La mayoría

En cualquier forma de gobierno, sea la que sea, siempre hay unos gobernantes, que son los que ejercen el poder, y unos gobernados, que son la inmensa mayoría.  Lo que diferencia a la democracia de otras formas de gobierno es que se accede al poder mediante sufragio, se ejerce durante un periodo limitado de tiempo, el que transcurre entre unas elecciones y otras, y está repartido entre distintos estamentos (el gobierno, los legisladores y los jueces) de forma que cada uno de los poderes controla a los otros.

No es ni mucho menos el mejor de los sistemas, porque el poder sigue siendo poder y sigue concentrado en las manos de unos pocos, pero tiene más resortes que otros para evitar que sea absoluto. Las luchas entre los distintos grupos que quieren alcanzarlo son, por lo general, menos sangrientas y, cuando se consigue, no se intenta eliminar al adversario. Hay una Constitución y unas leyes en la que se detallan las reglas del juego así como los derechos y deberes de los ciudadanos, siendo todos ellos iguales ante la ley.

En último término, el poder reside en los ciudadanos y son estos los que eligen a aquellos que les van a gobernar, teniendo el voto de cada ciudadano el mismo valor o el mismo peso que el de los otros. Se contabilizan todos los votos, se reparten entre las candidaturas, se forma un nuevo Parlamento y gobiernan aquellos que obtienen el apoyo mayoritario, los que quiere la mayoría.

Hasta aquí la teoría. Pero esta teoría se puede poner en práctica de muchas maneras, y unas son más democráticas que otras.

Imponer lo que decida la mayoría no es una buena forma de gobierno, sobre todo cuando la mayoría es exigua, por ejemplo de 51 sobre 49. Si se aplica la decisión más votada, claramente casi la mitad de los implicados no estará conforme con el resultado. Y tenemos situaciones muy recientes en las que esto sucede, como las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos o los conatos de referéndum independentistas de Cataluña. ¿Cómo reconciliar dos posturas que prácticamente tienen el mismo peso?

Por otro lado, ser más no significa necesariamente tener razón ni estar más acertado. A lo largo de la historia tenemos múltiples ejemplos de que suele suceder lo contrario; de que era la mayoría la que estaba equivocada. Muchos de los grandes avances científicos, artísticos o filosóficos han ocurrido a pesar del pensamiento dominante.

Parece preferible tomar las decisiones por consenso y al consenso se llega mediante las negociaciones y el diálogo y se entiende que el Parlamento es el lugar donde se llevan a cabo. Se entiende que los parlamentarios pueden cambiar de idea y llegar a acuerdos, a la vista de las circunstancias y los argumentos. Claramente esto no es así y los debates se antojan inútiles desde que existe la disciplina de voto.

Se supone que en las democracias es el pueblo, los votantes, el que elige a sus representantes y que tiene la potestad de destituirlos si no actúan conforme a lo que se espera de ellos. Esto es lo que las diferencia de las dictaduras. Pero esto es una forma muy simple de entender lo que sucede.

Es verdad que se elige, pero se elige entre lo que nos ofrecen, no entre todas las opciones posibles. La oferta, además, suele ser limitada. Hay cierto paralelismo entre optar entre los partidos que acuden a las elecciones y elegir entre los platos que ofrece la carta de un restaurante. Con la diferencia de que en el restaurante somos nosotros los que combinamos los platos mientras que en las elecciones ya nos presentan los menús elaborados.

Y esto es lo que sucede con las listas electorales. Salvo a los que las encabezan, no conocemos a la mayoría de los que las integran, a aquellos que nos van a representar. No elegimos entre personas sino entre ideologías plasmadas en unos programas de gobierno; aunque, si estos programas no se cumplen, solo nos queda la opción de esperar hasta las próximas elecciones para reemplazar al partido dominante. Y entre tanto no podemos exigir responsabilidades.

