Dios y lo políticamente correcto

El pasado 10 de octubre la Real Academia de Ciencias sueca concedió el Nobel de Física 2019 a dos astrofísicos suizos, Michel Mayor y Didier Queloz, y al canadiense James Peebles. A los dos suizos por haber sido los primeros en descubrir un exoplaneta, esto es, un planeta que orbita en torno a una estrella distinta del Sol. Hasta entonces los únicos planetas conocidos eran los de nuestro sistema solar. Ese hallazgo se produjo en 1995 y, desde entonces, se han descubierto 4.057 más.

La concesión de semejante galardón colocó a estos científicos bajo los focos de la opinión pública, con numerosas entrevistas en los medios de comunicación. En El País, el periódico de mayor tirada de España, se publicó una a Michel Mayor bajo el curioso titular: No hay sitio para Dios en el Universo. La frase venía motivada por la pregunta del entrevistador: “¿Cuál es el sitio de Dios en el universo?”. Y la respuesta, menos categórica de lo que hacía suponer el titular, decía: “para mí no hay sitio para Dios en el universo”.  

Supongo que, a los científicos, como a cualquier otra persona, les será complicado separar plenamente sus creencias personales de sus conocimientos estrictamente “profesionales”. Y, por tanto, les será difícil evitar del todo que sus planteamientos científicos no se vean influidos de algún modo por sus convicciones íntimas. Pero, dado el especial ascendiente que tiene la ciencia sobre la sociedad, el rigor y la honestidad con que se lleve a cabo esa separación tiene mucha importancia. Sobre todo, cuando se trata de alguien que acaba de ser encumbrado socialmente a la superélite de la comunidad científica, con la concesión del premio Nobel.

Para poder negar –o afirmar– la “presencia” de Dios en el universo, en términos científicos, lo primero que habría que hacer es definir qué se entiende por “Dios” e identificar cuáles de sus características permitirían a los investigadores detectarlo en caso de que realmente existiera.

Si lo que nuestro distinguido científico está queriendo decir es, sencillamente, que “él no cree que Dios exista”, el asunto no tiene más relevancia y su opinión tendría el mismo valor que la de tantos millones de personas que se sienten ateos. Pero, si lo que en realidad quiso decir es que, en su calidad de científico y aplicando, por tanto, el rigor y el método científico, eso que llamamos Dios no tiene cabida alguna en la realidad física que nos rodea, su opinión sería ciertamente muy relevante. ¿Es esto último lo que, realmente, quiso decir? ¿Por eso su respuesta mereció un titular?  

Para poder negar –o afirmar– la “presencia” de Dios en el universo, en términos científicos, lo primero que habría que hacer es definir qué se entiende por “Dios” e identificar cuáles de sus características permitirían a los investigadores detectarlo en caso de que realmente existiera. Porque, sin tener eso claro, ¿cómo saber de qué se está hablando y qué están buscando? Y si no encuentran nada ¿cómo estar seguros de que no lo han encontrado porque realmente no existe o, simplemente, porque no lo han buscado con los medios adecuados?  Lo cierto es que estamos tan lejos de podernos plantear esta cuestión en semejantes términos, que lo único que puede decirse honestamente, desde la ciencia, es que, hoy por hoy, es imposible saber si eso que llamamos Dios existe o no existe.

El reto de nuestra cultura científica y racionalista es, precisamente, este: explorar qué puede haber de cierto en relación con ese concepto sin dejarse mediatizar por ninguna ideología, prejuicio o creencia, sea religiosa, materialista o del tipo que sea.

Todo ello suponiendo que fuera posible aproximarse intelectualmente al concepto de Dios sin verse contaminado, a favor o en contra, por las connotaciones morales e ideológicas con que lo han modelado y patrimonializado históricamente las religiones. Sin embargo, el reto de nuestra cultura científica y racionalista es, precisamente, este: explorar qué puede haber de cierto en relación con ese concepto sin dejarse mediatizar por ninguna ideología, prejuicio o creencia, sea religiosa, materialista o del tipo que sea.

