Describía hace casi cien años Sri Aurobindo, en una publicación suya que llevaba por nombre “Un Sistema de Educación Nacional”, cuáles eran los tres sonoros principios en los que debía basarse un buen sistema educativo. Y comenzaba diciendo que el primer principio de la verdadera enseñanza era que nada puede ser enseñado. Desarrollaba este principio arguyendo que el maestro no es un capataz, o un guardia urbano armado con porra, sino un ayudante y un guía cuyo trabajo principal es sugerir y no imponer.  Alguien cuya misión en esta vida no es la de moldear la mente de los alumnos en función de unos objetivos y unos criterios previamente fijados, sino alguien cuya misión y verdadera vocación es mostrar al alumno, sea grande o chico, cómo perfeccionar sus propios instrumentos de conocimiento, así como ayudarle y alentarle en el proceso. No es alguien, pues, que esté ahí puesto para impartir conocimiento a diestro y siniestro, sino para mostrar cómo uno puede adquirir conocimientos por sí mismo. Que “Nada pueda ser enseñado” se refiere, por lo tanto, a que nada puede ser enseñado desde fuera, que el aprendizaje es un movimiento que se lleva a cabo desde dentro. En este sentido, las lecciones magistrales poco pueden conseguir si no logran captar el interés del alumno.

El segundo principio no era menos elocuente. Decía que la mente debe ser consultada en su propio crecimiento. En occidente esto se ha ido reconociendo y ha sido recogido sucesivas veces; se le da el nombre de “aprendizaje significativo” y supone que para que el aprendizaje sea eficaz ha de significar algo para quien aprende. Se reconoce, pero no se aplica, porque la mayoría de las veces los conocimientos que el alumno recibe en clase poco o nada tienen que ver con sus intereses, y mucho menos tiene que ver con ellos la forma en que se imparten.

Si bien es cierto que nuestros padres ya no planifican con tanto ahínco como hacían antaño nuestro futuro profesional, no es menos cierto que es ahora el Estado quien lo hace por ellos, dando prioridad a un tipo de aprendizaje sobre otros en función de las demandas coyunturales del mercado laboral, por ejemplo. Esto está así expresamente recogido en las diversas leyes educativas que se vienen sucediendo en los últimos años y es una de las preocupaciones prioritarias de todo gobierno: que sus futuros contribuyentes salgan de la escuela con el mayor número de posibilidades a la hora de optar a los mejores puestos en el mercado laboral internacional. Y los padres están, por lo general, muy de acuerdo con este planteamiento. Por “mejores puestos” se entiende, por supuesto, los mejor remunerados, por esta marcada tendencia nuestra a medir los éxitos en función del dinero ganado. La obsesión por generalizar en las escuelas públicas una educación bilingüe desde los tres años es un buen ejemplo de esto. En el mejor de los casos estaríamos educando en función de previsiones futuras. Es decir, hipotecando oportunidades de aprendizaje presentes en función de lo que creemos que va a suceder dentro de unos años, en este caso en función de que el mercado laboral a veinte años vista siga demandando expertos en inglés y no en chino, o en cualquier otro idioma, incluso en función de que el idioma siga siendo en una barrera para la comunicación en las próximas décadas.

“Martillear al niño hasta darle la forma deseada por sus padres o por el Estado es una superstición bárbara e ignorante, una tiranía egoísta sobre el alma humana y una herida abierta en el corazón de la nación” decía Aurobindo, porque hipotecamos lo mejor que uno puede dar de sí mismo en el momento presente en función de una imprevisible situación futura.

El tercer principio de la verdadera educación está íntimamente relacionado con el segundo y es, según Aurobindo, trabajar de lo próximo a lo lejano. Aurobindo lo enunciaba en el contexto de la dominación inglesa en India, que imponía a la población nativa un sistema de educación europeo, con contenidos europeos, en una lengua extranjera. Pero no es menos cierto que nuestros sistemas educativos educan también, como acabamos de ver, en base a elucubraciones y sistemas impuestos. Educamos de fuera hacia adentro; de lo lejano a lo cercano. Supervaloramos los conocimientos abstractos y menospreciamos la experiencia concreta y directa de las cosas. Inducimos formas de pensar, formas de percibir la “realidad” y formas de describirla que nada tienen que ver a veces con la realidad subjetiva de los niños; les obligamos a decidir constantemente entre lo que es bueno y lo que es malo cuando eso no está, quizá, en  naturaleza de su edad; educamos sus movimientos y sus formas de expresión para que se adecuen a nuestras normas morales y sociales (muchas de ellas absurdas y contradictorias) y atentamos constantemente contra sus propios ritmos de aprendizaje. Y todos estos sacrificios en función de que nosotros prevemos que el dominio de estas herramientas les será imprescindible para asegurarse un buen futuro laboral.