Al no ser elegidos directamente, los políticos se deben más a sus partidos que a los ciudadanos; porque es de ellos de los que depende ser incluido o no en las listas electorales. Y el respaldo del partido tiene como contrapartida someterse a su disciplina, que puede ser más o menos fuerte dependiendo de las democracias. Laxa como en los Estados Unidos, donde los candidatos son los que obtienen los recursos de su campaña y, en consecuencia, tienen más deudas y obligaciones con los votantes, o rígida como en España.

Se dice en nuestra Constitución que los miembros de las Cortes generales no estarán ligados por mandato imperativo, y que el voto de senadores y diputados es personal e indelegable. Es decir, que una vez elegidos, no existe un vínculo legal que les obligue a sujetarse a instrucciones concretas de sus electores. Cada uno de ellos puede actuar según su criterio o lo que le dicte su conciencia, sin que ello conlleve la pérdida del escaño. Sin embargo, aunque el mandato imperativo está expresamente prohibido, la disciplina de partido se le parece mucho.

Y se puede entender que todos los miembros de una formación política voten al unísono ciertas decisiones, acordes con su programa electoral, pero no otras. Dudo mucho que todos los miembros de un partido tengan la misma sensibilidad, la misma preparación y las mismas creencias y escala de valores; pero todos votan lo mismo, con independencia de que se esté debatiendo sobre el IVA, los currículos escolares, la inmigración, la fiscalidad, la eutanasia o el aborto.

Lo que está claro es que lo que ahora llamamos democracia es un coto cerrado de los partidos y sus élites dirigentes, mientras que la participación de los ciudadanos se limita a elegir entre unos y otros acudiendo a las urnas; comprobando después que ni siquiera se respetan las promesas electorales; además de constatar la escasa preparación y talla política de la mayoría de los diputados.

En definitiva, es el sistema de gobierno que tenemos pero al que le vemos grietas y contradicciones a poco que profundicemos en ello. Y si votamos, si seguimos votando, los que todavía voten, es para elegir el mal menor entre las escasas opciones que se nos ofrecen.  

Debería haber muchas etapas intermedias que vincularan al ciudadano con su representante y muchas otras formas de participar en la política además de las elecciones. Pero hasta la misma Constitución limita el terreno de juego:

Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.

Aunque no deja de llamar la atención la advertencia final, recordando en una democracia que la estructura y el funcionamiento interno de los partidos también debe ser democrático. Y no parece que lo sea, sino que en ellos existen sus élites y sus jerarquías; y suele ser habitual que el militante de base lo abandone tarde o temprano porque participa escasamente en las deliberaciones y la toma de decisiones.

Pero los partidos y los políticos profesionales no son los únicos responsables de la pobreza de nuestra democracia.  Además de los tres poderes clásicos (ejecutivo, legislativo y judicial) existen otros, como el de los medios de comunicación y los de las organizaciones civiles (sindicatos, organizaciones empresariales, iglesias, fundaciones…) que dejan más margen para la participación ciudadana; si bien hay que decir que de la misma manera que los sucesivos partidos en el poder han conseguido que la separación de los poderes del Estado sea cada vez menor también intentan controlar a los otros, bien emitiendo leyes, bien subvencionándolos, por citar dos formas de hacerlo.

Como puede verse, los márgenes de acción son estrechos —tan estrechos como amplia es la resignación o la dejación ciudadana— pero hay muchas formas de hacer política. Entre ellas, el cuestionamiento sistemático de las acciones y verdades que proceden del poder, lo tenga quien lo tenga; y la no colaboración con aquello que limite nuestro crecimiento personal o vaya contra lo que nos dice nuestra conciencia. Y, sobre todo, nuestras decisiones cotidianas, sobre cosas tan sencillas como poner la televisión o no ponerla, leer unos libros u otros, o no leer en absoluto, comprar o no comprar, pagar en efectivo o con tarjeta, salir a la calle o quedarnos en casa, saludar a los vecinos e interesarnos por los que le pasa o ignorarlos. Y tantos otros comportamientos y actitudes que refuerzan o que cambian el modelo social, político y mental en el que estamos.

