Recuerdo una tarde de domingo, era invierno, en la que mi hijo se sentaba angustiado frente a un cuadernillo de matemáticas. Tenía nueve años y un montón de multiplicaciones por delante; al día siguiente, último día antes de la evaluación, había que entregar, completas y bien resueltas, todas y cada una de ellas. No eran cinco o seis, sino decenas.

Pasaba el tiempo y aumentaba la desesperación. Ante lo absurdo de la situación, hice el tímido intento de coger la calculadora y dictarle los resultados, para que los fuera copiando. No hubo manera: eso era hacer trampa. Tampoco fue bienvenida la sugerencia de cerrar el cuaderno y redactar una nota pidiendo una reunión con la maestra. El cuadernillo se tenía que completar según los cánones, tal y como se suponía que tenía que hacerse.

El encargo, al parecer, venía de antiguo. En algún momento se le dijo que, a lo largo del mes, poco a poco, tenía que ir resolviendo las cuentas para entregarlas, todas juntas, cierto día de Febrero. Es decir, a niños de tercero de primaría, se les había encomendado un trabajo que requería una planificación y una constancia que, claramente, les sobrepasaba.

El cuaderno se terminó, a pelo, a las doce de la noche. Nunca se devolvió corregido.

Sé que estoy relatando un caso excepcional, un ejemplo extremo de mal uso de los deberes; pero seguro que, sin llegar tan lejos, se podrían describir cientos de situaciones muy parecidas.

Junto con “tengo que hacer la compra o la cena”, “tengo que pasear al perro”, “tengo que hacer la declaración de la Renta”, “tengo que llamar a mi madre”, “tengo que colocar mi habitación” y otros similares, el “tengo que hacer los deberes” es un componente más de esa retahíla de tareas, intenciones y responsabilidades no cumplidas que ocupa buena parte de nuestro pensamiento.

Un peso, en definitiva. Un ruido que nos acompaña toda la vida, en el que se mezcla lo que uno debe hacer, sin que haga falta que se lo digan, con las obligaciones que a uno le imponen; de modo que vivimos en una confusión en la que resulta difícil distinguir cuáles de estas deudas son propias e intransferibles y cuáles son ajenas. Y gran parte de la dificultad reside en que la exigencia de comportamientos que espontáneamente no tendríamos forma parte, ya desde sus inicios, del proceso educativo.

Porque la educación tiene mucho de condicionamiento, de conseguir que, ante ciertos estímulos, otros actúen o piensen de una determinada manera. Y ello incluye el convencimiento de que estos comportamientos se nos demandan por nuestro bien, o por el bien común, cuando muchos de ellos responden a los intereses de otros.

Hay quienes argumentan que los deberes diarios ayudan a crear un hábito de trabajo, una disciplina, que luego será imprescindible en los estudios futuros y que es importante incorporar pronto esta rutina. Sin entrar a cuestionar la necesidad de esta constancia, dudo mucho que un hábito pueda incorporarse por imposición ajena, porque basta con que la presión desaparezca para que el hábito deje de ejecutarse.

Los que preconizan el empleo sistemático de los deberes también suelen defender la importancia de trabajar en solitario, de practicar lo aprendido en ausencia del profesor. Fuera de la escuela, es necesario estudiar, dedicar un tiempo a asimilar las enseñanzas que se han recibido.

Pero es frecuente que los que sostienen esta postura entiendan por estudiar el sentarse delante de un libro o de unos apuntes con la intención de memorizarlos, de cara a su futura reproducción en un examen. Son los mismos que consideran que la mejor manera de aprender a dividir consiste en hacer muchas divisiones, primero entre una cifra, luego entre dos o entre tres, después con decimales; todas ellas fuera de contexto, sin sentido, sin que sean necesarias para resolver algo. Calcular por calcular.

De esta manera los deberes se convierten en un entrenamiento, en una prolongación del tiempo necesario para repetir una y otra vez una acción hasta que se ejecuta al gusto del entrenador. Como el tiempo escolar es escaso, los contenidos son muchos y la metodología claramente ineficiente, se recurre a los deberes para paliar las carencias de la escuela, para hacer fuera de ella aquello que no se pudo o no se quiso hacer dentro. Cuando lo más sensato sería ajustar los programas al tiempo disponible, revisar la cantidad de contenidos que se imparten y analizar la forma en que se trabajan, de manera que los deberes no fueran necesarios.

