Estoy pasando el día con unos amigos y durante la sobremesa me detengo a observar el comportamiento del hámster de la casa. La hija pequeña de la familia estuvo pidiendo un hámster durante meses y, como no podía ser de otra manera, tres semanas después de alcanzar su objetivo ya ha perdido el interés (Me recuerda un poco a mi vida sentimental, pero ese es otro tema, no os disperséis) Ahora la niña ha decidido que lo que de verdad necesita es un perro, pero como tampoco quiere imponer sus deseos a sus padres, les ha dado a elegir entre perro u oso panda, aunque asegura que ambos podrían convivir tranquilamente y argumenta su teoría con astucia. Veo tan improbable que consiga tanto uno como otro, pero los padres son débiles y a lo mejor acceden al oso panda. Ya os contaré, porque imagino que este dato os interesa mogollón.

El caso es que observo al animal subido a la rueda desesperado, intentando desplazarse hacia algún lugar lejos de su reducida jaula. Y no, sigue en el mismo sitio, agotado por el esfuerzo que requiere no avanzar. Se detiene, come algo, reposa, y al cabo de un rato reanuda su actividad.

A menudo mi cerebro funciona un poco así; los pensamientos recorren siempre los mismos raíles, y una vez que llegan a su destino, vuelven al punto de partida sin haber avanzado nada. Algunas veces consigo variar el trayecto ligeramente, pero la inercia lo encarrila de nuevo hasta trazar el rumbo conocido. Lo conocido nos gusta porque nos da seguridad, y aunque reclamamos aventuras y cambios, me temo que los deseamos solo como golpe de efecto. Queremos que parezca que todo cambia pero que al final del día todo siga lo más parecido posible al día anterior. Quizá nos conformemos con variaciones aparentes en vez de indagar en  transformaciones profundas. Queremos terremotos que no desmoronen nuestras trincheras. Buscamos cambios exógenos, pocas veces endógenos. Queremos que cambie el paisaje que vemos desde nuestra ventana, pero que nadie nos mueva los muebles del salón.

Quizá sea solo cosa mía pero, por si acaso, pregunto: ¿Cuántos pensamientos nuevos habéis tenido hoy? ¿Con cuántas ideas inéditas convivís cada día? ¿Cuántas de vuestras reflexiones han conseguido sorprenderos?

Lo de verdad inquietante de esta sobremesa, es que cuando estoy a punto de abandonar mi investigación pseudo – antropológica, reparo en que el hámster tiene la puerta de la jaula abierta. Se lo comento a mis amigos y me dicen que siempre está abierta. No saben si el hámster no se da cuenta o si simplemente le da miedo salir.

En caso de que nuestra puerta también estuviera abierta, ¿qué podría esperarnos ahí fuera que nos dé tanto miedo como para que nos compense seguir enjaulados? No lo sabemos. Eso es lo que nos da tanto miedo.

Una vez traspasada esa puerta, podríamos descubrir que nuestra realidad tiene muchos más matices de los que creíamos y que apenas sabemos nada cuando nos alejamos de nuestra zona de confort. Podríamos perder esta estabilidad que nos hemos inventado a base de convicciones impostadas sobre quiénes somos o quiénes son los demás. En definitiva, podrían derrumbarse nuestras supuestas certezas y quedarnos desnudos y sin brújula.

La libertad real da miedo, por mucho que nos desgañitemos reivindicándola. Por eso seguimos regando un jardín de flores muertas y caminando sobre raíces podridas.

Quiero pensar que por fin estamos más cerca de la puerta que de la rueda del hámster, y aunque atravesarla no va a librarnos de convenciones y prejuicios, confiemos en que al menos sean nuevas convenciones y nuevos prejuicios.

Dicho esto, yo iría echando un vistazo, no vaya a ser que la puerta ya esté abierta.

3 comentarios

3 Respuestas a “LA PUERTA”

  1. Alicia Bermúdez dice:

    Vi esa película hace mucho y, si no recuerdo mal, al final decide marcharse, salir del decorado. Los espectadores lo ven navegando en un barquito pequeño por una extensión muy grande de agua. También me parece recordar que se lo veía feliz, liberado, lo había conseguido…
    Pero de repente el barquito se atasca. Él no entiende por qué, y al mirar hacia arriba ve que uno de los mástiles del barco se ha clavado en el cielo.
    La libertad era también decorado, formaba también parte de la ficción.
    Quizás estoy recordando mal.

  2. Adam Smith dice:

    Bárbara, la puerta siempre ha estado abierta y siempre estará abierta. Sí, siempre habrá motivos para no salir y motivos para salir. Sí, nuestros miedos siempre nos harán pensar dos veces antes de salir por buenos que sean los motivos para hacerlo, y nuestras indignaciones nos empujarán a salir mal, esto es, ignorando los motivos que justifican salir y por tanto convirtiendo la salida en una oportunidad perdida. Pero la puerta seguirá abierta y muchos serán capaces de sobreponerse a sus errores y salir bien. Sobre el tema recomiendo leer “Exit, Voice, and Loyalty – Responses to Decline in Firms, Organizations, and States” de Albert Hirschman.

    Leyendo medios españoles de estos días (y de los últimos 1200 años) uno tiene la sensación de que España está poblada por gente que no quiere salir, que disfruta la pelea casera, esa pelea que no aporta nada y solo busca destruir al supuesto adversario, por venganza no para lograr un premio. Sí, los medios ignoran los millones de españoles que salieron y por qué salieron. Los que han salido difícilmente puedan ayudar a los que decidieron quedarse; peor aún, los que salieron seguramente se han dado cuenta de la conveniencia de olvidar a los que se quedaron. Pero, y no para consolarla, esas conductas se observan en todas partes, quizás porque a pesar de nuestro largo pasado, los instintos tribales siguen siendo fuertes. En todo caso, si un día decide salir, suerte.

    Alicia, los que deciden quedarse tarde o temprano concluyen que la sumisión la única opción y por eso niegan valor a la libertad. Los que deciden salir porque piensan que fuera sólo existe el País de las Maravillas se frustran, pero nos recuerdan que la libertad no es garantía de felicidad. Los que deciden salir porque piensan que pueden en medida importante construir su propia vida se pueden frustrar o no, pero pronto aprenden que cualquiera sea el resultado, el beneficio estuvo en haberlo intentado, esto es, en haber disfrutado su libertad.

  3. rasacadiaz dice:

    Pues a mi no me gustan nada las fábulas de Esopo.

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