Buena parte del debate político se resume en cuánto, y de qué manera, estamos dispuestos a depender del Estado o de las empresas privadas. Con este dilema de fondo se sitúan muchos de los problemas que afectan a la sociedad y, desde luego, la respuesta no es sencilla.

Parte del debate se centra en el grado de eficiencia con el que prestan sus servicios el sector público y el privado; pero en mi opinión el aspecto más sensible no es ese, sino el del poder que unos y otros acumulan, cómo lo utilizan de cara a los ciudadanos y qué defensa tienen los primeros frente a los posibles abusos de los segundos.

Cuando hablamos de las empresas privadas, no nos estamos refiriendo a las pequeñas y medianas empresas que, aun siendo las más numerosas, apenas tienen poder; hablamos de las grandes empresas, en su mayoría multinacionales, cuyo poder supera con creces al de muchos países. Para hacernos una idea, según el Banco Mundial, de las 100 mayores economías del planeta en 2003, 51 eran empresas privadas y 49 eran países; y según la revista Forbes, las 15 empresas más grandes del mundo tienen un valor accionarial equivalente al PIB de los 27 países de la Unión Europea.

No hace falta recordar que la presente crisis económica mundial se originó, en gran medida, por las prácticas abusivas en el sector financiero de Estados Unidos. Lo curioso es que, cuando estalló la crisis en el año 2008, 21 de las 100 empresas con mayor valor bursátil del mundo pertenecían a este sector, y hoy son 23; es decir, su poder no parece que haya menguado. Lo cual adquiere más relevancia si además tenemos en cuenta que, la suma de la capitalización de las 100 principales empresas es hoy un 45% mayor que hace cinco años, mientras que en ese tiempo la riqueza de los países más desarrollados se ha reducido o apenas ha crecido.

Precisamente, una de las funciones del Estado es la de protegernos de los posibles abusos de estas grandes empresas. De hecho, la crisis del 2008 ha generado una demanda de mayor control del sector financiero por parte del Estado; tanto para proteger a la economía del país como a la de los ciudadanos. Es decir, frente a los excesos del sector financiero exigimos más Estado.

Pero esto no se limita al sector financiero. También podríamos hablar mucho acerca de los riesgos de que las grandes empresas petrolíferas campearan por el mundo a sus anchas, pactando sus precios, impidiendo otros tipos de energía más baratos o menos contaminantes, etc. O de que las principales compañías farmacéuticas comercializasen sus nuevos fármacos sin ningún control y solo bajo su criterio. O de que los grandes del sector tecnológico (Microsoft, Google, etc.) utilizasen nuestros datos sin cortapisas y ningún control público. En fin, la lista podría ser muy extensa y en todos los casos llegaríamos a la conclusión de que, si bien a las grandes empresas privadas les debemos buena parte de nuestro bienestar y de nuestro desarrollo económico, también es verdad que llegan a acumular tal poder que no se las puede dejar que lo utilicen como quieran; y para evitar que se extralimiten necesitamos un Estado fuerte que se lo impida.

Para protegernos de eso y de otras amenazas, como las que representan las organizaciones criminales, el terrorismo e incluso otros países. En realidad, queremos al Estado para que nos proteja de casi todo: lo que afecta a nuestra seguridad física, a nuestra seguridad económica e, incluso, yo diría que para mucha gente también es necesario que nos ampare frente a ideologías, creencias o valores que creemos perniciosos y desestabilizadores. El problema es que, a cuenta de la protección que nos proporciona en más y más ámbitos, el Estado cada vez es más grande y los ciudadanos cada vez estamos más en sus manos. Como ya me he referido a esta cuestión en otros artículos no me extenderé sobre ello ahora.

Por supuesto, el hecho de que el Estado sea cada vez más grande no significa que muchas de sus funciones, y de los servicios que proporciona, no sean necesarios y, además, estén siendo bien valorados por la sociedad.

Pero todos sabemos que el Estado, y sobre todo las elites que lo gobiernan, no es un ente puro y angelical; también tiene sus tentaciones de abusar del poder que acumula. Aunque nos creyéramos que su única motivación fuera defender a los ciudadanos, si no se les frena pueden llegar a controlar toda nuestra existencia, como el papá obsesionado con que a su hijo no le pase nada. Un ejemplo muy ilustrativo lo aporta el escándalo reciente sobre las interceptaciones masivas de conversaciones telefónicas y correos electrónicos por los servicios de espionaje de EEUU e Inglaterra, con la colaboración de las grandes empresas privadas proveedoras de esos servicios, y quizás con la de otros servicios de espionaje europeos, incluido el español. ¿Protegernos es el objetivo real o solo un pretexto? ¿Está siempre clara la línea divisoria entre lo primero y lo segundo?

