Cortocircuito global

Las crisis que se repiten con cierta frecuencia tienen dos ventajas importantes. La primera es que, al hacerse creíbles, se toman más en serio. La segunda, consecuencia lógica de la primera, es que acabamos preparándonos mejor para hacerlas frente, sea preventivamente o reaccionado eficazmente cuando aparecen.

Son mucho peores aquellas crisis que, además de tener un enorme potencial destructivo, no se producen casi nunca y cuando lo han hecho ha sido en lugares muy lejanos.

La remota probabilidad de que ocurran hace que sea muy difícil tomárselas suficientemente en serio como para dedicar el tiempo y los recursos necesarios para disponer de un plan de actuación eficaz frente a ellas. Sobre todo, si ese tipo de planes involucra a numerosos organismos públicos y privados, y exige además contar con la colaboración activa, y disciplinada, de amplios sectores de la población. Porque en estos casos no basta con tener redactados unos cientos de folios. Para el progresivo perfeccionamiento y puesta a punto de cualquier plan de este tipo se requiere que, cada cierto tiempo, se lleven a cabo ejercicios de simulación en grandes poblaciones y con todos los actores claves. Lo cual suele requerir mucho trabajo y, generalmente, topa con otras cosas más urgentes y prioritarias que hacer.

Cuando todo esto termine, el coste humano y económico habrá sido tan tremendo que, probablemente, serán muchos los gobiernos que querrán que la próxima les pille mucho mejor preparados. ¿Y qué pasa con esos otros tipos de crisis que aún no hemos experimentado?

Del riesgo de que se produjera una pandemia de efectos globales se había escrito mucho. Incluso se dice que hemos vivido varios amagos. Pero la impresión que da es que, pese a todo, casi ningún país se había preparado a fondo para hacer frente a lo que estamos viviendo.

Cuando todo esto termine, el coste humano y económico habrá sido tan tremendo que, probablemente, serán muchos los gobiernos que querrán que la próxima les pille mucho mejor preparados. ¿Y qué pasa con esos otros tipos de crisis que aún no hemos experimentado? ¿Habrá que esperar también a que nos pille el toro para tomárnoslas en serio?

Pensemos, por ejemplo, en una caída de Internet. En publicaciones diversas se viene advirtiendo de la vulnerabilidad de este sistema. Sin ir más lejos, en este blog se publicó hace más de dos años un magnífico artículo, cuyo título ya era todo un aviso: “Internet: un paciente de alto riesgo”.

Por supuesto no estoy hablando de un fallo que deje la red fuera de servicio durante unas horas o, incluso, unos días. Me estoy refiriendo a la posibilidad de que Internet quedara completamente inutilizado durante meses o años. ¿Os imagináis? No es fácil porque tendemos a pensarlo desde la perspectiva del uso que cada uno de nosotros hace de Internet en su vida cotidiana. Pero, a nivel macro el impacto sería demoledor.

Se ha puesto tanto interés en avanzar hacia la mayor digitalización posible de las actividades sociales y productivas en los países de economía avanzada, (…), que nuestra dependencia de Internet es prácticamente total.

Para empezar el sistema financiero se vendría abajo. En muchos países apenas se recurre al dinero en efectivo ya que los pagos se hacen con tarjeta. La brusca caída de Internet pillaría, de la noche a la mañana, a muchísima gente sin poder sacar dinero de los cajeros automáticos, con sus tarjetas inutilizadas y, por tanto, sin poder comprar ni lo más básico. Pero eso sería por lo que se refiere a los ciudadanos de a pie. El sistema financiero como tal se colapsaría. Hoy en día todas las órdenes de compra o venta en los mercados financieros se apoyan de una u otra manera en Internet. ¿Y las transacciones a mediana y gran escala entre empresas? Es decir, además del sistema financiero se pararía toda la actividad económica.    

Por supuesto, el impacto de una situación así alcanzaría a muchas otras áreas de nuestras vidas. Lo difícil es encontrar alguna importante que quedara a salvo. Desde la atención sanitaria y la actividad educativa hasta la gestión de la seguridad y la defensa. Se ha puesto tanto interés en avanzar hacia la mayor digitalización posible de las actividades sociales y productivas en los países de economía avanzada, por considerar que eso era parte indiscutible de nuestra batalla por la productividad, que nuestra dependencia de Internet es prácticamente total.

Pues bien, si eso sucediera, si Internet se viniese debajo de repente y empezaran a pasar las horas, los días, las semanas… ¿aparecería alguien, en nombre del Gobierno, comunicándonos que se ponía en marcha un Plan B diseñado desde hace tiempo y dándonos, a continuación, instrucciones precisas y coherentes sobre lo que debíamos hacer?

¿Sería posible destruir Internet?

