Cada vez importas menos

Lo cierto es que cada vez importas menos, y va a peor.

No te ofendas: posiblemente tu novia, tu marido o tu mamá muestren interés por ti y les preocupe lo que hagas o dejes de hacer, en qué inviertes tu tiempo libre o cuáles son las cosas que te preocupan o te divierten.

Es más, los algoritmos de Google, Facebook o Amazon también ponen mucho interés en conocer tus inquietudes e intereses, en este caso por motivos un poco más egoístas, y a los partidos políticos también les interesas, al menos en los ciclos preelectorales, en este caso porque les gustaría ser capaces de convencerte para que les des tu voto, y para eso necesitan conocerte (o lavarte el cerebro, que es más fácil). ¡Ah!, lo olvidaba, por supuesto: también le interesas a Hacienda.

Pero, aunque parece que tus sentimientos e inquietudes, tu salud y tu estado de ánimo, tus gustos, aficiones y pensamientos, interesan a mucha gente (¡incluso pagan por los datos que generas!), lo cierto es que cada vez eres menos necesario, y cada vez lo serás menos: te estás volviendo irrelevante.

Te lo voy a demostrar usando la matriz de Kraljic, una herramienta básica (y fundamental) para los que se dedican a la gestión de compras o de cadena de suministro en una empresa u organización.

Algo muy importante a tener en cuenta a la hora de considerar el poder de negociación que tienes es preguntarte: ¿Dónde estoy yo para mi cliente/proveedor, dependiendo del lado de la mesa, en esta matriz?

Adapto un poco la famosa matriz:

Vamos a ponernos desde el lado del proveedor: tu capacidad para negociar con tu cliente depende mucho de donde se sitúa tu producto desde su punto de vista en la matriz anterior: si tu producto (en este caso tú) es estratégico para ellos es porque generan mucho valor gracias a él y al mismo tiempo les resulta difícil conseguirlo por otro lado, lo que hace que le puedas apretar mucho más que si lo que produces es fácil de conseguir y apenas les aporta valor. Por lo tanto, a la hora de negociar (es una metáfora), te interesa situarte en la matriz lo más arriba y a la derecha que te sea posible.

Supongamos ahora que eras un ser humano típico durante los años cincuenta del siglo pasado en Europa: para los Estados y las empresas tenías cierto valor.

Evidentemente los científicos nazis que sabían hacer misiles se situaban en la parte alta del cuadrante derecho: eran “productos estratégicos” para todo el mundo, ya que eran difíciles de conseguir y lo que podían hacer (cohetes espaciales o misiles intercontinentales) les dotaba de alto valor en cualquier sitio, lo que les permitió vivir relativamente bien en sus países de acogida, tanto a uno como a otro lado del muro -Von Braun, que además de ser un genio era un criminal de guerra, vivió muy bien Estados Unidos y jamás fue juzgado: era más útil con una regla de cálculo en la mano que dentro de una celda-, pero lo cierto es que un ciudadano típico, aunque fuese más bien normalito y no tuviera ni idea de cómo era un átomo por dentro o como lanzar un cohete, también tenía cierto valor para la sociedad: votaba, trabajaba y podía llegado el caso empuñar un fusil en guerras donde la gente era importante, ya fuese para acabar con el comunismo o para detener al maldito imperialista.

La gente era necesaria: era necesaria para votar (¡un hombre, un voto!) en los regímenes liberales y para aplaudir al líder en los comunistas, era necesaria para mantener las fábricas en funcionamiento y era necesaria para comprar y consumir los productos que salían de esas fábricas. La mayor parte de los seres humanos no estaban en el cuadrante de “productos estratégicos”, pero sí que aportaban algún valor y había que “garantizar su suministro”.

Cuando las élites prusianas, como antes habían hecho las espartanas, empezaron a dar al pueblo educación gratuita era porque el modelo social necesitaba que la gente fuera educada de cierta manera: que supiera luchar en el caso de los espartanos y que supiera leer, para poder luchar más eficazmente, en el caso de los súbditos de Federico el Grande.

