentes del llamado cerebro emocional: el sistema límbico. El resto de los estímulos sensitivos que somos capaces de reconocer tienen que pasar por el tálamo, donde se criban y se seleccionan, antes de llegar a la corteza cerebral.

          El sistema límbico, una de las partes más viejas de nuestro cerebro, no necesita intermediarios para interaccionar con el sistema endocrino y el sistema nervioso autónomo. Por eso las emociones son tan inmediatas y tan intensas; porque no hay tiempo suficiente para elaborarlas.

          En cualquier caso, siempre hay un desfase, un desajuste entre lo que realmente sucede y la percepción que tenemos de ello. Incluso el olfato necesita un recorrido para transmitir lo que le llega hasta el cerebro y, entre tanto, mientras intentamos asimilar, interpretar y dar forma a nuestras sensaciones, siguen pasando cosas.

          Ante la avalancha de sensaciones que nos llegan, ante la incapacidad de procesarlas y asimilarlas, optamos por lo más sencillo: por la simplificación, buscando referencias en lo conocido. Así es como conseguimos que todo lo que es nuevo pase desapercibido; así es como conseguimos, también, que no surja nada nuevo.

          Parece evidente que el pensamiento, lo que llamamos pensamiento, tiene un soporte material: necesita de la colaboración de la materia, no tanto para producirse como para manifestarse. Sin cerebro no hay consciencia de haber pensado.

          Lo que se piensa incide sobre nuestra química y nuestra biología y a la inversa, nuestra química y nuestra biología condicionan cómo se piensa. Es más, los pensamientos son más materiales de lo que nos creemos: dejan su huella eléctrica y molecular, establecen conexiones, modifican las cantidades de neurotransmisores y neurohormonas y, posiblemente, inciden sobre nuestra genética.

          Vivimos inmersos en un mundo de vibraciones, de radiaciones, de interacciones y de influencias que proceden de todos los espacios y todos los tiempos, tanto los que podemos concebir como los que ni siquiera somos capaces de imaginar.
          Somos el producto y la causa de todo lo que nos rodea, igual que nuestros pensamientos.

          Porque hay indicios que permiten sospechar que, más que generar nuestros pensamientos, simplemente los captamos y les damos forma. Y ahí estaría nuestra intervención: en lo que somos capaces de percibir y en la interpretación que le damos.

    2. mrtaid dice:

      Hola, a ver si podemos ayudar:

      – Desde la psicología a mi me ha gustado Watzlawick, por ejemplo “Cambio”, “Teoría de la comunicación humana” o “¿Es real la realidad?” con numerosos ejemplos sorprendentes de como interpretan la información nuestros sentidos y de cómo se distorsiona la comunicación humana a partir de esas interpretaciones.

      -Desde el punto de vista de la neuropsicologia, en concreto sobre plasticidad neuronal, me fascinó Ramachandran, “Los laberintos del cerebro”, que trata sobre plasticidad neuronal en personas con miembros lisiados. A caballo entre uno y otro están los libros de Oliver Sacks en la línea de descripción de casos clínicos curiosos que ponen de manifiesto de qué es capaz nuestro cerebro.

      – Está revolucionando el panorama de la neuropsicología el tema de las neuronas espejo y como aprendemos por medio de la imitación y de la representación mental que hacemos de todo lo que vemos, oimos o sentimos: Iacobini, “Las neuronas espejo” y Rizzolatti, “las neuronas espejo”

      – Desde el punto de vista de las emociones y el cerebro destaca Damasio, “En busca de Spinoza”. Aunque es la vanguardia de la investigación sobre neuroemociones tiene bastantes lagunas en lo referente a explicarse (o bien la traducción no es lo suficientemente buena).

      – En que busca unir neurociencia y escuela, destaca sin duda Howard Gardner, con un montón de libros, entre ellos el del “Inteligencias múltiples en el aula”.

      No soy experto y me faltan datos sobre cómo percibimos el tiempo, sobre cómo afecta la memoria al aprendizaje e, incluso, sobre qué es la memoria en sí misma y porqué es necesaria, pero quizá esta breve lista te sirva de ayuda. Los de las neuronas espejo son un punto excelente para empezar, porque tienen una relación directa con cómo aprendemos. En cualquier caso creo que quizá sea mejor esta breve lista que rebuscar por Internet. Luego en cada libro te da una bibliografía de libros y artículos. De estos últimos, muchos está publicados íntegros en Internet, aunque en inglés. Saludos!

  2. Inés dice:

    Hola Enrique,
    ¿que decir? Es preciso y claro el mensaje.
    No sólo que en las Facultades de Educación no se enseña Biología del cuerpo, sino que en toda la primaria hay bastantes pocas referencias y están dispersas, y los conocimientos básicos con los que los alumnos de “Ciencias” llegan a las Universidades están bastante confundidos.
    Desde la Universidad, además, los departamentos de Educación centran su trabajo en ofertarnos a los demás cursos y cursos de moodle, etc, y de campus virtual y además la evaluación de la docencia y los complementos docentes están basados en el número de cursitos a los que te has apuntado sobre el Espacio Europeo de Educación Superior..
    De bioquímica, de neuroquímica, hormonas.. nada y sobre emociones sí, mucho, Inteligencia Emocional basada en cómo ser más competitivos y “empoderarse, mucho mucho”.
    Por tanto, agradezco esta reflexión tan importante que presentas pero soy poco optimista. ¿Dejarían que fuéramos nosotros a darles clases a ellos? No son esas las políticas que están ni que se esperan.

    En cuanto a la bibliografía, perdónenme, pero antes de poder leer los libros de Damasio o Ramachandrán, parece más lógico entender qué pasa con los nutrientes que ingerimos, o qué es en realidad el DNA o simplemente la célula, o la mitocondria..
    Os sorprendería la absoluta falta de conocimientos básicos que tienen bastantes profesionales, pero desde mi humilde experiencia, es una lucha de perdedores intentar explicar que somos y nos vamos haciendo según la materia y las energías con y por las que nos movemos.Nuestra relación con en entorno, las memorias … justo eso que dices. Hay bastante gente que afirma que no necesitas conocer tu cuerpo y lo que “entra por él” para ” ser féliz”. Y yo, por supuesto respeto cada consideración, pero las etapas de crecimiento y los ciclos de la naturaleza tienen en los seres vivos su control interno, lo aceptemos o no y la relación entre nuestros sistemas, inmune, endocrino y neuronal es exactamente el espejo que vamos a ver nosotros de nosotros mismos, nuestro carácter, nuestra esencia y lo que es más importante, lo que los otros van a sentir de nosotros y nosotros de ellos.
    Como se ha presentado aquí en bastantes ocasiones ese comportamiento, resultado de nuestro funcionamiento interno, determina desde lo que votamos o lo que gozamos hasta a qué nos dedicamos, es decir nuestra vocación o intereses vitales.
    Educar debería ser no interferir con los instintos innatos de que disponemos sino enseñar cómo descubrirlos, considerando que lo fundamental es la maravilla de que siempre hasta el final seguiremos sorprendiéndonos de lo desconocido.

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