Si al mencionar el sitio que hay en el universo nuestro ilustre científico se estuviera refiriendo al espacio disponible, podríamos empezar por remitirnos al mapa de nuestra galaxia, la Vía Láctea, que publicó hace tres años la Agencia Espacial Europea. Ese mapa identificaba, entonces, 1.000 millones de estrellas. Los astrónomos, sin embargo, estimaban que en nuestra galaxia había muchísimas más: unos 300.000 millones de estrellas como nuestro Sol. Eso solo en nuestra galaxia. Pero, además, se cree que hay unos 400.000 millones de galaxias visibles. Visibles. Resulta, sin embargo, que es muy poco lo que podemos ver, pese a los modernos telescopios, satélites y medios de observación disponibles, ya que, pese a todo, esa visión se mueve dentro de una reducidísima franja del espectro electromagnético.

Así que podemos estar bastante seguros que lo que no vemos del universo es mucho más vasto que lo que, a duras penas, llegamos a ver. Como ejemplo de las dificultades que tenemos para ver en el universo más “cercano”, el pasado 7 de octubre, tres días antes de la concesión del Nobel, se anunció el descubrimiento de 20 nuevos satélites orbitando alrededor del planeta Saturno, con lo que, si hasta ese momento se creía que ese planeta de nuestro sistema solar tenía 62 satélites, ahora resulta que tiene 82. Y Saturno está, como quien dice, ahí al lado.

En mi opinión, lo que subyace en esta entrevista es una pequeña muestra de lo que, en términos más amplios, sucede en nuestra sociedad.

La existencia de seres con inteligencias muy superiores a la nuestra formando parte de esa realidad desconocida sería una hipótesis razonable que, a priori, no habría que descartar.

Es obvio que la ciencia, como máxima expresión del predominio que hemos otorgado a la razón en nuestra civilización, es difícilmente compatible con la religión y el tipo de fe por el que esta apuesta. El problema es que, más allá de lo conocido científicamente, hay un territorio muy extenso de la realidad que es prácticamente un enigma. Seguramente, una parte será desvelada en el futuro gracias al avance científico, pero es muy posible que haya otra parte que permanezca inaccesible a los procedimientos de la Ciencia. Lo lógico, por tanto, sería asumir que es mucho lo que ignoramos de la realidad que nos rodea y que, probablemente, esa realidad desconocida sea tan decisiva en nuestras vidas como la realidad que conocemos.

La existencia de seres con inteligencias muy superiores a la nuestra formando parte de esa realidad desconocida sería una hipótesis razonable que, a priori, no habría que descartar. A fin de cuentas, si por ejemplo nos limitamos a hablar de inteligencia, seguimos sin tener ni idea de cómo se originó la nuestra y de qué otros procesos podrían haber originado otras inteligencias distintas a la humana en el universo. En este contexto, no parece lógico descartar conceptos como el de Dios, la divinidad o la espiritualidad, solo porque históricamente lo hayan instrumentalizado las religiones y, en su nombre, estas hayan cometido todo tipo de desmanes.   

En cualquier caso, asumiendo que vivimos rodeados de misterios, lo lógico sería plantearse si, además de alentar y apoyar, desde el punto de vista político y social, la actividad científica como vía institucional para desentrañar esos misterios, no debería igualmente protegerse y alentarse, también desde el punto de vista político y social, el derecho que cada uno de nosotros tenemos, como individuos, a explorar tales misterios como cada cual pueda y quiera.  

¿Llegará a ser considerado políticamente incorrecto, como ya sucede en tantos otros ámbitos, que se vulnere públicamente el derecho de cada persona a construirse su propia relación con el mundo de lo intangible…?

Desde esta perspectiva, no debería ser ni social ni políticamente aceptable permitir que, por simples motivaciones ideológicas, científicos, periodistas, maestros, políticos o cualquier figura pública relevante, hagan afirmaciones sobre asuntos que nadie conoce y que, sin embargo, son importantes para mucha gente. Sencillamente, porque si queremos proteger la libertad de pensamiento deberíamos exigir que se respete el derecho de cada cual a no ser adoctrinado intencionadamente.

¿Llegará a ser considerado políticamente incorrecto, como ya sucede en tantos otros ámbitos, que se vulnere públicamente el derecho de cada persona a construirse su propia relación con el mundo de lo intangible, misterioso, trascendente, espiritual, divino o como cada cual le quiera llamar?

