Ha habido algunos suspiros de alivio tras el resultado de las elecciones autonómicas catalanas del 27 de septiembre pasado.

Ha sido curioso comprobar cómo quienes defendían que no se trataba de unas elecciones plebiscitarias han leído los resultados como si de un referéndum se tratara, mientras que aquellos que plantearon las elecciones como plebiscito se han apresurado a interpretar los resultados como si nos hallásemos ante unas elecciones autonómicas ordinarias.

Lo cierto es que se ha impuesto la idea de que aquí no se decidían las políticas autonómicas de los próximos años, sino el propio ser de Cataluña. Es decir, un plebiscito en toda regla, en el que los ciudadanos se han visto obligados a elegir entre el SÍ o el NO, pero sin una pregunta claramente explicitada. En esa dicotomía traumática, los partidarios del NO han podido inclinar su voto en función de su ideología y preferencias, cosa que no ha sido posible para los partidarios del SÍ que aparecían aglutinados en dos candidaturas.

El panorama que ahora se abre en la política catalana es incierto. La candidatura más votada no tiene otro programa en común, más allá de la independencia. Sin embargo, esta solo ha recibido el apoyo de un 48% de los votantes de Cataluña, quedándose lejos, por tanto, de los estándares internacionales fijados para la adopción de este tipo de decisiones traumáticas que suponen la ruptura de Estados democráticos. Recordemos que, en el caso de Quebec, el Tribunal Supremo de Canadá señaló que para una decisión de este calibre era imprescindible que el referéndum se planteara sobre una “pregunta clara” y que la mayoría a favor de la secesión fuese también “clara”.

Pero al margen del cierto alivio que puedan sentir algunos, es evidente que en Cataluña hay un grave problema que no se va a solucionar sin más. La sociedad catalana aparece literalmente partida en una decisión esencial.

Además, hay que tener en cuenta que el porcentaje de separatistas en Cataluña en 1978 era irrelevante, en 2006 era sólo del 16% y ahora se encuentra en el 48%. A este ritmo de crecimiento en pocos años nos encontraremos con una mayoría “clara” de catalanes que desean la independencia.

En este escenario, resulta insuficiente el discurso del Presidente del Gobierno, limitado a afirmar que la secesión es ilegal y que impondrá el cumplimiento de la ley. ¡Faltaría más que el Presidente del Gobierno no garantice el cumplimiento de la ley! Pero, ¿qué hará cuando en Cataluña haya, por ejemplo, un 65% de partidarios de la separación de España?

Es indudable que hace falta un discurso político que explique qué son los nacionalismos y qué han significado en la historia de la humanidad.

Desde 1978 en Cataluña se ha aplicado, ante los ojos pasmados de los políticos nacionales y catalanes no separatistas, el catecismo de cómo crear una nación. Las reglas de oro de este proceso están explicadas en el libro de referencia de Ernest Gellner, “Naciones y nacionalismo”.

Todo nacionalismo parte de una manipulación/simplificación histórica en la que se presenta a los propios como “los buenos” y al resto del mundo como “los otros” cuando no simplemente “los malos”. Esto lo hace el nacionalismo inglés cuando narra sus guerras con Francia, el francés cuando refiere sus batallas con aquél o España cuando hace el relato de sus guerras con el Islam. A partir de estas historias interesadas, surgen los héroes nacionales y los villanos del bando contrario.

A este primer paso se han aplicado con esmero los políticos nacionalistas catalanes contando una guerra de sucesión entre dos casas reales extranjeras -la que enfrentó al Borbón Felipe V y al archiduque Carlos de Habsburgo- como una guerra de “los malos” españoles contra los “buenos” catalanes, todo aderezado con sus propios héroes y villanos.

El siguiente paso consiste en que esa visión manipulada resulte compartida por una mayoría de ciudadanos, que adoptan así una visión “nacionalista” de la realidad. La potente herramienta con la que, desde el siglo XIX, se han dotado los nacionalismos para conseguir este fin es la educación pública universal y obligatoria.Tan potente resulta este instrumento que, como advirtió Gellner, “el símbolo y principal herramienta del poder del Estado” ha pasado de ser la guillotina a ser la educación universal: si el monopolio de la violencia es el atributo principal del Estado, el monopolio de la educación lo es de la nación. Ninguna nación, tal y como hoy la entendemos, podría subsistir sin esa universalización de una educación homogénea y estandarizada.

Así, a los ingleses, franceses o alemanes se les educa en una visión uniforme y nacionalista del mundo, que les hace percibirse como un grupo homogéneo frente al resto.

