Si una ballena choca contra tu barco en mitad de la noche, mientras duermes, y salvo que tengas la suerte de que el encontronazo con el cetáceo tenga lugar en aguas tropicales (en cuyo caso posiblemente te las tengas que ver pronto con un montón de tiburones ansiosos de averiguar a qué sabes), lo más posible es que mueras muy rápido a consecuencia del “reflejo de torso” o “de bocanada”, un reflejo involuntario de nuestro cuerpo que hace que cuando entramos en contacto con agua helada nuestros pulmones se llenen de aire súbitamente, gracias a una profunda inspiración instintiva; el cuerpo, sorprendido por su nueva situación y el choque térmico, aspira la mayor cantidad de aire que sea posible para tratar de mejorar sus opciones de supervivencia, pero como efecto secundario provoca que, si la inmersión ha sido completa y sorpresiva, sean muy elevadas las probabilidades de inspirar agua junto con el aire, lo que da lugar a un número muy elevado de muertes por ahogamiento, y es el motivo por el que los buceadores profesionales se tiran al agua con la nariz y la boca tapados.

En 1982, en mitad de la noche, el ingeniero naval- filósofo-marinero Steven Callahan averiguó de la forma más dura qué es lo que se siente cuando te enfrentas sorpresivamente al “reflejo de bocanada” cuando un objeto desconocido, él piensa que posiblemente una ballena, chocó contra el “Napoleón Solo”- el barco en el que atravesaba el océano en solitario- abrió una vía de agua que enseguida inundó su camarote, y le puso en una tesitura cuanto menos entretenida en la noche cerrada de mitad del Atlántico.

Callahan era un tipo precavido que antes de embarcarse en su aventura había tenido la inspiración de probar en su casa el bote salvavidas que, por defecto, habría de llevar en su viaje, un bote pensado para dos personas, y había comprobado que era tan pequeño que si de verdad necesitaba de él para sobrevivir lo iba a pasar muy mal, por lo que lo cambió por otro modelo mucho más amplio con capacidad para seis personas. Además, no contento con el funcionamiento de los destiladores solares que contenía el kit de emergencia había hecho sus propias modificaciones para hacerlos más eficientes. Su capacidad de previsión ayudó a salvarle la vida, pero lo que de verdad le alejó de la muerte fue un momento de decisión, un momento en que tomó una decisión anti intuitiva.

Tras sentir el agua helada sobre él y sobreponerse a la sorpresa, al pánico y al “reflejo de bocanada”,  Callahan tuvo la suficiente presencia de ánimo como para chequear el estado del barco y llegar a la conclusión de que no podía hacer nada por mantenerlo a flote; así que infló el bote salvavidas, provisto de un kit de emergencia en su interior, y abandonó su barco, pero en lugar de dar por buena su nueva situación –había salvado el primer envite- y quedarse en su nuevo refugio, se dio cuenta de que en su actual estado tenía pocas posibilidades de sobrevivir, y para aumentarlas venció el miedo atávico a la oscuridad, el agua helada y la incertidumbre y abandonó el bote salvavidas para internarse varias veces en el “Napoleón Solo”, medio hundido, en busca de pertrechos que pudieran ayudarle.

En el libro que escribió después él dice que está convencido de que logró sobrevivir gracias a ese momento de decisión, a ese momento de riesgo asumido en que, en lugar de tratar de secarse y mantenerse caliente en su nuevo bote, Callahan se internó de nuevo en su maltrecho barco jugándose la vida. Las cosas que así consiguió, salvándolas del barco y trasladándolas al bote, son las que le ayudaron a aguantar la friolera de 76 días en alta mar: 76 días solo, apenas sin pertrechos, sin agua, usando su ingenio y su fuerza de voluntad para sobrevivir. Y con cierto éxito: hasta el punto que, cuando le rescataron estaba en un estado físico aceptable – tampoco vamos a decir que bueno, perdió 25 kg.- y pudo permitirse el lujo de decirles a los pescadores que le encontraron a miles de kilómetros de donde había tenido lugar el accidente que acabasen de pescar tranquilamente, que él no tenía prisa.

Hace tan solo unos días tuvo lugar en España la última prueba de la Selectividad. Para los que lean esto desde otro país: la Selectividad era una prueba que se hacía antes de entrar en la Universidad y cuya nota condicionaba los estudios a los que se podía tener acceso. La nota que sacabas te permitía o no entrar en una determinada carrera, y esa carrera determinaría tu futuro; ¿quieres ser médico? ¿Ingeniero? ¿Abogado?… Primero tenías que saber qué carreras te permitía cursar tu nota, y después elegir a qué querías dedicar el resto de tu vida.