4 comentarios

4 Respuestas a “Dios y lo políticamente correcto”

  1. pasmao dice:

    Buenas tardes Manuel

    Lo peor de todo es que los «mas necesitados» de excluir a Dios de la ecuación del universo son los primeros en olvidar cualquier rastro de ciencia en la evolución de nuestra especie para acabar concluyendo que los dimorfismos entre hombres y mujeres son culpa de una especie de «pecado original» de origen machista, y que la salvación viene de la mano del empoderamiento femenino.

    Fenómeno reciente, dado que las mujeres hasta hace tres telediarios eran poco mas o menos que idiotas. Y sólo ahora gracias a ese empoderamiento (que debió llegar tal como en la película de Kubrick cuando el mico toca el monolito, sólo que en vez de en las llanuras africanas se dió en alguna universidad USA, con muchas fundaciones de esas detrás) las mujeres fueron conscientes de su opresión y ello permitirá que tengamos (todos, si ellas lo permiten) un futuro de prosperidad inacabable.

    Cómo ve algo muy científico.

    Un cordial saludo

  2. Manu Oquendo dice:

    Vaya por delante que un servidor está convencido de que todo lo existente tiene una Causa Primera ajena a lo por ella creado y que si dicha causa no fuera externa a lo creado, entonces…. lo creado habría de ser causa primera de si mismo. Es decir, sí o sí. Plotino lo define como el «Uno» resumiendo toda la filosofía griega. El debate filosófico-teológico está no en la existencia del “Uno” sino en su naturaleza: Dual o No Dual. Creación exógena o endógena.

    En esta convicción creo igualmente que estamos en un momento de nuestra historia evolutiva en el cual convergen la punta de la Física, la Filosófica y la Teológica de aquellas religiones capaces de ella como creo que es el caso de la nuestra. Un gran momento.

    Por ejemplo, en la vieja cuestión de Materia y Espíritu, hay que recordar que la física actual sabe –desde hace cien años– que por debajo de 10 elevado a –30 no hay «materia» o masa, solo «espíritu», es decir, campos de fuerza inmateriales de más dimensiones de las que nuestra mente es capaz de reproducir o imaginar. El tamaño de Planck es todavía inferior dado que equivale a 10 a la –33 o 1 dividido entre 1 seguido de 33 ceros. Este factor explica bien claramente que si al analizar la realidad nos quedamos en el burdo nivel biológico nos encontramos a una distancia inimaginable de la realidad subyacente.

    La física moderna, si tuviera que definir a un ser vivo diría –dice, de hecho– que somos «funciones de onda colapsadas». Definición de, por ejemplo, Michio Kaku–física de cuerdas, Columbia–. Otro físico, éste ya fallecido, David Bohm –mecánica cuántica–, define a un ser vivo como «el remolino de la corriente de un gran río». El remolino tiene vida breve pero toda sus «gotas» y la memoria cósmica de cada uno de sus movimientos lo sobreviven por toda la “eternidad”.

    La afirmación del físico citado por el autor del artículo — afirmación distorsionada por El País– “para mí no hay sitio para Dios en el universo” es, a la luz de la física actual, enteramente lógica. Y lo es porque, también para la punta de la Física, el Universo actual es solo uno de entre muchos posibles y hasta necesarios. Universos en formación y transformación constante.

    Por tanto si el universo que conocemos es como un árbol de un bosque es evidente que su Causa Primera atañe al «bosque» a partir del cual todos los árboles y todos los seres vivos pueden originarse tranquilamente sin acción «creadora» adicional alguna. En este contexto «creación» es Originar el «ser» desde la ausencia de ser o, mejor, desde el no-ser. Del mismo modo que no necesitamos pensar que el hombre nace de la nada con inmediatez sino que, una vez puesto en marcha el proceso, la fuerza de la Vida, el Espíritu, da origen a todo lo que luego se manifiesta y evoluciona.
    Las religiones explican su paradigma para una época histórica –grande en siglos pero concreta y limitada– y han de procurar que su «paradigma» –y la exégesis del mismo– sea capaz de irse actualizando a medida que sus «fieles» evolucionen y avancen en la comprensión del cosmos en el que vive y muere su biología.
    A mi me parece que, con dificultades innegables, la religión Católica hace esto bastante bien y de hecho fue Aquino quien confiadamente proclamó la imposibilidad de contradicción entre Ciencia Humana y Creencia Religiosa. Y por ello es ridículo tratar de encadenar las religiones a afirmaciones literales de hace mil años y sin exégesis alguna.

