Las discusiones a favor o en contra de la enseñanza pública o privada están cargadas de tópicos. Por citar algunos, ni todos los profesores de la pública están mejor preparados que los de la privada por haber aprobado una oposición, ni todos los colegios privados se montan como negocio. Análogamente, ni todos los que acuden a una escuela concertada lo hacen para evitar la escuela pública, ni todos los que eligen la escuela pública lo hacen porque no tienen otra opción. Y lo mismo podría decirse de los niveles académicos, los recursos e instalaciones disponibles, la metodología empleada o el ideario de cada centro.

Durante siglos, la educación fue una actividad casi exclusiva de la Iglesia y la idea de fundar escuelas en todas partes y extender la educación a todos los jóvenes se la debemos en gran parte a Lutero, que demandaba a príncipes y gobernantes que cumplieran con esa obligación. Con ello se paliaba la desaparición de las escuelas católicas debida a la Reforma y se conseguía, además, una rápida difusión de las tesis luteranas. La respuesta no se hizo esperar, para contener y refutar las enseñanzas protestantes era precisa la instrucción religiosa y la creación de escuelas donde no las hubiera. La recién creada Compañía de Jesús hizo de la educación una de sus actividades más importantes.

La Revolución Francesa y la Ilustración también fueron conscientes de la necesidad de un sistema educativo generalizado, que formara ciudadanos instruidos y conocedores de sus derechos y obligaciones, de aquello que la sociedad les proporcionaba y de lo que esperaba de ellos. Con la circunstancia de que ese sistema ya existía de alguna manera, salvo que estaba en manos de la Iglesia y ahora tenía que convertirse en instrumento de desarrollo de los pueblos y ser controlado por el Estado. Todo ello sin olvidar las inquietudes de aquellos que no querían ser educados ni por unos ni por otros, además de las iniciativas de los que veían en ello un posible negocio.

La consecuencia de todo ello fue un largo periodo de confrontación, a lo largo del siglo XIX y gran parte del siglo XX, que cada país resolvió como pudo, mediante el uso y abuso de la ley y de la fuerza o llegando a pactos y componendas, hasta llegar a la situación en que ahora se encuentra.

Como puede verse, la idea de que quien controla la educación controla el poder es antigua y la antagonía actual entre la enseñanza pública y la enseñanza privada es una consecuencia de ella. No deja de ser un conflicto de intereses y de ideologías, con un fuerte componente emocional, en el que, activamente o a nuestro pesar, todos estamos implicados. Un conflicto en el que confluyen distintos enfrentamientos, el del laicismo frente al catolicismo o cualquier otra religión, el del liberalismo frente al socialismo, el individualismo frente al colectivismo y, en definitiva, el que tiene cada individuo con el Estado o cualquier otra forma de poder.

Porque, frente a la obligatoriedad de mandar a nuestros hijos a la escuela surge el deseo lógico de elegir la escuela a la que los mandamos. Y esta elección, suponiendo que nuestras circunstancias nos lo permitan, no depende exclusivamente de la instrucción formal que puedan ofrecer las distintas escuelas, institutos o colegios, sino también de todo lo que los acompaña; desde la ubicación y el alumnado de cada centro, hasta la confianza que nos merecen su proyecto educativo, sus profesores y sus resultados .

Y aunque existe una oferta pública de calidad, con suficientes recursos y profesores cualificados, además de los especialistas necesarios para atender la diversidad de necesidades educativas que pudieran tener los alumnos, hay un importante porcentaje de padres que se decanta por la oferta concertada o por la totalmente privada. Y esto se produce básicamente por dos razones: porque los padres buscan algo de lo que la enseñanza pública carece y porque quieren evitar algo que la enseñanza pública tiene.

