¿Y yo qué sé?

Cuando era pequeña, mis amigas y yo nos divertíamos en el recreo con un inocente juego infantil que consistía en elegir si preferías morir quemada, ahogada o asfixiada. ¿No es bonito? El caso es que argumentábamos por qué preferíamos agonizar en un incendio, un naufragio o ser enterradas vivas mientras nos terminábamos el almuerzo sentadas en el patio. Y así pasábamos el rato angustiándonos con la elucubración absurda hasta que teníamos que volver a clase. Ninguna de nosotras contestaba “no lo sé”, “me gustaría seguir viva un tiempo” o “tengo siete años, prefiero pensar en qué voy a merendar”. Las reglas del juego decían que teníamos que elegir.

Hoy en día, a veces siento que estamos jugando a lo mismo que entonces.

No nos damos el permiso para no dar una opinión o decir libremente “y yo qué sé”.

Yo, por ejemplo, tenía una opinión muy clara sobre la ley trans hasta que leí el borrador y empezaron a surgirme algunas dudas. Unos días después, tras leer los testimonios de mujeres y hombres trans al respecto, cambié mi opinión de nuevo. Luego escuché a unas, a otros y a otres argumentar y ahora mismo sigo sin saber si prefiero morir ahogada, quemada o asfixiada.

¿Lo ha notado alguien? ¿Habéis sentido algo extraño en estos meses mientras yo no tengo una opinión formada sobre el tema? ¿Alguna noche agitada desde entonces?

Recuerdo que hace unos años salí de ver una película en el cine y mi acompañante me preguntó, ¿te ha gustado? Y en un momento de lucidez le contesté: “no lo sé”. Y fue muy fuerte porque ¿sabéis que pasó entonces? Exacto: NADA. Los transeúntes continuaron su camino, la noche cayó sobre la ciudad a la hora que le correspondía, el tiempo transcurrió con normalidad y nadie pareció echar en falta mis comentarios sobre la película.

La vida sigue sin nuestras opiniones y esto, en vez de resultar liberador, puede que incluso nos resulte absolutamente aterrador.

Es como si nos quedáramos en la cuneta con nuestras dudas mientras los demás nos adelantan a toda velocidad con las cosas clarísimas. Pero yo, inmersa en esta batucada mental que me acecha a diario, ahora mismo lo que necesito no es subirme en marcha a todos los temas de actualidad, a toda noticia política, a todo debate social, sino quedarme quieta en el arcén y admirar el paisaje en silencio.

Cuando contesto “no lo sé” a una pregunta de mi hija, ella responde: “pues invéntatelo”. No puede soportar la incertidumbre, necesita agarrarse a una certeza, aunque en el fondo sepa que la estoy improvisando y por lo tanto no es tal. Pero mi hija tiene cuatro años y medio.

Tenemos completamente asociada nuestra identidad a nuestras opiniones y creemos que carecer de una opinión férrea sobre algo indica que no tenemos personalidad.

Incluso hay quien asegura que somos lo que pensamos, lo que me inquieta bastante porque yo soy capaz de cambiar radicalmente de opinión de un día para otro y ni siquiera tengo tan claro si esta afirmación es del todo cierta.

Y por eso pasamos tanto tiempo definiendo cómo estamos y por qué, cada sentimiento debe encajar en un molde conocido por miedo a que se desparramen sin control y nos aboquen a la locura, aunque yo me siento más cerca de ella cuando intento acotar constantemente mi personaje.

Hablamos demasiado de nosotros, de lo que nosotros consideramos, de lo que nosotros sentimos, que lo que nosotros pensamos de nosotros. Como esas parejas que pasan los años hablando de su relación. “Hablemos de lo nuestro”, me decía un novio. ¿Para qué?

En mi experiencia, que en esto tengo bastante, mirarme mucho el ombligo acaba siempre en tortícolis.

Nos esforzamos en aclarar cuáles son nuestras grandes virtudes, nuestros pequeños defectos, qué nos gusta, qué odiamos, cuál es nuestra música, serie, película o ciudad favorita. Toda la existencia reducida a un cuestionario de Cosmopolitan.

Debemos tener atado quiénes somos, quiénes son los demás, qué opinamos, qué opinan y qué lugar ocupamos en el mundo. Como si no tener opinión sobre algo nos expulsara violentamente al limbo de los indecisos, de los tibios, de los que vagan solos por la tierra porque no han encontrado una manada en la que refugiarse.

