La expansión evangélica del cristianismo desde el descubrimiento de América, generalizó la organización del año conforme a los preceptos doctrinales de la religión, con consecuencias no poco esperpénticas como la Navidad a 45º, o la Semana Santa cuando las hojas se caen de los árboles, o los campos de cosecha están en barbecho. Igualmente, en las mentes quedó estabulado el principio aristotélico de separación y enemistad de lo espiritual con lo carnal, donde lo primero adquiría sustancia divina y lo segundo diabólica.

Los colectivos más apretados por el funcionamiento hormonal “cálido”, más próximos al Ecuador, en Europa el Mediterráneo y en América las enormes áreas centrales, tuvieron serios problemas para conjugar esa forma de espiritualidad que abomina de la sexualidad. Y, aunque sean unos rituales de origen pagano extendidos por el mundo entero, fue en estas zonas donde los carnavales adquirieron el dionisíaco carácter festivo general que convocaba a todos los ciudadanos y paralizaba cualquier otra actividad.

Ante la llegada de la Cuaresma, un tiempo de preparación para la pasión y resurrección de Cristo, con sus ayunos y preceptos religiosos, encajaron sin pretenderlo los festejos báquicos en el periodo inmediatamente anterior a ella, dotándolo de una serie de singularidades que aún perviven con intensidad en nuestros días y que se conocen como Carnavales, o fiestas de despedida de la carne. Son las carnestolendas, de las dos carnes, la que se come y la de la propia dermis.

Cada pueblo estampaba en ellos sus propios dioses pequeños, pero en casi ninguno faltaban los elementos comunes de anonimato, sensualidad y diferentes tipos de muestras musicales. Desde los de Cádiz, Río o Venecia hasta los de Veracruz y Mazatlán, la mayoría son así pues sus propósitos lo necesitaban.

En las desacralizadas sociedades como las nuestras, en las que la hipersexualidad es manifiesta, el anonimato está legitimado por las nefastas redes sociales y la música es una de las industrias más poderosas, no se explica, sino por los efectos de la mayoritaria tendencia a las adicciones que denotamos, que los carnavales tengan la dimensión que adquieren en los calendarios anuales.

Pero hay dos aspectos relevantes de estos rituales que no deberían de dejarse pasar por alto. Uno es la, tan necesaria, posibilidad que ofrecen los disfraces de modificar nuestra propia identidad, ese lastre tan pesado con el que todos los días nos acostamos teniendo la esperanza de que a la mañana siguiente nos levantemos siendo diferentes, jugando tan siquiera un poco a ser otro o a no ser yo. En una época en la que cada vez enferman más los colectivos sociales, poder reírse un poco de uno mismo no deja de ser una acción tremendamente saludable.

El otro tiene que ver con el efecto terapéutico de las máscaras. Quienes practican las escenas carnavalescas, al igual que los actores teatrales, descubren como el juego de enmascararse con una identidad aparente tiene mucho más parecido que el estamos dispuestos a admitir con nuestra vida cotidiana, en la que casi siempre estamos interpretando un papel, un rol, y una identidad que permanentemente falta al respeto, con deslealtad, a una realidad más profunda.

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