AMÉN

30 junio, 2013 /Bárbara Alpuente
Tenía seis años cuando una niña me obligó a arrodillarme delante de toda la clase y a pedirle perdón a Dios por algo, por lo visto, muy grave: pegar un chicle en el pupitre. No sé si Dios llegó a perdonarme porque perdimos el contacto durante un tiempo, pero imagino que tendría cosas más graves que juzgar. La tía había impuesto este castigo cada vez que alguien cometía una infracción y nos tenía sometidos a todos. ¿Por qué? Porque ella sola había decidido que tenía el poder y nosotros nos lo habíamos creído. Y en la clase respirábamos con resignación,…

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