Cuando John Maynard Keynes impulsó en Inglaterra el Estado del Bienestar, tratando de cubrir las necesidades básicas de toda la población, no fue porque a un miembro de la élite, como él era, le interesase especialmente la salud de los mineros escoceses; era porque esa gente aún tenía el poder de subvertir el régimen y convertir el Imperio Británico en un estado comunista, y además necesitaba sanos hijos de la Gran Bretaña para mantener en funcionamiento la economía: había que mantenerlos vivos y lo más sanos posibles para que las fábricas siguieran funcionando y, llegado el caso, pudieran luchar por la Reina en nuevas guerras.

La plebe, la masa, el pueblo, nosotros, teníamos cierto poder sobre las élites y estas, sobre todo en los últimos setenta años, han procurado que las condiciones de vida de la “gente corriente” fuesen lo mejor posibles. Pero este poder se está devaluando rápidamente en muchos aspectos.

En 1914 Alemania era un imperio industrial gracias a los Krupp, una familia de industriales que habían desarrollado un modelo que incluía escuelas, hospitales y un primer experimento de Seguridad Social para sus trabajadores, y lo habían hecho porque los necesitaban; pero ahora, desde el punto de vista económico, y aunque aún es pronto para saber cuál será el impacto real de la automatización, todo parece indicar que, salvo profesiones puntuales (enfermeras, por ejemplo), cada vez estaremos todos más cerca de la zona de irrelevancia de la matriz, ya que seremos cada vez más fáciles de sustituir por máquinas, que además harán el trabajo mejor que nosotros, por cierto.

Durante decenios uno de los lemas del paradigma capital/liberal que domina el mundo (y no me quejo del sistema, es el que mejores resultados ha dado de todos los que hemos probado) era que no importaba que los ricos lo fuesen cada vez más, porque por el camino generaban riqueza y hacía que los pobres cada vez lo fueran menos; y puede que fuese cierto durante un tiempo, en el que los “pobres” eran útiles, pero en un escenario en que las élites económicas cada vez lo son más y la brecha entre ricos y pobres no deja de crecer puede llegar un punto en que a los Bill Gates del mundo deje de importarle la gente que muere de malaria, sobre todo cuando gracias a los avances de la medicina, su mejor alimentación y –posiblemente, con el tiempo- mejoras genéticas solo al alcance de las élites, cada vez sientan menos empatía respecto a la plebe.

La revolución rusa, como antes la francesa, triunfó porque las masas eran un activo económico importante y también porque eran necesarias militarmente, pero hoy en día lo que hace que un país sea poderoso militarmente no es la gente: es la tecnología. En la película “El final de la cuenta atrás” un portaviones norteamericano de mediados de los años 80 aparece misteriosamente cerca de Pearl Harbor justo antes del ataque japonés, no te voy a contar la película, pero se plantean si deben intervenir, porque lo cierto es que solo con ese portaviones habrían ganado la guerra: ni siquiera haremos falta como carne de cañón en las guerras del futuro.

Estamos perdiendo poder económico y carecemos de valor militar: solo nos queda la capacidad de votar para no dejar de ser del todo irrelevantes. Por eso, aunque también soy muy escéptico en esto, y sé que somos muy fáciles de manipular (y más ahora con la ayuda del Big Data) creo que deberíamos pararnos a reflexionar sobre cómo podemos usar este residuo de poder que aún nos queda.

4 comentarios

4 Respuestas a “Cada vez importas menos”

  1. Manu Oquendo dice:

    Como estoy de muy acuerdo en lo importante –que no estamos siendo muy tenidos en cuenta– no voy a entrar en pequeñas diferencias con el excelente artículo de Raúl.

