El alborozo

Poco antes de las navidades el Congreso aprobó la ley conocida como de Eutanasia. Somos el sexto país de casi doscientos que aprueba una ley que regula la muerte de personas que, en determinadas circunstancias y bajo determinadas condiciones, siguiendo un protocolo cerrado puede recibir ayuda para terminar con su propia vida.

“…son un sonoro aldabonazo en el tejido social en el que se han desarrollado sus días y sus horas que han dado lugar a una decisión tan terrible.”

No deja de ser un hecho lamentable que un ser vivo esté deseando morir y lo solicite a su entorno cuidador cuando le es imposible la vía del suicidio. Tanto que lo pida como que lo haga es un auténtico fracaso completo, que a todos, en diferente manera, nos debe avergonzar y obligarnos a reflexionar seria y gravemente sobre ello.

Ambas cuestiones, por la radicalidad e irreversibilidad de la decisión adoptada por el protagonista, son un sonoro aldabonazo en el tejido social en el que se han desarrollado sus días y sus horas que han dado lugar a una decisión tan terrible. Sin duda, la vida de esa persona acaba careciendo de sentido, y esto es lo más doloroso y lo que debería centrar nuestra atención y las acciones que pudieran conllevarse.

“…se dispone de medios, recursos y profesionales sobradamente preparados, especialmente dedicados a atender a los colectivos que más sufren.”

Si uno de los sentidos de la vida es alzar tu propio proyecto vital y otro proyectar en las acciones tu propia identidad a modo de espejo de tu singularidad, ambos alcanzan el más estrepitoso fracaso en una decisión de ese tipo. El papel del entorno más cercano seguramente no es ni ajeno ni extraño a tal conclusión, pero ¿cómo debe comportarse el resto, que no ha presenciado, participado o colaborado en todo ello?

Por desgracia, los allegados a una persona cuyo sufrimiento alcanza unos niveles que se le hacen insoportables no han sabido, o no han podido, canalizar esa situación para conseguir un cierto alivio a tan lacerante dolor existencial. Muchas de las personas de las que podemos estar hablando no solo no lo ponen nada fácil sino que parecen empeñadas en jugar permanentemente en los bordes del precipicio, importándoles bien poco la angustia que puedan estar causando. Pero en un Estado moderno, como el de los países de nuestro entorno, se dispone de medios, recursos y profesionales sobradamente preparados, especialmente dedicados a atender a los colectivos que más sufren y que son más vulnerables a los aconteceres negativos que supone a veces el hecho de vivir.

“La sensación de que no hay salida, ni remedio, ni nada que se pueda hacer, se va deslizando a veces lentamente, y otras precipitadamente, hacia esa decisión extrema de acabar con todo.”

En relación con ello, quienes navegamos de una u otra manera en estos lares conocemos sobradamente como el juego dramático teatral de las dinámicas vivenciales de cualquier ser humano, en determinados momentos, en determinados espacios, a determinadas edades, o ante determinados retos que se nos muestran abiertamente como imposibles, nos obligan necesariamente a un cambio de “escenario” que haga posible romper una “escena” donde los “personajes” que la han construido le han llevado a un callejón sin salida. Y los más sensibles, o débiles, o sentidos, o sufridores, se topan de frente contra el muro.

La sensación de que no hay salida, ni remedio, ni nada que se pueda hacer, se va deslizando a veces lentamente, y otras precipitadamente, hacia esa decisión extrema de acabar con todo. ¿Dónde miramos los demás cuando nos cruzamos con alguien desesperado? ¿Qué mascullamos para nosotros mismos? Allá él, o qué se le va a hacer, o él se lo ha buscado, o son cosas que pasan… Una retahíla de frases previamente preparadas para cínicamente no moverse un ápice de nuestra “zona de confort”.

“Todo para llegar a la conclusión de que si un ciudadano está seria y gravemente afectado por su situación vital lo mejor es dejarle (y facilitarle) que se muera pues así lo tiene decidido.”

Uno de los elementos que distinguen a nuestras sociedades de otras o de nuestro propio pasado, es la construcción de sistemas de atención y ayuda a los desfavorecidos, deriva moderna del cristiano sentir caritativo, misericorde y compasivo, frente a las desgracias, contratiempos e injusticias que desgraciadamente acompañan al hombre desde siempre. Una construcción que abanderó y lideró hasta hace no mucho tiempo el pensamiento político-social de las izquierdas, dejándose a veces la sangre en ellas, y que ha culminado con unos Estados que entienden, apoyan y ayudan a quienes lo están necesitando.