Ante esta situación, la pregunta obvia es: ¿hay algún límite a esta tendencia del Estado a tener cada vez más poder? ¿Quién lo impondrá? ¿Podemos confiar tranquilamente en que serán los propios Estados los que se autoimpondrán ese límite? ¿Podemos confiar en que serán los políticos que gobiernan los Estados los que, renunciando al poder que les proporciona, fijen esos límites? ¿Hay algún indicio de que eso vaya a ser así? Y si los políticos no frenan esta tendencia, ¿qué haremos los ciudadanos?

Hace un par de meses se publicó un interesante estudio del BBVA realizado a partir de una encuesta a 15.000 personas de los diez principales países de la Unión Europea. De las conclusiones de este estudio merece la pena destacar las siguientes: el 74% de los españoles (frente al 54,5% del conjunto europeo) creía que el Estado debe tener la responsabilidad principal a la hora de asegurar que todos los ciudadanos puedan gozar de un nivel de vida digno. Sin embargo, al preguntar sobre los políticos (que son, en gran medida, los que gestionan el Estado), en una escala de 0 a 10 los españoles declaraban tener la mínima confianza en ellos (1,5) y en los partidos políticos (2,0); asimismo eran los que menos confianza tenían en el funcionamiento de la democracia (3,6).

Según estos datos los españoles tenemos un serio problema: por una parte nos ponemos en manos del Estado para que nos proteja en buena parte de las facetas de nuestra vida y, por otra, desconfiamos enormemente del sistema político (políticos, partidos y funcionamiento de la democracia) que gestiona ese poder y que, al mismo tiempo, es el que debería servir para defendernos de los posibles abusos del Estado.

Frente a los atropellos y extralimitaciones de las grandes multinacionales y de los Estados, los ciudadanos no tenemos más remedio que optar entre resignarnos, con un grado mayor o menor de indignación, u organizarnos para evitar que eso sea así.

En mi opinión, la única salida que tenemos es la de avanzar en la calidad de nuestra democracia. Me parece evidente que una sociedad compleja como la nuestra necesita un Estado que la proteja. Pero, como complemento imprescindible, necesitamos desarrollar los instrumentos que proporciona la democracia para controlar los posibles excesos de ese Estado. Esos instrumentos, de los que ya hemos hablado muchas veces en este blog, son, en síntesis: una auténtica división de poderes entre el Gobierno, el Parlamento y la Judicatura; y un control efectivo de la actividad de los partidos y de los políticos. Lo cual solo es posible en la medida en que se produzca una activación social, política y cultural de los ciudadanos. Activación que pasa por formarse, informarse y crear organizaciones que actúen de abajo arriba en los diversos ámbitos de nuestra vida en comunidad.

En realidad, lo que nos jugamos los ciudadanos tiene mucho más alcance que el de defendernos ante el mal uso del poder que acumulan unos y otros. Lo que está en juego es la posibilidad de que podamos desarrollar nuestra libertad y nuestra capacidad para hacer que nuestras vidas, y el modelo de sociedad en el que vivimos, puedan ir aproximándose a lo que nos gustaría que fueran. Así de sencillo y así de complejo.

15 comentarios

15 Respuestas a “ENTRE LOS PODERES PÚBLICOS Y LOS PRIVADOS”

  1. Manu Oquendo dice:

    Gran asunto el que aborda hoy Manuel Bautista y que va siendo hora de estudiar y desbrozar porque es una de las zonas más oscuras de nuestro mundo.

    Voy a dejar unas breves notas –seguro que incompletas– sobre los dos temitas que señala el autor: “Tamaño del Estado” & “Diferencias de poder entre los agentes de mercado”–y sus efectos en la sociedad– .

    Nuestro sistema se supone que es de “mercado libre” hasta que, –a pesar de la descarada connivencia de buena parte del estamento académico– sus dinámicas nos muestran que de “libre tiene muy poquito”.
    Que es una pirámide en la cual el poder de mercado se acumula en las alturas a los pechos del poder político en un proceso de simbiosis digno de análisis independiente.

