De pequeña, si comía con más niños y había patatas fritas, en vez de comérmelas con placer, me las reservaba para el final. Quería tener mis patatas intactas para cuando los demás ya se hubieran comido las suyas. Buscaba el poder, el clásico “poder de las patatas”. Buscaba conservar lo mejor hasta el último momento, y cuando me disponía a comérmelas, mis patatas ya estaban frías y arrugadas. Pero yo era pequeña y estaba en plena fase de supervivencia; una etapa lógica de la infancia. El problema llega cuando nos hacemos mayores y seguimos dejando las patatas para el final, en vez de disfrutarlas en su momento; en el “momento patata”.

Algunos siguen ahorrando cuando en el banco ya tienen acumuladas cantidades que aseguran su futuro, el de sus hijos y sus nietos (para colmo, suele tratarse de la gente más atemorizada con la supervivencia) Acaban ahorrando porque sí, por afición o “por si acaso”. Imagino que deben de pensar que tienen suficiente dinero para esta vida, pero, ¿y para la siguiente? Porque hay que ser previsor. Pues mirad, tengo malas noticias: en caso de que la reencarnación exista, se supone que uno no recuerda quién fue, así que recordar tu número de cuenta está bastante complicado.

Hay parejas que se pasan años eligiendo sofá. Visitan decenas de centros comerciales, prueban todos los modelos, discuten, arriesgan sus relaciones y, por fin, consiguen ponerse de acuerdo. Compran un buen sofá, lo llevan a casa y lo enfundan para que no se estropee. ¡¿Para qué tanto lío con la elección si luego le vas a poner esa mierda de funda?!

También conozco familias que tienen en sus hogares una habitación muy espaciosa y cómoda, que sólo utilizan en ocasiones especiales, como la navidad o el cumpleaños de los primos. Estas familias se apiñan resignadas en una sala de estar muy pequeñita, para conservar intacta la sala de no estar. Y se pasan todo el año en tres metros cuadrados, con una enorme mesa camilla y la televisión a diez centímetros de la cara (el salón pequeñito, pero la tele graaaaaande). Allí comen, se reúnen y se apelotonan a diario. Lo que estas familias no saben es que le están haciendo un flaco favor al salón grande. A ninguna estancia le gusta permanecer vacía (las habrá, pero no me consta y prefiero no hablar sin saber) Y llegará un día en que el salón vacío y espacioso se canse de esperar ocasiones especiales y acabe marchándose de casa. Y eso sí que será una ocasión especial, ¡solo que ya no habrá dónde celebrarla!

Muchos vivimos a medias, confiando en que en algún momento llegará la ocasión para vivir en plenitud. No pretendo deprimir a nadie, pero esa ocasión podría no llegar jamás. O por el contrario, puede que esa ocasión sea la que tenemos delante, la que vivimos en este mismo instante, pero como no se parece en nada a lo que pensábamos que sería una ocasión especial, la enterramos a la espera de la siguiente; una más vistosa, que encaje con nuestra idealización del futuro. Pero podríamos morimos mañana mismo, con un majestuoso salón vacío cubierto de polvo que sueña en silencio con una inminente conquista. Ese salón es una metáfora (por si no lo habíais pillado) de nuestro desarrollo, de nuestras capacidades, de nuestras posibilidades.

Y vosotros os preguntaréis: ¿por qué reservamos “lo bueno”? ¿por qué dejamos lo mejor para el final? Evidentemente, porque tenemos miedo a perderlo. Y os preguntaréis también: ¿por qué tenemos miedo a perderlo? Pues porque no sabemos qué vendrá después. ¿Y por qué no sabemos qué vendrá después?… ¡Por favor, dejad de preguntar!

Lo que nos mantiene viviendo a medias es el miedo a fracasar. Si no usamos todas nuestras cartas en esta partida es porque tememos perderlas en la siguiente ronda. ¿Y si nos enseñaran desde pequeños que fracasar es inevitable? Que forma parte de esta experiencia tan desesperante, aburrida, emocionante o enigmática que llamamos “vivir”, y que fracasa todo dios (literalmente… no hay más que vernos) ¿Nos pasaríamos igualmente la vida intentando evitar un posible fracaso? Puede que no. ¿Y si el fracaso no fuera un estigma social? Una mancha en nuestro currículum vital, en el que parece que solamente aquello que sale como habíamos planeado merece ser destacado. Y que sólo lo que está socialmente consensuado como triunfo merece ser perseguido.