No se experimenta qué es el agua, qué es la roca, o cuáles son sus propiedades. No se va a un río para estudiar un río, o a una montaña para estudiar una montaña. Se  aprende todo desde el aula a base de nombres. Se nos pide que aprendamos de memoria un gran número de conceptos de cuyos principios no hemos tenido siquiera una breve experiencia previa, ¿cómo es posible esto?

Queda, eso sí, fuertemente enraizada en la mente, la creencia de que ese tipo de aprendizaje superficial es conocimiento y de que basta dominar esto para que socialmente a uno le reconozcan “que sabe”. Las consecuencias de este modo insensato de educar son obvias: una sociedad que se alimenta de titulares, de fragmentos, incapaz de profundizar mínimamente en nada. Una sociedad, por tanto, dócil y sin recursos para imaginar ni crear realidades alternativas.

5 comentarios

5 Respuestas a “¡Hartos de esta escuela!”

  1. Mª del Mar dice:

    Enhorabuena Taíd por tu magnífico artículo. Lo suscribo plenamente.

  2. Macarena dice:

    “Martillear al niño hasta darle la forma deseada por sus padres o por el Estado es una superstición bárbara e ignorante, una tiranía egoísta sobre el alma humana y una herida abierta en el corazón de la nación”

    Suscribo hasta la última coma de tu escrito, y me pregunto si los padres podemos de alguna forma atenuar esas ansias de moldear por parte del estado.

    Mil gracias por el post.

  3. Nuria Fontela dice:

    Hola,estoy totalmente de acuerdo. Martillear al niño para que le entren las materias que el Ministro de turno ha decidido que nuestros niños aprendan por que es mejor para ellos,con libros quedan muchos conceptos y poca práctica,hace que los niños no aprendan sino que odien estudiar,porque sus mentes no están maduras y estoas asignaturas no son de su interés,además los profesores no saben como llegar hasta ellos para les guste lo que están asimilando,bueno que intentan asimilar,porque no ven el lado práctico de las cosas. Pero, ¿cómo podemos los padres luchar con lo que impone el Ministerio,aunque se equivoque? tarea difícil para los padres. Para mí que en este curso veo con horror como la ley LOMCE acribilla la mente de mi hija de 9 años es un error incalificable. Y nos sentimos solos y desprotegidos porque el colegio público no se rebela y sigue con los ojos vendados los que dice el Ministerio,sin importarle que estén equivocados o no.Pero sin defender lo importante,los intereses de los niños.Todo lo vemos desde el prisma de los adultos y no dejan espacio para la imaginación,el arte,relacionarse con los demás…
    Gracias por tu blog,es muy interesante.

    1. Taíd dice:

      Hola Nuria, gracias por tu comentario sobre el blog y que siga creciendo!

      la dificultad para intervenir por parte de los padres a la que aludes se debe a la fractura que se está produciendo entre quienes se dan cuenta de hasta qué punto está dificultando la escuela el desarrollo de las personas y quienes no; y luego, entre los primeros, la fractura que existe entre quienes deciden actuar y quienes no.
      De quienes no se dan cuenta poco hay que decir. Pero de quienes nos damos cuenta sí cabe la pregunta de si estamos haciendo lo suficiente para cambiar las cosas o bien tendemos a caer en una inercia que por una parte evita los conflictos con los profesores y con los centros (a algunos me los comería yo con patatas fritas), pero que por otra condena a nuestros hijos a una cadena de deberes y exámenes absolutamente absurda que les impiden tan siquiera pisar el parque una hora por la tarde.
      En cualquier caso lo que resulta obvio es la desunión, la desorganización y la falta de fuerza de las Asociaciones de padres que, pudiendo ser piedras angulares, se han convertido simplemente en piedras. Y la desunión, la desorganización y la falta de fuerza de las Asociaciones de profesores donde los mejores son arrastrados por los peores, puesto que viven en un sistema que a todos valora por igual (con un sistema de selección y de valoración de méritos que deja atrás lo esperpéntico y se adentra en mundos desconocidos).
      ¿Qué hacer? Pues ya metidos en una democracia esperpéntica ser por lo menos consecuentes con ella: ¡que me dejen opinar! ¡Que me dejen opinar del centro educativo, de su dirección y de sus profesores! Y que esa opinión se haga pública, como en Amazon. Y que yo la pueda ver reflejada y no fagocitada por el “sistema”. Y que salgan entonces semestralmente o anualmente las listas de los centros mejor votados y de los profesores mejor votados y peor votados, a ver qué pasa.
      ¿”Happy faces” y “sad faces”? ¿Sí? Pues entonces para todos.

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