Y con tanto ruido mental en torno a nosotros mismos, las ideas nuevas, las reflexiones sin intoxicar, los pensamientos recién nacidos y, en definitiva, todo lo que podría sacarnos del atasco en hora punta que se instala en nuestro cerebro, no encuentra espacio libre para aterrizar.

Este acalorado debate interior de tertulianos crispados nos invade y acaba impidiendo escuchar lo de verdad importante.

“¿Qué es lo de verdad importante?” os preguntaréis. ¡¿Y yo qué sé?! Bastante he dicho ya para no querer opinar.

5 comentarios

5 Respuestas a “¿Y yo qué sé?”

  1. Manu Oquendo dice:

    Me ha sorprendido el juego que describe Bárbara. Tanto que aproveché el fin de semana para hablar con algunas personas y ver si lo recordaban pero se quedaron tan sorprendidas como yo. Llegué a preguntarles «¿Tampoco en Semana Santa ni al salir de los ejercicios espirituales que una vez al año hacíamos en nuestras juventudes?» «Tampoco» fue la respuesta unánime. Y eso que en las reflexiones de dichos retiros siempre había una dedicada a la muerte y otra a la pasión de Jesús. Las charlas solían ser en la capilla y comenzaban a oscuras con la luz tenue de una vela cerca del sagrario lo cual ya infundía un cierto respeto y una atmósfera propicia para la meditación.
    Lo que sí es cierto es que la muerte era algo menos frecuente de lo que hoy es el caso. Además todavía no nos incineraban y dábamos por sentado el derecho humano a una tumba a nuestra medida. Hoy nos lo han quitado y nos dedican 6 horas de «cremación al CO2 de combustible fósil» como prueba definitiva de una de las grandes milongas de estos tiempos tramposos y manipuladores.
    Ver que el último acto de la vida en este planeta se ha convertido en una extorsión recaudatoria es, francamente, muy ofensivo pero muy revelador.

    El verano pasado murió Sam, de viejo, a los diecisiete años. Una muerte natural con calmantes paliativos, nada de inyección letal. Creo que desde unos meses antes fue consciente de que se estaba yendo y supongo que agradeció la compañía. Hoy sigue presente en esta casa y en un recuerdo cada vez más nítido y menos apesadumbrado. ¿Se fue de verdad? Pues, como dice Bárbara, no lo se; pero me gusta pensar que no del todo y confío en que volveremos a correr juntos por la nieve de los montes y la arena de las playas.

    Lo que también es nuevo es lo que cuenta la autora sobre esta fiebre umbilical de las identidades como autodefinición personal. Es curioso porque hará como dos o tres semanas que, leyendo algo de Fernández Dols, de la Autónoma, tomé nota de este párrafo que lo explica desde la perspectiva de la Psicología Social.

    Cita textual extraída del Capítulo sobre la Vulnerabilidad Cognitiva.

    …Pero este escenario ideal de ciudadanos cognitivamente competentes, autónomos y abiertos a nuevas y más inclusivas formas de participación se ha topado con problemas que desde finales de los años 50 del siglo pasado la Psicología ha ido identificado y describiendo con términos tales como «científico ingenuo», «yo totalitario», «avaro cognitivo» o «pensamiento rápido».
    El denominador común… son tres mensajes cruciales.

    El primero es que las personas, incluso las personas educadas y los usuarios sofisticados de las tecnologías de la información, cometen
    sistemáticamente errores perceptivos y de juicio que acarrean decisiones objetivamente erróneas.

    El segundo es que casi todos esos errores no son solo el resultado de meras limitaciones cognitivas sino también de estrategias para mantener a salvo nuestro autoconcepto y, por tanto, nuestra auto-estima.

    El tercero, y quizás el más inquietante de todos, es que el sentimiento de estar en lo cierto, la absoluta certidumbre suele ser un
    claro indicador de graves errores de juicio.

    La manipulación de los seres humanos aprovechando estas limitaciones ha existido siempre pero la era de la información, en la que lo simbólico prima sobre lo material, ha incrementado la vulnerabilidad cognitiva de los ciudadanos de las democracias occidentales.

    Fin de cita.

    Gracias por otro estupendo artículo.