Y si se trata de completar el trabajo de la escuela, de proporcionar aquello que la escuela no da o que en la escuela no se hace, cabría matizar que la decisión sobre lo que es preciso aprender no es potestad exclusiva del sistema educativo ni de los legisladores. Porque, tal y como están concebidos, el tiempo que se dedica a los deberes es tiempo arrebatado, tiempo que se debería dedicar al juego, el paseo, la conversación, la risa, el movimiento, la amistad, la curiosidad, la magia, la ensoñación y tantas otras cosas que no se han mimado en la escuela.

Pero no son tiempos propicios para ello. Y los adultos siguen considerando que el tiempo de preparación es poco, que es preciso dotar a nuestros menores de herramientas para que compitan. Y la música, la pintura, el deporte, el teatro y todo aquello que podría salirse de este esquema se transforman en actividades extraescolares, en horas ocupadas que siguen un patrón muy parecido y tienen el mismo objetivo, que consiste en rentabilizar el tiempo invertido.

15 comentarios

15 Respuestas a “LOS DEBERES”

  1. Teresa Cabarrush dice:

    Magnífico artículo Señor Sánchez. Gracias a este blog por mostrar tanto interés por la educación. El sistema que tenemos aburre a los niños y adultos, ¿ que entusiasmo tienen ?, ninguno, exceptuando pocos profesores que les sigue gustando la docencia, la mayoría ( Tengan o no muchos conocimientos ) no les gusta ENSEÑAR, por tanto no entusiasman a los alumnos.

    Esto que Usted apunta es importantísimo: ” tiempo que se debería dedicar al juego, el paseo, la conversación, la risa, el movimiento, la amistad, la curiosidad, la magia, la ensoñación y tantas otras cosas que no se han mimado en la escuela.” Todo eso tiene demasiada importancia, SER PERSONAS, demostrar que tenemos emociones, no eliminar el MUNDO DE LA EMOCIÓN Y SENSIBILIDAD, porque de ahí surgen ideas positivas, sin embargo, cuanto respeto( por no decir otra cosa ) me produce las personas insensibles, vanidosas y endiosadas, que pierden el sentido común y el sentido de la realidad.

    http://www.rtve.es/television/20110304/redes-sistema-educativo-anacronico/413516.shtml

    Un Buen sistema educativo es necesario para que un País sea inteligente y fuerte, pero claro, ¿ cuántas personas inteligentes tenemos en nuestro País ?, hablo de inteligencia no de Conocimientos, por ejemplo una persona puede saber mucho de leyes o de economía, ¿ pero es inteligente ?, no tiene nada que ver, al igual que una persona puede ser inteligente y si no tiene conocimientos tampoco le puede servir de mucho.

    Muy significativo: ” Porque la educación tiene mucho de condicionamiento, de conseguir que, ante ciertos estímulos, otros actúen o piensen de una determinada manera”, se supone que la Enseñanza debería ser objetiva, imparcial y si me pregunta alguien, comparto lo que dice la Profesora de Historia, Carmen Iglesias, que opina lo siguiente de la educación: objetividad, imparcialidad, bondad y generosidad, la profesora le da mucho valor al Conde de Aranda y a los niños.

    https://www.youtube.com/watch?v=XffvXcEKgvM

    Decía Beethoven: ” El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad.” ” Hacer felices a otros hombres: no hay nada mejor ni más bello.”, “”Recomendad a vuestros niños la virtud.. Sólo eso, y no el dinero, puede hacerles felices”.

    https://www.youtube.com/watch?v=jp9UiHyacv4

    Saludos Cordiales.

    1. A.Galan dice:

      Fantástico artículo, sin duda los deberes no es otra cosa que trasladar las carencias educativas a casa, que los padres “enseñen” o redunden en los temarios que se estén dando con la única intención de que los chavales lo aprendan por el método de repetición.

      Este sistema produce de mano una saturación en los alumnos, que más que el hábito en el estudio llega a producir hastío, cansancio y en un porcentaje alto rechazo, dando como resultado unos porcentajes de fracaso escolar escandalosos.

      Por otro lado y tan importante como lo anterior, es que este sistema produce una minoración y eliminación en muchos casos del tiempo necesario para el desarrollo de las actividades creativas, (música, teatro, pintura) como las deportivas que tan necesarias e importantes son para el desarrollo personal de los alumnos.

      Para la modificación de este desastre, no bastaría con una reforma del sistema educativo a nivel legislativo, sino que la verdadera reforma tendría que generarse desde dentro del propio sistema a través del personal docente, donde primase sobre los temarios el desarrollo personal e individual del alumnado, buscando de esta forma, incentivar y motivar el estudio a través de la coherencia y la racionalidad no solo desde el prisma del profesorado sino teniendo en cuenta al alumno en lo referente al global de su educación y no exclusivamente en la asignatura que le toque impartir.

