Y yo… ¿de dónde soy? ¿de dónde vengo y adónde voy?, sería un buen aderezo de las tribulaciones atormentadas de un joven educado en los jesuitas, que mezcla la retórica, la pedantería y ese sentimiento de importarse mucho a sí mismo, si no fuera porque es algo que cada vez cobra más fuerza en nuestras sociedades y colectividades, y que no encuentra una adecuada respuesta.

Siglos atrás la mayoría fuimos solamente campesinos, labradores, pastores, y sólo nos distinguía nuestro nombre, el de nuestro lugar de origen, nuestra procedencia, el ser hijo de alguno o alguna, o algún rasgo destacado de nuestra fisionomía, alguna habilidad especial o algún hecho particular en nuestra biografía. Y también unos pocos eran hijos de alguien: los hidalgos. Después, con los oficios podías ser aprendiz, maestro, orfebre o artesano, y se te podía conocer como tal y que apelaran a ti por ello formando tu apellido. Más adelante, fuimos obreros, peones u operarios, y se nos creó ese sentimiento de pertenencia a una clase social, que desde la ideología se llamó proletarios, es decir, perteneciente a la prole. Cada uno así, sería una infinitésima parte de un conjunto indiferenciado de innumerables partes. Y también unos pocos podían tener apellidos por los que ser conocidos.

Todo el siglo pasado fue una incesante búsqueda, marcada por las luchas y los dramas, por ser alguien, y la visceral oposición del poder que, utilizando poderosos, sutiles e indignantes medios a favor de una sociedad indiferenciada de masas, trataba de evitar esa distinción. Y lo que desgraciadamente pasó fue que se dieron cuenta de que era mucho más fácil lograr la manipulación de las masas con otros medios, y dejaron de actuar con el estrépito que les había caracterizado.

La mayoría buscaron la distinción a partir de compararse con los otros, tratando de estar siempre un poco por encima de ellos. La clase baja por ser algo más que eso, la clase media por acercarse a la pudiente y poder mirar por encima del hombro al resto, y siempre la alta por no perder ese estatus que tanto parecía importarles.

La consecuencia de este afán ha sido la emergencia, conquista y establecimiento de lo que se conoce como las “clases medias”. Es habitual referirse a ellas como el fundamento de la forma de vida occidental y el primer mundo, cuando puede que su importancia y valor radiquen en las señas de identidad que otorga pertenecer a ellas. Parece que se ha terminado la lucha por estar orgulloso de uno mismo, por ser quien se es, y cada vez se persigue más la conquista de las pertenencias que le acompañan.

No sólo las clases sociales fueron los parámetros en los que se iba labrando la batalla de la diferenciación, también ha habido, y las hay, diferencias basadas en los títulos académicos, en las posesiones y propiedades, en las ropas que vistes y las compañías que frecuentas, los lugares por los que transitas o la mayor o menor relevancia social del trabajo que realizas o la profesión que ejercitas.

Últimamente ha cobrado fuerza en pos de la “importancia de ser yo quien soy”, formar parte de aquella cultura singular en la que te insertas, concebida a partir de la exacerbación radical de la diferencia con el resto, y de desdibujar lo que te vincula, sintiéndote distinto y forzando una distinción, en la que siempre lo propio es lo positivo y adecuado, y lo ajeno negativo y denostable, juntándose las fuerzas los conjuntos de personas que se sienten vinculadas por dicha cultura común.

Y esta forma burda, simple y primaria de diferenciación, hace que el del chamizo aislado envidie al del pueblecito, y este a hacerle de menos al primero. El del pueblo envidiando al de la ciudad, y este burlándose del pueblerino. Y así uno tras otro, el de la ciudad al de la capital, el de la capital al extranjero, y este parece a base de viajar, como decían los clásicos, que ya se va dando algo de cuenta de su inmensa torpeza.

Pertenecer sí, pero no sólo para tener apoyo, protección, relaciones, procedencia y satisfacción en tu vida personal, sino también para cambiar aquello que no te parece bien, para impulsar al crecimiento del conjunto, para conocer otras formas y maneras de encarar la vida, para ir abriendo las fronteras a otros mundos, para intensificar el conocimiento e ir haciéndolo más alto y profundo, para ser más libres en una palabra. Groucho Marx decía que no pertenecería a una sociedad que le admitiera como socio, y sin llegar tan lejos, no creo que uno se pueda sentir orgulloso de un conjunto que no admite la crítica y la autocrítica, la disensión, la dialéctica de las ideas, la búsqueda de las verdades y la discusión interna.

Pero, con tal de pertenecer, hemos creado en los grupos humanos en vez de miembros, fieles, en vez de variedad, homogeneidad, en vez de pensadores sensibles, forofos exaltados.

A veces tenemos comportamientos tan simples y canijos que no nos damos cuenta que aquello que nos une, en los momentos de ansia de crecimiento y expansión, puede convertirse en lo que nos ata, nos limita y nos impide. Todo indica que estamos viviendo uno de esos momentos a nivel colectivo.

Un comentario

Una respuesta para “PERTENENCIA, PERTINENCIA Y PENITENCIA”

  1. Inés dice:

    Carlos, me gusta mucho tu reflexión, supongo que muchos se mueren sin saber responder a esas preguntas y la inmensa mayoría las lleva revoloteando alrededor durante toda la vida.
    Sin embargo, todo podría ser más sencillo a nivel individual si consideramos nuestro nacimiento, a través de un canal-como las tortuguitas que salen de un pequeño agujero en la arena- y tienen que enfrentarse a un océano. Ellas que viven en la tierra desde mucho antes que nosotros, probablemente tienen grabado parte de su itinerario por ese mar que es la vida, pero están tan desnudas como nosotros frente a los cambios que se van a producir a lo largo de su viaje.
    Si considerarámos que el espíritu vuela por encima de muchas cabezas y es capaz de encontrar su rumbo, podríamos encontrar destinos múltiples donde desarrollar nuestras habilidades, sin ese sentido de permanencia.
    Hace falta creérselo, quizás la referencia de otros que nos han relatado su viaje de libertad sea un empujón considerable. Pero sobretodo sobretodo, intentar combatir a las sombras con la propia luz.
    Soy optimista, creo que hay muchos que ya sueñan con el cambio, y eso va a acompasar muchos pasos.

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