Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, pretende, o al menos pretendía hace unas semanas, fijar el precio máximo de la vivienda de alquiler en esa ciudad. Bueno, lo de fijar los precios ya resulta llamativo, después de la miríada de ejemplos históricos que reflejan lo nocivo de este tipo de medidas. Sobre esto debe haber varios cientos de libros escritos, la mayoría llamando la atención sobre los efectos adversos. Por ejemplo, hace unos cuantos cientos de años bastaba con fijar el precio del pan para que los grandes vendedores de trigo retirasen ipso facto sus mercancías del mercado y se las llevasen a otros más rentables, matando de paso a miles de personas de hambre. La Revolución Francesa seguro que se montó por algún tipo de iluminada legislación de este tipo.

A mí siempre me ha interesado, como historiador, el hecho de que en España estuviésemos todos empeñados en tener una casa en propiedad y en que el alquiler se menospreciase tan claramente. Cuando yo era más joven que ahora, el alquiler ni siquiera era una opción entre las parejas tenían claro que querían formar una familia. Pasaba (y pasa) un poco como en el Reino Unido, donde la gente que vive en pisos son socialmente vistos poco menos que como parias, como desamparados, gente sin recursos. En España no llegamos a tanto, pero no deja de ser cierto que quien optaba por el alquiler era porque no le quedaba más remedio. No era una opción, era una necesidad. Y por lo tanto era tenido como algo temporal, en espera de que la situación mejorase para poder comprar una casa.

Comprar una casa está grabado a fuego en nuestro ADN, en nuestra memoria profunda, en nuestro entorno. Se ha convertido en un hábito continuado y, como tal, parece que tenemos culturalmente una predisposición hacia la vivienda en propiedad. “Comprar una casa” nos ha sido repetido una y otra vez como un mantra cansino: “ser funcionario”, “comprar un casa” y “formar una familia”. Esta es la triada capitolina hispana, desde los años 30 hasta ahora.

¿Por qué? He escuchado y leído multitud de opiniones y ninguna me ha convencido del todo. Pero a raíz de lo de Ada Colau he leído una nueva que me parece convincente. En la España de postguerra se produjo una fuerte serie de migraciones internas (y externas), sobre todo del campo a la ciudad, con una gran demanda de viviendas que no se podía satisfacer. Los precios se elevaron en las ciudades de manera proporcional (como ponen de manifiesto algunas películas de la época, como “El pisito”) y el gobierno optó entonces por controlar a golpe de ley los aumentos del precio del alquiler (la famosa “renta antigua”). El resultado de esta medida todavía lo conocí yo: pisos céntricos con alquileres irrisorios, increíbles. De hecho, la medida en sí solo fue abolida, que yo sepa, a través del Decreto-ley Boyer de 1985 y la actual Ley de Arrendamientos Urbanos de 1994, si bien el régimen transitorio de ambas hace que todavía subsistan pisos de renta antigua.

Esta medida del gobierno franquista fue duramente contrapesada por “el mercado”: los propietarios de pisos desecharon el alquiler como opción y optaron por vender sus casas, aunque para ello tuvieran que tenerlas años vacías. Como la oferta de pisos en alquiler era irrisoria la única opción de acceder a una vivienda era comprarla. ¡Bravo por Colau! Los extremos se adoran.

Los españoles se embarcaron en la gran empresa de su vida: comprar una vivienda. Y para ello es necesario pedir una hipoteca, para lo cual es necesario tener un puesto de trabajo estable. ¡Aquí está, la primera persona de la trinidad! ¡Ser funcionario! ¡Aunque sea de prisiones! ¡Aunque sea como matarife, como verdugo! Quien tiene o quiere tener una familia debe tener una casa. Y la presión por casarse, tener hijos y formar una familia era, y es aún, mayor que la de tener una casa.

