En la vorágine de nuestro día a día, donde uno no se da tiempo ni para ponerse enfermo, no nos damos mucha cuenta de qué es lo que en realidad estamos produciendo, no nos preguntamos con la suficiente frecuencia qué es lo que estamos dejando tras nosotros, cuál está siendo nuestra estela. Enfrentados a esta pregunta, los políticos dejarán probablemente respuestas políticamente correctas, ética y moralmente irreprochables. Lástima, porque precisamente ellos, los políticos, aquellos que están legitimados para el uso del poder, son quienes están en una mejor posición para transmitir a las generaciones venideras una imagen ajustada de lo que un día fue nuestra realidad. A falta de este testimonio, o con serias dudas sobre su veracidad, los arqueólogos del futuro tendrán que conformarse con interpretar los restos de la batalla, ¿cuáles serán?

Hace tiempo que me imagino a los futuros investigadores de nuestro pasado enfrentados con el reto de desenterrar los restos de nuestra civilización. Y me imagino qué diantres dirán de las gigantescas colmenas de edificios esparcidos por nuestras ciudades, ¿llegarán a la conclusión de que vivíamos en ellos? En la excavación e interpretación de los restos de un edificio de viviendas de tipo medio, pongamos un rectángulo de 50 x10m y 40 vecinos, encontrarán, en un mismo nivel arqueológico: 40 neveras, 40 lavadoras, 40 fregaderos, 40 extractores de humo, 40 hornos, 20 microondas, 30 lavavajillas, 40 batidoras, 30 tostadoras, los restos de entre 80 y 100 televisores y vídeos, 50 aparatos de música fijos, otros tantos portátiles, 200 teléfonos móviles, 40 teléfonos fijos; 200 camas, entre 700 y 800 marcos de fotos; entre 1000 y 1500 pilas de distintos tipos, toneladas de tuberías y cables; entre 400 y 500 radiadores, 40 calderas, 80 retretes; 30 o 40 ordenadores de mesa, 40 portátiles, los restos de 20 impresoras; entre 400 y 600 lámparas con sus 500 casquillos; un garaje con los restos de entre 40 y 80 coches y entre 0 y 1 grandes depósitos de agua (piscinas).

Todos estos objetos serán, a su vez, aparentemente iguales y sorprendentemente distintos, llevando a los investigadores del futuro, si no a la locura, si a verdaderos quebraderos de cabeza: ¿por qué fabricar no cientos, sino miles de modelos distintos de un mismo aparato con prácticamente las mismas funcionalidades básicas? Enfrentados a esta avalancha de objetos, ¿se llegará a la conclusión de que aquello eran casas o tendrán más bien la impresión de que eran pequeños almacenes? Y lo que es más importante, desengañados de esta idea y confrontados a la realidad de nuestro modo de vida, ¿se lo creerán? ¿Llegarán a creer que efectivamente llegamos a vivir así? ¿O inventarán teorías que intenten evitar el escollo de esa irracionalidad evidente?

Creo firmemente que las primeras teorías intentarán evitar el escollo. Al fin y al cabo no dejaremos de ser sus antepasados. Dirán seguramente que las ciudades no eran en realidad ciudades sino almacenes de cosas, donde cada individuo tenía a su cargo un pequeño almacén. Por alguna razón, cada encargado de almacén acumulaba en él aparentemente las mimas cosas que sus vecinos. Vivían, evidentemente, en las oficinas, donde hay mucho más espacio habitable, menos acumulación de objetos y donde existen documentos que constatan que pasaban allí la mayor parte del tiempo. Vivían en las oficinas y se desplazaban a la caída de la tarde a sus almacenes, donde se pasaban la noche limpiando, poniendo orden y probando el buen funcionamiento de lo almacenado.