    Es importante igualmente recordar qué es en verdad una Religión. Me explico.

    Una religión es muchas cosas. Desde la acepción principal de «búsqueda vital del vínculo entre nuestro origen y nuestro destino» –que se deriva de “Religare” o «reunir»–, a un conjunto de dogmas, ritos, textos, jerarquías y símbolos que convierten a muchas estructuras religiosas en agentes de programación y control social así como en instrumento más o menos “higiénico” ( definido en términos de salud personal y social )

    Debemos distinguir entre ellas y ser capaces de separar el trigo de la paja.
    ¿Cuál sería por tanto la esencia de nuestra religión?
    No hay mucho que inventar. El filósofo francés Étienne Gilson lo explica con gran sencillez en su “El espíritu de la Filosofía Medieval” disponible en PDF y aún vivo en librerías.
    Hay dos aspectos esenciales del Cristianismo.

    1. El mensaje central del Antiguo Testamento que para Étienne Gilson se encuentra en aquel “Yo Soy el que Soy” (Exodo 3,13-14). Es decir el Ser por si mismo y en si mismo. El ser capaz de Crear. El Uno de Plotino. La esencia necesaria e inmutable del concepto de Dios. Causa primera.

    2. El mensaje central del Nuevo Testamento complementa lo anterior al transmitir que la esencia del cristianismo es el Amor/Agape. Es decir, la forma de amor que no espera nada a cambio y todo lo hace por el bien del ser amado. Lo cual exige tener una idea previa del Bien (un criterio moral) porque no se refiere a un bien meramente sensorial o inmediato. Se trata del bien en función de lo necesario para enlazar origen y destino de la vida en sentido amplio. Es decir: Un Horizonte y una Ruta. Un destino y una carta de navegación.

    Tal como lo expresa el filósofo francés, en estos dos mensajes se resume la esencia de nuestra religión y, añadiría, de todas las que de ella han salido o la han precedido. En mi opinión el resto es…. “surplus to requirements”, accesorio y de menor importancia.

    El Cristianismo arranca así, luego lo hemos complicado y muy particularmente a partir de Constantino.
    En buena medida la Iglesia está hoy tratando de “aligerarse” para retomar su esencia pero, evidentemente, esto dista de ser un ejercicio sencillo.

    Lo que resulta evidente es que no somos capaces del menor gesto de humildad para percibir nuestra real dimensión y las dimensiones de nuestra ignorancia.

    En el fondo, para sentirse sobrecogido por la magia del universo basta verlo una noche de estrellas, la mirada de una madre, los ojos de nuestro perro que se nos hace mayor o, por ejemplo, el arte de Tekla Gogrichiani. https://www.youtube.com/watch?v=p2nut8Jo2Sw
    Cuestión de abrir la mirada.