4 comentarios

4 Respuestas a “La mayoría”

  1. O´farrill dice:

    La descripción simple y sencilla del sistema político democrático contrasta vívidamente con lo que no lo es, tal como refleja Raúl. La conclusión es evidente: «lo llaman democracia y no lo es…» (15M). ¿Qué decir entonces de lo que vamos conociendo y viviendo? ¿Es una democracia aquella que nace de un sufragio no directo del elector y los elegidos a los que, por cierto, no puede revocar el mandato? ¿Es una democracia la que discrimina el valor del voto entre sus ciudadanos? ¿Es legal el mandato imperativo de los partidos a sus representantes mientras se prohíbe el de los electores? etc.
    Son muchas las cuestiones que surgen y que permiten concluir en lo peculiar de lo que llamamos «democracia» que no es más que una forma de enmascarar sistemas autoritarios de gobierno. Sólo faltaba la manipulación del sistema electoral gracias a las tecnologías (y quien las maneja) en el recuento de votos (en España se sugirió en las últimas elecciones) tal como vemos ocurre en sistemas sin control de los ejecutivos, sino a con todo a su servicio.
    En cuanto a la justificación «mayorías=democracia» habría mucho que debatir. Para empezar no tienen legitimidad como tales, aquellas que no tienen el respaldo del 51% del total del censo electoral. Diez millones de votos pueden parecer muchos, pero son menos de la cuarta parte del padrón de habitantes y sólo aproximadamente la tercera del censo electoral. Tocqueville ya advertía del despotismo de las mayorías, traducido en nuestros días en las diferentes formas de conseguirlas con la compra de votos (clientelismo) más o menos encubierta desde el dinero del Estado (de todos), con la manipulación mediática de la opinión pública y el adoctrinamiento por la misma vía.
    Hay mucho que decir sobre el tema, pero ahí lo dejo de momento.
    Un saludo.

  2. RBCJ dice:

    Pedimos demasiado al ser humano. En general la gente tiene problemas cotidianos que de alguna manera les gustaría que se les resolviera. Es decir proximidad, que hay de lo mío. Grandes pensamientos de cómo debería ser el mundo pues no. Y luego un 30% del lectorado no vota. Luego le debe dar lo mismo qué partido gobierne. o están a bien con todos o todos les parecen mal. Y un 30% de votos decidiría muchas cosa, ¿de otra forma?. No sabemos. Mientras nos dejamos llevar por el transcurso del río, a veces tranquilo y a veces con grandes cascadas. Sujetos pasivos, queremos que llegue el fin de semana y si fuéramos rentistas, a pesar de lo que a veces digamos en público, mejor.

  3. Manu Oquendo dice:

    Me gustaría recordar que la democracia es un sistema con muy graves problemas bien diagnosticados desde sus inicios modernos tras la revolución francesa en Europa y que ya ha mostrado una deriva despótica tremenda que estamos sintiendo directamente y sin solución plausible. Maduro es «demócrata», Biden es «demócrata» –de momento con «ayudas» en camiones nocturnos y sistemas con «glitches»– , hasta Corea del Norte es una «democracia popular». Y en todos ellos está a la vista su verdadera naturaleza de un régimen gobernado por poderes no elegidos limpiamente, por masas manipuladas hasta la náusea, y que no «representan» ni a la población ni a sus verdaderos intereses.

    Es interesante no olvidar que la Constitución de los EEUU de 1776 –de Raíces Anglo bien diferentes de las continentales europeas– no usa la palabra «democracia» en sus escasas 10 páginas. Lo que usa en su lugar es «Gobierno Representativo».

    ¿Puede haber gobierno representativo en masas manipuladas constantemente desde un sistema mediático en manos del Poder?