Los separatismos catalán y vasco eran conscientes de esta segunda regla de oro y por eso, en la fase de negociación de la actual Constitución de 1978, impusieron, como condición necesaria, la atribución de la competencia sobre la educación a las Comunidades Autónomas.

El tercer eslabón de todo nacionalismo es el componente sentimental, excitado por una liturgia colectiva y compartida (bandera, himno, fiestas nacionales…). No podemos olvidar que los Estados nación y el nacionalismo, tal y como ahora lo concebimos, coinciden en su surgimiento con la caída de Dios y su sustitución por la Razón. En este contexto, se vino abajo el fundamento divino del poder absoluto en el antiguo régimen; fundamento que hubo de ser sustituido por otro que, con igual eficacia, apuntara a la parte sentimental/emocional del ser humano y que justificara que incluso se debiera morir o matar por él. Ese sustituto de la religión fue el nacionalismo, que se apropió de los modos religiosos, coronando a sus propios popes, instaurando sus fiestas de guardar, creando sus mitos a los que adorar y sus demonios a los que abominar. La mayor exaltación de esta eficaz fórmula manipulativa la tenemos reciente en la Alemania nazi.

Ciertamente, las distintas manipulaciones de los nacionalismos son más fáciles de percibir desde fuera que desde dentro. Es así más fácil para un no catalán percibir la manipulación del nacionalismo catalán que para un ciudadano de esta Comunidad. Pero también es más difícil para un español percibir la manipulación a la que ha sido sometido por su propio modelo nacionalista, que para alguien que se situara fuera de ese modelo.

Ante este escenario, la solución fácil sería la del ex Ministro Wert de “españolizar” a los catalanes, recuperando para el Estado central la educación.

Pero esto sería no abordar uno de los problemas más esenciales con los que nos hemos enfrentado en el pasado siglo y nos seguiremos enfrentando en este: los nacionalismos -cualquiera que sea su color, tamaño o clase- como verdadera enfermedad.

La cura sólo puede venir a través de una nueva forma de educación que no aspire a manipular en la homogeneidad, sino a formar en la diversidad y el respeto a las diferencias. Una educación que se detenga en los interrogantes más que en las certezas. En la que se enseñen distintas perspectivas y se cuestionen las versiones oficiales. Una educación basada en la subjetividad y no en la objetividad del nacionalista/integrista que se cree con la razón absoluta. Esta forma de educar probablemente no la puede asumir un Estado, ni central ni autonómico, que siempre aspirará a homogeneizar para facilitar el dominio hacia sus intereses. Aunque la financie, al menos, no puede aspirar a dirigirla o estaremos en las mismas.

Vivimos en un mundo absolutamente integrado en el que cada vez percibimos con mayor claridad que lo que ocurre en un punto del planeta nos afecta a todos. Con la crisis del ébola hemos visto como, aunque no queramos, nos termina afectando lo que pasa en una zona remota de África. La tragedia en Siria hace pronto sentir sus efectos en este primer mundo de ilusiones, como ha demostrado la crisis de los refugiados.

¿Cuándo despertaremos entonces de la falacia nacionalista que nos presenta un mundo partido y fragmentado?

5 comentarios

5 Respuestas a “¿No seremos todos nacionalistas?”

  1. ¿nacionalistas ? dice:

    No se si lo somos o no, lo que sí se es que los gobiernos de turno están vendiendo sin nuestro permiso, en contra nuestra y a la luz de día, las mejores zonas costeras del mar de Cádiz, cerquita cerquita de Doñana, donde ahora se proponen reabrir Aznalcollar- han quitado del medio al compañero del CSIC de Doñana, nombrado a uno que no tiene ni idea, y al ladito, allí, la bella Cadiz se llena de armas, de “yanquís” ….yeah ..( en vez de ea). Oportunidad, claro: pronto se sugerirá que mandemos a los niños a aprender inglishpitinglis con los nativos..
    y el ozú y los atunes, los corrales fenicios de esa especial zona del “delta” los fractales de las marismas, Baelo, donde seguro es posible que las morenas ya no abran ni los ojos.
    Toda esa biodiversidad ¿dónde irá? Somos nacionalistas o esclavos del imperio?
    ¿cómo desataremos las leyes infames hechas con alevosía y nocturnidad a golpe de decretazo ? Solo podemos hacerlo cambiando esta inconstitucional constitución porque va en contra del propio territorio.
    Buenas mañanas lluviosas en menguante

  2. Manu Oquendo dice:

    A la pregunta de Isaac Salama, –buenos días, Isaac–, creo que voy a responder diciendo que sí, que es posible que todos seamos –algo– nacionalistas pero que, como todo en la vida, lo importante son los grados.

