¿Mejores?

En este tiempo, he hablado con varias personas que aseguran que esta crisis es una oportunidad de cambio. Puede ser, pero también creo que la oportunidad de cambio existe en cada despertar, no es necesario que nos pase un tractor por encima para cambiar lo que queremos cambiar. Yo, por el momento, veo un cambio a peor. Si tenéis un mal día podéis dejar de leerme ahora, estáis a tiempo.

Otras personas siguen asegurando que esta experiencia nos hará mejores. Discrepo de nuevo y lamento mi falta absoluta de optimismo en este tema, pero no veo por qué todo esto va a hacernos mejores. Yo, sin ir más lejos (porque ni siquiera estamos en Fase 1) ahora odio mucho más que antes. Es más, yo antes apenas odiaba. Sin embargo, estos días, si veo a alguien sin mascarilla, directamente me cae mal. A lo mejor está manteniendo la distancia de seguridad, a lo mejor tiene problemas para respirar, es probable que tenga un día espantoso y lo último que necesite sea mi mirada de odio, pero a mí me cae mal. Lo siento, me caes mal.

Si mi hija se junta con un niño en el parque y los padres decidimos que ya pueden hacerlo, la gente nos mira mal. Sí, les caemos fatal, y nos dedican la misma mirada de odio que les he dedicado yo a los que no llevan mascarilla.

Ahora mismo, todos somos sospechosos de estar infectando a los demás y el miedo nos convierte en peores personas, no en mejores.

Esto sin contar con la crispación política con la que convivimos en este país. Ya lo hacíamos antes, pero ahora la polarización parece haberse reforzado. No es casualidad, es fomentada e inducida por la clase política porque es la única forma de mantener sus puestos. No creo que no les importe que la población muera, no digo eso, pero creo que les importa más no perder sus privilegios. ¿Veis? Ya estoy odiando otra vez.

Cuando llegó el primer día del estado de alarma en el que los niños podían salir a la calle, madres, padres y personas sensibles y empáticas, lo celebraban, pero mucha otra gente no. Y, a día de hoy, los comedidos usuarios de Twitter que convirtieron en hashtags las palabras “Irresponsables” y “Subnormales”, no han pedido perdón cuando se ha revelado que aquella primera salida no ha supuesto ningún rebrote de contagios.

Odiar sale barato. Y esto lo sé porque yo les odié a ellos. Odié a todos los que no mostraban ninguna compasión por niños metidos en casa, con tics nerviosos, pesadillas y el miedo metido en el cuerpo, sin entender por qué estaban tan solos, por qué habían desaparecido sus abuelos de un día para otro, por qué no podían ver a sus amigos y luego, al verlos, por qué no podían juntarse a jugar como siempre.

Pero por aquel entonces (parece que hace años de esto) los niños eran “súper contagiadores” y había que aislarlos. Luego se demostró que quizás no lo fueran tanto, pero da igual, nadie ha pedido perdón tampoco. Estos días, incluso se ha publicado algún artículo sugiriendo que muchos niños ni siquiera llegan a contraer el virus por un tema fisiológico, aún no se tiene claro, pero ante la duda hay que tener un enemigo. Es muy duro que los enemigos fueran los niños, pero así fue.

Y la sociedad volvió a dividirse, esta vez entre gente sin hijos y gente con hijos. Los sin hijos nos veían como si lleváramos a un virus en el carrito o subido a un patinete. No se confiaba en nosotros como se confió desde el principio en los dueños de los perros, se nos tenía por irresponsables que íbamos a soltar a nuestros hijos en los parques sin vigilancia mientras los animábamos a chupar barandillas y a que acosaran a los ancianos y a la gente de bien. Se nos vio como a personas egoístas y quejicas que necesitábamos salir a la calle porque nos aburríamos y no aguantábamos a nuestros hijos en casa (Ni confirmo ni desmiento esta afirmación). 

Y surgió aquella recurrente estupidez de “pues no haber tenido hijos”. Como si antes de tenerlos alguien hubiera reunido a las madres para decirles: “¿seguro que queréis tener hijos? Tened en cuenta que algún día podríais sufrir una pandemia y quedaros meses confinados en casa, ¿eh?” La gilipollez de turno que uno podría decirle a un amigo que se queja porque acaba de divorciase: “Pues no haberte casado”. “Estoy jodido porque me han despedido del trabajo”. “Pues chico, no haber trabajado”.

Inevitablemente, yo volví a odiar. Los con hijos veíamos a los sin hijos como unos hedonistas, que se pasan el día leyendo y viendo series sin entender por qué la gente está tan crispada con lo bien que vienen unos meses sin hacer nada y aprovechar así para reconectar con uno mismo. Y algunos parecían estar diciendo: “¿Por qué tenéis tanta prisa por salir si yo lo llevo fenomenal?” Y entramos entonces en el debate de la superioridad moral en el que es imposible entrar sin superioridad moral.