    «Poteri selvaggi» (Luiggi Ferraioli) publicado en español (Poderes Salvajes) por Trotta es un libro actual e imprescindible para captar la naturaleza del problema terminal de nuestra principal deidad política.

    El Reformismo no parece ser la solución porque los problemas están en el ADN. En el núcleo, no en el citoplasma.

    La última vez que Eurostat preguntó a los 28 países sobre el sistema político en la UE la respuesta ciudadana fue un sonoro suspenso –3.5 sobre 10–.
    En España fue un 1.9 sobre 10.

    Saludos y gracias

  4. Loli dice:

    Una de las aparentes conclusiones que se esbozaron en el primaveral Movimiento del 15-M, y en sus, finalmente, “malparadas” y “manipuladas” manifestaciones, era que, o bien la Democracia era algo aún por desplegar en todas sus posibilidades, o, por el contrario, sus márgenes estaban saturados y la evolución social reclamaba algo más avanzado que conllevase todo conseguido y lo ampliase.

    Quizás se estaban dando las dos cosas, al menos perceptivamente, en la gente que fuimos, con esperanza de “algo más trascendente”, a las primeras concentraciones de la Puerta del Sol.

    Sin embargo, la inmediata apropiación tanto de ese Movimiento del 15-M, como de “su anhelos de nuevos paradigmas”, por parte de los actores institucionales de siempre, sindicatos, partidos políticos y los movimientos emergentes apuntando a “extraños globalismos” y aún más raras actitudes reivindicativas de toda clase y condición, dejó claro, muy pronto, a mi humilde entender, que todo iba a seguir igual….o peor.

    Las clases políticas, si bien ya eran de baja calidad entonces, han ido degradándose aún más, en todos los aspectos, formativos, culturales, morales…

    Posible y desgraciadamente, esa imagen política sea, asimismo, el reflejo de unos ciudadanos, efectores fundamentales en Democracia, cada vez con menos calidad como tales.

    Es decir, cada vez menos conscientes de lo que nos jugábamos en nuestra acción cada cuatro años.

    Más ahora, donde la actual crisis deja en evidencia, y si no queremos verlo, peor nos irá de ahora en adelante mucho me temo, que los ciudadanos somos muy efímeros actores del sistema social que nos rige, pero que encima mostramos muy poco interés por conocer lo que de verdad ocurre, no solo a nivel local, nacional, sino a nivel internacional, global si se quiere.

    Es posible que, además, con esa actitud, los medios de comunicación, los que oficialmente sustentan el “cuarto poder”, nos estén eternamente agradecidos.

    Su trabajo, amén de excelentemente pagado, es muy fácil.

    En cierto modo, y eso añade gravedad a lo anterior, pienso, ese desinterés por conocer y reconocer lo sesgado de lo que nos llega y de lo que creemos saber, no solo es producto, entiendo de las preocupaciones, cada más aumentadas, del día a día , sino, y creo que es algo que en este foro se ha expuesto muchas veces, por una desidia, una especie de “pereza intelectual y anímica”, que nuestra actual forma de Democracia, (“que no lo es”, se coreaba aquel Mayo), ha fomentado en contra de todos los principios en los que debería sustentarse.

    Como apunta Manu en su comentario, la Democracia es un sistema con muy graves problemas desde sus inicios.

    Es cierto, pero también ha sido capaz de propiciar entornos sosegados donde el ciudadano ha tenido oportunidades para crecer y desarrollarse en muchos más valores humanos de los que no estamos haciendo gala este momento (a nivel general, por supuesto),e incluso de haber ido ideando y diseñando formas más avanzadas de organización social.

    Es decir, ha habido opción, a que una mayoría más avanzada en todos los aspectos como seres humanos, creciese al cobijo de esos sistemas, a pesar de todo.

    Sin embargo, el resultado parece que no apunta en ese sentido, desgraciadamente.

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