    Occidente está muy tocado porque, en mi opinión, hemos permitido que nuestra Antropología, nuestras Raíces y nuestros Valores sean suplantados por los de gente que solo aspira a destruirnos y lo va consiguiendo. Nos dejamos manipular con gran facilidad por una inmensa estructura estatal construida para ello. Además, en este proceso son las Víctimas, nosotros, quienes pagan las facturas.

    Esto es tan evidente que no verlo clama al cielo pero ahora lo relevante es que sí hay manera de combatir al enemigo para lo cual lo primero que hay que hacer es identificarlo. E identificado está.

    Lo que tampoco podemos pretender es que lo que ha llevado entre 250 y 50 años destruir no podemos remediarlo sin, en primer lugar, entender el Proceso seguido y en segundo luchar contra los Destructores durante un largo tiempo. Un tiempo no tan largo como el que ellos han necesitado pero desde luego no cuestión de días ni de unos pocos ciclos electorales. Entre otras cosas porque votamos como explicó Alexis Tocqueville «al pueblo ya se le irá diciendo qué votar». Lo explicó allá por 1835 y seguimos cayendo en el pantanal.

    Creo que la primera labor es recuperar una nueva hegemonía cultural. Una que sea coherente con nuestras raíces, nuestra antropología, nuestros valore y nuestras aspiraciones. Y podemos hacerlo con las mismas directrices y tácticas que nuestros enemigos han usado para destruirnos. Pero hay que estar dispuestos a lo que ellos han estado y están: plantar cara y no ceder un milímetro.

    Y habrá que hacerlo aplicándonos en el Discernimiento, en la Confrontación y en la Comunicación. No es muy cómodo ni fácil pero creo que está en marcha y los resultados no serán destructivos como han sido los suyos.

    Saludos

  2. O'farrill dice:

    Quizás lo más importante es que te importes tú como persona, con independencia de otras valoraciones o utilidades siempre interesadas. El «conócete a tí mismo» primero, para sentirte a gusto en tu piel y en tus neuronas después. Quienes dediquen su vida a ser aceptados por la masa o por los sistemas, acabarán siendo cosificados en virtud de lo que apunta Raúl: su utilidad práctica en cada momento.
    En cuanto al residuo de poder votar que aún nos queda, está tan prostituido por sus procedimientos e interpretaciones, que sólo es una añagaza más para distraernos de la pérdida de nuestra cada vez más escasa soberanía personal. Eso sí, de momento nos dejan que todavía podamos intercambiar algunas opiniones por las redes sociales (controladas) que no tienen más trascendencia social.
    Vivimos épocas apasionantes sumamente peligrosas para las libertades individuales y colectivas donde «el miedo del hombre ha inventado todos los cuentos…..» (León Felipe) y eso nos pasará factura a todos en un par de años. Cuando éramos niños nos distraían con «maquinitas» para jugar, ahora nos hacen respetarlas y obedecerlas porque son superiores….. de ahí la importancia de saber quien eres.
    Un saludo.

  3. pasmao dice:

    Muy interesante artículo Don Raúl

    No sólo el suyo, llevan una temporada de artículos y comentarios realmente prodigiosos. Si es posible en los próximos días comentaré acerca de los anteriores..

    Lleva razón en su artículo, pero no del todo.

    Por poner un ejemplo:

    Hace poco un conocido presentador/director de programas dijo que el sólo operaba para una audiencia de «rojos y mari****s». Por favor no me censuren, él lo dijo de esa manera.

    Ése programa se ¿debe? a la publicidad/audiencia. Al respecto hay una empresa de reconocido prestigio, Nielsen, que debería de tener un conocimiento profundo de las audiencias/publicidad de ese programa desde mucho tiempo atrás. También lo podrían tener las empresas de servicio de contenidos por cable/fibra (estoy seguro, por ejemplo, que esas empresas saben cuantos/cuales de sus canales se ven en cada momento, cuando se cambia de canal y si donde antes se veía al canal A ahora se ve el B… ) es decir, hay muchos datos estadísticas que permitirían valorar el verdadero poder de esos prescriptores de ideología que viven de la publicidad …

    La pregunta es:

    Si se decidiera un BOICOT por mucha de la gente que ve el programa o a la que simplemente le cae mal dicho presentador a los productos que se anuncian en su programa ¿hasta que punto, en caso de tener éxito, lo sabrían quienes han promovido el boicot?