    La metáfora física del mercado libre, –regulador natural que alcanza de modo espontáneo equilibrios perfectos– sería el de un líquido o un gas sometidos a las leyes de la mecánica de fluidos.

    Pero sucede que las moléculas del fluido propenden a formar “grumos” que acrecientan la viscosidad del medio a límites tremendos.
    Tanta viscosidad que no sólo imposibilita que el “flujo fluya” sino que es obligatorio pasar por taquilla en una rigidez de precios inaudita para algo que se supone fruto de negociación entre poderes razonablemente homogéneos.

    Hoy el “mercado libre” es una anomalía con el nombre muy mal puesto.
    Un refugio semántico.
    Lo cierto es que si miramos el porcentaje de nuestro gasto que es libre es una fracción diminuta. Llamar mercado libre a este mecanismo es otra trampa semántica.

    Por otra parte el asunto del tamaño del estado no es ajeno a esto pero también actúa, –impidiéndola o frenándola–, sobre la actividad privada. Sobre la racionalidad misma de ejercerla.

    Por ejemplo: Nuestras autonomías han producido en 30 años cerca de un millón de páginas de Boletín Oficial de las cuales algo más de 100,000 tienen impacto económico. Unos efectos que han hecho diferente cada pequeño entorno.

    ¿Quién es capaz de iniciar una actividad económica bien analizada en ese entorno? Pues sólo los muy grandes y/o con vínculos con el poder político que se ha convertido en la llave reguladora y principal cliente.

    No es casual que España tenga los bufetes legales más mastodónticos de Europa. O la mayor corrupción de nuestra historia.

    Hay más temas — la función redistributiva del estado que como paliativo, en este entorno, es crucial para que los que no pueden sobrevivir no desaparezcan del mapa– o también la Asimetría Jurídica en las relaciones Estado-Individuo que hoy son bochornosas por desequilibradas.

    Pero como de costumbre no hay mucho más tiempo. Seguiremos hablando.

    Saludos

    1. AdamSmith dice:

      Estimado Manu Oquendo,

      No es una cuestión de tiempo. Es simplemente ignorancia que jamás el tiempo corregirá. Pretendemos saber mucho más de lo que realmente sabemos. El tema del post es un claro ejemplo donde podríamos seguir hablando por siglos, ya lo hemos hablado más de dos siglos, pero nunca habrá acuerdo sobre dónde trazar la línea que separa lo privado de lo público y sobre cómo asegurar su cumplimiento. Peor todavía, ni siquiera habrá acuerdo sobre los criterios que debemos usar para llegar a responder esas preguntas. Y como sabemos bien que no habrá acuerdos entonces tomamos atajos y nos encerramos en eso que llamamos ideología pero que solo sirve para rechazar la realidad.

      El debate del tema en España lo encuentro sencillamente patético porque la gran mayoría de los intelectuales españoles desprecian la experiencia anglosajona, la más rica para poder entender nuestra ignorancia. Me consta que no es su caso, pero el único consejo que doy a los españoles es que estudien seriamente esa experiencia. Por supuesto, si quieren estudiarla tendrán que partir por informarse bien, algo que jamás podrán hacer si limitan su lectura a los medios españoles cuya corrupción da asco.

    2. AdamSmith dice:

      Estimado Manu Oquendo,

      Por si no lo ha hecho ya, le recomiendo leer esta columna de George Will publicada ayer

      http://www.washingtonpost.com/opinions/george-will-obamas-presidency-unravels-through-chaos-and-crisis/2013/11/22/57132e74-52de-11e3-a7f0-b790929232e1_story.html?hpid=z2

      A los lectores no residentes en EEUU nos plantea muchas preguntas sobre cómo luego de más de 200 años de democracia constitucional, todavía se puedan dar ese tipo de situaciones.

  2. José María Bravo dice:

    Yo, a veces, me pregunto, cuando hablamos de Democracia, de que hablamos?. Bueno, podemos ir a los libros de texto, a la Wikipedia o la Enciclopedia habitual. Incluso podemos leer a Aristoteles, a Platón, a Kant, a Hegel, etc. Podemos ser intelectuales o analfabetos. Pero que es, hoy la Democracia?. Termino que nació hace siglos, en unas circunstancias determinadas.

    Hoy en día, parece un marchamo occidental. Y, yendo más allá que es hoy “Occidente”?. La raza blanca?. La religión Católica?. La cuna de la Cultura?. La civilización del Mercado Libre?