Sin embargo, pronto llegarán a la conclusión de que esta teoría es todavía más irracional que la primera. ¿Dormían en el trabajo? ¿Qué hacían con todo lo almacenado? Sorprendentemente no han quedado testimonios de qué hacían o a quien vendían lo almacenado. Estancados en esta disyuntiva una enérgica teoría se abrirá paso:

Efectivamente, vivían en aquellos cubículos, apelotonados unos encima de otros, y todas aquellas cosas eran sus cosas, por irracional que parezca. Y el tiempo que pasaban en las oficinas era tiempo que empleaban allí para poder comprar aún más cosas porque, en definitiva, debemos hacernos a la idea de que sus vidas giraban, por alguna razón, en torno a la posesión de cosas. ¿Por qué? ¿Cómo se había llegado a este punto?

Las teorías más avanzadas distinguirán tres factores que se influyen mutuamente:

1) Volcaban buena parte de sus aspiraciones de vivir experiencias nuevas en las cosas. Cuando adquirían una cosa nueva estamos obligados a creer que sentían algún tipo de «felicidad» y estamos obligados a creer que «comprar les hacía felices». Cuanta más capacidad de comprar cosas tenían, por tanto, más felices se sentían. De esta forma incluso «cosificaban» y llegaban a «comprar» su relación con otras personas.

2) Esta relación con las cosas provocaba, evidentemente, una situación paralela de fuerte incomunicación. Esto se puede apreciar muy bien en su modo de vida, donde cada cual habitaba un cubículo independiente, en el que se dedicaba a acumular cosas al margen de los demás. Es decir, las cosas (fuentes de felicidad o experiencia) no se compartían (¡!). De ahí la infinita variedad de objetos.

3) Esta incomunicación práctica lastraba por supuesto su capacidad de entenderse a sí mismos y de entender el mundo que les rodeaba. Les llevaba, por ejemplo, a intentar ciegamente diferenciarse unos de otros a través de los objetos (¡a pesar de que el hecho de tener todos los mismos objetos les hacía iguales, no distintos!).

El meollo de toda la situación está en la incomunicación. Y la incomunicación debía ser fomentada por quienes se beneficiaban de ella. Y quienes se beneficiaban de ella eran, claro, los fabricantes de cosas, cuyo propio interés, a menudo, era el mismo que el del resto de las personas: el enriquecimiento como medio adquirir más cosas con la esperanza de diferenciarse, cada día, un poco más de los «demás». El otro cuello de botella del asunto es dilucidar cómo se pudo convencer a una masa tan grande de población de que no se podía compartir la felicidad.

Si, por azares del espaciotiempo, llegara a nuestras manos esta explicación futura, nos parecería, desde nuestro punto de vista, una explicación para niños con muchas lagunas. Todas y cada una de las explicaciones de los grandes modelos son, por necesidad, muy básicas. Pero lo cierto es que estos arqueólogos del futuro fueron capaces, de dar, en la lejanía, con alguna de las piedras angulares que estrangularon nuestra forma de vida.

13 comentarios

13 Respuestas a “ARQUEOLOGÍA FUTURA”

  1. Gema dice:

    Le falta una frase final sr.Taíd: estos antepasados terminaban endeudados para comprar «cosas» que no necesitaban para sorprender a otras personas que ni siquiera conocían.

  2. Alberto dice:

    Por supuesto, todo aquellos objetos cuya utilidad práctica no comprendieran serían considerados enseguida como «objetos de culto». ¡Y lo curioso es que tendrían razón!

