Decía Einstein que nada podía ir más rápido que la velocidad de la luz. Esto todos lo hemos recogido más o menos como axioma. Pero, al parecer, lo que en realidad trataba de dar a entender es que nada puede ir más rápido que la velocidad de la luz porque precisamente la luz (el arco electromagnético) es el instrumento que usamos para efectuar la medición. Lo que en realidad parece que afirmaba, por tanto, es que no podemos medir nada que se mueve más deprisa que el instrumento que se usa para medir.

Aunque no sea una cita demasiado exacta, nos puede servir como ejemplo de lo limitados que a veces nos encontramos por nuestras propias barreras de conceptos. Una vez adquiridos, los conceptos tienden a hacerse cada vez más rígidos, tanto más cuanto más se repiten. Esta rigidez limita la forma en que unos se pueden unir a otros para formar ideas. Por lo tanto, esa rigidez limita el campo de las ideas y de sus posibles asociaciones.

En un momento dado de la historia se podría decir que esto fue un gran invento o, al menos, un mal necesario. Ante la necesidad de hacer extensible a mucha gente toda una serie de conocimientos que antes eran privilegio tan solo de unos pocos, los colegios o entes colegiados se vieron obligados a uniformar la enseñanza, para que las innumerables divergencias que naturalmente se producían no impidieran la enseñanza misma. Así es como se formaron las primeras religiones estructuradas y los primeros cuerpos de doctrina, tal y como hoy los conocemos. Posteriormente, la ciencia ha desarrollado estos mismos postulados fuera ya del marco religioso. También ella, como las religiones estructuradas que la precedieron, busca establecer cuerpos de doctrina de donde emanar posteriormente leyes. También ella, como aquellas, elimina ficticiamente las divergencias en pos de hacer posible una transmisión más homogénea y, por lo tanto, aparentemente, más eficaz.

Han pasado más de dos milenios y medio desde que los sacerdotes arios establecieran los primeros principios de esta forma de proceder al crear el primer “gran libro”, el Avesta, y es obvio que la situación ha cambiado extraordinariamente desde entonces. La transmisión de conocimientos se ha sociabilizado hasta extremos en principio impensables, hasta el punto de que hoy no solo se admite a los estudios a quienes los aborrecen, algo inconcebible antaño, sino que se ha ido un paso más allá y se ha hecho esta enseñanza obligatoria para todos hasta los dieciséis años, algo absolutamente perverso que provoca precisamente lo contrario de lo que, en un principio, se debiera buscar.

Pero al margen de abusos como estos, hay que reconocer el éxito completo de la iniciativa de homogenizar los conocimientos para hacerlos más transmisibles.

Hagamos un ligero recuento de ello. Con una gran masa de población que no tenía acceso prácticamente a ningún recurso, esclavos o no esclavos, la población libre era un porcentaje casi despreciable del total en una antigüedad no tan lejana (me río ahora de la democracia griega). Que a través del hecho religioso, expresado en ritos, estos conocimientos comenzaran a formar parte de la vida diaria de esas personas y que éstas comenzaran a tener nociones del funcionamiento de las cosas gracias a ello no es un logro despreciable. Tampoco lo es el que, gracias a ese conocimiento, se llegara paulatinamente a una situación de reconocimiento de la propia individualidad, aunque solo sea por pura analogía, y que dicho reconocimiento acabara por hacer socialmente inviable un postulado hasta entonces inquebrantable, como era la esclavitud legal. (Nota para los economistas: la esclavitud es económicamente rentable siempre, luego está claro que la lógica económica no es, ni de lejos, la única lógica en juego).

Esta mutación, soberbia, del nacimiento de la individualidad en grandes masas de población es el gran éxito, bajo mi punto de vista, de esta corriente homogeneizadora y tal vez fuese, de hecho, propiamente su objetivo inicial. Ahora bien, nunca ha operado ella sola. Donde ha habido doctrina y ortodoxia, esta se ha nutrido siempre de la heterodoxia. Es decir, la corriente ortodoxa ha asumido y hecho suyos muchos de los postulados de las corrientes heterodoxas que ha perseguido. Así es como se ha forjado, así es como se ha ido construyendo, como una amalgama compleja.