    Aún sin saber de conceptos, de ideologías, de doctrinas, etc. Parece que Democracia es vivir en país “libre”. Y, que es ser libre?

    La Democracia se ha vuelto una “tirana”. La tirana de las leyes. Que hacemos, Bautista, con la Democracia?. Le cambiamos de nombre?. Yo creo que sí. Y así el análisis de la situación podría ser más certero y empezaríamos esa, añorada, andadura. La que usted, parece, entrever.

  3. Catalandalus dice:

    Interesante artículo para la reflexión: Más o menos estado vs más o menos servicios privados.
    Pienso que hay servicios que no deberían ponerse en manos de empresas privadas: Sanidad, educación, transporte y energIa. Esto no quiere decir, que al ser estatales dejen de cumplir con parámetros de eficacia, como las tienen las grandes empresas, pero siempre referidos al bien del ciudadano. Esta es la principal diferencia, con la empresa pública que va en busca de su propio beneficio, y le importa el ciudadano mientras pague el servicio.
    Y estos criterios de eficacia de nuestras empresas públicas han adolecido de ellos, o no se han querido aplicar con la misma contundencia que en la privada.
    Sólo, como ciudadanos, podemos luchar contra las grandes multinacionales a través de un estado democrático, sólido, fuerte y eficaz.
    Un estado que haya consensuado previamente que políticas educativas, sanitarias, energéticas y de transportes se llevarán a cabo en los próximos 15-20 años
    Para ello se necesita, por un lado una sociedad consciente de que lo público tiene un precio y que lo pagamos entre todos y no pude ser el refugio de los ineptos y por el otro, una política fiscal adecuada, es decir, que aflore, lo más posible, la economía sumergida y las grandes fortunas tengan el peso adecuado en el pago del estado de bienestar.
    Otros países de la Unión Europea lo han conseguido.
    No puede ser, y es el camino idóneo para vender a la ciudadanía la privatización de estos servicios, decir que no hay dinero cuando manejamos las tasas de economía sumergida mayores de Europa, en- torno al 25%y las grandes empresas del IBEX 25 solo pagan de media el 12% de impuestos.

  4. Catalandalus dice:

    Perdón por el error.
    Me refiero a la empresa privada cuando digo que sólo busca su propio beneficio.

  5. lapaty dice:

    Después de leer el artículo y las opiniones del personal compruebo, con estupor, que nadie ha mencionado los paraísos fiscales, que, en mi opinión, son el principal factor que desestabiliza la balanza entre el Estado (Empresas Públicas) y las Empresas Privadas. Mientras estos existan existirá una fuga de capital decisiva. Creo que lo que se necesita, entre otras cosas, son nuevas regulaciones para un mercado globalizado en pleno apogeo en el que es posible obtener la producción en países que no respetan Los Derechos Humanos (dictaduras enmascaradas o no) y que se convierten automáticamente en una competencia desleal para aquellas que sí los respetan, y luego tributar en países con ventajas fiscales y además evadir impuestos. Creo que se necesitan nuevas normas fiscales y tributarias para que el crecimiento de la economía (poder) del Estado no sea inversamente proporcional al de la Grandes Empresas Privadas.
    En definitiva, no creo que haya que reformular el concepto de Estado pero sí parece necesario defenderlo de manera “global” y demandar de todo su poder leyes que hagan “el juego más justo” y limiten los abusos que se cometen de manera “global”…eso significaría cargarse los paraísos fiscales, prohibir la importación de productos procedentes de países que no respeten unos mínimos derechos humanos, civiles y laborales. En realidad significaría fastidiarles el chollo a aquellos que son los encargados de hacer las leyes, o por lo menos que prosperen para su aprobación. No parece que lo vayan a hacer por las buenas.
    El mercado libre existe, de hecho, es tan libre que puede desarrollarse sin cortapisas porque no hay una regulación, real o eficaz que asimile las “nuevas” posibilidades financieras y mercantiles gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías. Nos movemos en un nuevo escenario pero con reglas viejas, obsoletas o insuficientes. Nos movemos en lo global desde lo “local”, con una capacidad de elección mínima gracias a un sistema electoral obsoleto e ineficaz, que tampoco interesa cambiar, ya que los que detentan el poder son los primeros beneficiados del sistema tal y como está.
    En realidad, creo que es un error presentar el debate como Estado vs Empresas Privadas. En mi opinión presentarlo así es hacerlos excluyentes (enfrentados) de alguna manera, y creo que lo ideal es que se complementaran en un escenario bien regulado para que no existieran abusos de ninguna de las partes.
    Existen tres pilares básicos sobre los que se apoya toda sociedad: economía, política y religión. La religión y la economía actualmente son globales, la política (y en consecuencia el Estado) no….conclusión…la sociedad está coja y resulta “insegura”!!.