Eduardo Olier, dedica a esta cuestión varios capítulos de su libro, “Los ejes del poder económico”, publicado en 2016. Desde ataques masivos de hackers, organizados por el Gobierno de algún país, un grupo terrorista o, simplemente, antisistema, contra los 1.000 nodos claves, hasta ataques físicos para destruir los cables terrestres y submarinos que sirven de soporte imprescindible al funcionamiento de la red de redes.

Esto es pensando en una destrucción intencionada, pero tampoco hay que descartar su destrucción, o avería importante, por causas fortuitas y hasta naturales. En el artículo de este blog mencionado se ponía como ejemplo el caso de una tormenta solar mucho más fuerte de lo habitual. Y ejemplos como ese seguramente habrá otros.

La cuestión, en cualquier caso, es que la hipótesis de una caída duradera de Internet no es, en absoluto, descartable. Sin olvidar la parte de colaboración internacional que exigiría solucionar una crisis de este tipo, es evidente que habría una parte muy importante que sería responsabilidad de nuestras autoridades: cómo recuperar una cierta normalidad lo antes posible y al menor coste.

En definitiva, las enseñanzas que vamos a sacar de esta crisis del coronavirus, ¿deben circunscribirse a una hipotética repetición de la misma? ¿O, visto lo visto, habría que aprovechar el susto para prepararnos frente a otras de distinto tipo?

Es obvio que ningún gobierno puede dedicar el tiempo y los recursos que se requerirían para tener listos planes de actuación realmente eficaces ante cualquier tipo de crisis que quepa imaginar. El realismo exige ser selectivo y priorizar bien. Pero, algo tan obvio tampoco debería utilizarse como pretexto para que cualquier crisis nos pille desprevenidos.    

4 comentarios

4 Respuestas a “Cortocircuito global”

  1. O'farrill dice:

    Querido Manuel: estoy de acuerdo con el hecho de no existe la seguridad total (al menos como cada uno de nosotros la estimaríamos), pero de ahí a tratar de «comprender» los desastrosos fallos de gestión gubernamental (tanto en España como en otros países)o de los organismos internacionales a los que mantenemos con nuestros impuestos, va un abismo.
    El gobierno es el administrador del Estado y, en consecuencia, se deposita en él la confianza de los ciudadanos (del Estado) para que los sirva y proteja. Para eso se delegan poderes de gestión suficientes en estructuras y recursos, de acuerdo con lo requiere (presupuestos públicos). Cuando se ha alterado esta ecuación y los gobiernos consideran que son los ciudadanos los que deben servir al Estado (ya que dicen eso de: «el Estado soy yo» atribuido a Luis XIV) se han pervertido las esencias del pacto social «roussoniano». Si a esto le añades que das por liquidado el necesario e imprescindible equilibrio de poderes «matando» (según Guerra) a Montesquieu con la práctica desaparición del parlamento y, con ello, del control (muy pequeño, eso sí) sobre los actos del gobierno o has trufado de políticos el sistema judicial, apaga y vámonos.
    Las crisis pueden ser múltiples, tanto en lo que afecta a la sociedad como al resto de los agentes que la integran. Tú hablas de «internet» (una buena herramienta de trabajo) y de su posible desaparición como un cataclismo mundial. Pero es un cataclismo en virtud de que nosotros hemos depositado únicamente (subrayo: únicamente) en esa herramienta, nuestras vidas y haciendas, al igual que hemos hecho con otras herramientas como las «apps» de la variada gama de artefactos que nos han impuesto. Reconozco que si no tengo la llave de la tuerca adecuada, tendré que adaptarme y utilizar cualquier otro método o herramienta que me pueda ser útil. Esa es la función de las tecnologías: sernos útiles, no liberarnos de responsabilidades personales ni sustituir a nuestros cerebros por completo.
    Respecto a la que padecemos, ya hemos visto los «post» y comentarios de este mismo blog, no muy diferentes de otros presididos por la libertad de expresión (no controlados directamente por los gobiernos) y la independencia de pensamiento. Ya es un hecho que nadie discute (salvo los que tengan intereses en ello) la muy cuestionable gestión por parte de nuestro gobierno. ¿Por incapacidad? Entonces se tiene la decencia de admitirla y pedir ayuda o dimitir. Al gobierno se llega aprendido, no a aprender como dice Irene Montero. El gobierno no está para lucir «postureo» sino para asumir la enorme responsabilidad de servir a una nación. ¿Por intereses partidistas o personales? Eso queda para dirimir en el ámbito de los tribunales y ya se espera el papel de la nueva Fiscal General del Estado (que no del gobierno).
    Quizás lo único aprovechable de esta situación no es «que los gobiernos aprendan» sino que nosotros aprendamos a elegir a los gobiernos con más rigor, con más criterio, con más responsabilidad y con más exigencias. Como decía la Sra. Calvo cuando animaba a la manifestación del 8M «nos va la vida en ello» tal como los hechos, desgraciadamente, nos van demostrando.
    Un cordial saludo.