Si la homologación y la homogenización han hecho posible el acceso a un cierto nivel de conocimientos a una gran masa de población y han hecho posible el surgimiento, en esa masa, de una cierta concepción de que somos individuos más allá de nuestra tribu, de nuestro clan o de nuestra familia, ¿por qué los colegios de expertos no liberalizan ya el uso que se pueda hacer de cada concepto? ¿Por qué seguir poniéndole la cruz a las divergencias si es ahora, precisamente, cuando más prolíficas se podrían mostrar? Como diría el Tao: “Por eso mismo”.

2 comentarios

2 Respuestas a “MÁS RÁPIDO QUE LA VELOCIDAD DE LA LUZ”

  1. domingo, 04 de agosto de 395.427 dice:

    Las personas tratamos muchas veces de fantasear lugares y momentos que imaginamos en el futuro en el Tiempo y lejos en el Espacio; así debió de nacer la Ciencia Ficción que tanto éxito ha alcanzado en cine y en literatura. Pero a fin de cuentas lo que la Ciencia Ficción muestra no es ningún descubrimiento, es sólo una especie de “bricolaje” en el que los elementos que se combinan, sean de índole material y tangible o inmaterial e intangible, son todos cotidianos y de uso conocido y contrastado. Nada de lo que forma parte de la ficción de la que somos capaces lleva en su composición algo que vaya más allá de lo descubierto, algo que sea inventado.
    Se logran así, pues… los robots, por ejemplo, carrocerías metálicas como puedan ser las de los coches, movidas por motores que ya estaban ahí tanto si son de molinillo de café o de avión a mucha reacción. Y, ¿los sentimientos?, pues los de la moral y la ética y la justicia — para los robots buenos — que puedan alentar al más filántropo y altruista y generoso de los seres humanos y, para los robots malos, la crueldad y la miseria y las aberraciones de las que podemos ser capaces los humanos. Pero ni un paso más.
    Es la idea central que me sugiere este artículo de Taid.
    La imposibilidad de crear una inteligencia “más inteligente” que la del que trata de crearla.
    Una vez intenté leer… Me voy de una cosa a otra, pero qué más da, la Constitución no dice nada de que todo español/a esté obligado a ser coherente y ordenado. Intenté leer, decía — que no lo conseguí, para decir la verdad — nada menos que La Crítica de la Razón Pura.
    De lo poco con lo que me quedé, saltando páginas, digiriendo malamente alguna que otra frase aislada y, por tanto, sacada de contexto, saqué la conclusión de que — con todos mis respetos para el señor Kant — por muy filósofo que se sea y por mucho que uno se devane los sesos no podrá alcanzar ni un Dios ni un Universo mayores ni distintos del Dios y el Universo que puedan caber en su cabeza.
    Porque yo me digo que el que es capaz de crear algo superior a sí mismo es que ya está siendo superior a sí mismo ¿O no?
    Otra vez… Me vuelvo a ir de una cosa a otra, hablando con un amigo le pregunté “¿te imaginas que en el futuro alguien abra un cajón y se encuentre un papel fechado en 257.493?” Bueno, el año entonces lo dije al tuntún, no me acuerdo cual, y ahora al tuntún también. Mi amigo, que sabe mucho de todo, se rió.
    No es que quiera tirarme el pegote de ser muy ocurrente pero es que, caramba, siempre imaginamos lo desconocido suponiéndole añadidos de lo que ya tenemos y con los que ya contamos, pero por lo general no lo despojamos de la inmediatez conocida y familiar; vamos, que nos resistimos aunque sea de forma inconsciente a vernos “fuera de la película” ya sea en nosotros mismos o en otros, pero humanos.
    Bueno. El artículo de Taid habla de muchas más cosas. Pero los comentarios intelectuales y más profundos, los que requieren unos conocimientos y una capacidad de análisis — un poquito estructurada, por lo menos, que yo no tengo — los dejo para que los hagáis a la vuelta tantas cabezas pensantes (“bienpensantes” ha de entenderse) que andáis disfrutando de las vacaciones.
    Y como en vacaciones no parece disparatado del todo tomarse pequeñas licencias, me permitiréis (espero) que me haya tomado yo ésta.
    Besos
    Alicia