Y volví a odiar. Odié a amigos, a gente que en condiciones normales me cae bien, a gente a la que incluso quiero. Porque el miedo no hace mejor a nadie.

Todavía estamos a tiempo de ser mejores personas, pero no por la pandemia, sino porque cada ser humano tiene la oportunidad de ser mejor mientras esté vivo. En ese caso, no mejoraremos gracias a esto, sino a pesar de esto. Y sé que podemos.

Yo, para dar ejemplo, prometo dejar de odiar por hoy. Mañana ya veremos.

6 comentarios

6 Respuestas a “¿Mejores?”

  1. Sedente dice:

    Me ha hecho reír con sus odios.
    Tiene mucha razón en que un solo día es suficiente para cambiar, pero la vida nos sacude a veces con fuerza como si de un vendaval se tratara y eso también sirve, si es que el viento no se te lleva por delante, a que se lleve un montón de ramas y hojas secas y te deje como árbol en primavera.

    Yo creo ya desde hace años que todo es como un bucle contínuo con diferentes decorados.
    Seguimos en el fondo siendo los mismos seres que hace miles de años. El amor o el odio que podía sentir alguien de el antiguo Egipto, no sería nada diferente del que se sentía en la Edad Media o el que se siente ahora. Solo ha cambiado el decorado.

    Para entender esto siempre me viene a la mente el planeta Saturno, con sus anillos, aunque les parezca raro. Parecen ahí estáticos, y sin embargo, cualquier idea de concebir una línea de asteroides alrededor de un planeta parece que necesitaría de una velocidad de rotación muy superior a la que observamos. Sin embargo ahí están, sin dispersarse lo más mínimo.
    Sin duda existe algo que se nos escapa con el tiempo de las cosas.

    Como si anteriormente todo hubiera ido muy rápido y ahora muy lento y como repetitivo a la espera de yo qué sé.

    Pero discrepo sobre lo de que «el miedo no hace mejor a nadie».
    Por aportar un solo concepto, el miedo ayuda a que te salves. Y si te salvas de algo, al mismo tiempo te da la oportunidad de ser mejor. De ser mejor mañana o pasado mañana.

  2. O'farrill dice:

    Estimada Bárbara: una periodista que quizás conozca Teresa Doueil en su libro «Maldito amor» dice: «reconocer que amamos y odiamos a nuestros amantes, es sin duda un primer paso de aproximación para hacer crecer las relaciones amorosas». Ya se sabe que el binomio odio/amor van de la mano y no sólo se refieren a las «relaciones amorosas» (ya que todo amor a los demás nos relaciona con ellos).
    El odio es un sentimiento tan fuerte como lo es el amor. Diríase que es una moneda de dos caras (cara y cruz) de forma que tan posible es experimentar una como la otra. En todo caso a veces tiene alguna derivada que se nos escapa o no queremos reconocer. No se odia a nadie en particular sin tener motivos, otra cosa es -como en los casos que comentas- que alguien ajeno, por motivos más o menos confesables, provoque (porque tiene poder para ello) la confrontación social por cualquier motivo: por tener hijos o no tenerlos, por ser varón o ser hembra, por tener «mascota» o no tenerla, por ser mayor o por ser joven, por haber nacido en Murcia o por haber nacido en Valladolid….. Los que saben cómo dividir, saben cómo hacerlo y porqué hacerlo (porque conviene a sus intereses).
    Como tú dices nos han inoculado el odio como el efecto del miedo. Nos han hecho sospechosos a todos de querer infectar a los demás…. Lo han logrado. Una sociedad bajo sospecha mutua, recelos recíprocos y reproches en la mirada, es más fácil de «pastorear» desde el poder.
    A mi, me ha ocurrido algo diferente: he redescubierto relaciones y amistades perdidas por el simple hecho de marcar un número de teléfono y esperar la contestación. Hemos recuperado recuerdos y hasta es posible que en algunos casos hayamos vuelto a sueños, proyectos y experiencias que ya se habían quedado en el baúl. He procurado (dentro de la tragedia) no perder el ánimo ni la confianza y nunca me he planteado «ser mejor» en adelante.
    Hace unos días desempolvaba viejos proyectos para TV, otros relacionados con el mundo del turismo o el teatro….
    Releí «Una sonata a Kreutzer» de Tolstoi, magnífico drama de amor y odio que desemboca en tragedia por esa extraña simbiosis… Siempre he creído que toda verdadera historia de amor tiene su lado trágico, doloroso y cruel ya que, inevitablemente, aparece el odio…
    Espero que de ese odio actual, nazcan nuevas brotes como del tallo nudoso y retorcido de la orquídea, surgen al final las flores más bellas.
    Un saludo.

