Zambia Sugar es una filial de una multinacional británica de alimentación, Associated British Foods (ABF), que cotiza en la bolsa londinense. Hace algunos días ha sido noticia en los medios de comunicación británicos porque Zambia Sugar, entre 2007 y 2012, habría pagado menos impuestos en ese país africano que muchos de sus empleados y que los modestos agricultores que trabajaban para la multinacional. Como todos sabeis, Zambia es un país pobre en el que un 60% de la población está por debajo del umbral de la pobreza y un tercio de las muertes infantiles se atribuyen a la malnutrición.

Si Zambia Sugar hubiera pagado en ese país los impuestos que corresponderían a una empresa parecida, los ingresos fiscales hubieran supuesto 14 veces más que toda la ayuda al desarrollo que Reino Unido dio a Zambia en esos años. Según la ONG que ha investigado el asunto, parece que la filial de ABF habría ‘desviado’ los beneficios obtenidos en Zambia a otras sociedades sin actividad en Irlanda y Mauritania (donde el tipo impositivo de sociedades es bajo). En Zambia el tipo del impuesto de sociedades es del 35%, mientras que Zambia Sugar habría pagado en esos años en torno a un 0,5% de sus beneficios.

Ahora veamos la otra cara de la historia. La matriz de Zambia Sugar alega que ha creado 5.000 puestos de trabajo en Zambia y ha colaborado en proyectos de educación y sanidad en ese país. Habría que añadir que probablemente en la decisión de ABF de invertir en Zambia influyó la posibilidad de hacer esa ‘planificación fiscal’, pagando bajos impuestos y que si no hubiera tenido esa posibilidad hubiera invertido en otro sitio.

Esta cuestión está teniendo tanta repercusión en el mundo anglosajón que se ha incorporado al orden de día del G8 de junio, con el título ‘tributación de las corporaciones en el país en que principalmente obtienen sus beneficios’ (o algo parecido).

Me diréis que no hacía falta irse tan lejos para ejemplificar la ‘planificación fiscal’ de las grandes sociedades. La Agencia Tributaria está inspeccionando a Google España que, aunque obtiene importantes beneficios en nuestro país, los ‘desvía’ fuera y en España declara unos resultados ridículos (incluso algún año ha declarado pérdidas). Algo parecido pasa con Apple que, a pesar de multiplicar por 14 sus ventas en España, en 2011 declaró pérdidas en nuestro país, ‘desviando’ a Irlanda sus beneficios.

Entre tanto, el sufrido asalariado y el pequeño empresario no tienen más remedio que pagar elevados impuestos en el país en que obtienen sus ingresos, impuestos con los que se sostiene la inmensa maquinaria estatal y los servicios que esta presta. Por supuesto, de estos servicios públicos también se benefician las grandes sociedades que, con la planificación fiscal, no pagan en el país en que obtienen sus beneficios. De hecho, Zambia Sugar se aprovechó del caro servicio público de la justicia de ese país para ‘ganarle’ a la administración tributaria zambiana el derecho a determinadas deducciones fiscales que todavía redujeron su factura tributaria.

Un inciso. Quien espere de este artículo una reprimenda moralista al gran empresario, que deje de leer aquí. Este modelo se funda en el principio de que cada individuo actua en el mercado con la finalidad de maximizar su propio beneficio. Los modelos macroeconómicos creados para explicar y predecir los comportamientos económicos se basan en que, ante estímulos determinados, los individuos se comportarán racionalmente, es decir, tratando de aumentar lo más posible sus ganancias. Si de repente la mayoría de la gente pusiera su esfuerzo al servicio del otro los modelos colapsarían, como un programa informático colocado ante un dilema contrario a la razón.