Respecto a las carencias, cabe decir que, debido a las inercias y peculiaridades del funcionariado, es más difícil que un centro público genere y mantenga un proyecto y una metodología propios de lo que le resulta a un centro privado. Lo que propicia que, en la educación estatal, la innovación sea más una labor de individuos que de colectivos. Pero esto se podría evitar, bastaría con que los equipos directivos de los centros tuvieran la suficiente autonomía como para seleccionar o retener aquellas personas que consideren necesarias para desarrollar su proyecto educativo, sin que estuvieran condicionados por los concursos de traslado, antigüedades, derechos adquiridos y demás blindajes y prebendas de la máquina funcionarial. Se entiende, claro está, que el proyecto sería juzgado en función de que cumpliera sus objetivos y que existiría un reglamento encaminado a impedir las arbitrariedades, amiguismos y tratos de favor.

En lo que respecta a aquello que se quiere evitar, el principal problema reside en la distribución desigual, entre centros públicos y privados, de alumnos con algún tipo de circunstancia o dificultad que incide en el aprendizaje. Además de alumnos con necesidades educativas especiales (NEE) y alumnos extranjeros, en un grupo ordinario de alumnos que cursan enseñanzas obligatorias en un centro público podemos encontrar menores en situación de riesgo y desamparo, o bien socialmente desfavorecidos, o que sean consumidores ocasionales o habituales de alcohol o drogas, formen parte de una familia desestructurada y un largo etcétera de circunstancias que condicionan, e incluso impiden, lo que habitualmente se entiende por actividad escolar.

Muchas de estas problemáticas también se encuentran y se atienden en la escuela privada, pero lo cierto es que la proporción de alumnos que las presentan no es la misma que la de los centros estatales. Por ejemplo, en el curso 2009-2010 había 762.746 alumnos extranjeros cursando enseñanzas no universitarias, casi la décima parte de la población escolar de nuestro país. La mayoría de ellos, un 82%, asistía a centros públicos, mientras que solo 14 de cada 100 estudiaba en centros concertados y el 4% restante lo hacía en centros privados. En este mismo curso, en torno a 150.000 alumnos, casi el 2% de los alumnos matriculados, tenían necesidades educativas especiales con carácter permanente. Como en el caso anterior, los colegios públicos atendían un porcentaje mayor de estos alumnos, si bien la diferencia no era tan pronunciada.

Estos porcentajes, tanto para estas como para otras situaciones que puedan suponer una desventaja educativa, varían notablemente de unas comunidades autónomas a otras y, dentro de cada comunidad, entre las distintas poblaciones y barrios. Lo cierto es que los problemas tienden a concentrarse, convirtiendo algunos colegios e institutos públicos en algo similar a un gueto.

Cuando un centro de titularidad privada está financiado con dinero público, debe someterse a los mismos criterios de gratuidad y admisión de alumnos que los centros estatales. Si, a pesar de esta normativa, la composición del alumnado es desigual es porque está actuando algún tipo de selección. En algunos casos esta selección se deberá a prácticas y mecanismos, sutiles o descarados, de algunos centros para rechazar a determinados alumnos o desembarazarse de ellos cuando les acarrean excesivos problemas; pero quiero pensar que son casos puntuales y que se está en la intención de detectarlos y corregirlos o suprimir el concierto educativo si no se solucionan. Pero hay, además, otra posible explicación: la dificultad económica de elegir estos centros aunque la enseñanza sea gratuita.

Y es que la asistencia a cualquier colegio supone unos gastos asociados (desplazamientos, uniforme, comedor, libros de texto y material escolar, visitas programadas…) que varían de unos colegios a otros. Esta diferencia puede ser suficiente para excluir a un sector significativo de los alumnos. Cierto es que hay becas y ayudas para paliar este problema, pero es posible que no sean suficientes o que no estén bien repartidas.

Habría que otorgar, además, otro tipo de becas que no recibirían directamente los alumnos, sino los centros que los acogen; siendo esta cuantía tanto mayor cuanto mayor sea la problemática que hubiera que atender. Es decir, cada colegio, público o privado, debería recibir un plus (en forma de dinero, recursos o aumento de personal) en función de su conflictividad. Puede que de esta manera algunos centros concertados estuvieran más dispuestos a enfrentarse con alumnos y circunstancias que ahora intentan evitar.