Si fuéramos capaces de discernir entre el fracaso y la derrota, quizá nos daríamos cuenta de que el fracaso impulsa y la derrota paraliza. Y la derrota no es más que un fracaso mal llevado. Y si queremos gestionar el fracaso satisfactoriamente, alguien debería contarnos en nuestros primeros años de vida en qué consiste y cómo se supera.

Sé que todo esto os puede sonar como una gran obviedad. En ese caso lo tomaré como un estimulante fracaso… Y luego lloraré en soledad.

(Este artículo se publicó por primera vez el 17 de Marzo de 2013)

11 comentarios

11 Respuestas a “EL FRACASO”

  1. Leocadia dice:

    Sí, también creo que el miedo al fracaso paraliza la acción en la mayoría de las situaciones.No quiero decir con esto que todo deba decidirse de una manera impulsiva o caprichosa, pero sí cierta actitud de riesgo , de aventura, de salto hacen falta claramente a nuestra sociedad, en la que a veces parece que lo más emocionante que podemos hacer es cambiar de compañía de teléfono! más allá de la anécdota, el aire debemos moverlo ya de alguna manera ,y la responsabilidad está en asumir que el fracaso o el error forman parte del apredizaje y ,quizá sea importante para salir con velocidad de esa situación, reconocerla desde la risa y la alegría.

    1. A.Galan dice:

      El fracaso es tan pueril como el exito, tan importante hoy como ridiculo mañana,
      a lo largo de una vida te puedes encontrar que un exito obtenido ayer se puede convertir en el fracaso de mañana, quizá el único exito seguro que uno tiene en la vida, está siempre orientado al campo del desarrollo personal y familiar y nunca en lo material, puesto que lo obtenido fisica o intelectualmente nadie jamás te lo podrá arrebatar.

      Guardar y ser precavido por dudar ante el futuro no es más que mostrarse a uno mismo como débil y asustadizo o peor como prepotente y calculador que te deja a los pies del exito mas efimero y del fracaso mas rotundo.

      La vida otorga, da y quita, lo importante hoy no vale nada mañana, disfruta el momento, cada dia cuenta y si llegas a viejecito recapitula aciertos por errores analízalo desde un prima ya pasado e inalterable y verás que todo el mundo triunfa de una manera u otra y los fracasos pasados tan graves en su dia, se disuelven y pierden todo su sentido mientras estos se solapan con las alegrias obtenidas.

      El fracaso que puedas tener hoy es el duro camino que una vez andado ya no es fracaso y si no lo consigues a otra cosa, olvidate y no seas un fustrado, usa y gasta todo lo que tienes que aunque te creas que lo que te guardas es importante tente por seguro que nadie te agradecerá tal legado.

  2. Eloísa López dice:

    Luego estamos los que nos pasamos el presente pensando en nuestros deseos de futuro y de pasado, hacemos un mecano con ellos y colocamos las piezas sin parar una y otra vez. El miedo anda por ahí siempre pero las ganas de no sentir el presente no creo que se obturen solo por eso. Los que estamos atoraos en lo que queremos que pase, nos olvidamos de recibir lo que ya pasa, que ¡joder ya está pasando!, así que nos perdemos que lo que ya sucede es el camino a sentir para que todos esos deseos de futuros y pasados cobren sentido y luego ya se verá qué pasa con ellos, que total no eran más que un mecano, o sea, que se pueden desmontar. Me da que muchas ausencias de vivir el presente son por tontunez. ¡Casi que si siempre fueran por miedo al fracaso sería un alivio, qué coño!

  3. iiiiiniiiii dice:

    Yo no he aprendido a disfrutar las cosas como se debe o ver su valor real hasta que he estado enferma y me he dado cuenta de que sin salud no se puede disfrutar nada de lo que tienes o has ahorrado.
    Se debería ver el fracaso como algo necesario y útil para aprender para el futuro en vez de cómo lo peor que te puede pasar; la realidad es que nadie nace enseñado aunque nos cuesta asumirlo.

  4. Teresa Cabarrush dice:

    Magnífico Artículo, Señora Alpuente. Sería fundamental enseñar a los niños a tomar el fracaso como algo normal, de lo que aprender para seguir avanzando, y desgraciadamente no se hace, quizás muchos adultos hubieran llegado a más, si desde niños se les hubiese enseñado a gestionar bien el fracaso, como importante es saber gestionar los triunfos.

  5. Laura dice:

    Ayyy madre!! Lo de las patatas y el salón cerrado lo has clavado!!. Y voy yo y en mi casa hago lo mismo!!. Dejando para mañana y dejando para mañana….

  6. Rocío dice:

    si… tengo que hacer una fiesta en mi casa… ya!!!!