La sociología de todo un país parece expresarse en estas tres breves razones:

  • Un estado nacionalsindicalista ultracatólico en el que formar una familia es poco menos que un deber de orden moral para con la patria, proclamado y repetido una y otra vez desde la escuela hasta el trabajo.
  • La necesidad obvia de poder disponer de una vivienda para ello y la escasez de recursos del régimen para hacer frente a esa demanda ¡qué el mismo crea!
  • Una ley nefasta que agrava esta situación de falta no de recursos, sino de vivienda, y que obliga a los futuros padres y madres a hipotecarse de por vida para poder conseguir una, lo que a su vez conlleva una preocupación constante por el puesto de trabajo y a aceptar condiciones laborales espartanas y horarios de sol a sol sin hacer la más mínima mueca, en una notable muestra a la vez de sumisión y de devoción al trabajo que raya lo heroico y que es muy valorada en Europa (hasta que se percatan de la baja productividad de ese trabajo).

Cincuenta o sesenta años después España sigue increíblemente anclada en esa inercia. La presión nacional-católica por formar una familia hace tiempo que ya no existe. Sin embargo, la gente seguimos queriendo, mayoritariamente, comprarnos una casa, a menudo como paso previo para formar una familia. Casa en propiedad y familia siguen estando unidos en el imaginario español. Pocos son los que quieren formar la familia sin tener una casa propia. Tal vez se relacione con ello el que tendamos a retrasar cada vez más la edad de los matrimonios o la edad a la que se tienen hijos por primera vez. O incluso el número de hijos, lastrado porque este imaginario nos hace creer que no es posible tener tres o cuatro hijos en pisos de 80m2, que es lo máximo que los españoles medios nos podemos permitir comprar. Vuelvo a lo mismo de antes: una gran parte de la sociología de este país podría explicarse, por lo menos sus datos más extremos, meramente a partir de los tres problemas antes citados. (Por ejemplo, existe en España un miedo terrible a quedarse en paro. Ser despedido es algo así como ser condenado a muerte y cuando esto se produce todo el mundo te mira triste y te compadece. Pues este miedo también tiene que ver con la hipoteca).

Tipo vivienda

Distribución de la población por tipo de vivienda, 2013. Fuente: Eurostat

Comportamientos así fuera de España no existen o están mucho más matizados (lo que no quiere decir que no existan otros). O al menos eso es lo que nos parecen decir gráficos como el de arriba. En él España encabeza la lista de países en que mayor porcentaje de la población vive en pisos (en naranja porcentaje de población que vive en pisos; en azul, casas independientes; en amarillo, casas pareadas). Esto se relaciona con que España también sea uno de los primeros países en la lista de porcentaje de población que opta por comprar su vivienda: como los sueldos son bajos, se opta por el tipo de propiedad más barato, de forma mayoritaria.

Es un pez que se muerde la cola: como hay un hábito arraigado de compra, apenas hay mercado de alquiler. Como hay poca oferta de casas para alquilar sus precios son elevados, por lo que la gente que estaba en principio dispuesta a alquilar una casa durante veinte o treinta años también acaba optando por comprar, puesto que la hipoteca a tan largo plazo resulta, mes a mes, sensiblemente más baja que el precio del alquiler y al final de ese periodo “la casa es tuya”. Pero en esta dinámica se ha introducido un cambio (que es lo que teme Ada): el trabajo estable, que permite acogerse a una hipoteca, parece que va a pasar en breve a la historia. Ante esta incertidumbre laboral, el precio del alquiler sube con fuerza; porque, ¿quién se atreve ahora a firmar una hipoteca a 40 años?

Aún así, muchos lo harán, como si nada hubiese cambiado. Habrá tanto familias que las pidan y las firmen (sin entender, a menudo, las condiciones), como bancos que a pesar de los riesgos las concedan (al fin y al cabo ese es su negocio). Por eso el riesgo de quiebras bancarias, de crisis institucionales, de rescates, de emisiones puntuales pero desenfrenadas de deuda pública, provocados por impagos hipotecarios a gran escala, es en España más alto que en otros países de su entorno, que suelen contar con un mayor equilibrio entre alquiler y compra. A su vez, cuenta con un motor o un incentivo más fuerte en época de vacas gordas: el ladrillo. Crecemos más rápido, pero nos damos un batacazo infinitamente más fuerte. Actualmente, España debe todo lo que es capaz de ganar en un año más los intereses.