La sustanciosa pléyade de departamentos de la Administración, servicios sociales, fundaciones y asociaciones altruistas financiadas pública o privadamente, organizaciones no gubernamentales, etc. eran impensables hace tan solo unas pocas décadas, así como los presupuestos económicos que se destinan a estas actividades. Todo para llegar a la conclusión de que si un ciudadano está seria y gravemente afectado por su situación vital lo mejor es dejarle (y facilitarle) que se muera pues así lo tiene decidido.

“¿Por qué el alborozo estrepitoso ante la posibilidad de que un individuo acabe con su vida y se mate?”

Y si, como se ha dicho, alguien que se siente de esta manera es una culminación de un estrepitoso fracaso personal, ¿qué es para el resto de personas que lo contemplamos? ¿qué es para los gobernantes y responsables globales de una sociedad? ¿No va a ver nadie que se sienta impelido directa o indirectamente en esta desgracia?

¿A cuento de qué el estruendoso aplauso por la aprobación de una ley que regule estas situaciones y legalice la eutanasia? ¿Por qué el alborozo estrepitoso ante la posibilidad de que un individuo acabe con su vida y se mate? ¿No deberíamos todos agachar la cabeza y reflexionar sobre cómo hemos podido llegar a este extremo…? Hay que ser un auténtico tarado para alegrarse de algo así…

2 comentarios

2 Respuestas a “El alborozo”

  1. O'farrill dice:

    Un estupendo artículo para reflexionar sobre la sociedad que hemos construido (o que nos han construido). Todavía recuerdo cuando la solidaridad auténticamente altruista de los entornos personales, nos permitía obtener ayuda en momentos puntuales o de necesidades específicas.
    Cierto es que las familias tenían otra estructura para atender a los suyos, pero también para atender a los demás. El sentido humanitario y la compasión eran el único incentivo que movía a prestar ayuda (como ha ocurrido con los voluntarios que han puesto sus vehículos a disposición de quienes lo necesitasen con motivo de la nevada madrileña y que han recibido incluso agresiones e insultos). Ahora tales sentimientos se han «profesionalizado». Se han incluido en el sistema político y social regido por convenidos, horarios y retribuciones……
    Tal circunstancia ha trasladado la responsabilidad personal y familiar al Estado y éste a su vez, la ha transferido a entidades privadas: residencias, fundaciones y asociaciones a cambio de las subvenciones correspondientes. Se ha cerrado el círculo y donde antes había simple humanidad, ahora hay negocio. Donde antes nos sentíamos concernidos nos ha llevado a esa «retahíla de frases previamente preparadas para, cínicamente, no movernos un ápice de nuestra zona de confort» (una frase terrible pero sincera).
    Hace muchos años se acuñó una frase en el argot popular: «yo también he sufrido mucho, así que no me cuente usted su vida…» Nadie se interesa por la vida o los infortunios de los demás porque eso nos llevaría a analizar porqué se producen y a enfrentarnos con realidades incómodas, así que nos ponemos de perfil y escondemos la cabeza en esa «zona de confort» para no ver, oír o sentir lo que ocurre a nuestro alrededor.
    De todas formas, aunque se hayan empeñado en manejar nuestras emociones, queda todavía el instinto de lo «humano» como una tibia esperanza de que todavía no está todo perdido. Quiero creer en ello.
    Un saludo y gracias por las reflexiones del artículo.

  2. Loli dice:

    Leo, y reconozco que con un cierto grado de asombro…y no…, en un diario español, un artículo donde a través de una entrevista a un médico responsable de un Servicio de Medicina Interna de un Hospital, se pone de manifiesto, o así lo entiendo yo, puedo haberlo interpretado mal, que “la diferencias entre esta tercera ola de la pandemia y, sobre todo, la primera, es que los profesionales están mejor preparados y entrenados”, no hay tanta, o apenas, dubitación sobre qué medidas a aplicar desde el primer momento, ya se han visto cara a cara con el SARs-Cov 2, se conocen mejor, y otra característica de este momento de la pandemia parece que apunta, también, a que “al menos en su comunidad la pandemia está más extendida, pero la mortalidad es menor».

    Sin embargo también alude a un diferencia en el estado de ánimo de los profesionales sanitarios, o al menos así lo he entendido yo, al afrontar esta “tercera ola” después de Navidades.

    Y centra esa diferencia en que en la primera ola todo era desconocido, con lo que obligó a los profesionales a volcarse a un 101% en lo que se les vino encima, (esta vez tal cual, no como asegura cierto responsable máximo de la sanidad a nivel nacional, la verdad, sin ninguna razón para ello, en mi opinión).

