Chapuza tras chapuza hasta la victoria final

Estás en la cola del supermercado, con un carro de la compra enorme, lleno hasta los topes. Has esperado durante un buen rato a que delante de ti otros carros enormes hayan sido descargados delante de la cajera, que diligentemente pasa uno tras otro los productos por el código de barras, hasta ir acumulándose al final del mostrador. Allí, los que antes arrastraban el carrito se dan toda la prisa que pueden para llenar bolsa tras bolsa con lo que les lanza la cajera y tratan de acomodarlo lo mejor que pueden de nuevo en el carro, para llevarlo al coche o donde quiera que lo lleven. Cuando acaban, dándoles la sensación de que van muy lentos, se apresuran a sacar la tarjeta de crédito para pagar y, acabado el proceso, éste empieza de nuevo con el siguiente de la fila durante un periodo de tiempo que se te hace eterno.

Ahora, por fin, eres el primero y detrás de ti ves como cinco o seis carritos hacen cola cuando, de la nada, se te acerca un señor que solo lleva entre las manos un par de cosas y dirigiéndose a ti confiadamente y dando por hecho una respuesta afirmativa te dice que si haces el favor de dejarle pasar saltándose la cola, que no tarda nada. Y tú sabes que efectivamente no tarda nada, pero piensas que menudo morro que le echa el colega, que tampoco tiene pinta de tener que salir corriendo para que le operen de algo, que simplemente considera que tiene cosas mejores que hacer con su tiempo que esperar una cola: exactamente igual que tú y que todos los que ahora esperan detrás de ti…

Supongo que te sonará la historia, porque a mí esto, en sus diversas modalidades, me ha pasado varias veces y me toca mucho las narices, y para esta situación tengo dos comportamientos bien diferenciados: cuando me ha ocurrido en el aeropuerto y el que me lo pide me dice que si no le dejo pasar va a perder su vuelo me arrogo el poder absoluto de amo de la cola y le dejo pasar, pero en supermercados y tiendas varias ese yo bondadoso mío se esconde, y mi repuesta siempre es la misma: “empieza a preguntar al último de la cola y cuando llegues aquí, si sigo siendo el primero, hablamos”.

A lo mejor piensas que es la respuesta propia de un imbécil prepotente, que es exactamente lo que dijo una señora una vez, pero es que me toca mucho las narices el morro que a veces le echamos a las cosas, por mucho que puedan parecer razonables (como no esperar una cola enorme para pagar una barra de pan: respuesta “no es penicilina que te vaya a salvar la vida, si no puedes esperar come sin pan”)

Pues en estas estamos: en España tenemos una cosa que se llama “Ministerio de Cultura y Deporte” que le ha pedido a otra entidad, que se llama “Ministerio de Sanidad” que, si hace el favor, vacune a unos sesenta tíos, casi todos jovencitos y en muy buena forma física (les pagan por jugar al fútbol y deben hacerlo bien, porque les pagan bastante) saltándose a la torera lo de los planes de vacunación y todo eso. Dicen que se trata de una decisión política, y que tampoco pasa nada porque vayan a colarse un poco, que son solo sesenta, que no se va a notar…exactamente igual que el tipo del supermercado. 

Blas Cantó, que es un señor que como su propio nombre indica canta, escribió un tuit hace unos días bastante indignado diciendo que a ellos nadie les había planteado siquiera vacunarles saltándose la cola para ir a Eurovisión, cuando se trata también de una competición internacional y el Ministerio que en teoría sirve de paraguas para todos ellos es el mismo (caben muchas cosas en la cultura y el deporte, salvo en muchas ocasiones la verdadera cultura y muchos deportes), y en este caso en concreto creo que Blas Cantó (no confundir con otro Cantó, ex actor y famoso por sus continuos cambios de bandera) se hace eco de una situación injusta y torpe.

Y es que a mí, personalmente, no me parece bien que vacunen ahora a estos chavales, porque creo que es mucho más “servicio público” el de la gente que ha trabajado en el supermercado de debajo de mi casa toda la pandemia porque no les queda más narices que el de esos mozalbetes en la Eurocopa, que si no están en una burbuja es porque no quieren, y que tampoco es que hayan puesto demasiado de su parte para aislarse (lo primero que hizo la selección en la concentración fueron irse todos juntos a cenar por ahí, a hacer piña), pero desde luego, de hacerlo, no se puede hacer así, saltándose el plan de vacunación cuando aún hay colectivos que, claramente, deberían ir antes.

Y no creo que la situación de los futbolistas sea la del señor que pierde el vuelo porque se le ha retrasado el anterior, más bien es la del que prefiere no esperar a ver pasar la vida en una cola mientras otros descargan sus carritos, aunque en este caso estoy casi seguro que a los propios futbolistas les da igual que les vacunen o no, y que la decisión ha sido de políticos, guiados no sé por qué interés y desde luego, una vez más, sin ningún criterio, entre otras cosas porque por mucho que se vacunen no van a estar inmunizados hasta después de la Eurocopa.

