Lo normal

Qué ganas tenemos de volver a la normalidad, a la normalidad del estrés cotidiano y el vaivén del vagón masificado en hora punta, a la normalidad de no ver a nuestros amigos durante meses porque hay otras cosas, por lo visto, mucho más importantes que hacer. A la normalidad de meter a nuestros padres y abuelos en las residencias porque la vida que tenemos no permite cuidar de nuestros mayores (O preferimos no hacerlo). A la normalidad de no aplaudir en los balcones a los que se juegan la vida por nosotros, a la normalidad de meter a nuestros niños siete u ocho horas en un colegio para poder pasar todo el día trabajando, para pagar mucho más de lo que valen nuestros pisos en ciudades cada vez menos acogedoras y más estandarizadas; ciudades que ya no nos miran a los ojos.

La normalidad de pedir productos inútiles por Amazon por puro aburrimiento sin importarnos las condiciones laborales de quienes los traen a nuestra casa, de impacientarnos con la cajera porque no hace las cosas al ritmo que exigimos, sin pararnos a pensar en qué le está sucediendo a ella. La normalidad de consumir; consumir información, consumir productos, consumir series, consumir relaciones, consumir la vida, de acabar consumidos.

El ser humano tiene una gran capacidad de supervivencia y por eso nos adaptaremos a lo que venga, pero me temo que la supervivencia no será suficiente. Necesitamos alegría, por eso somos capaces de reír en un tanatorio o de hacer chistes en un cementerio, por eso en estos momentos dramáticos sale el ingenio para sacarnos una carcajada. Por eso juegan los niños entre bombas o ríen entre los escombros de un terremoto. Porque hay algo tirando de nosotros, recordándonos que no basta solo con estar vivo.

Esa pulsión de alegría aparece sin que uno la busque, en los momentos más terribles, como si por descuido se colara en nuestros pulmones un soplo de vida superior, de vida que trascienda la supervivencia. En el tanatorio, cuando murió mi padre, después de despedirme físicamente de él, besarle la frente y acariciarle el pelo en el ataúd, me metí en el cuarto de baño y me miré en el espejo. Casi sin darme cuenta, había sacado un estuche de mi bolso para retocarme el maquillaje. ¿Frivolidad? No, en el momento más terrible de toda mi existencia, una parte de mí quiso liberarme del dolor durante unos segundos y devolverme a lo cotidiano para permitirme coger aire.

Cuando comenzó esto, llegué a pensar que todo era una oportunidad para cambiar hábitos y aprender a vivir de otra manera. Luego, en un acto de humildad, porque a veces los tengo, me di cuenta de que las cosas no pasan para que yo aprenda nada. ¿De verdad necesitaban un terremoto en Haití para aprender? ¿O un tsunami en Tailandia? ¿De verdad necesitan morir ahogados los inmigrantes que intentan llegar a nuestras costas en patera? ¿Necesitan los refugiados aprender de su terrible experiencia? Me temo que la respuesta es no. Y eso no impide que uno pueda aprender de todo lo que le sucede y extraer conocimientos que le conviertan en un mejor ser humano.

En estos días, el miedo irrumpe con suficiencia en las vidas de todos. Percibo su sonido ronco colándose entre nosotros y ocupando los huecos que deja la incertidumbre. Y a pesar de ello, confío en sorprenderme un día frente al espejo mientras me retoco el maquillaje en mitad del caos, el drama y el duelo por todos los que faltan.

Volveremos a la normalidad, pero tendremos que inventárnosla para llamarla así. Y ojalá esta vez nos la inventemos mejor.

5 comentarios

5 Respuestas a “Lo normal”

  1. Manu Oquendo dice:

    No esté triste, Dña. Bárbara. Cuídense y recuerde que la muerte no es el final como reza el cantar. Tuvo usted el mismo gesto con su padre que yo con el mío. De madrugada.

    Además, durante las guerras, la normalidad es aún peor que esto y aunque nosotros no las vivamos –demos gracias a Dios por ello– llevamos décadas ayudando a sembrarlas por muchos lugares que viven en tal «normalidad». Bagdag, Trípoli, Beirut, Alepo, Idlib, Yemen, Afganistán, etc. Seguro que ellos también buscan cambiar de normalidad. Que les permitamos recuperar las normalidades de antaño que siempre fueron mejores que las actuales.

    Una de las mejores descripciones de normalidad que recuerdo la trajo Alicia hace un par de años en un comentario que empezaba así:

    «Era una hermosa mañana de verano en los ya muy lejanos tiempos de mi infancia, y mi madre había comprado una sandía….»
    He vuelto a encontrarlo hace unos días y lo he copiado para salvarlo del olvido. Aunque dicen que todo es eterno no está de más guardar la memoria.

    Un saludo y que esto mejore pronto.

  2. Sedente dice:

    Yo esta vez le aplaudo.

    Mi aplauso es para todos ustedes por su hacer e intentar inventar en cada uno de sus artículos una normalidad mejor.

  3. O'farrill dice:

    Se entiende como «normal» lo que está bajo norma. Las más de las veces por iniciativa social, otras más cuestionables, cuando lo «normal» sale de la imposición de quienes mandan y marcan las normas.
    Hemos ido aceptando como «normales» teorías y doctrinas desde la ingeniería social y su correspondiente manipulación mediática, al igual que ahora aceptamos con la resignación del «primero vivir….» cualquier abuso, cualquier arbitrariedad, cualquier capricho de quienes nos dicen lo que tenemos que hacer, pensar, creer y sentir. De quienes han hecho un diseño de la «normalidad» que nos conviene, ocultando que es la que les conviene a ellos.
    Como muy bien dice Bárbara, nuestra pretendida «normalidad» está hecha en su mayor parte de los «patrones» que se han colado en nuestras vidas y se han hecho dueños de ellas, como el consumo compulsivo de cosas fútiles que indican nuestra situación social, pero también nuestra dependencia desde la ignorancia a que nos han llevado. Ahora nos damos cuenta de que habría sido más importante una industria real de productos sanitarios en España tan básicos como equipos protectores básicos como las mascarillas o más sofisticados como los respiradores, que hemos dejado en manos de otros más espabilados.
    Nos han comido el coco con la globalización, para darnos el papel de «tontos útiles» sólo para el sector servicios y para consumir las banalidades que otros nos venden.
    Esperemos que de todo ello saquemos las consecuencias de ignorar el conocimiento real, la experiencia, la preparación y la sabiduría de los que hemos marginado porque ya no son «útiles» y porque nunca serán «tontos».
    Un saludo.

  4. Patricia dice:

    Qué viva el lápiz de ojos! Gracias Bárbara

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