    Porque de saberse, en el corto plazo, se generaría un efecto bola de nieve (feedback), que haría que mas se sumasen al boicot, luego mas.. hasta que dicho programa/ presentador tuvieran que dedicarse a otra cosa.

    Pero de no saberse, al no tener los boicoteadores datos claros sobre su éxito, antes o después caerán en el desánimo y ese efecto se perderá. Y el presentador y su programa, aunque heridos, podrán seguir con su matraca.

    El problema no es de falta de poder de negociación, lo que falta es el poder de que te reconozcan la victoria.

    Algo que a los poderes fácticos habituales les parece muy bien, pero que a la larga sólo hace que los medios pierdan poder y credibilidad (y que se empiecen a quejar de que no les ven y que la culpa de todo la tienen los pegotes que cuelan los rusos en las redes sociales). Y que cuando son necesarios de verdad, por ejemplo en la crisis COVID nadie se crea nada de lo que dicen.

    Hay veces que la situación es tan tremenda, cómo con el 1-0 en Cataluña, que cuando se produce el BOICOT, cómo el que se hizo a los productos catalanes; no quede otra que reconocerlo. Aunque sea con la boca pequeñita.

    A que si no todo ese traslado de sedes sociales de empresas catalanas fuera de Cataluña. Que no fue debido a que una hipotética independencia las hubiera puesto fuera de juego jurídicamente. Porque para ello España/UE tendrían que haber reconocido esa independencia. Si no porque el estar fabricado en Cataluña era un handicap que no se podían permitir.

    BOICOT que contribuyó decisivamente a que muchos se tentaran la ropa allí y a que la cosa no fuera a mas. Incluso obligó a ese 155 descafeinado, no fuera a ser que el personal se lo tomase mas en serio..

    Sólo que reconocerlo habría ido tremendamente peligroso. Porque si el personal lo toma cómo costumbre, que harían esa mayoría de periodistas y medios que viven de mentir y manipular.

    Porque el problema de los BOICOTS es que para que tengan éxito, su éxito se debe de reflejar en los medios que viven precisamente de impedir que los consumidores sepan el poder que tienen.

    Otro aspecto a considerar es saber, de los medios que necesitan de la publicidad:

    1/ ¿Cuanto representa la publicidad institucional? la de ADIF, el 016, la DGT, AEAT,.. y cuanto ha crecido en los últimos años? Publicidad que además se ¿distribuye? de manera discrecional y a la que no importa que una audiencia importante abandone el programa donde se emita.

    2/ ¿idem para empresas que de dependan de decisiones políticas, del BOE, de subvenciones… Vg las de energía/gas/electridad/gasolina.. telecomunicaciones, banca…? Nos creemos que son libres de orientar sus presupuestos publicitarios libremente, enfrentándose a quienes tienen el BOE, disponen de la posibilidad de subvencionar a la carta.. o crear doctrinas jurídicas ad hoc (para el jefe de la casa)…

    Un aspecto muy importante, también a considerar, es hasta que punto hay una libre competencia que permita destinar nuestro magro presupuesto a consumir de compañías que no estén cartelizadas.

    Es decir, ¿hasta que punto tenemos libertad para orientar nuestro consumo y cómo ha evolucionado?

    ¿Que % de la renta disponible de una familia se iba a empresas no cartelizadas en 1990 y cuanto en el 2020?

    Y lo que es peor.
    ¿Hasta que punto la política globalista está orientada a que ese % sea cada día menor, favoreciendo oligopolios cartelizados amañados con el poder mundial?