    Muy bueno el blog. Felicidades

    Salu2.

    1. mrtaid dice:

      Yo aquí difiero en algunos puntos con el autor. Primero me niego a pensar que lo que esté en juego en una cuestión “tan liviana” sea nada menos que nuestra libertad. Afortunadamente yo creo que nuestra libertad está mucho más allá y muy por encima del Estado. Otra cosa es que lo que esté en juego sea que se nos facilite o se nos trabe aún más esa posibilidad de libertad.

      En segundo lugar una discrepancia mucho menos filosófica. Justificase la existencia del Estado para limitar el poder de las grandes empresas, es decir, se supone que las grandes empresas, sin la intervención del Estado, crecerían hasta alzarse en posiciones de monopolio desde donde se extralimitarían en el uso de su poder. Pero estoy de acuerdo, hasta que se demuestre lo contrario, con quienes defienden que eso históricamente no se ha verificado jamás. Jamás una empresa privada ha alcanzado una posición de monopolio sin la ayuda del Estado.

      Es decir, primero examinemos en profundidad si esa premisa que nos enseñaron en la escuela estatal es cierta o no. Porque si no fuera cierta, el Estado se vería en una situación muy comprometida a la hora de justificar las innumerables injerencias que lleva a cabo diariamente en la vida de las personas y de las empresas. El Estado se alza como protector de los ciudadanos ante situaciones que él mismo alimenta. Lo cual no quiere decir que una parte de esa actividad sea necesaria, pero una parte mucho más limitada de lo que en la actualidad es.

      1. Manuel Bautista dice:

        Estimado mrtaid,

        No tengo tan claro que falte comprobar experimentalmente que las grandes empresas, en situación de monopolio y sin la intervención del Estado, no se extralimitarían. Es verdad que no existe esa situación de nula intervención del Estado, pero me da la impresión de que hay numerosas evidencias de abusos por parte de las grandes empresas como para no intentar el experimento.

        De todos modos, estoy de acuerdo con lo que argumentaba en su comentario Manu Oquendo de que entre el aparato del Estado y las grandes empresas privadas hay tal maraña de intereses que, al final, resulta difícil delimitar quién condiciona a quién. Por una parte, esa interrelación es necesaria y positiva, porque si el Estado regula un sector de la actividad económica, conviene que se entere bien de cómo y dónde debe hacerlo para ser eficaz sin estrangular; y eso solo puede hacerlo en diálogo con las empresas del sector. Pero, por otra parte, no cabe duda de que de ese diálogo puede derivarse un excesivo “sometimiento” del Estado a los intereses de las grandes empresas que lideran ese sector. De hecho, esta semana saltaba la noticia de que “la UE quiere atar corto a los lobbies”, que son miles, por su excesiva influencia. También se da la situación contraria: que las empresas acaban sometiéndose a los designios del Estado porque si no les puede ir mucho peor. A fin de cuentas, el Estado tiene el poder de sacar las leyes que le parezcan.

        Por otra parte, el “juego” entre el Estado y las empresas privadas no se puede contemplar solo en el marco de un país concreto, hay que verlo globalmente. De poco vale que en un país el Estado “respete” bastante el libre mercado, si las empresas que vienen de otros sitios tienen situaciones de protección de sus respectivos Estados que las permite competir con ventajas. El caso de China, con esa mezcolanza entre lo privado y lo público, es paradigmático.

        En fin, esto da para mucho.

        Un cordial saludo y muchas gracias por tu comentario.

      2. Hardy dice:

        Las grandes empresas no necesitan alcanzar posiciones de monopolio para extralimitarse en el uso de su poder. Les va mejor asociarse en carteles para hacerlo, hay inumerables ejemplos de esto y los más recientes y escandalosos son los bancos con el desastre del 2008 en EEUUy la tasa libor en Europa, los fabricantes de tvs, de autos, etc.