  2. O'farrill dice:

    No son las opiniones las que nos definen, sino nuestros actos (acertados o equivocados, esa es nuestra responsabilidad cuando somos libres). Otra cuestión es que busquemos ese «conócete a tí mismo» (antes de intentar conocer a los demás) para asegurar nuestra personalidad. Que lo logremos o no es otra cuestión.
    Nadie es perfecto. Ni siquiera los que se consideran dioses que no emiten metano a la atmósfera. Somos una especie más en ese mundo evolutivo que, en algún momento, recibió el alma (eso que nadie puede definir pero que todos sienten). Es el alma lo que nos hace diferentes a las demás especies. Otros lo traducirán en la conciencia o en la consciencia (que son distintas) o en la mente (cuyo poder real se nos escapa).
    Así, entre imperfecciones, hemos ido evolucionando, construyendo tanto nuestra personalidad individual y totalmente diferente a cualquier otra. En ello ha tenido mucho que ver nuestra capacidad de aprendizaje, pero también nuestra capacidad de discernimiento, para pieza a pieza ir colocando ese inmenso puzzle de nuestras historias, de nuestras vidas, de nuestras culturas y civilizaciones.
    Tenemos la capacidad de participar, de aportar, de construir. Es una opción y un derecho inalienable de nuestra libertad. También lo es errar. Quizás lo más cómodo es quedarse al margen y observar el paisaje, pero hasta en eso nuestra percepción es muy diferente. Se llama «diversidad». Ningún ser humano es la réplica exacta de otro (por ahora, que todo se andará) y eso enriquece a nuestra especie.
    La «verdad» no es algo constituido (menos aún impuesto), sino la realidad percibida por cada uno de nosotros. Eso es lo que nos hace «humanos».
    Un cordial saludo.

  3. Loli dice:

    A raíz de leer el artículo de Bárbara, he caído en la cuenta de lo “desnuda” que me encuentro cuando no me “revisto” ante los demás y ante mí misma, de una “opinión”, de una “idea”, y hasta de una “creencia”, sobre algo.

    Es más es como si la gente “no me viera”.

    Es más, la gente no soporta el silencio ante las cosas, ante el mundo, ante ellas mismas.

    Y el mundo, no obstante, se sigue moviendo, a pesar del ruido, los estertores, los graznidos….todo menos la armonía del silencio honorable que acoge la admisión de la ignorancia……no se aguanta.

    La conocidísima Hanna Jalloul, actual número dos de la lista del PSOE por el gobierno de la Comunidad de Madrid, admite encantada que, perfectamente, no que pueda ser, sino que, efectivamente es que es como la Kamala Harris europea, así concibe ella su popularidad, ella sí que sabe….

    Cristina Fallarás, periodista, ha publicado un libro, en primera persona sobre la figura de María Magadalena, y tras haber “investigado profundamente” en su persona, llega a la conclusión de que lo más seguro es que fuese la dueña de una empresa de salazón de pescados en Galilea, le cayese bien Jesús y su proyecto, y se ofreciese a financiárselo…(no he leído su libro pero sí el comentario que ella misma hizo de él en una entrevista radiofónica), es que ella sí sabe…

    El Gobierno debe estar…en las Batuecas, y ante Semana Santa, sin saber qué decir, ni mucho menos qué hacer, salta con que se lleve mascarilla en todo momento y lugar menos cuando te metes en la cama a dormir tú solo…por ahora…, una imposición que se nota trabajada, ponderada, matizada, resultado de un profundo esfuerzo por parte del ejecutivo….ellos también saben…

    El empobrecido multimillonario (nuestro presidente doctor en Ciencias Económicas se ha apiadado de él y le ha dado unos cuantos millones de dinero público que al parecer sobraban y no sabía qué hacer con ellos), además de filántropo, Bill Gates, empeñado en salvar el mundo, a pesar de que el mundo le pida de rodillas que, por favor, se libre de esa pesada carga, está empeñado en tapar el Sol para que su luz no llegue a la Tierra, ecologista ejemplar que tan solo nos quiere llenar la atmósfera de “polvo de tiza”, tan saludable para los pulmones….es que éste también sabe mucho.

