Eliminar el dinero en efectivo amenazará aún más nuestra privacidad y nuestra libertad

La eliminación total del dinero en efectivo, y su sustitución por las tarjetas de crédito y el dinero electrónico, es un objetivo al que parece que todo el mundo se apunta.

Los gobiernos, porque creen que así podrían aumentar mucho sus ingresos fiscales al forzar a que gran parte de la economía sumergida aflorase y pagase sus impuestos.

Las empresas, que ya venían cumpliendo con todas las normas fiscales y laborales, al ver como desaparecería la competencia desleal de empresas que, por no cumplir con esas normas, pueden abaratar sus precios.

Los bancos, que podrían aumentar el volumen de dinero que manejarían y, sobre todo, que serían aún más imprescindibles para cualquier gobierno ante cualquier crisis que les pueda afectar a ellos en el futuro.

(…) la desaparición del dinero físico también plantea amenazas muy serias que no parece que se estén considerando en el debate público con todo el alcance que podrían llegar a tener.

E, incluso, muchos ciudadanos que se sentirían más seguros ante posibles robos, al no llevar nada de dinero encima.

Sin embargo, más allá de esas ventajas, la desaparición del dinero físico también plantea amenazas muy serias que no parece que se estén considerando en el debate público con todo el alcance que podrían llegar a tener.

En el anterior artículo que hemos publicado en este blog, Enrique Sánchez ha hecho un amplio repaso de muchas de esas amenazas. En este, pretendo profundizar un poco más en una de ellas.

Sin poder recurrir a los billetes y monedas para muchas de nuestras compras, todos nuestros pagos se tendrían que efectuar a través de nuestras tarjetas de crédito y a través de Internet. Según personas que han trabajado en este oscuro mundillo, como Brittany Kaiser, una de las directivas de Cambridge Analytica, esa información, pese a formar parte de nuestra vida privada y ser altamente sensible, estaría accesible a las grandes empresas tecnológicas que controlan ese medio. Me refiero a Google, Microsoft, Apple y Amazon, que prácticamente son monopolios en sus respectivos ámbitos, pero también a centenares de otras empresas dedicadas al comercio de estos datos (Data Brokers).

Desde el año 2018, la Comisión Europea ha impuesto a Google las tres mayores multas que ha aplicado jamás y que, en total, ascienden a 8.257 millones de euros. El motivo tiene que ver, básicamente, con las prácticas abusivas que realiza a partir de su cuasi monopolio en las búsquedas en Internet y en los teléfonos móviles. Por su parte, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos demandó a Google el pasado mes de octubre.

Estamos, no obstante, ante dos problemas diferentes. Por una parte, las prácticas que emplean estas grandes empresas para preservar su monopolio, impidiendo que surjan otras que puedan llegar a hacerles sombra. No es solo un problema para esas otras empresas; lo es, sobre todo, para los millones de usuarios que no tenemos otra opción. Es como si Telefónica fuera la única operadora de telefonía y todos nos tuviéramos que someter a las condiciones que nos quisiera imponer.

Por otra parte, y esto es aún más grave, está el uso que hacen de todos los datos privados que obtienen de nosotros a partir de lo que hacemos con nuestros móviles y de nuestros movimientos por Internet. Datos que luego venden a otras muchas empresas. En principio, según nos dicen, para publicitarnos servicios y productos a la medida de nuestros intereses personales. Pero, las noticias que van apareciendo sobre lo que hacen con nuestros datos demuestran que sus intenciones no se limitan a eso, en absoluto.

El problema de fondo es que ni en Estados Unidos ni en la Unión Europea los poderes públicos han demostrado tener la capacidad y/o la voluntad de proteger a los ciudadanos de un modo realmente efectivo frente a los abusos que cometen a diario las empresas que operan en Internet con sus datos privados.

El 11 de noviembre de 2019, The Wall Street Journal reveló que Google había accedido al historial médico completo de 50 millones de estadounidenses, sin que lo supieran ellos, tras firmar un acuerdo con una de las principales compañías médicas de EEUU. Google, interesada en entrar en la industria de la salud (como Amazon, Apple y Microsoft), alegó que su objetivo es mejorar los tratamientos médicos. Pero, a nadie se le escapa que las compañías de seguros estarán dispuestas a pagar lo que sea por esos datos si, con ello, pueden evitarse asegurar a personas con probabilidades de desarrollar enfermedades que exijan tratamientos médicos costosos.

Unos meses después, en febrero del 2020, el Fiscal General de Nuevo México, EEUU, presentó un escrito de imputación contra Google acusándole de haber estado espiando a millones de niños y sus familias en Estados Unidos y en otros países, como España.

Meses después, el 2 de junio de 2020, The New York Times informó de que Google se enfrenta a una demanda colectiva en California, que podría alcanzar los 5.000 millones de dólares, por haber continuado recogiendo información sin su permiso sobre lo que hacían en Internet, a pesar de haber elegido la opción de navegar en “modo incógnito o privado”.