Habrá que sopesar pros y contras y llegar a la conclusión de que la flexibilidad que permite un mercado de vivienda equilibrado es la solución que conviene promover. La forma de hacerlo, en cambio, está clara cuál no es: fijar los precios.

Una solución sería incentivar a los bancos y a sus inmobiliarias para  alquilar las casas (que hemos rescatado entre todos) que no puedan vender en un plazo de tiempo dado (2 ó 3 años). El incentivo debe ser seguridad jurídica de cobro del alquiler y de recuperación de la vivienda en caso de incumplimiento del contrato, publicidad de la medida, información a los inquilinos, facilidad para llevar a cabo los trámites, etc… Nada de subvenciones por favor, a lo sumo incentivos fiscales.

5 comentarios

5 Respuestas a “Ada, te has “colau””

  1. O'Farrill dice:

    Creo que la intención de la alcaldesa de Barcelona es, como diría su homóloga de Madrid, una simple “ocurrencia”. Una ocurrencia nacida quizá desde la buena intención, pero una vez más, ajena a su conocimiento real de las competencias de un ayuntamiento. Otra cuestión distinta es que intente pactar con quien corresponda la existencia de un parque de viviendas de alquiler ajustadas a los salarios actuales (que nada tienen que ver con la media que se publica). El rescate desde el Estado a los bancos y la consiguiente recuperación de pisos por parte de estas entidades, sí podría conseguir abaratar los precios pero ¿alguien ha conoce las condiciones en que se ha hecho en su letra pequeña?
    El ladrillo sigue siendo la base con que se construye una estructura social, basada en los modelos arcaicos que todos conocemos pero que siguen teniendo sus defensores y, sobre todo, sus propagandistas (cadenas TV, literatura, cine, etc.). Hasta los “inocentes” documentales van cargados de ideología con lo que es correcto. No es un asunto con “pedigrí” español, sino algo con más trastienda de lo que se supone. Un saludo.

  2. Epicureo dice:

    Un incentivo que se aplica en muchos de esos países con un desarrollado y liberal mercado de alquiler es penalizar las viviendas vacías, con impuestos crecientes y, en ocasiones, hasta con la expropiación (aunque yo no pediría tanto). Esto es perfectamente compatible con una mayor seguridad jurídica y la simplificación de los trámites mediante agencias especializadas, públicas o privadas.

    1. Alicia dice:

      ¿Y por qué habría que penalizar las viviendas vacías si hay cantidad de propietarios que estarían encantados de venderlas o, si el alquilar no fuera un riesgo, ponerlas en alquiler?
      El que tiene un piso cerrado, por las razones que fuere, y lo compró con su dinero y con su esfuerzo, o lo heredo legalmente ¿Por qué habría que penalizarlo?
      ¿Se penaliza a quien tiene más pares de zapatos de los que necesita?
      ¿Se penaliza a quién tiene una colección de coches?
      ¿Se penaliza al que come demasiado cuando hay tanta gente que no come?
      Es necesario, tan sólo, que esté más y mejor regulado el mercado de alquiler. No hace falta sin embargo cortar ni limitar con sanciones la libertad de nadie.
      Todo cuanto no sean crímenes ni atenten contra otras personas no hay razón para penalizarlo.

      1. charlie dice:

        Habría que explicarle al comentarista lo que significan “estado de derecho” y “propiedad privada”. Lo que pasa es que a veces no saben lo que cuesta obtener los bienes y se creen con el derecho de disponer de lo de los demás.

        1. uniforme dice:

          ¿De qué lado debe entonces ponerse el “Estado de Derecho”? ¿Del que acapara bienes amparándose en su derecho a la propiedad privada o del que se ve artificialmente privado de ellas? El derecho a tener bienes que uno pueda llamar (impropiamente quizá) propios es una cosa; y la acumulación de bienes con fines especulativos otra muy distinta. La diferencia moral está clara, sin embargo, somos tan “listos”, tan “perspicaces” y tan “astutos” que, actuando como los zorros, con nocturnidad y alevosía, mentalmente cada uno de nosotros difuminamos las fronteras, las relativizamos y finalmente acabamos justificándonos ante nosotros mismos con una sentencia lapidaria del tipo: “bueno, si todo el mundo lo hace…”.

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