  7. Jesús dice:

    Me siento totalmente identificado con lo de posponer el “momento patata”.

    No sé si lo que voy a decir se puede extrapolar a todo el mundo, pero en mi caso yo expresaba continuamente esa posposición en los videojuegos (sólo que nadie se dio cuenta, hasta un amigo que me lo hizo ver).

    En juegos como el Age of Empires (para el que no lo conozca, de estrategias de guerra, desarrollo de civilizaciones y tal) yo nunca comenzaba el ataque (momento patata) hasta que tenía mi civilización desarrollada al máximo, con un imponente ejército totalmente mejorado y reservas para aburrir.

    En los juegos de mundo abierto, como puede ser el Assassin’s Creed, o el Infamous, completo todas las misiones secundarias que salen antes de seguir avanzando con la principal (que es la chula, el “momento patata”). Y así con todo.

    Si voy al “momento patata” del tirón, siento como que me estoy perdiendo algo, como que podría hacerlo mejor. Y eso a la larga, en muchas situaciones distintas a los videojuegos, causa problemas. Como querer buscar el momento perfecto para salir con los amigos y acabar no haciendo nada. O como ha dicho Rocío, pasan los años y no hago fiestas en mi casa por posponer lo que mi cabeza cree que es el momento perfecto para hacerla.

    Sería interesante ver si, como conmigo, puede extraerse algún patrón de la forma de jugar a los videojuegos que tienen los niños para predecir su potencial personalidad en este y otros aspectos. Y estoy totalmente encantado con la idea de que esto formara parte de la educación básica en nuestra educación.

    Estuve leyendo que nuestros miedos nos vienen por genética, de miles de años en los que eran necesarios para sobrevivir. Piensen que unos pocos millones de años viviendo en la prehistoria nos han dejado mucha más huella en nuestros genes que los últimos 2000 años (que hace nada estábamos con los romanos, señores!)
    Leí que en estas sociedades primitivas, donde se vivía en pequeños grupos, el miedo al fracaso evitaba que nos expulsaran de la tribu por algún motivo, lo que suponía la muerte civil y física, pues tenemos que vivir en sociedad (todo esto puede ser poco preciso, no soy un experto y recuerdo que lo explicaban más o menos así).

    Hoy vivimos en unas sociedades de millones de personas, de las que la mayoría que nos cruzamos no las vamos a ver nunca más (o no las reconoceremos) y donde necesitamos del resto, pero no de TODO el resto, con lo que fracasar no nos supone nada. Nuestro instinto nos dice que sí, pero la realidad es que no, estamos en un entorno con las necesidades básicas cubiertas (eso puede dar para discutir, pero en general estamos más a salvo que en la prehistoria).

    Hay que “reprogramar” el cerebro y por supuesto el mejor momento es antes de heredar los “vicios” de los adultos, cuando somos niños y estamos aprendiendo las cosas por primera vez, sin prejuicios ni experiencias arrastradas del pasado que corregir.

    Que ya está, que me ha encantado el artículo y OLE.
    A mi prestigiosa colección de marcadores 😀

    Gracias.

    PD: este artículo contrasta con otro de esta web que no recuerdo ahora en el que su autor dice que hay que enseñar a los niños a posponer lo bueno (pensando en la tarea del colegio y el ocio) y entiendo que hay niños que necesitan aprender más de eso (quizás son los que en los videojuegos se tiran contra el muro una y otra vez en lugar de posponer el “momento patata” y mejorar algunas cosas antes de intentarlo), pero en mi caso, y creo que no es el único, me veo más afectado por esto, exceso de posposición. Ojalá consigamos una educación que nos lleve al término medio a todos, en este y otros muchos aspectos 🙂

    1. Carlos Peiró Ripoll dice:

      Un breve comentario por las alusiones del blogero a un artículo que creo que es mío.

      “Posponer la consecución de lo deseado” es lo que sugería el artículo al que hace mención Jesús. En cuanto a su comentario, en la misma línea que él, indicar que: Ojalá consigamos una educación que nos lleve a que dicha posposición tenga todo el sentido.

    2. Alicia Bermúdez dice:

      Sí, a veces en nuestro afán de vivir una vida perfecta posponemos el vivir la que tenemos más a mano; cuando precisamente el vivir lo que hay es lo que nos abrirá las puertas y los ojos para vislumbrar nuevos caminos.

  8. Jack dice:

    Entre todos los fracasos y exitos acumulados en una vida pasajera aqui en la tierra el mas gande fracaso es la muerte. Es el fracaso de la vida misma que nunca fue justa desde el principio. Y la muerte por su parte es la mas grande equalizadora.

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