  2. Valentina dice:

    Las personas tratamos muchas veces de fantasear lugares y momentos que imaginamos en el futuro en el Tiempo y lejos en el Espacio; así debió de nacer la Ciencia Ficción que tanto éxito ha alcanzado en cine y en literatura. Pero a fin de cuentas lo que la Ciencia Ficción muestra no es ningún descubrimiento, es sólo una especie de “bricolaje” en el que los elementos que se combinan, sean de índole material y tangible o inmaterial e intangible, son todos cotidianos y de uso conocido y contrastado. Nada de lo que forma parte de la ficción de la que somos capaces lleva en su composición algo que vaya más allá de lo descubierto, algo que sea inventado.
    Se logran así, pues… los robots, por ejemplo, carrocerías metálicas como puedan ser las de los coches, movidas por motores que ya estaban ahí tanto si son de molinillo de café o de avión a mucha reacción. Y, ¿los sentimientos?, pues los de la moral y la ética y la justicia — para los robots buenos — que puedan alentar al más filántropo y altruista y generoso de los seres humanos y, para los robots malos, la crueldad y la miseria y las aberraciones de las que podemos ser capaces los humanos. Pero ni un paso más.
    Es la idea central que me sugiere este artículo de Taid.
    La imposibilidad de crear una inteligencia “más inteligente” que la del que trata de crearla.
    Una vez intenté leer… Me voy de una cosa a otra, pero qué más da, la Constitución no dice nada de que todo español/a esté obligado a ser coherente y ordenado. Intenté leer, decía — que no lo conseguí, para decir la verdad — nada menos que La Crítica de la Razón Pura.
    De lo poco con lo que me quedé, saltando páginas, digiriendo malamente alguna que otra frase aislada y, por tanto, sacada de contexto, saqué la conclusión de que — con todos mis respetos para el señor Kant — por muy filósofo que se sea y por mucho que uno se devane los sesos no podrá alcanzar ni un Dios ni un Universo mayores ni distintos del Dios y el Universo que puedan caber en su cabeza.
    Porque yo me digo que el que es capaz de crear algo superior a sí mismo es que ya está siendo superior a sí mismo ¿O no?
    Otra vez… Me vuelvo a ir de una cosa a otra, hablando con un amigo le pregunté “¿te imaginas que en el futuro alguien abra un cajón y se encuentre un papel fechado en 257.493?” Bueno, el año entonces lo dije al tuntún, no me acuerdo cual, y ahora al tuntún también. Mi amigo, que sabe mucho de todo, se rió.
    No es que quiera tirarme el pegote de ser muy ocurrente pero es que, caramba, siempre imaginamos lo desconocido suponiéndole añadidos de lo que ya tenemos y con los que ya contamos, pero por lo general no lo despojamos de la inmediatez conocida y familiar; vamos, que nos resistimos aunque sea de forma inconsciente a vernos “fuera de la película” ya sea en nosotros mismos o en otros, pero humanos.
    Bueno. El artículo de Taid habla de muchas más cosas. Pero los comentarios intelectuales y más profundos, los que requieren unos conocimientos y una capacidad de análisis — un poquito estructurada, por lo menos, que yo no tengo — los dejo para que los hagáis a la vuelta tantas cabezas pensantes (“bienpensantes” ha de entenderse) que andáis disfrutando de las vacaciones.
    Y como en vacaciones no parece disparatado del todo tomarse pequeñas licencias, me permitiréis (espero) que me haya tomado yo ésta…
    En Madrid, domingo, 04 de agosto de 395.427
    Besos
    Alicia

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