      Entiendo que el tiempo es escaso para todos, por eso la comunicación en los dos sentidos de profesores con los padres es vital, pero no para reiterar y repetir diariamente lo dado hasta el aburrimiento, sino para intentar resolver las carencias existentes como sistema general o individual por el bien de nuestro hijos.

  2. La experiencia en la escuela esta caracterizada fundamentalmente por las rutinas, la evaluación, la autoridad y las tareas. La moral neoliberal entra profundamente en la estructura de la escuela generando este forma de ser y actuar de la escuela. No importa el contenido de la educación, lo importante es la tarea en sí misma, garantizando orden y control. Y el profesorado no es ajeno a este pensamiento. Lo cual representa una ruptura con la idealización tradicional propia de la modernidad del “rol redentorista de la educación”. Este se ha perdido en buena parte, y la enseñanza se convierte básicamente, en un conjunto de tareas.
    http://wp.me/p18IaD-9x

    1. Alicia Bermúdez dice:

      Vamos que toda la responsabilidad ha de recaer en la moral neoliberal. Las otras morales, las no neoliberales, deben de ser la panacea.
      A la sociedad y a la forma de pensamiento que impera en la actualidad hemos ido llegando de a poquitos y entre todos. Y no todos los que han ido en cada momento manejando los cotarros han sido neoliberales.

  3. Manu Oquendo dice:

    Vayan por delante mis respetos al autor y a muy buena parte del artículo.
    Si el sistema está en colapso no debemos esperar que su función y órganos educativos no lo estén. Es difícil compartir los criterios docentes y operativos de la enseñanza reglada por muchos motivos.

    Ni enseña eficazmente ni educa en hábitos de desarrollo y crecimiento humano. Al contrario.

    Es un sistema educativo de masas de una sociedad masificada por diseño –dirigida y medida desde el consumo obligatorio– y su principal función claramente observable es servir de aparcamiento mal vigilado para que –desde los 2 años a los 24 o 25– los niños dejen en paz a padres y madres angustiados con sobrevivir y que contemplan su futuro y el de sus hijos con nulos motivos para la ilusión y la esperanza.

    En todos esos años el sistema no alcanza el nivel académico que hace cien años tenía un licenciado a los 20 y hace 50 a los 21.

    Por si no fuera suficiente resulta que nuestros legisladores comunitarios han decidido degradarlo todavía más y copian un sistema, el de EEUU, fracasado desde los años 70 y orientado a formar una masa dócil monumental y unas mínimas élites en universidades privadas inasequibles a propios y ajenos. En ello estamos ya.

    Un diplomático recién llegado me contaba hace poco que para acceder a una universidad pública politécnica de élite en China hay 3,500 plazas y….varios millones de candidatos al año.
    Los jóvenes que no pasan el corte y tienen dinero son los que hoy llenan las universidades caras occidentales.

    Resulta que aprender un oficio, un deporte, un arte cualquiera (desde el piano o el “cello” a la pintura) es imposible sin un gran esfuerzo y una disciplina feroz y el sistema docente ¿pretende excluirse de las leyes de la naturaleza para con sus educandos? ¿Existe la inteligencia que pueda operar bien sin memoria? Me temo que poca encontraremos.

    El sistema odia la memoria porque necesita imponer su propia “narrativa”. Por eso se gestiona el olvido proactivamente y una de las técnicas es desprestigiar la memoria que, como un músculo, necesita ser ejercitada para existir.

    Es evidente que los empleos que el sistema produce, abrumadoramente, no necesitan mucha educación.

    Naturalmente esto sólo se entiende si su función real es preparar masas de ciudadanos-dependientes capaces de resistir ese horizonte de vida sumisos y distraídos.

    Sin molestar mucho y enganchados a su dispositivo electrónico de control personal y más del 20% de ellos con receta de psicotrópicos como ya es el caso. Hablo de los que requieren receta, los otros van aparte.

    Buenos días

    PD.
    https://www.youtube.com/watch?v=LtO_lRzpbmE

    Si este es el presente, por fuerza hay que buscar otro futuro.

    1. Enrique Sánchez Ludeña dice:

      Buenos días, Manu

      Deduzco de tu comentario que hay algo en el artículo que no compartes; supongo que tendrá que ver con la importancia del esfuerzo y de la memoria. Y no discuto su necesidad, pero con la salvedad de que el esfuerzo debe tener un significado para el que lo realiza y con el matiz de que la memorización sin elaboración solo conduce al olvido o, lo que es peor, a la acumulación de consignas y datos que nos parasitan.