Estos tres ejemplos se refieren a Google, pero se podrían poner otros relacionados con las otras grandes empresas tecnológicas citadas.

El problema de fondo es que ni en Estados Unidos ni en la Unión Europea los poderes públicos han demostrado tener la capacidad y/o la voluntad de proteger a los ciudadanos de un modo realmente efectivo frente a los abusos que cometen a diario las empresas que operan en Internet con sus datos privados.

¿Y en estas condiciones nos van a obligar a prescindir del dinero en efectivo para que toda la información de lo que cada uno de nosotros haga con su dinero quede registrada y pueda ser utilizada a su conveniencia por multitud de empresas?

Si todo lo que ha hecho hasta ahora la Comisión Europea ha sido sancionar por 8.257 millones de euros a una empresa cuyo valor en bolsa a finales del año pasado era de 970.093 millones de euros, habrá que preguntarse si, llegado el caso, la Unión Europea tendría una capacidad disuasoria realmente eficaz como para obligar de verdad a estas empresas a respetar la privacidad de los ciudadanos. Lo cierto es que, hoy por hoy, la impunidad con la que comercian un montón de empresas con nuestros datos roza lo pornográfico. Y ahí siguen.

¿Y en estas condiciones nos van a obligar a prescindir del dinero en efectivo para que toda la información de lo que cada uno de nosotros haga con su dinero quede registrada y pueda ser utilizada a su conveniencia por multitud de empresas?

¿Acaso esto no es un atentado frontal a la libertad individual?   

4 comentarios

4 Respuestas a “Eliminar el dinero en efectivo amenazará aún más nuestra privacidad y nuestra libertad”

  1. Ligur dice:

    Al igual que que existe el día: sin tabaco, sin coche etc. ¿Por que, no se crea el día mundial de :”sin tarjeta de crédito”?, al igual que se festejan a nivel mundial, el día: del orgullo zombie, de la marioneta, de los simpson, de la trabajadora sexual….. Hoy por cierto, leyendo el periódico, me entero de que es el del mundial del tiramisú. Estupidez supina.

    ¿Que ocurriría, si, solamente durante un día y a nivel mundial, dejáramos de utilizar ese trozo de plástico con alma de diablo? y no el colmo de la sinrazón, estupidización y borreguismo de festejar, lo que por intereses multinacionales nos dicen que tenemos que festejar. Que manera más burda de mentirnos y entretenernos.
    Ya se celebra lo que B. Gates está montando, el día mundial sin carne. La agenda 2030 nos dejará sin solomillo, chorizo ni torreznos. Eso si, será por nuestro bien y seremos sumamente felices.
    La ceguera, imbecilidad y chupiguaysmo se está apoderando del mundo.

    Excelente tema y desarrollo Manuel

    Saludos a todos

  2. O'farrill dice:

    No es la primera vez que desde estas páginas algunos hemos alertado sobre todo ello. Los «monopolios» de finales del XIX y principios del XX estaban ligados a unos determinados apellidos. Hoy la historia se repite y existe la misma situación: «producir barato, eliminar la competencia y vender caro» (según Galbraith). En aquellas épocas era conocido en EE.UU el pulso por la «Eire Railroad» entre Cornelius Vanderbilt y los socios Fisk, Drew y Golud por hacerse con la explotación del ferrocarril. Las acciones falsas que se imprimieron por parte de estos últimos contaron con la compra de los legisladores del estado de Nueva York, mientras el primero era «dueño» del magistrado del Tribunal Supremo George Gardner Barnard («La era de la incertidumbre».- Galbraith). También lo hicieron con los medios de comunicación.
    La jungla del dinero ha acabado por dominar a los estados. Se los ha comido de diversas formas aprovechando las debilidades de quienes los representan. Sus tentáculos se extienden por todas las áreas y son el verdadero poder. Sobre todo cuando han llevado a las sociedades y a los gobiernos a unas exigencias que implicaban endeudarse: «las generaciones que nacen en las cárceles de la deuda, se pasan la vida comprando el camino hacia la libertad».
    Esto es lo que hay en juego: democracia real o sumisión a estos poderes desde la deuda con que nos pueden estrangular. ¿Quienes lo han favorecido e incluso han formado parte del contubernio? Aquellos que tienen en sus manos el poder delegado de legislar, gobernar o administrar justicia. Nada nuevo bajo el sol.
    Hace unos días un director de sucursal bancaria me decía que los clientes deben asumir las directrices del banco. Es más, con los bancos se ha establecido una conexión institucional que les ha permitido el control mixto sobre los clientes: por una parte los gobiernos con la excusa de control fiscal han acordado el control bancario de la propiedad privada y los bancos por su parte esperan recibir las compensaciones oportunas por su colaboración.
    Ya no hay espacio público (institucional) y espacio privado (social). Ahora todo está conjugado para el control total.
    Un saludo.