Sentado lo anterior, en este modelo, es ‘lógico’ que todas las empresas y los individuos traten de minimizar lo que pagan a Hacienda. Ya sean ciudadanos individuales, empresas grandes, pequeñas o medianas. Pero nuestro modelo también se basa en la justicia, que debería inspirar todas las relaciones, incluidas las que tenemos con el fisco. Sin embargo, lo cierto es que las personas y las pequeñas empresas no tienen posibilidad de pagar impuestos en Irlanda o Mauritania, mientras la gran empresa sí. La injusticia resulta grotesca si examinamos el caso de Zambia Sugar y lo comparamos con el de sus empleados.

Parece obvio que la única forma de acabar con la planificación fiscal de las grandes sociedades -¡cuántos asesores fiscales que se iban a quedar sin trabajo!- pasa por una adecuada colaboración internacional que vaya imponiendo reglas homogéneas. Pero planteada así la cosa se queda coja. Las relaciones internacionales se siguen basando en la máxima británica atribuida a Lord Palmerston: «Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes. Inglaterra tiene intereses permanentes». Con estos mimbres, se sigue considerando legítimo que cada cual defienda sus propios intereses nacionales, que no suelen coincidir con que otros países cobren más impuestos a nuestras empresas. Incluso los políticos tendrían que responder ante sus votantes si primaran los ‘justos intereses’ de otros países sobre los suyos y los de sus ciudadanos, sean estos personas físicas o jurídicas.

Pero profundicemos, el egoísmo nacionalista nos conduce a una competencia a la baja entre países en la tributación de las sociedades y de los grandes patrimonios. Ya sabemos que son los únicos que pueden ‘mover’ sus ingresos de unos Estados a otros en función de la imposición. Esta es una de las consecuencias de la globalización.

Además, en los países del primer mundo, para mantener el enorme gasto del que habla Manuel Bautista en su último artículo, hace falta una estructura tributaria bien engrasada que recaude. Como quiera que, si intento cobrar al gran patrimonio, se me va a otros lares, resulta que para recaudar hay que gravar a pequeños empresarios y personas de rentas medias y bajas. Es decir, esta dinámica conduce a una estructura tributaria profundamente injusta: mientras disminuye la presión fiscal sobre las grandes sociedades y los grandes patrimonios, la carga fiscal recae en la inmensa mayoría de las personas.

Obviamente el modelo resulta absolutamente insostenible, ya que, tarde o temprano, se producirá un estallido social bien justificado. Recordemos que las democracias parlamentarias nacen con el lema ‘no taxation without representation‘, para evitar precisamente abusos del soberano en la tributación de sus ciudadanos. Por tanto, no cabe trivializar: la creación de un sistema tributario cebado en las clases medias y bajas atenta contra el propio origen de la democracia parlamentaria. Y es que si la democracia es el gobierno de las mayorías y, en este caso, el interés de esa mayoría es que no nos veamos abocados a esa carrera hacia el absurdo de expoliar a quien menos tiene y reducir impuestos a quien más tiene, ¿no sería lógico que todos los votantes del primer mundo estuviéramos reclamando a nuestros políticos que se pongan de acuerdo para evitarlo?

Me podréis decir que económicamente puede ser más interesante bajar impuestos a las sociedades para atraer a grandes empresas que crean empleo y así aumentar la recaudación y disminuir el gasto en desempleo. Cierto. Si esto se puede hacer bajando equitativamente el impuesto de las personas, perfecto. Pero me da que entonces no salen las cuentas ni por asomo.

La otra parte de esta historia tiene que ver con los países del tercer mundo, es decir, aquellos en los que las sociedades del ‘mundo desarrollado’ obtienen beneficios sin pagar los correspondientes impuestos. Que esas sociedades dieran un trato justo a esos países constituiría la más potente ayuda al desarrollo que puedo imaginar. Sociedades que pagaran los impuestos debidos y que formaran realmente personal de esos países, que pudiera a su vez crear empresas nacionales. La actual política de ayuda al desarrollo se basa en la limosna del que tiene mala conciencia. Pero obviamente esto no soluciona ni la injusticia ni el problema del éxodo desde las zonas pobres del planeta a las ricas.