    Una situación de stress que en un ambiente hospitalario y ante un desafío nuevo puede generar, a mi entender, dos tipos de sensaciones.

    Una es que lo que ha llegado requiere recordar por qué has elegido esa profesión y aferrarte a los valores más nobles, más desinteresados, para entregarte en cuerpo y alma a los demás, es cuando el código deontológico al que te acogiste al terminar los estudios y empezar verdaderamente a aprender ejerciendo, se pone de manifiesto por encima de cualquier cosa.

    Otra es …que se está aprendiendo, circunstancia muy importante en un trabajo hospitalario, y si se me permite expresar esta opinión, más si es público, pues es donde mayor diversidad de patologías y pacientes se suele concentrar.

    Eso también, por qué no reconocerlo, supone un incentivo, tengo la impresión.

    La entrevista concluye exponiendo que actualmente “los médicos y enfermeras de cuidados intensivos están acostumbrados a tratar con pacientes críticos y a estar sometidos a tensión, pero también a ver cada día enfermos distintos, sin la presión y sin el aburrimiento que produce tener que tratar sólo pacientes con neumonía Covid”.

    A veces, entiendo, pueden perderse perspectivas.

    La perspectiva de cuidar, desde un punto de vista de modesta profesión que se basa en el cuidado, el término “aburrimiento”, no parece ser muy afortunado.

    En nuestro país, un incipiente, pero, y lo manifiesto desde la experiencia personal cercana, programa e implantación de equipos de “cuidados paliativos” , financiados y puesto a disposición por parte de la Sanidad Pública, creo que estaba poniendo en evidencia, y además aprendiendo cada vez más al respecto, la realidad de que a la persona se la puede cuidar, paliar el dolor, acompañar, acompañar a la familia y ayudarla a asistir al misterio de lo que denominamos “muerte”.
    Porque, pienso que nadie que haya estado junto a cualquier persona, ya sea desconocida o muy cercana, hasta la frontera de su vida, no se ha dado cuenta, no ha percibido desde más allá del razonamiento lógico, que algo en el espacio, en el ambiente, era distinto, había cambiado, aunque no supieras el qué….
    Y esa experiencia, además, te lleva a ser mucho más respetuoso con todas las incógnitas que, para el mundo médico, supone el principio de la vida, y su…finalización, al menos desde lo perceptivo.
    La Ley de Eutanasia recientemente aprobada, bajo una terrible pandemia que se ha cebado en los “viejos” y amenazado terriblemente a las personas con “enfermedades incapacitantes”, raras o crónicas, esas que a lo mejor, puede llegar un momento, Dios no lo quiera, que causen “aburrimiento” en su tratamiento y cuidado, no tiene ninguna justificación.
    Si alguien pide morir, es curioso que normalmente es desde un “sufrimiento psicológico”, más que físico, que es posible paliar.
    No hay ninguna necesidad, y es un fracaso de la sociedad entera, que las personas lleguen a ese umbral.
    Se puede acceder a cuidar y a ayudar desde una sociedad civilizada que evoluciona, no desde la barbarie.
    No tiene ningún consenso creíble, no ha habido debate…no se ha permitido hablar a aquellos que verdaderamente pueden aportar luz sobre lo que se conoce realmente….
    Somos el sexto país en el mundo en sacar un Ley de estas características.
    Dudoso honor.
    El dinero empleado en formar e implementar los Cuidados Paliativos desde las estructuras públicas, corre el peligro de desaparecer, para emplearse por ejemplo, en la financiación de medicamentos letales, en la búsqueda de “cócteles” que reúnan dosis mortales y no que busquen paliar el sufrimiento o la angustia ante el deterioro de la respiración, según vaya surgiendo, que se puede sin matar a la persona…se puede y se sabe.
    La enfermedades incapacitantes, incluso las crónicas a lo mejor ya no son un “incentivo”, ni siquiera para investigar y encontrar tratamientos con las que abordarlas….
    ¿En qué se puede convertir la Medicina?, y ¿sus profesionales?.
    ¿Cómo pensamos que se volverá el ambiente, ese espacio que nos envuelve y que cambia, varía, cuando alguien llega a él, nace, y cuando se va, muere?….
    La vida, la muerte, las leyes desconocidas que regulan la Naturaleza a la que pertenecemos, la realidad aún lejana de nuestra capacidad perceptiva, no es cuestión de opiniones, ¿qué estamos haciendo….?.
    Es muy serio.

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