  3. Loli dice:

    Hace poco me hice una tarjeta en la Casa de Libro, de esas que van reportando pequeños beneficios o ventajas a medida que se realizan compras.

    Además de firmar de manera infame con el dedo en una pantalla de “Tablet”, no me dieron ningún soporte material que se pudiera identificar como algo a presentar, es decir, ni siquiera un “plástico” que poder manejar.

    Al preguntar cómo podía entonces controlar lo que se iba acumulando en la misma, me contestaron (pobres de los jóvenes empleados que tienen que preguntar a su teléfono móvil, a viva voz, dónde se encuentran las estanterías), que de eso me enteraría cuando al ir a comprar algún libro, ¡oh sorpresa!, me encontrara con algún “detallito”, o que se me hacía algún descuento en la adquisición del momento….nada, yo no tenía que pre-ocuparme, ni siquiera que “ocuparme” de lo que acababa de suscribir, a través de una forma tan humillante de estampar mi firma, (con la ilusión y el esfuerzo invertido en mi niñez para conseguir una letra escrita correcta y, cuando me pongo a ello, creo que bastante bonita).

    Esto es muy anecdótico, quizás, pero cuando voy al cajero automático de mi banco, donde ya no puedo adquirir mi dinero directamente del empleado de la ventanilla, pues me supone una comisión de dos euros cada vez que lo haga, ahí la cosa es todavía más…..humillante, si cabe.

    Yo saco una cantidad, pero si necesito parte de esa cantidad en billetes cambiados a más pequeños, como hacía en la ventanilla directamente relacionándome con la persona de turno, pues resulta que no puedo, que, como me dijo otro empleado del banco al que pregunté, la maquinita me despacha el dinero…”como crea conveniente”, palabras literales de la persona a la que pedí auxilio, (creo que la mirada de odio que se me escapó fue directa al cajero automático que estaba tomando las decisiones por mí, espero que no rozase al pobre empleado).

    En definitiva es como si se tratase de que te olvidases de tus sentidos…, ver, oler, acariciar, gustar, escuchar…, nada, todo a sintonizarse con las frecuencias artificiosas que tecnológicamente nos impongan.

    Entiendo que el dinero puede tener muchas connotaciones, quizás una de ellas ponga de manifiesto lo que supone una “transformación”, el “cambio” puede ser vivido a través de su manejo material.

    Cuando es visible, accesible a los sentidos, también se puede ser consciente de lo que se está haciendo con él y lo que representa, forma parte de nuestro derecho a desarrollar nuestra consciencia, nuestra inteligencia.

    ¿Qué objetivo tiene que se nos oculte de ese modo?.

    No se me ocurre nada noble ni solidario ni desinteresado…

    Hubo un momento en que estaba orgullosa de mi “letra”, de cómo era capaz de reflejarla a través de mi mano, mi tacto, mi vista…sobre el papel donde deslizaba el trazo.

    Hasta el gusto y el oído podía reflejarse en lo escrito si lo hacía con esmero.

    No puedo perdonar el oscuro, horripilante y desestructurado rasgo que se me obliga a presentar como “firma”, no, es mentira, ese no es el “trazo” que me identifica, pero, también creo que eso…., el individuo, es lo que menos importa ahora mismo.

  4. O'farrill dice:

    Totalmente de acuerdo con el comentario de Loli. Nos estamos dejando en aras de un supuesto «progreso» nuestra humanidad. La que nos permite acertar o equivocarnos libremente. Lo comprobamos diariamente en nuestras relaciones con ese mundo corporativo que forma parte del «sistema» y que, lejos de adaptarse a las necesidades de los clientes, van imponiendo sutil o descaradamente sus normas y sus modelos. La concentración oligopólica lo permite.
    Las anécdotas como la de la «Casa del Libro» son muestras y referencias que, además, inciden en el desempleo de esas personas que antes atendían, asesoraban y ayudaban. Búsquelas ahora y han desaparecido. Se trata de que los clientes hagan gratuitamente el trabajo y, sobre todo, eliminar responsabilidades corporativas. ¡Es tan fácil echar la culpa a las máquinas! Hace unos días se me avisaba telefónicamente (no hay constancia documental) de que había existido una incidencia en un recibo de la compañía de seguros que se me había pasado al banco, requiriéndome para que yo acudiera a la entidad bancaria para comunicarles (verbalmente también) de lo sucedido. Al decirles que es el emisor el responsable y el que tendría que deshacer el error, me dijeron que ese era el protocolo de la compañía. ¿Cómo queda justificado que al requerir yo la retirada del recibo, sigue vigente mi cobertura aseguradora…? Así, supongo, millones de casos que esconden los fallos de las tecnologías y que van a parar siempre a los mismos.
    Un saludo.

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