      Ni el esfuerzo, ni la disciplina, ni el aprendizaje se van a conseguir tal y como se demandan en este momento en la escuela, a pelo y por imposición. Puede que eso fuera efectivo en otros tiempos, aunque lo dudo. Me basta con elucubrar acerca de cómo debieron ser los aprendizajes de Miguel Ángel, Leonardo, Heráclito o Pitágoras, por poner algún ejemplo, y me da la impresión que tuvieron poco que ver con nuestras prácticas escolares, ni con una competición feroz entre millones de aspirantes.

      Volviendo a la memoria (y te agradezco que la cites, porque me proporciona un buen tema para un futuro artículo), yo distinguiría entre la memoria que se incorpora y pasa a formar parte de nuestra naturaleza, es decir, la experiencia, y la memoria que se acumula pero no se integra y que suele consistir en una colección de datos, o de explicaciones que damos por buenas, que grabamos cientos o miles de veces en nuestros circuitos neuronales, para que nos sea más fácil encontrarlos, ya que somos conscientes de su volatilidad.

      1. Manu Oquendo dice:

        Hola, Enrique.

        Es tan difusa la diferencia que quizás no valga la pena citarla y hasta es posible que tampoco lo veamos diferente y sea una interpretación errónea por mi parte..

        Es importante a efectos de aprendizaje entender la diferencia entre la memoria de baja latencia y la permanente así como la forma en que los “fenómenos percibidos” transitan de una a otra o se pierden para siempre a los pocos segundos de haber sido percibidos sensorialmente.

        En otras palabras, es un dato experimental que –salvo traumatismo o esfuerzo serio e intenso de la voluntad– nada de lo “percibido” pasa a formar parte de la memoria personal con posibilidades de volver a ser “recuperado” conscientemente. Es decir, se pierde sin llegar a ser como “las lágrimas en la lluvia” del androide agonizante.

        La “Teología Educativa” imperante parece desconocer este hecho y por ello mucho docente desprestigia la memoria o por lo menos lo dice.

        Por otra parte vivimos el fenómeno explosivo de lo audiovisual en cada instante de la vida que, sospecho, va a tener que ser restringido durante la infancia y juventud (al menos para las élites socialmente necesarias) por su capacidad para inhibir la conceptualización abstracta (Neil Postman).
        La conjunción de ambos factores es letal.

        Un saludo cordial y gracias.

    2. Alicia Bermúdez dice:

      Aterrador el video, pero es bueno aterrorizarse. Las personas tendríamos que aterrorizarnos varias veces cada día.

  4. Teresa Cabarrush dice:

    Creo que dentro de los ” DEBERES” que deberíamos tener los adultos, ( siempre hay cosas por hacer ( deberes )), estaría la de recuperar la dignidad del lenguaje, como dice el escritor Eduardo Galeano.

    Habla el autor lo siguiente: ” estamos acostumbrados a divorciar las palabras de los actos, que rara vez se juntan, y cuando se encuentran las palabras y los hechos ni siquiera se saludan porque no se conocen”.

    Los niños, siempre los deberes de los niños, ¿ Y los adultos no nos hemos olvidados de algunos deberes ?, en fin…Deberes.

    https://www.youtube.com/watch?v=1HRa4X07jdE

    Saludos.

  5. Alicia Bermúdez dice:

    No entiendo de sistemas educativos, pero sí creo que el que vale y tiene inteligencias debiera ser no ya subvencionado sino recibir una educación absolutamente gratuita. Pero, eso sí, sólo el que vale; y el que no vale si quiere un título que se lo compre como el que se compra un par de zapatos.
    Otra cosa es con qué criterios y en atención a qué escala de valores se establezca quién vale y quién no vale. Y ahí estamos en la pescadilla que se muerde la cola.
    En cuanto a los deberes, todos, adultos y niños, todos nos llevamos “a casa” todos los días de nuestras vidas una mochila bien cargada.

    1. Juan Manuel dice:

      El modelo de educación para “listos y ricos” está sobradamente demostrado que no funciona.
      La educación pública gratuita “para todos” tiene que ser la base de una sociedad moderna y con futuro. Limitarla a los más validos o a los que se la puedan pagar es tirar piedras contra nuestro tejado. Establecer unos límites objetivos para determinar quien sirve y quien no, es complicadísimo, por no decir imposible, además de injusto.
      Otra cosa es cuestionar los contenidos, el método de enseñanza, los sistemas de evaluación, etc.