    Y si alguien piensa en paranoias sólo tiene que ver cómo son sancionadas en las redes sociales, esas que deciden que es bueno o malo censurando a discreción, comportamientos antisociales con el COVID de toda esa pléyade de famosetes de serie B; a los que jamás se les toleraría metedura de pata alguna en temas de racismo, homofobias, etc..

    Pero yo creo a pesar de todo, nuestro poder cómo consumidores es mucho mayor del que creemos, ELLOS lo saben. Y de lo que se trata es de que no tengamos conciencia de ello.

    Sólo hay que ver el interés que hay en que no podamos comprar con dinero físico y que además dependamos de una paguita.

    ¿Se imaginan (por ejemplo) que la paguita dependiera de que ustedes pudieran justificar que gran parte del gasto anterior lo dedicaron a comprar productos/servicios de la Republiqueta Independiente de Catalunya? Y si no te saqueo la cuenta y además te rebajo la paguita. Pues háganse una idea.

    Pero mientras ello no ocurra, lo de que no haya dinero físico y que no dependamos de paguitas, procuremos usar nuestra libertad; y que ellos lo sepan, o la perderemos.

    Un cordial saludo

    PS dedicado a todos esos «ases» que en Gillete promocionaron esa campaña «antimachista» y hundieron su compañía, aunque ahora estén sentados en cargos de a saber que organizaciones, porque Roma pagará traidores mientras los necesite.

  4. Manu Oquendo dice:

    Replicamos viejos modelos. Nos quejamos, con razón la mayor parte de las veces, pero nuestra forma de hacerlo suele recurrir a una semántica que procede de los mismos esquemas mentales que son causa de nuestras quejas. La semántica nos traiciona siempre que usamos la del enemigo. Es la señal ominosa de que seguimos pensando por los rieles marcados. Los rieles que siempre llevan a los mismos lugares.

    En este caso también reverenciamos una serie de significantes vacíos.
    Palabras huecas que si alguna vez significaron algo hoy ya solo significan lo que cada uno de nosotros decida. Es el estertor agónico del relativismo. Aquella sandez culposa y repetida con entusiasmo desde el Poder Social vigente de «¿Qué verdad?». Como si la Verdad tuviera dueño. Como si no tuviese vida propia.
    Lo mismo que ha sucedido con la palabra Amor ha pasado con Democracia, Libertad, Soberanía.
    Todas ellas fueron perdiendo sustancia esencial, casi desde su inicio, a medida que la palabra «Responsabilidad Personal» iba dejando de existir como componente estructural de la persona. De cada uno de nosotros. Sin embargo, primero es el ser y ser define el resto. El «arjé», el Fundamento, es siempre el «ser». Una vez elegimos nuestro fundamento ya hemos marcado el camino. Por eso es importante elegir bien.

    A veces algún contertulio nos recuerda que el actual modelo de Poder Social fue etiquetado como «Plenitudo Potestatis» por Marsilio de Padua a caballo entre los siglos XIII y XIV.

    El modelo en sí es lo que ya ha demostrado por sus frutos y no va a tener arreglo sin reconocerlo profundamente desde nuestra propia antropología. Desde nuestro Ser. Solo si somos capaces de reconocernos tendremos la fuerza interior para establecer las condiciones en las cuales tal Ser puede Realizarse.
    Hoy la enfermiza y sacralizada estructura de poder social conspira contra el ser y lo prostituye desde antes de nacer.

    En estos días de este anómalo verano quizás sea un buen momento para darnos respuestas a preguntas inmensas. ¿Qué responsabilidad asumo al nacer? ¿Para qué soy? ¿Qué soy?. Hay una larga lista.

    Dos libros bastante conocidos que ayudan a empezar a responderlas.
    «Universos Paralelos». de Michio Kaku.
    «Utopia». de Tomás Moro.

    Buenos días

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