En Dune, un clásico de la ciencia ficción de los años 60, el protagonista dice en un momento dado que quien tiene el verdadero poder sobre una cosa es aquel que tiene la capacidad de destruirla. Si lo piensas, la definición es buena; puede que tenga razón, y una vez asimilado el concepto resulta muy difícil saber quién o qué tiene el verdadero poder en esta sociedad.

¿Es el poder del Estado? La definición de Estado de Max Weber, como ente con monopolio de la violencia en un determinado territorio, parece dejar bastante claro que si tú, como individuo, te cruzas por algún motivo en el camino del Estado, estás aviado. Tendremos que suponer, por lo tanto, que el Estado tiene poder sobre ti.

Las desventuras del protagonista de “El proceso” de Kafka son un dulce paseo primaveral comparado con lo que le espera a aquel que ose interponerse en la maquinaria de un Estado, da igual lo democrático, avanzado o legalista que sea, como nos demuestra el caso de Snowden. Con matices en cuanto al grado de arbitrariedad, da lo mismo que vivas en Corea del Norte, en Estados Unidos o en España: si de verdad te cruzas en el camino del Estado este te puede destruir; porque hay muchas maneras de destruir… En unos casos te fusilarán, en otros sufrirás un misterioso accidente, en otros serás condenado al ostracismo y en otros, simplemente te pudrirás en una sociedad cuyos principios no compartes: a lo mejor de juicio en juicio, a lo mejor en una cárcel, a lo mejor expulsado de tu país, pero en cualquier caso, si te metes con el Estado, este puede anularte.

Lo malo es que el Estado, al menos en el mundo moderno, no es más que una enorme burocracia que trata de perpetuarse, inventándose normas que más que estar al servicio del ciudadano sirven a la burocracia misma.

Tenemos tendencia a ponerle la cara del Presidente del Gobierno o Rey de turno al Estado que nos vigila y que nos cuida, pero la realidad es que ese Estado lo conformamos todos nosotros en tanto en cuanto aceptamos todas sus normas. En un Estado Dictatorial el ciudadano aún tiene la excusa de que la obediencia le viene impuesta por la fuerza, pero en Estados Democráticos, en los que se supone que los ciudadanos tenemos mayor grado de responsabilidad en el devenir social y en la elaboración de esas normas, lo cierto es que somos parte de ese Estado cuando hacemos nuestras las regulaciones que nos impone la élite que ostenta el poder sobre esta maquinaria auto replicante.

Me da igual si a la élite ‒que se aúpa sobre un entramado de funcionarios al servicio del Estado‒ se accede por herencia, como es el caso de monarquías y dictadores varios a lo largo y ancho del mundo, si el acceso a esa élite se compra con dinero o si se accede democráticamente, arrastrándose y serpenteando en  la jerarquía de un partido político; el caso es que los que ejercen el poder sobre el Estado son esas élites, y no me contradigo: ejercen el poder en el sentido de dominarlo, pero también en el sentido de poder destruirlo.

A lo largo de la Historia, los Estados, los Imperios o los países, cuando se desmoronaban o perdían su soberanía, o eran conquistados por otro Estado más fuerte ‒más poblado, más rico o con un concepto de Estado más poderoso: las masas de la Francia revolucionaria barrieron a los ejércitos que las potencias europeas lanzaron contra ella‒   o eran destruidos por aquellos que ejercían el poder sobre ellos. Es más, muchas veces han sido conquistados tras haber sido minados desde dentro por la ceguera de sus gobernantes.

¿Tienen entonces el Poder sobre el Estado sus gobernantes?

Depende de lo que se entienda por “gobernante”, pero parece que no. Mira los nuestros: Rajoy gobierna al dictado de la Comisión Europea, que lo hace siguiendo las indicaciones de los lobbies que los han puesto allí, porque estos lobbies  tienen la capacidad de destruirlos, al menos políticamente hablando. Los partidos que se relevan en el poder deben muchas cosas a mucha gente: antiguos dirigentes trabajan para grandes empresas y muchas veces el que gobierna lo hace pensando en el futuro, pero no en el de su Estado, sino en el suyo propio.

Los Estados tienen poder sobre la gente, las élites gobernantes tienen poder sobre los Estados y las élites económicas tienen poder sobre estas últimas.

De las 100 mayores economías del mundo, 51 son corporaciones. A medida que las corporaciones crecen en tamaño y poder, los gobiernos tienden a ser sus clientes, y un proveedor tiene mucho poder sobre su cliente. Las grandes corporaciones, los grandes lobbies, pueden destruir, naturalmente en sentido metafórico, pero en muchas ocasiones en el sentido literal del término, a cualquier gobierno y arrastrar al abismo a cualquier Estado.

Entonces: ¿Dónde está el verdadero poder? ¿Es el dominio de los grupos económicos el verdadero poder?

Creo que no: la sociedad está totalmente condicionada por el marco económico, pero la economía es un reflejo de la sociedad, del pensamiento. Apple es poderosa porque nos han hipnotizado con la necesidad de estar permanentemente “comunicados” a través de sus dispositivos, aunque nadie tenga nada que decirnos. Facebook es poderoso porque queremos sentirnos validados por nuestros 400 amigos, ninguno de los cuales podría decirnos que queríamos ser de mayores cuando aún éramos pequeños. Wallmart o Zara, o El Corte Inglés son poderosos porque nos venden las cosas que