      1. Alicia dice:

        La educación pública gratuita “para todos” conlleva el riesgo de que sea la que quiera impartir el gobierno de turno. Véase si no qué está ocurriendo en comunidades como Cataluña o Vascongadas.

  6. GOYO dice:

    Probablemente pocos de los padres que hoy tienen hijos en edad escolar se acuerden de cuando en este país, siendo ellos niños, se planteaba cierta conveniencia obligatoria a cerca de los “deberes escolares”. Como casi siempre, también entonces, la sociedad se posicionaba en las dos tendencias elementalitas del sí y del no… manifestar negativa hacia los deberes era cosa de “progres”, mientras que el sí era más de derechas. Sin embargo la simplificación de ambas respuestas respondía de manera similar a la misma concepción modélica de aprendizaje; en un caso con menos tareas de instrucción y adiestramiento, y en otro con más. Pero no recuerdo que se plantease o debatiese el porqué de la “obligatoriedad instructiva reglada” que desde el estado se impone hasta la edad de los 16 años, ni que nadie cuestionase o dudase de que tal ejercicio de poder resta libertad-responsable a los padres que buscan “formación” para sus hijos. Aún hoy, en un mundo que alardea de la libre circulación de capital y mercancías, de haber liberalizado los mercados hasta el punto de considerar la globalización como un hecho paradigmático de nuestro tiempo, sigue obviándose, como de manera perversamente intencionada y sin debate, la liberalización de la educación.
    Responsabilidad y deber son dos términos que se entienden de modo muy similar en nuestra sociedad, de tal modo que es muy frecuente oír a los padres ( y también a quienes no tienen hijos en edad de crianza ) expresarse en términos tales como : – “ Los niños han de hacer sus “deberes” porque tienen que ser “responsables” y tienen que trabajar, y tienen que saber que tienen también obligaciones, porque tienen que ir al cole, igual que sus padres que tienen que ir al trabajo y fichar todos los días aunque no guste… y tienen que…”
    Sí, así es; en este tipo de asertos coincide la gran masa social aquí y en el extranjero, ( salvo rara excepción de pueblo africano ). Si “responsabilidad” refiere la búsqueda de la más sabia de las respuestas posibles, diferente en cada persona, que la haga merecedora de obtener progresivo conocimiento, de propiciar cambio en nuestra “forma”, en nuestro estado de consciencia para mejor apreciar los referentes de belleza, bondad, justicia… de modo que nos conduzca a una relación entre semejantes que no se base en la desleal competitividad que ampara el ego, y a la que el anclado paradigma utilitarista nos incita, esto, este acto de responsabilidad no podemos confundirlo con lo que es un “deber”.
    Profundizando en este enfoque de concepción de responsabilidad podríamos comprender mejor, como don Enrique expone, que un “deber” tiene carácter de obligatoriedad con un sutil toque de amenaza desde el poder, porque el no cumplirlo supone consecuencias no gratas y discriminatorias. Y es probable que llegásemos a entender por qué los deberes, en niños de primaria ( personas adolescentes, esto es, que adolecen todavía de responsabilidad porque aún no está completo su desarrollo biológico, y por tanto no pueden manifestar un estado de consciencia de fiabilidad para asumir y buscar responsabilidad ) lastran y condicionan su “formación”, y mediatizan sus experiencias vitales, de tal modo que el hecho de adquirir “conocimiento” se limita casi exclusivamente a lo instructivo e informativo, a la práctica de adiestramiento herramental, y a una repetición de hábitos que avocan directamente a un conductismos que por estar instalado en la “normalidad” no somos capaces de detectar como algo extraño.
    Por esto, cuando a los niños de infantil y de primaria no sólo se les impone el deber en casa, sino que también se les exige que manifiesten su “aprendizaje aprehendido” en acto de rendir cuentas mediante práctica de examinación competitiva, guardando silencio y sin rechistar, debiera considerarse si el lugar de la escuela es para el hombre un lugar de desencuentro más que de encuentro.
    Resulta curioso que a pesar de toda esta “patológica normalidad” los niños sigan manifestando deslumbrante alegría …
    Con este panorama alguien se extraña aún de por qué nuestras sociedades practican la incultura y el pensamiento único, de por qué hay tanto adulto infantilizado con continuo afán de distracción, …de por qué la práctica del estudio es tan alarmantemente inusual …¿…?.

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