La mayor parte de la gente que conozco, con 20 años no tienen ni idea de lo que quieren hacer con su vida, pero tampoco con 30 o 65. Es más, los que lo tienen muy claro me asustan un poco. Y puestos a no tenerlo claro con 40 años, imagina la situación de esa chica, de ese chaval de 17 años que tiene que decidir ahora a qué va a dedicarse en el futuro. Lo más normal es que tenga la tentación de tomar la decisión fácil; ahora que ha inflado el bote salvavidas, pasando la prueba de la Selectividad (o su equivalente donde quiera que leas esto) puede que quiera permanecer en él, siguiendo los consejos que le dan sus padres y matriculándose de las carreras con más salidas, aquellas que le van a facilitar un mejor futuro laboral… aunque no le atraigan, aunque quiera hacer otras cosas, ser otras cosas.

Porque estamos en un sistema tan absurdo que, cumplidos los 16 años (antes era a los 14) impone a los chavales decidir si su vida va a enfocarse a las ciencias o a las letras y obliga a elegir, a los de 18, la profesión a la que quieren dedicarse el resto de sus días. A diferencia del sistema anglosajón, en el que se permite empezar en una cosa y acabar en otra totalmente distinta con naturalidad, en nuestro Sistema Educativo cambiar de carrera puede convertirse en algo imposible o traumático. Es más, una vez terminados los estudios, la propia especialización impide la movilidad; nuevamente a diferencia del sistema anglosajón, donde un licenciado en historia pueda acabar en un banco de inversiones.

Aunque el sistema educativo aún no lo haya asimilado, en un mundo en el que cada vez parece más claro que no va a haber trabajos para toda la vida y en el que todo parece indicar que va a haber que estar dispuesto a cambiar de profesión muchas veces a lo largo de una vida, el sistema universitario está cada día más anticuado. El futuro al que vamos, el presente en el que estamos, va a exigir de todos una reinvención continua, que debería de estar acompañada por un sistema universitario que educase hacia la incertidumbre y la aventura. Porque a ese futuro vamos. Y eso no lo están enseñando en las escuelas.

En este escenario, mi consejo para ese chico, para esa chica, sería que no haga caso a aquellos que le aconsejan seguir el camino de “lo que tenga más salidas” si no coincide con aquello que le gusta, y que decida qué es lo que personalmente quiere hacer, por ridículo o esotérico que pueda parecerle, porque a nivel laboral no hay nada escrito: profesiones que ahora están en boga pueden ser fábricas de parados dentro de 10 años y actividades que ahora parecen ridículas podrían ser lo que el mercado más demande en el futuro.

Por eso, mi consejo, si me estás leyendo y te encuentras en esta tesitura, es que no te quedes calentito en el bote, que tomes la decisión de jugártela, aunque suponga meterte de nuevo en el agua helada, desafiando a un barco que se hunde, porque eso es lo que puede salvar tu vida. O al menos hacerla más entretenida.

Callahan sobrevivió a su epopeya porque en un momento dado, una vez pasado con éxito la primera prueba, fue capaz de tomar la decisión que le alejaba de la momentánea ilusión de seguridad para lanzarse a la aventura que suponía volver a adentrarse en su barco semihundido, porque algo le decía que esa era la única forma de sobrevivir. A lo mejor tú tienes que hacer lo mismo y renunciar a la carrera que parece más glamurosa, al camino que te marcan, para dedicarte a aquello que crees que te gusta, a lo que puede ser tu pasión, aunque corras el riesgo de equivocarte.

Y si no te fías de mi consejo, escucha a Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo y uno de los mayores filántropos vivos, que decía más o menos lo mismo con otras palabras en este magnífico discurso a los estudiantes de un Master en Florida, allá por 1998. Te recomiendo que lo veas entero, es brillante, pero por si no tienes tiempo te resumo una de las ideas más potentes que contiene: en un momento dado menciona el caso de un joven profesional que le dice que va a trabajar en una empresa que no le gusta y en un puesto que odia, pero que va a aceptar el puesto porque quedará bien en su currículo. A esto, Buffet, entre sorprendido e indignado, le responde que hacer eso es una tontería, y que tomar un trabajo que no te satisface simplemente pensando que puede quedar bien en el futuro en tu historial: “es como ahorrar en sexo para poder practicarlo en la vejez”.

Pues eso: no ahorres en sexo para la vejez. Toma las decisiones valientes ahora.