  3. Alicia Bermúdez dice:

    Hace años que me alimento en bares y cafeterías, y por lo tanto no cocino, y por lo tanto no necesito el electrodoméstico “cocina”, ni tampoco el habitáculo “cocina”; pero ahí están los dos, en mi almacén aunque, eso sí, se llevan poco de mi tiempo — que quiero para mí, no para “mis cosas” — porque al no utilizarlos no tengo que ocuparme de ellos, ni de fregarlos, ni de su funcionamiento.
    Tengo una lavadora anticuada, pero tampoco me causa molestias porque hace años que llevo la ropa a la lavandería.
    Tengo también una caldera de gas que me proporciona calefacción y agua caliente, y no negaré que agradezco ambas gracias, pero tampoco que le tengo un poco de manía porque la considero un poco “enemigo en casa” que, si se avería, tendré que ocuparme o de que la reparen o de adquirir otra.
    No tengo plancha, ni tabla de planchar, ni sartenes ni cacerolas.
    No tengo, en definitiva de casi nada excepto algunas de las cosas que ya estaban dentro de mi habitáculo antes de que yo eligiera la forma de vivir que he adoptado, cosas que muchas (algún mueble o trasto un poco grande o pesado) siguen a mi lado simplemente porque no me he tomado la molestia de sacar del habitáculo.
    Quiero decir con esto hasta qué punto comparto el planteamiento de Taid. Esa obsesión enfermiza por poseer y almacenar cuando, en lo que se refiere al consumo cotidiano, ¿no resulta, en conjunto, más barato y menos contaminante utilizar un electrodoméstico “cocina” para dar de comer a 40 personas que 40 cocinas? Y con la lavadora, pues lo mismo.
    Según tecleo miro a mi alrededor y aun me entran una especie de picores, por todo el cuerpo, que sigo viendo mucho cachivache al retortero y me agobio.
    Ordenadores: 1 que, lo que son las cosas, todos tenemos alguna debilidad, no prescindiría de él.
    Televisores: 1
    Teléfonos móviles: 0
    Tengo también y todavía un par de centenares de libros y algunos cuadros. Tenía más libros, pero he ido llevándolos poco a poco a una biblioteca pública cercana, de la que saco prestado alguno de vez en cuando. Pero no compro libros, que, otra cosa, ¿no podrían los libros ser algo que pasase de mano en mano en vez tener cada uno el suyo? Claro que, el negocio editorial se vendría abajo porque los escritores y libreros venderían mucho menos.
    Y lo mismo pasaría, puesta a pensar, con los fabricantes de cocinas, lavadoras, sartenes o planchas; que venderían también bastante menos.
    En fin, que no sé si, si mi forma de vivir lo fuera de mucha gente, a gran escala, no nos terminaríamos cargando, sin ruido, el tipo de sociedad en que vivimos.
    Ah, y conste que no es que sea yo una señora pudiente, pero he podido comprobar que mi forma de vida no es más cara que antes, cuando compraba planchas y sartenes y lavadoras y frigoríficos y mi comida en el supermercado y la sal y el aceite para cocinarla y el detergente para fregar los platos (que tampoco ya compro) y lavar la ropa, y la electricidad que consumía y…
    Y genero menos desechos y menos “residuos sólidos urbanos”.
    Y me siento, dentro siempre de lo que son los límites vitales, bastante libre.
    Vamos, que lo recomiendo.

  4. Discrepo: si los humanos del futuro han continuado nuestra línea de evolución social, valorarán aún más que nosotros la independencia, y es posible que por nuestras ruinas aún les parezca que vivíamos demasiado apegados unos a otros. Un respeto para los huraños, por favor.

  5. Manu Oquendo dice:

    Un artículo muy oportuno e interesante el de Taid Rodríguez. Gracias.

    La hipótesis más probable es que en mucho menos de 500 años no quede evidencia alguna de nuestro paso por aquí.

    El hormigón actual dura, exagerando a su favor, el 10% de lo que duraba la argamasa romana y la corrosión se lleva el hierro y el acero en menos de cien años.

    Por otra parte hoy hay esa terrible moda de incinerarnos que es una petición desesperada de desaparecer porque nada valió la pena. Se acabó la arqueología y la paleontología.

    Los soportes magnéticos no pasan de diez años y ya se propugna que desaparezca el papel.
    Los productos se fabrican para que no duren y si por casualidad tenemos uno que puede hacerlo te penalizan con ITV’s hasta por respirar.
    Un coche que dure quince años no se volverá a fabricar (lo tienen prohibido) y si lo tienes prepárate a pasar ITV’s cada pocos meses aunque no lo uses.

    Ahora hay que hacer lo mismo con la casa que el estado te garantizó como habitable.

    Súmale que pedimos prestado para comer porque lo que había se lo han gastado en comprarse votos con cargo a los nietos y bisnietos y es evidente que no quieren que se guarde la más mínima memoria de los frutos del estado moderno.