Se trata de solucionar un enfrentamiento histórico, que ciertos sectores propician y que tiene mucho de interesado, sin que la solución consista en suprimir al adversario. Es un enfrentamiento inútil, que puede que beneficie económica o intelectualmente a algunos, pero que siempre perjudica a la educación. No es de recibo que cada ideología que obtiene temporalmente el poder lo emplee en su provecho, o pretenda perpetuarse, cambiando las leyes educativas.

Un comentario

Una respuesta para “EL PACTO NECESARIO”

  1. Pero del mismo modo que los padres que eligen el centro privado se supone que exigirán un nivel de algo llamado calidad — que no posiblemente (y con bastantes probabilidades quizás sea rotundamente no) esté correspondiéndose con lo que es la verdadera calidad de la que tan frecuentemente habláis aquí — que llevará aparejada la expectativa de un cierta cota de, se me ocurre “saber estar” (dicho de manera que suena bastante frívola) en cuanto a los usos o costumbres e incluso modas que conlleve el pertenecer a cada estatus y, por tanto, buscan distanciarse de las clases sociales menos altas, los que acuden a la enseñanza concertada (que si me entero bien es la de titularidad privada sostenida en parte con dinero público, , ¿es así?) buscarán, desde sus posibilidades, el mismo distanciamiento de las clases bajas que las clases altas buscaban de ellos.
    Con ello quiero decir — y no entiendo nada de enseñanza ni de educación ni de ninguna de esas cosas, la idea que tengo de todo ello se remonta a mi propia experiencia y mi recuerdo de cómo eran hace unas cuantas décadas — que esa mejor distribución a que tu apuntas de los alumnos problemáticos tal vez no depende de los colegios, sino de que los padres de los alumnos más acomodados se avinieran a ese reparto, porque puede, tal y como somos las personas, que dijesen algo así como “pues no quiero que mi hijo se junte con determinada gente, y para eso pago”.
    Porque, sí, en los centros privados habrá alumnos problemáticos, tanto o más que en los públicos, pues los excesos se dan por no sé qué curiosa razón más en los extremos que en las medianías, que las medianías son menos proclives al consumo de sustancias de esas que hacen a las personas conflictivas y no deseables; pero en las clases altas, quizás porque las malas costumbres se llevan con más elegancia o con más cinismo, parece que se las tolera mejor y, además, determinada gente está dispuesta a pasar por alto ciertas… “cosillas” con tal de estar perteneciendo a determinados círculos. Y, otro “además”, en los centros privados ese tipo de alumnos siempre están en menos cantidad y las molestias que ocasionan quedan, de alguna forma, más diluidas.
    ¿Cómo montárselo entonces para persuadir a esa gran mayoría de clase media de que absorba (en realidad iba a escribir “apechugue con”) parte de ese alumnado por cuya causa — que no sólo suya, ya lo sé, ni de su entorno ni de sus circunstancias sino de todo un sistema que ha dado pie de forma más o menos solapada a que circunstancias desfavorables se concatenen — muchos de los colegios públicos, a los que ellos evitan el llevar a sus hijos, se convierten en guetos?
    Y centrándome, al comentar, más en los aspectos de índole práctico que en lo referente a ideologías políticas o religiosas; que en este país tenemos la virtud o el defecto de ser muy poco apasionados para esas cosas, y en el fondo a la mayor parte de los padres (creo) les tiene bastante sin cuidado si la forma de pensar del centro educativo tira más hacia la derecha que hacia la izquierda y, en cuanto a la religión…
    Yo tenía una conocida hace tiempo que decía “hay que ver la suerte que tenemos los españoles de ser católicos, una religión que sólo exige que vayas a misa los domingos y no comas carne en cuaresma; y si no vas y comes carne tampoco pasa nada”.

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