    Podría decir que no, que no lo somos y también me parece que no estaríamos muy lejos de la verdad.

    El nacionalismo es muchas cosas pero sobre todo es la férrea voluntad de ejercer la Libertad Positiva que, como recordarán ustedes, es la Libertad de Obligar a Otros a ser como nosotros queremos que sean desde la perspectiva identitaria.

    El Opúsculo de Isaías Berlin “Dos conceptos de libertad y otros escritos” (Alianza editorial) no solo lo expone con mucha claridad sino que incluso resalta, en el nacionalismo, el malsano placer que les proporciona imponer su “identidad” a otros incluyendo el secuestro de los niños ajenos.

    Es evidente que nacionalismos exacerbados y propensos a la imposición, en España, solo existen en la periferia y que el concepto no es aplicable a la nación Española que en las últimas décadas se ha manifestado como una forma razonablemente decadente de patriotismo cívico y tolerante.
    Para muchos excesivamente tolerante porque ha dejado desprotegidas a las víctimas de todo tipo de nuestros Nacionalismos periféricos más Intolerantes.

    Se podrían escribir ríos de tinta y creo que en España lo seguiremos haciendo porque nuestros nacionalismos son una anomalía que fuera de España causa asombro en cuanto se les conoce.

    Por ejemplo: Esto es lo que tras las Elecciones refleja el Canal 5 de la Televisión Francesa.

    http://www.lavanguardia.com/television/programas/20151002/54437820586/catalanes-racistas-television-francesa.html

    Lo resume este párrafo de La Vanguardia:
    Cita
    Entre otras afirmaciones se asegura que los independentistas “son ricos que no quieren pagar por los pobres” o que “se trata de una burguesía que siempre se ha sentido superior” y “han aprovechado las competencias en educación para adoctrinar a los niños”.
    Fin de cita

    Es decir, no hace falta ser ningún genio para captar rápidamente de qué va esta gente. De hecho se les conoce volando.

    La pregunta que debemos hacernos es ¿por qué en España se les tiene tanto miedo y estamos siempre tratándoles como a locos peligrosos a los que hay que hacer continuas concesiones?

    Esto sí que es preocupante.

    Saludos y “hasta pronto”

    Saludos

  3. Jose Maria Bravo dice:

    Muy interesante articulo que nos hace reflexionar. Quizas es lo que falta en la educacion, pensar y no memorizar. Ahondar en esto es nuestra perspectiva de futuro. Es evidente que lo que pasa en Cataluña no puede leerse a la ligera partidista. Pienso en la cantidad de “catalanes” de origen murciano o andaluz que habran votado por la “independencia”. En la piel de la experiencia vemos como muchos emigrantes en Estados Unidos cierran las fronteras a sus raices. Sentirse blanco es una “utopia maquillada”. Hay algun libro de Faulkner que retrata esa sicologia. Hoy veia un titular de algun periodico que se preguntaba que seria de Europa en el futuro. Las fronteras son una “linea imaginaria”. Quizas volveremos a leer “El Principito”

  4. andaluz dice:

    Muy interesante artículo Isaac. Esto no tiene vuelta atrás. La mayoría de independentistas, tienen menos de 30 años. Con eso está dicho todo. Ahora mismo, se sustenta ese 53%, en las personas de cierta edad, que son emigrantes de otras CCAA, que tienen muchos vinculos (familiares, negocios, con sus lugares de origen…véase A. Iniesta por ej), pero dentro de 5-10-15 años, que pasará??, cuando esa gente jóven se haga más adulta?.
    Pues se llegará al 65-70% de independentismo. Y ahora, qué??, se arregla con la chapuza del federalismo???. No, rotundamente. El error del 78, no tiene arreglo. Habrá que construir una nueva España, sin federalismos, ni CCAA ni chupópteros varios, si no una España próspera y trabajadora. El que se quiera quedar bien y el que no, que cierre la puerta al salir.
    Yo que viajo mucho y conozco muchos países, las posibilidades de nuestro país, son infinitas, de un país a la vanguardia del mundo. Hay que cambiarlo todo, empezando por políticos inútiles y trincones, con listas abiertas. Por hay se empieza… Lo que no podemos es intentar arreglar algo que no tiene arreglo, el fiasco del 78.

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