Las dos caras del problema tienen una misma respuesta. Primero, colaboración internacional de verdad. La globalización nos va a exigir gobiernos y soluciones globales. Cuanto antes nos demos cuenta mejor. Además, la solución pasa por una revisión del modelo: el ejercicio responsable de los derechos. Si no queremos que esto estalle, las grandes sociedades y patrimonios tienen que ejercitar con responsabilidad las posibilidades que les ofrece la legislación tributaria. Por muy perfecta que intentemos hacer una legislación, siempre va a tener sus grietas y tampoco creo que la solución pase por más y más leyes, sino por una verdadera responsabilidad social corporativa. Aunque solo sea porque nos hayamos dado cuenta de que de otro modo esto revienta. No tiene sentido que W. Buffett –uno de los hombres más ricos del planeta- pague un tipo impositivo mucho más bajo que el de su secretaria.

6 comentarios

6 Respuestas a “ZAMBIA, IMPUESTOS Y RESPONSABILIDAD”

  1. Manu Oquendo dice:

    Has tocado un avispero, Isaac.

    “Tributación en el país en el cual se hacen los beneficios” es una frase susceptible de muy diferentes lecturas y no digamos interpretaciones porque es tan flexible el concepto que puede querer decir muy poca cosa. Todo y nada.

    Por ejemplo: “Zambia Sugar” ¿Dónde hace el beneficio? ¿En Zambia? Seguro que no.

    La exportación sólo es una minúscula etapa en el complejo proceso de conseguir que un consumidor final pague por ella. ¿Qué te voy a contar? Por Dios. El precio de exportación es un mundo y una minúscula fracción del precio a consumo. Y no es necesario que nadie gane en el proceso.

    Realmente esto siempre ha sido así.

    Se establecen reglas de tributación de sociedades sobre los beneficios. Vale.Siempre las ha habido.

    Pero, claro ¿Qué es el beneficio para una industria global? ¿Cuándo se realiza? ¿En qué país? ¿Qué costes se aceptan fiscalmente y cuáles no se aceptan por el fisco del país en cuestión? ¿Cooperan o compiten las distintas autoridades fiscales y las diferentes figuras impositivas? ¿Es cierto eso de que las empresas siempre tienen beneficios? ¿Qué pasa cuando tienen pérdidas ..que es lo más frecuente?
    Los pagos por corrupción son un coste bien real en todos los países. No excluyamos ni al más santo. Pero no son un coste fiscalmente deducible.

    En fin ¿Quién fija y por qué –con qué criterios– las normas contables que establecen costes, ingresos, reglas y beneficios? ¿Son sensatas o están trucadas por los sistemas fiscales?

    Es todo un cirio de tal calibre donde nadie es inocente que ya pueden esperar los de Zambia que el rey del mambo seguirá siendo, como debe ser: El Transfer Price y el cobro al consumidor.

    Es probable que si Zambia Sugar tiene un coste fiscal adicional X en Zambia, cuando ese coste llegue al consumidor en Melbourne multiplicado por 10, 15 o 100, el Azucar de Zambia sea invendible.

    Saludos

  2. Luisfer dice:

    He disfrutado leyendo tu articulo. No hay que salir de España para ver que estamos como Zambia. No bajes la guardia y enhorabuena.

  3. José dice:

    Muy ilustrativo artículo!!