    Pero ¿qué ocurriría con tantas excentricidades, admitidas sin rechistar por una ciudadanía, en el fondo quizás también “ex céntrica”, si se admitiera que ….no se sabe, que no se pueden emitir opiniones desde la pura ignorancia y hacerlas rango de ley, que hay que buscar a los mejores para decidir cosas importantes, que cuando se carece de capacidad para una empresa que viene grande, o se busca a los que sí saben, o se renuncia a ella y se pide que sean los “conocedores reales” los que den un paso adelante…?, pues probablemente, como apunta Bárbara en su artículo, no pasaría nada…más que seguramente seríamos más coherentes, conscientes y responsables a la hora de afrontar el desconocido día a día….

    Vivimos, parece, sin poner los pies en “tierra firme”, pero no, a lo mejor, por que los tengamos en el aire, sino porque puede que los tengamos muy enterrados, allá abajo donde tampoco “la tierra es firme”.

    1. Manu Oquendo dice:

      La «filantropía» del Sr. Gates, a la que alude Loli, es bastante cuestionable y supongo que de ahí proviene su entrecomillado.
      Ya comienzan a circular los siguientes datos, los más relevantes de los cuales ya habrán visto discretamente aislados pero no conectados en prensa general.
      Por la red circula así y tal cual me ha llegado esta madrugada al Whatsapp que tengo en la ofi para saber de mis nietos.

      Cita
      «¡El laboratorio biológico chino en Wuhan también es propiedad de Glaxosmithkline, que (casualmente) es propietaria de Pfizer, que fabrica la vacuna contra el virus que se inició (accidentalmente) en el Laboratorio Biológico de Wuhan y que fue (casualmente) financiado por el Dr. Fauci, quien (casualmente) promueve la vacuna.
      GlaxoSmithKline es (casualmente) administrado por la división financiera de Black Rock, que (también casualmente) administra las finanzas de la Open Foundation Company (Fundación Soros), y que administra el AXA francés.
      «Soros (casualmente) es dueño de la empresa alemana Winterthur, que construyó un laboratorio chino en Wuhan y fue comprada por la alemana Allianz, que (casualmente) tiene a Vanguard como accionista, quien (casualmente) también es accionista de Black Rock, «que (casualmente) administra alrededor de un tercio del capital de inversión global.
      «Black Rock» es también (casualmente) un importante accionista de MICROSOFT, fundada por Bill Gates y de la que sigue siendo accionista, y que (casualmente) es accionista de Pfizer que nos vende una vacuna milagrosa y que (casualmente) ahora es el primer patrocinador de la OMS. Bill Gates tiene tanta fe filantrópica que, casualmente, ha invertido tres o cuatro millones de nada en el laboratorio de Wuhan.
      Fin de cita

      Y, yo, pobre de mi, que pensaba que todo era a causa de un murciélago o de un pangolín que, casualmente, se había comido un chinito de los que se ocupaba el Domund cuando nosotros éramos pequeños y pedíamos con una hucha por las calles para ellos.

      ¿No es genial tanta casualidad?

      1. O'farrill dice:

        Muchas gracias Manu por la aportación. Está en la línea de la filantropía americana desde ppss. del siglo XX. Ya creo que he recomendado el trabajo de Ludovic Tournèe «L’argent de la influence» (las redes de la filantropía americana en Europa). Abarca desde los Carnegie a Soros con una deriva estratégica de poder (los «Poderes salvajes» de Luigi Ferrajoli de los que ha hablado Oquendo) e influencia global. También hemos hablado del libro de Juan Antonio de Castro «Soros: destruyendo España» que se completa con otro «No sólo Soros» También Carlos Astiz habla del tema en otro libro cuyo título ahora no recuerdo bien: «Soros y la alianza con la izquierda….» (más o menos).
        Estamos ante una emergencia, cierto. Pero no son las «ocurrencias» de los globalistas sino los propios «globalistas» y sus influencias políticas en los gobiernos mundiales («Carne sintética» en la web de Fundación Emprendedores: El Mentor)) o en la propia UE cuya presidenta sigue vendiendo lo «verde» y un Parlamento Europeo que, al parecer, no hizo ni el bachillerato al no reaccionar ante disparates de ciencia básica.
        En un mundo realmente civilizado, los sistemas de inteligencia y seguridad de todo el planeta estarían en alerta máxima para evitar desastres a los ciudadanos. Es más, en nuestra propia Constitución (artº 104) se los involucra para «proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana». O para eso sirven o deben servir los «servicios de información» que están en todas las embajadas.
        Un saludo.

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