Vatikanoko guardia suitzarra, Lurdako Gure Amaren Santutegian

Hay un oficio que consiste en vigilar que los coches paguen por estar aparcados en una zona concreta; de forma que el que no paga es sancionado con una multa. El sueldo de los que se dedican a esta ocupación procede de los tiques de aparcamiento y de las sanciones. Una actividad que supuestamente resuelve un problema, el del estacionamiento en el centro de las ciudades, y además crea puestos de trabajo. Aunque el problema no lo han creado los propietarios de los coches; porque tener un coche puede ser un lujo pero en la mayoría de los casos es una necesidad. Hay muchos ejemplos como este.

Explicar en qué consiste nuestro trabajo, para qué es necesario y qué sucedería si ese trabajo no existiera, es un ejercicio muy ilustrativo. Si uno es fontanero, médico o conductor de autobús la respuesta resulta sencilla; pero hay muchas otras ocupaciones cuya utilidad social es más difícil de justificar.

Es sencillo argumentar, sin dar demasiadas explicaciones, para qué se necesita que haya alguien que cultive el campo, repare motores o sepa instalar calefacciones. Pero la argumentación se alarga y se complica cuando se trata de acreditar la labor del publicista, el tertuliano televisivo, el inspector de hacienda o los agentes de bolsa; por citar algunos ejemplos. Y no digamos ya si se trata de explicar el trabajo de los influencer o de los community manager.

Para estimar la necesidad de un trabajo basta con imaginar las consecuencias que tendría para la humanidad si, de repente, desaparecieran todos los que lo ejecutan o, simplemente, faltaran un día a su trabajo. Tal vez sea esta la razón por la que los que desempeñan ciertos empleos nunca se ponen en huelga: porque, de hacerlo, nadie lo notaría; las cosas no funcionarían peor de lo que lo hacen y hasta incluso lo harían mejor.

los que desempeñan ciertos empleos nunca se ponen en huelga: porque, de hacerlo, nadie lo notaría

Estos empleos remunerados que son innecesarios, que no sirven para nada, incluso ante los ojos de los que los ejecutan, aunque tengan que aparentar lo contrario, son los que el antropólogo David Graeber ha denominado como Bullshit Jobs, que se podría traducir como “trabajos de mierda”, que no son lo mismo que los “trabajos basura”; ya que los primeros no se precisan y los segundos son indispensables, aunque las condiciones laborales, la consideración social y el salario de los trabajos de mentira suelen ser mejores que los de los trabajos de verdad.

A lo largo de un libro con el mismo título, Bullshit Jobs: A Theory (publicado en español por la editorial Ariel) Graeber cita múltiples ejemplos de estos trabajos e incluso los clasifica en cinco categorías:

  • Los lacayos (flunkies), cuyo trabajo consiste en hacer que otras personas parezcan o se sientan importantes. Como es el caso de muchas y muchos recepcionistas, secretarias y secretarios o azafatas y azafatos de eventos y congresos.
  • Los matones (goons), que se ocupan de intimidar o presionar a otros. El ejemplo más claro es el de los soldados, pero también pertenecen a esta categoría los abogados corporativos, los operarios de venta telefónica, los publicistas y los cabilderos.
  • Los que ponen parches (duct tapers), cuya tarea es solucionar problemas que no deberían haber existido si los demás hubieran hecho bien su trabajo; por lo general se dedican a resolver los errores que han cometido sus jefes. Se ocupan de arreglar lo que otros estropean innecesariamente.
  • Los que rellenan fichas (box tickers), que generan una enorme cantidad de papeleo, para crear la ilusión de que se está trabajando. Como sería el caso de muchos de los que hacen memorias internas, encuestas, estadísticas, programaciones o informes.
  • Los que mandan tareas (task masters), que se dedican a supervisar el trabajo de los demás y añadirles tareas innecesarias; aunque gran parte de ese trabajo no tendría que ser supervisado y se haría igual si estos mandos intermedios no existieran.