5 comentarios

5 Respuestas a “Para los que empiezan la universidad”

  1. Totalmente de acuerdo. Un mensaje que debieran leer todos los que aún están a tiempo.
    Yo, desgraciadamente, soy una víctima de esta selección. Me equivoqué de carrera. Como tantos de mi generación…

  2. Luis dice:

    Estoy muy de acuerdo en la dificultad que se tiene a los 16 o 18 para elegir una carrera profesional a seguir en la vida. Además concurren diversos aspectos que colman de sinsentido y arbitrariedad estas decisiones. Uno de ellos es el que la universidad ha dejado de lado ese viejo ideal de parecerse a un crisol de mezcla y generación de nuevas ideas, de formación de personas capaces de ser referentes en la sociedad, para convertirse en meros lugares de formación profesional especializada.

    Lo perverso de la situación es que, además, sabemos que consecuencia de los avances sociales de todo tipo, las propias exigencias de las actividades laborales, suponen estar permanentemente renovando conocimientos y formas de hacer. Y la dificultad que en muchas ocasiones esta renovación supone, llevará a muchos a ser desechados por ese implacable mercado laboral.

    La cacareada necesidad de “innovación” ya está empezando a poner encima de la mesa, la necesidad de recuperar la desterrada formación “humanística”, y combinarla o integrarla con esa otra formación, que tenemos en la actualidad, fundamentada exclusivamente en lo técnico y utilitarista, para que así, lleguemos a ser un poco más capaces de comprendernos a nosotros mismos y al mundo en que vivimos y, luego, de paso, seamos más creativos e innovadores.
    Quizá esa capacidad de aventura de navegante solitario (aunque a ratitos cortos) sea algo que se merezca emular.

  3. Loli dice:

    Es verdad que, no deja de ser una paradoja, o una perversión, un mundo donde, cada vez más, es necesaria una actualización continuada de conocimientos, además de una interrelación de los mismos con otras materias, para, por ejemplo, mantenerse en el mercado laboral, (ya al nivel que sea, y considerando que, en algún momento, las sociedades hallarán el modo de que el tener un “puesto” de trabajo, no sea objeto primordial de la vida), y que ese mismo “mundo”, “estado”, “administración”…emplace a los adolescentes a decidir lo que van a estudiar y a lo que van a dedicarse el resto de sus vidas, en una prueba, en un hora determinada, en un momento localizado en las aulas de su instituto…y ya está….su vida dirigida y limitada por esa “desquiciada”, fuera de su quicio natural, normativa institucional.

    En la actual LOMCE, ese “hecho lamentable”, se produce, al parecer, sobre los catorce años.

    A partir de ahí, la suerte de la persona está ya jugada.

    Una locura.

  4. A. Monedero dice:

    Si le sirve a alguien mi experiencia, diré que estudié por el placer y la alegría del descubrimiento. De hecho esperé a tener 25 años y un empleo, (aunque esto ahora sería muy difícil) para no tener que jugármelo todo a una carta que no refleja ni por asomo lo que podemos saber y conocer y lo que ignoramos. Pero el matiz principal no es ese. En realidad estudie la carrera porque para acceder a determinado tipo de conocimiento y de práctica necesitaba un papelito que me avalara. Esto, empero, no significa que no se pueda llegar a tener conocimiento sin la carrera correspondiente, y esto lo he vivido a lo largo de toda mi vida. No siempre el que estudia oficialmente tiene más conocimiento que la persona que por pasión inicia este viaje por su cuenta.
    De hecho, cuando sopesé la posibilidad de iniciar un doctorado para profundizar en el tema que me interesaba, descubrí con gran sorpresa que la persona que tenía la mejor preparación para dirigirme (reconocida internacionalmente), no era titulada en el tema en cuestión.

  5. Rafa dice:

    He oido que con las nuevas expectativas de vida la población que vive mas años, ya ha nacido en algunos paises como Japón, la costumbre de tener dos vidas profesionales, la primera hasta aproximadamente los 50 años, y la segunda, que se inicia a partir de esa edad, generalmente más en consonancia con actividades que no se han podido desarrollar antes, por que la sociedad te exigia ser, ” productivo” para el pais, por lo que el individuo elegía una carrera demandada profesionalmente, y en el segundo caso mas en consonancia como digo con su naturaleza.

    No es que me parezca del todo bien esta forma de hacer, pero por lo menos a la gente se le dá una oportunidad de crecer en algo que le impulsa.

    Porque al paso que vamos, cuando el niño nace; en el paritorio, los padres se van a plantear.

    ” Bueno, habrá que ir pensando si el niño va a ir por ciencias o por letras,”

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