    Quizás sea mejor que ni rastro quede y los visitantes se entretengan mirando las catedrales medievales. Si no se las cargan antes para no sentir vergüenza como hicieron los talibanes con los Budas.

    Saludos

  6. José Luis Carrillo dice:

    El problema, efectivamente, está en que la responsabilidad del futuro la tenemos en cómo vivimos el presente, y con este panorama tan bien expuesto, puede resultar, que con tanto almacenamiento de cosas, no dejemos lugar ni para esos desconcertados investigadores.

    Porque no deberíamos olvidar, que para almacenar las cosas de fuera primero tenemos que llenarnos de necesidades por dentro.

    Muy bueno Taid.

  7. Gema dice:

    Acabo de leer esto y no está mal : las cosas importantes de la Vida no son cosas; d’acord? ?.

  8. Paz dice:

    La manera de vivir de Alicia me parece superpráctica. De hecho, a lo mejor sería ideal para la vida de adultos.

    Pero eso de compartir las cosas ya se hacía: cuando en un bloque de pisos había una sola televisión, cuando se vivía en corralas y en fin, en otros tiempos. Eran mejores?

    De todos modos, no me parece factible económicamente para criar niños: llevar la ropa de una familia típica de dos adultos y dos niños a la lavandería (sobre todo por la cantidad de ropa sucia que generan), comer los cuatro todos los días fuera (aunque los niños lo hacen de hecho en el cole y los padres en la oficina), incluidos fines de semana…no sé, no lo veo.

    1. Alicia Bermúdez dice:

      Tienes razón. Más me estaba refiriendo a personas que viven solas. Siempre se ha dicho, por ejemplo, que donde comen dos comen tres; pero si del chorreo de pequeños gastos que supone el poner la lavadora o encender la vitrocerámica – e incluso la colección de ingredientes necesarios para elaborar un plato y aun sencillo – con lo que iría lavada y comida una familia, va a recaer en una sola persona la cosa tiene menos cuenta.
      La lavandería, con una colada al mes (11,50€) tengo resuelto el problema.
      Y, sí, antes se compartía más, no era raro ni estaba mal visto peregrinar por el vecindario en demanda de algo prestado. Ahora como que da apuro, o somos más estirados.

  9. mrtaid dice:

    Una de las cosas que me llamaban más la atención al escribir este artículo era la espiral de consumo incontrolado en la que habíamos caído y cuántos de nosotros habíamos caído en ella, así como lo desvinculado que estaba -y está- ese consumo de nuestras necesidades vitales «reales», si es que hay algo parecido en este vida que merezca el sobrenombre de «real».
    Me llamaba la atención e imaginaba a las sociedades del futuro buscando una explicación a este fenómeno, y la única conclusión factible que se me ocurría es que pensarían que, evidentemente, en algún momento dado perdimos la brújula, empezamos seriamente a confundir nuestras necesidades «reales» (biológicas, físicas, psicológicas) con nuestras necesidades impuestas.
    Ahora leo el artículo y me parece que da una ecuación demasiado simplista del asunto. Es evidente que una situación impuesta desde fuera no puede llegar a perdurar tanto. Sea impuesta por el gremio que sea. Es en realidad una situación en parte impuesta, cierto, pero no en menor medida también autoimpuesta: nacida de un adiestramiento del que no nos hemos sabido liberar.
    Se sabe que el adiestramiento, basado en la repetición continuada de las mismas acciones o aún de los mismos pensamientos, genera a la larga comportamientos automáticos muy difíciles de erradicar. Este es el quid de la cuestión que en un futuro no muy lejano explicará todo este desquiciamiento social en que vivimos.
    Porque, ¿cuántos ciento de miles de veces al día captan nuestros sentidos el mensaje de que debemos de comprar? ¿Cuántas veces se nos machaca una y otra vez con ese mismo mensaje en la tele, en la radio, en las vallas publicitarias cuando vamos conduciendo o andando, en el autobús, en el metro, en el móvil, en internet, en los escaparates? En las conversaciones… ¿Es posible escapar de eso? ¿Cómo nos afecta consciente o inconscientemente semejante nivel de RUIDO? Si voy conduciendo o andando, ¿es legal que tenga que soportar que una y otra vez se me asalte con ese mensaje? ¿Acaso tengo que conducir con los ojos cerrados, andar con los ojos cerrados? ¿Cuántas horas tendría que vivir encerrado en casa para tratar de que todo eso no me condicionara demasiado?
    Desde que somos niños vivimos casi constantemente sometidos a mensajes externos que poco o nada tienen que ver con nuestra experiencia más cercana de las cosas. Esa experiencia propia se ve desde muy pronto silenciada, minusvalorada, perseguida y finalmente suplantada por otra impuesta. Suplantada, silenciada, pero no erradicada.Sometida a los ritmos sociales, a las necesidades que requiere un modelo de sociedad muy raro, muy excéntrico. En un momento dado, tal vez después de la adolesciencia, cuando ya se puede decir que uno es «adulto», esa tendencia ya no es impuesta, sino autoimpuesta, y nuestra canción interior se acomoda a la situación.Ya no necesitamos ser adiestrados, ya nos dedicamos a adiestrar a los demás.
    Pero esa cancioncilla interior sigue arraigada, y de vez en cuando suena, sale a la superficie. Es lo que hace que no seamos del todo autómatas, al contrario de lo que con tanto énfasis sostenía Gurdieff. Recuperar de una vez ese sentimiento propio de descubrir las cosas sin tener que comprarlas, de ver o sentir por primera vez algo, de volver a caer en la cuenta de que todo, incluídos nosotros, tiene su propio ritmo. Esto es lo que hará posible una arqueología futura nos analice y nos banalice desde ya mismo, lo que nos haga arqueólogos de nosotros mismos.

    1. Alicia Bermúdez dice:

      Leí en alguna parte que las primeras bombillas que se fabricaron eran capaces (sin que por lo visto se hubiera puesto intención en ello) de durar cien años sin fundirse. Luego, cuando los fabricantes se percataron de que no era rentable, dedicaron muchas horas de investigación – y dinero, claro – para dar con la bombilla que, creo, no dura más que 8.000 horas que, qué viene a ser, un año más o menos…
      El primer frigorífico que entró por la puerta de mi casa – Westinghouse él, que me acuerdo yo – lo hizo en 1961 cuando contaba una la tierna edad de… pero eso vamos a dejarlo, y salió en 2000
      Ninguna persona del futuro recordará, cuando su edad ya no sea tierna, haber convivido tantísimos años con un electrodoméstico. Ni con ningún otro artilugio fabricado por el Hombre, que parece más interesado en destruir y cuanto más deprisa mejor.
      Un mundo de desecho.
      Y tan contentos.

  10. mar dice:

    Estoy tan tan tan de acuerdo con todos vosotros que me entran ganas de llorar. En serio, me abruma este mundo y no hay islas donde escapar

  11. Maria B. dice:

    ‘Todas y cada una de las explicaciones de los grandes modelos son, por necesidad, muy básicas’
    esta frase lo dice todo, la historia se repite una y otra vez, algo que ya aparece en la Bíblia…lo que pasa es que ahora está multiplicada por XXXXXXX.
    Es el ‘becerro de oro’ elevado a la enésima potencia, la idolatría por excelencia en un intento desesperado por escapar de nuestros miedos más ancestrales.
    Nada ha cambiado en milenios porque la conciencia del hombre sigue tan dormida como Adán cuando entró en ‘un profundo sueño’. Desde entonces la humanidad no ha hecho otra cosa que fabricar y fabricar formas ilusorias (caverna de Platón) negando al Creador, negando su naturaleza divina.

    Lo interesante sería saber si esa sociedad del futuro llegará a despertar del sueño, si llegará a la masa crítica del centésimo mono, ese momento clave en que la humanidad tome conciencia de la demencia en la que vivimos.

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