  3. Rafa dice:

    Que ya estabamos infectados antes de llegar el covid-19 de una enfermedad que se manifiesta en nuestras miradas y relaciones con los demás; en la falta de empatía con el otro, es un hecho.

    La relación directamente proporcional entre los que asustan y los asustados, entre los que odian y los que son odiados crece en ambos lados de la ecuación y es cada vez mas evidente intercambiándose permanente los actores.

    Pero ahora con el coronavirus tenemos ya el campo de juego reglementario para demostrarlo permanentemente.

    Por fin se ha producido uno de tantos momentos históricos en el que podemos justificar nuestro odio, nuestro miedo y nuestra agresividad sin tener que dar muchas explicaciones y ademas disfrazarlos y abanderarlos con canciones solidarias en favor del mundo o en contra de la maldad y la pobreza.

    En un momento óptimo como es el de una epidemia de caracter desconocido que nos sirviera de espejo para destapar nuestra condición de seres humanos

    Parece que si estamos mostrando la faceta de seres, pero poco la de humanos.

    Ejemplo de esto es que hemos convertido el pais, en un campo de juego de policias y ladrones, contagiantes contagiosos y contagiados, vigilantes y vigilados, y como tu dices Barbara con hijos y sin hijos, con mascota y desmacotados, fumadores sin mascarilla y con mascarilla y un largo etcetera.

    En fín que esta pandemia nos está introduciendo poco a poco y mucho a mucho en un confinamiento mucho mas grave que el que estamos sufriendo que es el confinamieto de la carcel de nosotros mismos.

    Gracias Bárbara
    Un abrazo

  4. Ligur dice:

    El tan cacareado buenismo. Querer parecer y aparentar ante los ojos de los demás, ser una persona guay y más que guay.
    Creer que es bueno esforzarse y acercarse a nuestro “enemigo” aunque algo en nosotros chirría con solo pensar en esa persona. Ofrecer la otra mejilla cuando ya te han machacado unas cuantas veces física y/o psicológicamente. Aguantar a los plastas de turno incluidos los cuñados.

    La falaz cura de humildad, que en un estado de bienestar nos olvidamos de ella.
    Querer ser políticamente y socialmente correctos. Reprimirse (un poquitín) al contestar un post, para que los de turno no te califiquen de extremista o facha y/o digan que la contestación que das no va acorde con lo expuesto por el articulista, o, que el post contestatorio es más largo que el artículo en si. Vaya cuajo.

    Dicen que no es correcto en estos tiempos pandémicos, cargar contra este gobierno social-comunista-bolivariano, que lo ideal es remar todos en la misma dirección. Que de esta pandemia saldremos todos juntos y más fortalecidos, o que, todo va a salir bien.
    Me molesta que digan, que en Otras Políticas, se estén conformando sesgos ideológicos y eso, por que lo diga 1-2 o100 personas, ya sabemos que la mayoría nunca tuvo ni tiene razón por muy democráticos crean ser. No, la masa aborregada nunca tiene ni tendrá razón.

    Me exaspera que la gente siga aplaudiendo en los balcones y cantando el puñetero resistiré. Es sabido, que el movimiento de los aplausos fue orquestado para entretener a la gente. Otra obra más de ingeniería social. Querer hacernos sentir mejores personas y más solidarias. Cuando desde el principio, si la gente hubiese estado más al “queo” se tendría que haber caceroleado a este gobierno y exigirle material de protección suficiente y de calidad para los sanitarios y no haber consentido la chapuza que han hecho, que ha costado muchas vidas.

    Si, estoy muy cabreado y nadie tiene el derecho a decirme que no lo este.
    Coincido con Bárbara en que en un instante se puede cambiar si se dan las condiciones para ello; Estamos obligados a hacerlo, es nuestra responsabilidad que se manifieste en nosotros ese nuevo cambio. El simple quererlo, es un paso pero no suficiente.
    Hoy trataré estar mejor, aunque visto lo visto, se que me va a costar.

    Cuidaros.

  5. Sedente dice:

    Hay un dicho que me acompaña desde la juventud y que se quedó allí clavado como preparándome para lo venidero.
    «Nunca menos solo que cuando estas solo».

    Debo decirles, y a la vez quizá confesarles, que todo este confinamiento y este sentir que le acompaña, no es nada nuevo para mí. Lo arrastro desde hace unos 25 años.
    Desde entonces el Mundo y todo lo que conocía dejó de ser tal y como era. Mis amistades, mis allegados, los desconocidos,…, todo desapareció y se tornó otra cosa.
    Todos parecían y eran sospechosos de estar también «infectados» y querer «infectarme».