    Creo, como el autor que esto no puede seguir así sine die. Lo que no tengo tan claro es en qué dirección se moverán las cosas… Lo del estallido social lo veo como más cercano. Me refiero a la posibilidad, no a que se produzca. También veo (y no he tenido ningún sueño) los fantasmas de la involución. El poder (económico, político o el que sea) nunca se queda parado (o casi nunca) y ante ese posible estallido social ya adoptará las medidas que propicien que no se produzca…

    Me ha resultado muy interesante lo que se dice en el artículo sobre que cada uno tratar de obtener el máximo beneficio en lo que hace. Estoy de acuerdo en parte. Todos estaríamos encantados de que nos pagaran más (sueldo, intereses del banco) por hacer lo mismo. Pero, ¿todos nos sacrificamos constantemente por obtener más beneficio? ¿Invertimos nuestro tiempo en pergeñar alguna forma de tributar menos? Creo que no, que llegado a un punto la mayoría acepta que no merece la pena más esfuerzo para obtener más beneficio. Sin embargo en el mundo empresarial parece ser que eso, en general, no es así. Creo, en consecuencia, que hay algo en nuestro modelo social que está fallando. No sé muy bien el qué, pero ¿posiblemente tenga algo que ver con los valores?

    Se ha citado el caso de Google. Esa empresa factura, si no me equivoco, a través de Irlanda. Si, de Irlanda ese país de la Unión Europea que ha sido rescatado, entre otros, con nuestro dinero. Resulta que a España le han impuesto desde Bruselas (los hombres de negro… o la mujer del traje de chaqueta) la subida del IVA. ¿España (por medio de sus políticos) no ha podido condicionar su participación en ese rescate al hecho de que se finalicen esas prácticas? Algo vuelve a fallar y en este caso, a mi juicio, es más grave porque lo que falla es la propia UE.

  4. monica dice:

    Hola Isaac! Artículo interesante! No sabía de tu afición por este tipo de artículos! Deseo te vaya todo muy bien.

  5. Miguel dice:

    Leyendo su artículo se me ocurren algunas cuestiones:

    ¿Qué hay del valor que generan empresas como Zambia Sugar creando nuevos puestos de trabajo?¿Y los seguros sociales que pagan por sus empleados? ¿Y los impuestos que aportan sus empleados derivado del salario que les paga la empresa?

    Pobres empleados. Comenta en su artículo que pagan más impuestos que la propia corporación que los emplea: “La injusticia resulta grotesca si examinamos el caso de Zambia Sugar y lo comparamos con el de sus empleados.” Gracias a esa terrible empresa cobran un salario con el que pagan sus impuestos.

    Parece como si el único impuesto relevante sea el de sociedades. Lo que está claro es que esta empresa no se habría instalado en Zambia si no tuviera la posibilidad de tributar por sociedades en Irlanda. ¿Merece la pena para un país renunciar a recaudar por IS a cambio de todo lo demás? Absolutamente SÍ.

    Cuando dice “el egoísmo nacionalista nos conduce a una competencia a la baja entre países en la tributación de las sociedades y de los grandes patrimonios…” insinúa que la única forma “pura y altruista” de distribución de la riqueza sea mediante una elevada intervención del Estado mediante impuestos altos. Teniendo en cuenta lo ineficiente, corrupta y arbitrariamente que asignan los recursos la mayoría de los Estados, permítame que ponga en duda su alternativa.

    También creo que es perfectamente sostenible un modelo fiscal como el de Irlanda, (como bien sabrá, su crisis no tiene nada que ver con su fiscalidad), Singapur o Hong Kong por poner algunos ejemplos. La clave es disminuir el gasto público improductivo e incrementar la renta disponible de las familias y las empresas, en favor de una sociedad más productiva, próspera y libre.

    1. Isaac Salama dice:

      Estimado Miguel, estoy muy de acuerdo con alguna de las cosas que dices y el artículo no sataniza a ninguna empresa. De hecho se dice que es lógico que todos tratemos de minimizar el gasto fiscal. Lo que se critica es un modelo fiscal que conduce a un trato manifiestamente injusto a personas físicas y a pequeñas y medianas empresas, sencillamente porque son más fáciles de gravar.

      Estoy de acuerdo en rebajar gasto supérfluo e impuestos; pero entonces también tenemos que ser conscientes de que muy probablemente no vayamos a poder tener un Esado Social como el actual.

      Saludos

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