  2. Manu Oquendo dice:

    Esto ha roto muchas cosas. Unas morales y otras materiales. Creo que, siguiendo al libro chino de la guerra — el «Suntzu»–, las carencias morales se notan menos pero a larga son más relevantes incluso materialmente.

    Este vídeo muestra el nivel de degradación moral a la que ha llegado la actual superestructura de Poder Social.

    El vídeo ya ha tenido más de 1.7 millones de»views» en Twitter y más de 450,000 en Youtube.

    https://www.youtube.com/watch?v=RAWHhEv4xeY

    A mi se me han saltado las lágrimas.
    A este hombre tratarán de destruirlo y descalificarlo por todos los medios.
    Juzguen por ustedes mismos

    Un saludo cordial y cuídense.

    PS. Sugiero lo guarden el vídeo en su ordenador porque intentarán retirarlo y probablemente lo conseguirán.

  3. Ligur dice:

    Después de cuidar a mi padre durante casi 4 años, las casi 24 horas del día, hasta que falleció plácidamente estas pasadas Navidades, de madrugada, mientras tenía tomadas sus manos, no puedo dejar de sentir una honda tristeza, llanto y congoja por las personas que han fallecido y fallecerán solas, sin que nadie este a su lado acompañándoles en su momento final.

    Este confinamiento, para mi es muy ligero y muy llevadero, pues estoy haciendo lo mismo que hacía cuando vivía mi querido padre; Mercadona, farmacia, y atender mi consulta de Naturopatía en casa (ahora no viene nadie pero me las apaño para seguir ayudando), 70 metros a la redonda era mi desplazamiento, lo mismo que ahora mientras cuido de mi madre.

    Hasta el día de hoy, estoy pasando por distintas fases emocionales viviendo en este confinamiento obligado; Preocupación, cierto miedo por salvaguardar a mi mamá, y ahora, mucha rabia, rabia que a veces me sorprende, sobre todo cuando escucho las falsas noticias televisivas o de prensa que procuro oír lo menos posible.

    Cansado y harto del escuchar el ridículo “resistiré”, los aplausos a las 8 en los balcones, cansado de que no nos demos cuenta de que estos actos están teledirigidos con el propósito de hacernos entrar en un bucle anestesiante que nos haga creer que así somos más solidarios y buenas personas con los que están dando la cara en los hospitales y fuera de ellos. Y después que.
    Personal a los que desde mi, ayudo, apoyo y agradezco infinitamente su heroica labor. También se, que a veces se necesita exteriorizar las emociones para soltar presión y no entrar en depresión.
    Con el aplauso, por lo menos la gente se da un auto masaje reflexológico que incide en casi todo el organismo y eso viene muy pero que muy bien.
    Pero por favor, que no lo retroalimenten y no nos lo impongan tan descaradamente.

    Cansado del aluvión de tantos y tantos mensajes wasaperos con caritas de gilipoyas, besos con labios rojos, corazones palpitantes y dedos arriba e infinidad de youtubes. Menos mal que la cosa se ha calmado y nos vamos encontrado con nuestra soledad, se nos va la risa nerviosa y nos vamos serenando poco a poco, aprendiendo a estar.

    Se, dice, se comenta, que España esta polarizándose. Diría que España siempre ha estado polarizada políticamente, tal es nuestro sino, pero convivíamos con esa libertad que creíamos tener sin que ello supusiera mayores problemas entre la población. Hasta que llego el indigno y ruin de Rodríguez Zapatero con su maldita ley de memoria histórica espoleada y aupada por ciertos medios de comunicación, que han conseguido volver a abrir las heridas ya cicatrizadas. Con unos dirigentes auto-llamados constitucionalistas, muy tibios, fríos como témpanos diría yo, que no han sabido plantar cara a muchas cosas. Y para colmo, oír decir a la impresentable Irene Montero que su modelo contra la crisis en ciernes es la de la Argentina peronista. Y aquí no pasa nada.

    Estamos en una guerra sin balas, también sin mascarillas. De los políticos no se puede esperar mucho más. Dan para lo que dan.
    Creo recordar, hace unos meses, el compañero Manu Oquendo, refería la necesidad de una fuerte y cohesionada sociedad civil para hacer frente a una clase política, falsa, mentirosa e incompetente, clase política que también traslado a la Unión Europea y a sus organismos internacionales.
    Para ello necesitamos, y como dijo Gabriel Celaya en un poema, todos tenemos que dejar las tibiezas y:
    “- TOMAR PARTIDO HASTA MANCHARSE-”

    Cuidaros

  4. Remedios dice:

    ¡Qué magnifico comentario Ligur! Lo suscribo al 100%. Gracias

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