    2. Manuel Bautista dice:

      Estimado lapaty,

      Yo no estoy muy seguro de que los paraísos fiscales sean, como dices, “el principal factor que desestabiliza la balanza entre el Estado (Empresas Públicas) y las Empresas Privadas”. Evidentemente son un factor importante, pero en mi opinión no son más que un aspecto de la globalización y de la competencia entre diferentes países por atraerse capitales, inversiones, etc. De hecho, no creo que sea nada fácil establecer la línea divisoria entre un “paraíso fiscal” y un país que no lo sea. Irlanda, con sus bajos impuestos de sociedades, ¿es un paraíso fiscal? En cierto modo sí. Pero es que en cierto modo casi todos los países juegan más o menos a eso.

      Es evidente que una forma de afrontar este problema es, como señalas, reformular el concepto de Estado y hacerlo más global. Pero, por otra parte, eso hace que los ciudadanos seamos cada vez más “pequeños” y estemos más en manos de ese Estado Global. En esas condiciones ¿sería el “juego más justo”?

      Yo sí creo que el Estado es necesario, pero la clave es en qué medida. Y desde luego, ante una economía más globalizada, hará falta un Estado más globalizado. Pero en esta dinámica (yo diría que casi imparable), somos los ciudadanos los que tenemos todas las papeletas de salir perdiendo si no definimos claramente los límites del Estado.

      Dices que el mercado libre existe de hecho. Bueno, ahí tendríamos que diferenciar entre un mercado libre porque el Estado se abstiene de intentar controlarlo, y el mercado que es libre porque el Estado es incapaz de controlarlo, aunque quisiera. Yo creo que, en la práctica, hay mucho más de lo segundo que de lo primero.

      Ahora bien, en esa tendencia del Estado a controlarlo todo, tenemos que ser conscientes de que los ciudadanos somos, en gran medida, cómplices (además de víctimas), porque cada vez que la sociedad tiene algún problema exige a los políticos que el Estado lo resuelva, y así hacemos que esto sea un círculo cada vez más vicioso.

      Un cordial saludo y bienvenido a este blog.

    3. Frost dice:

      Antes de mudarme a un paraíso fiscal (Uruguay) opinaba de forma muy similar a la suya. Sin embargo, viendo las cosas desde dentro, no son tan fáciles. Estoy de acuerdo en que los paraísos fiscales suponen una falla en la economía de libre mercado. Eliminar los paraísos fiscales sería lo correcto para que la economía de libre mercado funcionara mejor (dudo que pueda funcionar de forma perfecta). Sin embargo, supongamos que las Naciones Unidas, el G-20 o quien sea de pronto se decide a forzar a los paraísos fiscales a comenzar a aplicar impuestos a las empresas y personas que residen en ellos. El remedio podría ser peor que la enfermedad.
      Para empezar, muchas empresas se deslocalizarían de estos países, creando grandes bolsas de parados que supondrían un flujo migratorio hacia terceros países más fuertes económicamente. Esto tampoco es tan grave, porque los paraísos fiscales son países pequeños y poco poblados, normalmente.
      En segundo lugar, las monedas de estos países se revalorizaría al tener que demandarla las empresas e individuos que habitan en ellos, con el fin de pagar sus impuestos al Estado. Esto supondría un aumento de la cantidad de monedas de reserva (fundamentalmente dólares, euros, libras esterlinas y yenes), lo cual supondría que su valor se desplomaría. Y ahí que los efectos empezarían a ser desastrosos. Con euros más baratos, las importaciones serían más caras y eso supondría una pérdida de competitividad respecto de países en desarrollo. Esto no es necesariamente malo para el mundo, pero sí supone una externalidad importante para los países con el poder de forzar la regularización fiscal de los paraísos fiscales.

  6. José María Bravo dice:

    Son prudentes y entendibles los argumentos de Bautista. Este es un Blog de poltica, con minusculas, pero hay trazas de ser, tambien, de Poltica con mayusculas.

    Digo esto para explicar porque, a veces, cuestiono la “manera” de los articulos. Y, me pregunto, como podemos enfocar un analisis de la situación poltica actual y plantear una nueva “manera” de enfocar la actividad politica.

    Bautista, veo yo, recalca el interes de hacer de la Democracia algo más democratica. Lo primero, que uno piensa, es si el asunto es hacerla más participativa. Pero más participativa puede significar que dinamice su finalismo, el gobierno de las mayorías. Participativa, tambien, puede significar más creadora.