    A su vez todos me parecieron también víctimas de ello. Quise entonces también salvarles.

    No sé si aquello hizo que fuera mejor, eso es algo, lo mejor y lo peor, que debería pensar más pausadamente, lo que sí que hizo es que aquel dicho sirviera para saber que en verdad tenía mucho de cierto.

    Y siempre volvía a sonar ese «nunca menos solo que cuando estás solo».

    Hay ahí, en nuestros adentros, un todo tan profundo e infinito como el mismísimo entero Universo.

    Saben ustedes que todo en esta vida parece ser un entero balance, lo saben. La pura física lo dice y todos nosotros lo constamos en nuestro diario quehacer.
    No hay vida sin sueño. No hay día que no tenga su noche. Y aunque unos u otros se alarguen algunas veces más de la cuenta, la historia se repite.

    Hay ahí, en nuestros adentros, todo el carbono, el oxígeno o el nitrógeno necesario para que podamos sentir todas las cosas necesarias. Para que podamos pensarlas y crearlas.
    Todos los amores y los odios están allí. Todos los días y sus noches.

    ¿Qué vergüenza puedo sentir como humano o como un simple ser si sé que todos los demás tienen en el fondo lo mismo que yo?
    Todas esas cosas que yo tengo ellos también las tienen. Tienen su carbono, su oxígeno, su nitrógeno…

    Es por eso que al estar ahí buscando, al tener tanto tiempo para buscar ahí en lo profundo e infinito de nuestro ser, aparece esa pequeña luz.
    Es ahí donde te das cuenta que todos sus odios y sus amores son los míos. Toda empatía está allí. Allí está todo lo necesario, en nuestros adentros.

    En ese lugar existe un sin fín de caminos a tomar, el encontrar el correcto o el buscar el mejor es una tarea voluntaria. Requiere un esfuerzo y una seria voluntad para conseguirlo.
    E ahí el «quid» de la cuestión.
    Pero puedes incluso inventarlo. Se lo aseguro. Tan Grande es ese lugar y tan pequeño o tan grande se siente uno allí.

    Pero todo esto ustedes ya lo saben. Lo acabo de inventar y se lo acabo de decir.

    😀

    ¿Cuál será el próximo invento o nuestra próxima creación?
    Hay que apostar al mejor. Eso dicen los que saben.

  6. Manu Oquendo dice:

    La palabra Mejores que titula el artículo es una palabra un tanto atrevida. Por lo menos un poco.

    El caso es que vamos a necesitar legiones de personas capaces de discrepar de las opiniones que se nos inculcan a la mayoría desde los medios del Poder Social. Personas capaces de actuar según criterios morales. De ser los «mejores». Sin pretensiones, pero sin duda.

    Estas personas deberán ser capaces de defender sus posturas racionalmente y, al tiempo, no hacerlo con agresividad sino con un cierto talante afectuoso que no les librará de buenas dosis de coacción de todo tipo.

    Estas personas se encontrarán aisladas y tendrán que ser muy resistentes interiormente para no caer en las dependencias grupales al uso ni en la corrección política. Tendrán que vivir en esas condiciones pero les compensará de sobra la certeza de que van por el buen camino.

    En los escritos de Bárbara Alpuente late este tipo de persona.

    El sistema no quiere «mejores», para eso ya están ellos. Mismamente hoy, Sánchez, Iglesias y Marlaska son tan «mejores» que pueden eliminar al Coronel De los Cobos porque cumplía la Ley. A plena luz. No llegaron a la crudeza de las escenas del holocausto de Brave Heart pero fue lo que se me vino a la cabeza al ver la obscenidad del escenario.

    El sistema lo que quiere son clones, seres igualitos y sumisos. «Leales» dicen. Seres capaces de sumarse emocionalmente a las causas que se les vayan indicando y de mentir lo que haga falta.

    No es casual que en 57 países occidentales las Instituciones mejor valoradas por los ciudadanos son, de largo, sus Fuerzas Armadas. Gentes que todavía conservan el concepto de Verdad. Honor. Servicio. Hermandad. Respeto. Pero sobre todo Servicio.

    Algo realmente insoportable para los «mejores». Para estos «mejores» el infierno debe ser la mirada silenciosa de los que resisten cumpliendo sus obligaciones. L’enfer, c’est les autres. que dijo Sarte en «Huis Clos».
    https://www.lepoint.fr/philosophie/sartre-l-enfer-c-est-les-autres-14-11-2017-2172343_3963.php

    Saludos

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