    Felicitar al autor y agradecer su trabajo.
    Buenas noches

  3. Alicia dice:

    Hace tiempo que no meto el moco por estas latitudes ―aunque leeros sí que os leo, a todos― un poco, tal vez, por la sensación de que no sé estar a la altura de vuestros comentarios. Pero, hoy, tanto el artículo de Manolo como los comentario de Pasmao y Manu (los únicos publicados de momento) me han llegado al alma y me han llevado a pensar que, aún en mis limitados conocimientos, sí puedo expresar algo ―a mi manera, claro, que a qué otra que no resultase pretenciosa o impostada― en cuanto a Dios y a la Religión y a la Ciencia.
    A la Religión menos, la verdad, que ahí me pierdo más que en un agujero negro ―aunque de ese sí que tengo una idea, la mía, que me sirve (a mi manera, insisto) para hacerme una composición de lugar (¿y de tiempo?) de qué puedan ser la Vida y la Muerte y el Aquí y el Ahora y el Existir y el Ser, y, ya puestos, el ser o el no ser) ―; pero con Dios y con la Ciencia, pues, como que… oye, si hay que ir al infierno pues se va, pero sí que me atrevo.
    Jamás he podido digerir sin atragantarme que no haya un algo más o no sé qué que dé sentido a cualquier tipo de afán o inquietud por el saber que no vayan más allá de desentrañar el qué y el porqué y el paraqué de todo cuanto podemos medir o tasar o pesar sin que, una vez medido y tasado y pesado, no revierta o trascienda en cosa de mayor trascendencia (aunque sea mucha) que la recopilación de datos y de la constatación, científica, por supuesto, de su fiabilidad.
    No puedo entender ―o a lo mejor sí; pero que no me da la gana porque entra en abierta contradicción con mi forma de sentir― que toda la búsqueda, alentada por afán e inquietud, no vaya encaminada a encontrar qué es lo que mueve a esa inquietud y a ese afán que no dan momento para la tregua ni espacio para el sosiego a ella, la búsqueda alentada por…
    Y me quedo ahí, como encerrada en un bucle, que se me antoja no muy diferente de ese agujero negro en el que atisbo (¿volveré a decir que a mi manera?) qué puedan ser la Vida y la Muerte y el Existir y el Ser y, para no dejármelos por ahí colgando, el ser o no ser como cada cual seamos pero, siempre, buscando, con los respectivos alcances que adornen en más o en menos al “buscador”, ser fieles a esos principios, tan acuñados desde tan antiguo, y tan manidos (tal vez) y acomodaticios (casi seguro) de Bien o de Inteligencia o de Belleza o de…
    Me viene a la cabeza un, se dice, Mandamiento que (no sé si se sabe el porqué) no quedó escrito en las Tablas de la Ley o no trascendió) y que reza:
    “Buscarás a Dios sólo dentro de ti mismo”.
    ¿Pero para qué querría nadie un Dios al que se pudiera reconocer sin contar con otros mimbres que los que los que le brinda su propia limitación?

  4. O'farrill dice:

    Me uno a la felicitación de los comentarios sobre el artículo de Manuel aunque creo que el tema suscitado requiere mucho más tiempo, espacio y análisis de lo que puede dar de sí un blog.
    «En el principio, era el Verbo y el Verbo era Dios». Queda por saber qué es el «Verbo» para intentar una aproximación a ese principio.
    Lo que sabemos o intuimos: el Universo infinito surgido de un acto de creación o de una reacción física con un principio (y quizás un final) sin que sea posible determinarlos. Una energía permanente en movimiento continuo que hace posible la existencia de galaxias, estrellas, planetas, satélites, cometas, meteoritos, etc. en los que puede iniciarse un proceso bioquímico que desemboque en seres vivos y en sus evoluciones o desapariciones.
    La vida que conocemos, la que nos dice la Ciencia que ha existido y la que intuimos que ha sido, es una consecuencia de todo el proceso evolutivo y transformador de la materia que tampoco se detiene. En todo caso va adaptándose a las condiciones que ese Universo le ha asignado, perdida en su inmensidad.
    La interpretación religiosa o mística de los fenómenos que se nos escapan (la mayoría) que transmite una cierta tranquilidad al pensar y creer (no olvidemos la fe) en dioses que nos protegen o nos castigan. En cada cultura, en cada pueblo, en cada lugar, el culto a lo trascendente, a lo desconocido es una constante que, como bien apunta Manu, sirve para crear lazos de convivencia y solidaridad que combaten en alguna forma la incertidumbre y el temor de nuestras vidas.
    La llamada Ciencia, algo que nos sirve para lo mismo ya que creemos en ella aunque no la comprendamos muchas veces. Tampoco sabemos lo que puede dar de sí y hasta qué punto nos será útil o, por el contrario, acabaremos a su servicio. En todo caso la comunidad científica tiende a ser un tanto pretenciosa en cuanto a sus «poderes» actuales y futuros como demuestra esa «lucha contra el cambio climático», que en realidad esconde intereses económicos que ya se cifran en negocios billonarios.
    Al final de todo, el ser humano indefenso ante la manipulación, la mentira y la codicia de muchos de sus congéneres, acaba por buscar a Dios.
    Un saludo.

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