Por descontado que, además de estas cinco categorías, se nos podrían ocurrir muchas otras (los que asisten a reuniones, los que mueven papeles, los pregoneros…) De hecho, la mayoría de los empleos tienen un componente de trabajo chorra o inútil. Es decir, hay una parte del trabajo que ejecutamos que sabemos que no sirve para nada, pero nos vemos obligados a hacerlo; y esto solo puede generar frustración y malestar.

hay una parte del trabajo que ejecutamos que sabemos que no sirve para nada, pero nos vemos obligados a hacerlo

La tecnología ha avanzado lo suficiente como para permitir que muchos trabajos sean realizados por máquinas; sin embargo este avance no ha servido para que la gente trabaje menos, sino que, por el contrario, se han inventado empleos para mantenernos ocupados de alguna forma y perpetuar el modelo socioeconómico en el que vivimos. Un modelo en el que el trabajo no se entiende como un medio sino como un fin en sí mismo; no como un castigo bíblico sino como un privilegio.

Se podría pensar que la mayoría de estos trabajos se concentran en el sector público; pero no es así. Y no deja de ser una paradoja que las empresas con ánimo de lucro paguen a trabajadores que en realidad no necesitan; salvo porque el resto de las empresas también los tienen, ejecutando el mismo tipo de labores inútiles que, supuestamente, las hacen más competitivas o aumentan su prestigio de cara a los inversores y consumidores.

Y mientras tanto hay infinidad de ocupaciones necesarias por las que no se recibe remuneración y que, por tanto, no se contabilizan al calcular la riqueza oficial del país. Son, en su mayoría, ocupaciones relacionadas con el cuidado de las cosas y de las personas. Al fin y al cabo, una taza se fabrica una vez pero es necesario lavarla miles de veces; pero no se paga al que fabrica la taza (porque seguramente será una máquina) ni a los que la lavan.

Tanto los que tienen fortuna personal como los que están obligados a trabajar para conseguir dinero suelen mirar con recelo el subsidio a los parados de larga duración, las pensiones no contributivas, los bonos sociales y todo aquello que implique recibir dinero sin ofrecer nada a cambio; pero no se denuncia en ningún sitio que hay mucha gente que está cobrando un salario por no hacer nada útil. Parece que lo que se valora es estar sometido a la disciplina de un horario.

Cuando estamos ocupados trabajando, aunque sea en tareas totalmente vanas, no queda tiempo para hacer mucho más. Pero, si lo que se busca es otra cosa, otro modelo de sociedad, prescindir de los trabajos inventados y proporcionar directamente una renta básica universal parece un paso lógico; en el que no hay necesidad de disimular. Al menos es una hipótesis de futuro que no se debería descartar; otro asunto es cómo se financia y si la sociedad está o no preparada para ello. Lo que está claro es que en el 2050, ya mismo, habrá 9700 millones de personas a las que habrá que alimentar, cobijar, educar y sanar; y las predicciones apuntan a que solo será necesario que trabajen 2 o 3 de cada 10 de ellas. Si no cambiamos el modelo socioeconómico que ahora tenemos lo van a hacer las circunstancias; así que no está de más empezar a reflexionar sobre soluciones inteligentes.

Proporcionemos unos ingresos que cubran las necesidades mínimas y dejemos que cada cual decida si quiere trabajar y cobrar por ello o le basta con lo que ya tiene y prefiere dedicar su tiempo a pasear, estudiar, cuidar a los demás, fabricar muebles o mirar a las musarañas. Posiblemente estas nuevas ocupaciones (aunque sean las de poeta malo, músico mediocre o mago al que se le descubren los trucos) aporten mucho más a la sociedad.

Un comentario

Una respuesta para “Los trabajos aparentes”

  1. Manu Oquendo dice:

    El artículo tiene mucha miga y se merece un largo comentario para aclarar cuáles son, social y económicamente hablando, los trabajos no ya «aparentes» –como dice D. Enrique– sino, lisa y llanamente, destructivos. Trataré de hacerlo breve.

    La mejor demostración de la existencia de «Trabajos Destructivos» es la misma fórmula Física del Trabajo que es el producto de la Fuerza ejercida por la distancia eficaz recorrida. Lo que se conoce como «producto escalar» que no es otra cosa que el producto del Esfuerzo «F» por el Coseno de Alfa.

    No se rían porque recordarán ustedes que la Función Coseno oscila entre + 1 y — 1 y por lo tanto hay muchas situaciones en las cuales dicho producto es Negativo. Es decir, como estamos viendo con el trabajo de todo el equipo de Sanchez y sus cientos y cientos de asesores, parecen operar justo en la zona en la cual el coseno es negativo y sus esfuerzos por nosotros destruyen cualquier riqueza que podamos generar en los momentos y situaciones «productivas» en las cuales el coseno tiene valores positivos.

    https://es.wikipedia.org/wiki/Coseno

    Saludos cordiales.

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