Pero el caso de los futbolistas, más allá de lo injusto del tema para la panadera de debajo de mi casa, que estuvo dando el callo cuando no sabíamos si esto era la tragedia que ha resultado ser u otra mucho mayor, y que aún está en una situación mucho más peligrosa viendo a gente todos los días porque tiene que hacerlo para ganarse el pan (¡qué paradoja!), y a la que van a vacunar mucho después que a los de la selección.  Sobre todo, porque estos últimos, de querer hacerlo, podrían seguir fácilmente una estrategia similar a la de las “burbujas” de los ciclistas durante las grandes vueltas del año pasado para minimizar los riesgos. Es una muestra más de lo malos que son los que gestionan esto, gente sin criterio que luego, además, se salta sus propias reglas.

Y eso que este caso no llega a la criminal estupidez que se montaron con la vacuna de AstraZeneca, y la famosa “segunda dosis” de los millones de personas a las que, una vez vacunados de la primera, les dicen que mejor se pongan una segunda dosis de otra, básicamente porque han levantado ellos mismos mucho ruido mediático y han encargado un ensayo ad hoc con seiscientas personas ignorando los que se han publicado con millones para justificar su injustificable cambio de rumbo… y el resultado final es que los expertos “delegan” en cada ciudadano la decisión de qué dosis se pone: “como no tenemos criterio, firme un papelito, sea su propio experto y olvídese de demandarnos”.

Lamentable.

Pues eso: de chapuza tras chapuza hasta la victoria final… parafraseando la “de derrota en derrota hasta la victoria final”, que se atribuye a Mao, que ciertamente cabalgó de desastre en desastre hasta la victoria absoluta (por mucho que su éxito no lo fuera tanto para los entre 40 y 80 millones de personas que murieron directamente por su culpa).

Porque esta gente va de chapuza en chapuza, sin plan, sin criterio, sin expertos de verdad que les aconsejen (o a los que escuchen) y, aun así, cuando todo acabe, lo venderán como una victoria, y habremos aprendido poco.

Espero al menos que nuestros vacunados futbolistas acaben su torneo algo mejor que nuestro no vacunado Blas Cantó el suyo.

Un comentario

Una respuesta para “Chapuza tras chapuza hasta la victoria final”

  1. Loli dice:

    Tengo entendido que es habitual en las series de televisión que aspiran a mantener una audiencia estable y continuada, que los guiones se vayan improvisando en base a las tendencias de preferencia observadas en los espectadores, en qué clase de camino o desarrollo argumental prefieren a medida que avanza la serie.

    Así habría ya varios argumentos y desenlaces preparados de antemano en base a esa recogida de datos de la audiencia.

    Una siempre tiende a entender que el Gobierno de una Nación es algo mucho más serio y requiere de gran responsabilidad.

    Visto lo visto, parece que no es así, a nivel no solo de nuestro país, pero en este último con especial, desgraciadamente para los ciudadanos que vivimos en él, evidencia de la prácticamente nula capacidad de poner esa responsabilidad por encima de egolatrías personales.

    La tragedia a la que se alude en el artículo, la de la pandemia, lo ha puesto más y más rápidamente de manifiesto, a mi entender.

    Día sí otro también, los cambios de criterio, estrategia, de expertos inexistentes, una y otra vez, han respondido, no solo a la falta de capacidad de reacción de unos gestores políticos ante una situación “inesperada”, aunque hubo márgenes importantísimos de tiempo y noticias para haber actuado de otra manera, aquí y en el resto de Europa también, cosa que a lo mejor hubiera ayudado al resto del mundo.

    El problema añadido es que, creo, que muchísimos de los argumentarios para cambiar continuamente de estrategia han ido dirigidos a esconder la falta de preparación de dirigentes y gestores, y a que eso no se notara, a que no se cambiaran “hojas de ruta” ya previamente pactadas….hasta el 2050, parece.

    Curiosamente en lo que todo el mundo político, aquí y fuera, pareció ponerse de acuerdo en esos guiones, es en que había que probar una forma de control y dirección de la población con medidas impensables antes de la crisis sanitaria.

    No sé si estamos en condiciones de reflexionar sobre si han funcionado o no…

    Es curioso comprobar como ya, casi no importa a nadie si se salta o no los turnos, de vacunación, en base, por ejemplo, a las edades, es más, algo que en otro momento hubiese provocado una alarma muy importante y su consiguiente rechazo, como es el hecho de estar planteando la vacunación, más que innecesaria, de los niños…(se está pensando en todos, desde 0 años), se está tomando con una inacción pasmosa, (siguen siendo vacunas en fase experimental).

    Es como si los habitantes de nuestros desarrollados mundos se encontraran tan aturdidos que solo estuvieran pensando en vacunarse y salir corriendo, de una vez, a olvidarse de todo…a playas ensoñadas y “seguras”.

    “Estos son mis principios, si no les gustan, tengo otros”, frase legendaria de Groucho Marx.

    Pero eso no es ético, ni moral, ni responsable, ni lícito…no debería serlo, menos aún para quien llega a la gestión más importante de un Estado, habiendo prometido no trabajar para sus intereses personales, sino por el de la ciudadanía a la que ha pedido su confianza.

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