    Yo creo que si hablamos de Democracia, podríamos en principio, significarla. Democracia es un concepto que nace en la Grecia Platonica. Viene de las palabras Demiurgo, que significa artesano en el sentido de creador, lo que llamariamos hoy artista, con connotaciones cosmologicas. Y de Cratos, que es poder, en el sentido de voluntad.

    Evidentemente hablamos de unas clases sociales de la epoca, etc. Además, la idea era, que los gobernantes fueran los filosofos.

    Pues, como vemos, algo muy lejano a lo que se llama democracia hoy. Democracia, para nosotros, es demoscopia, que significa cuantos votantes para cada partido politico, etc.

    Democracia tambien ha significado que las leyes las escrutara el pueblo. El famoso gobierno del pueblo y a para el pueblo. Hoy las leyes las hacen los ganadores de las elecciones a espaldas del pueblo. Eso se llama Autocracia.

    Quizas, tanta palabreria mia, solo conduce a decir que cuando se habla de libertad, participación, etc, comprendamos de que hablamos. Porque, otro concepto, la demagogia, se ha vuelto la costumbre politica. Y, yo creo, que este Blog es algo más

    Que el Estado nos protege y que nuestro mal es que busquemos su protección. Pues es, simplemente, que evidencia la diferencia de clases sociales. Cuando no se quiere que el Estado proteja o vigile es porque, hay tanta riqueza ,el interes es el Libre Mercado. Es, apenas, una argumentación. Quizas. la argumentación general en este tipo de “democracia”.

  7. Deivi de los bosques dice:

    Hay que manejarse en otros conceptos para afrontar el futuro. No es acertada la dicotomia público-privado, o empresa-estado. El estado es la empresa en la que todos estamos involucrados, mas allá de nuestra iniciativa privada. Para establecer los ámbitos privados y publicos, hay que basarse en el reconocimiento que se hace de la propiedad por parte del estado, o mas concretamente en los soberanos del estado. Y cómo enriquece esa propiedad al propio estado, y cómo depende de ese reconocimiento de lo que la propiedad enriquezca al mismo. Siempre ha sido así, pero ahora con el euro y las transacciones internacionales digitalizadas se nos está escapando ese control.
    Dicho esto, lo importante de verdad no son los euros que tengamos en el bolsillo, ni siquiera el nivel de vida que llevemos. Todo eso quedará lejos cuando llegue la gran crisis. Pero eso es tema para otro comentario.
    Volviendo al tema, es de cajon que las empresas que interesen al estado (el famoso interes general) deberían ser públicas y todos deberíamos ganar con ellas, o mejor dicho conseguiríamos pagar menos impuestos. Y las empresas privadas deberían ser para ganarse la vida dignamente. ¿Cómo se hace? También tengo respuesta, pero esta claro que muchas cosas más tienen que funcionar bien para que el mecanismo tuviera exito. ¿Que cosas? Legislación, Justicia, Transparencia, Educación…

  8. Frost dice:

    Interesante artículo, aunque formulado en términos un tanto vagos. Personalmente, creo que la amenaza para la democracia no reside tanto entre un enfrentamiento entre el sector privado y el público, sino en su alianza.
    Desde que se ha revelado el programa de espionaje de la NSA, se ha reforzado la idea de un Estado controlador y manipulador. Se ha obviado a menudo el hecho de que Snowden trabajaba para una compañía (Dell) que a su vez trabajaba para el Estado. Es cierto que EEUU y otros Estados han creado legislación para forzar esa colaboración, pero en gran medida ésta se produce en forma de un negocio para ambas partes. El Estado obtiene un tentáculo más con el que extender su control sobre el ciudadano, y la empresa privada obtiene un lucrativo contrato que le aporta billones a sus dividendos.

    Por otra parte, la democracia es la que más sale perdiendo en este intercambio. En un escenario en que la vigilancia masiva es aceptada por los ciudadanos, nadie queda a salvo de su escrutinio. La manifestación de adhesión al sistema se convierte en necesaria para prosperar en sociedad. Así, los ciudadanos se solapan con la masa renunciando a su individualismo, que es el fundamento de la participación sincera en democracia. Sin individualismo, no hay creatividad ni diferencia de opiniones. Es la victoria definitiva del pensamiento único: o ciudadano leal, o disidente bajo sospecha. Ya no hay término medio.

    Mi enhorabuena por el blog, a propósito.

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