Se oye mucho que nuestro país tiene un serio problema en la selección de sus élites. En el estado de confusión en el que vivimos, no creo que este sea un problema exclusivo de España. Pero sí pienso que, en lo que llamamos mundo civilizado, debemos estar en el grupo de cabeza de los países que peor seleccionan a los mejores para un determinado cometido. Y ese sí es un grave problema.

Siempre se ha hablado de grupos o individuos con una singular incidencia en las decisiones colectivas y en el rumbo de una sociedad. Pero el concepto de élite, como minoría rectora, surge a finales del XVIII en Francia, unido al movimiento revolucionario. La fuerza de la idea radica en que quienes ejercen el poder deben ser escogidos por sus virtudes, méritos y capacidades y no por su origen familiar. La idea se va extendiendo como la pólvora y está en el origen de los modernos Estados democráticos. La forma de escoger esas élites sigue siendo el gran tema político.

En España, la máxima expresión de la élite gobernante debería ser el Presidente del Gobierno y los miembros de su Gabinete, que son quienes deciden hacía donde va a ir el país, al menos durante cuatro años. De su selección ya hemos tratado en otros artículos.

En este post quiero centrarme en la selección de las élites que se encuentran en un segundo nivel y que tienen un papel esencial en el correcto funcionamiento de las modernas democracias. Incluyo aquí desde el gobernador del Banco de España, el presidente de la Comisión Nacional de la Competencia y de los Mercados (vaya nombrecito) o el Presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores; por poner tres ejemplos. De cada uno de ellos depende -casi tanto como de los miembros del Gobierno- la salud de nuestro sistema. Si falla el Banco de España en su misión de supervisar el sistema financiero, ya sabemos que las consecuencias para todos nosotros son desastrosas. Lo mismo ocurre si no funciona la supervisión que debe ejercer la Comisión Nacional del Mercado de Valores (ahí tenemos a Bankia o a Pescanova). Si la Comisión de la Competencia no cumple con su misión veremos, por ejemplo, como las gasolineras o cualquier otro grupo de empresas acuerdan subir los precios simultáneamente y no bajarlos nunca.

¿Qué requisitos deben reunir los dirigentes de estos organismos? Para empezar deberían tener la máxima capacidad y conocimiento sobre el sector de actividad en el que van a influir. Además, deberían ser independientes, en el sentido de ser capaces de tomar sus decisiones sin que les influyan los intereses de los políticos o de los grupos de presión. Puedo admitir que los puestos que he mencionado tengan una cierta sintonía con el Gobierno de turno, en cuanto que la ejecución de la política económica de este depende en buena medida de quién dirija esos organismos. Pero una cosa es eso y otra que sea un títere en manos del Gobierno.

¿Hay alguna garantía de que cargos tan esenciales sean designados atendiendo a criterios de mérito? Sencillamente no. El modelo que sigue la legislación española en todos esos casos es similar. Para garantizar que se eligen personas capaces, la ley se limita a exigir, de forma ritual y sin mucha convicción, que sean profesionales de reconocido prestigio; pero ni define qué entiende por esa expresión vacía ni, por supuesto, liga ninguna consecuencia a su incumplimiento. Palabras huecas. Además, en algunos casos, exige un tiempo mínimo de ejercicio profesional. Tampoco este requisito sirve de mucho: se puede llevar mucho tiempo haciendo una cosa y seguir siendo un tarugo.

Como garantía de independencia de quienes ocupan tales cargos, la ley española suele acudir a fórmulas como fijar un tiempo fijo de mandato, superior a los 4 años parlamentarios, durante el cual son inamovibles. Nuestro ingenuo legislador consideró que esa era garantía suficiente de autonomía.

En definitiva, al final lo único que parece que está garantizado es que los nombrados tengan una estrecha afinidad con quien les nombra. Sus nombramientos dependen de decisiones políticas del Gobierno de turno o del Ministro del ramo. Por tanto, sólo la integridad del Gobierno puede garantizar que las élites sean elegidas por sus valores. Me parece poca garantía.

El gran avance del anterior Gobierno fue el de exigir que los Presidentes de los organismos reguladores, después de ser propuestos por el Gobierno, pasaran un examen ante el Congreso de los Diputados. Este requisito, copiado del hearing de los países anglosajones, es una pura formalidad que simplemente hace pasar un mal rato (corto) a los candidatos, antes de su nombramiento. Es una medida cosmética, que no funciona como filtro para evitar que los ineptos ocupen cargos relevantes.

En la práctica, el nombramiento para este tipo de cargos habitualmente depende de la habilidad que se tenga para el agasajamiento de los cargos políticos (como promesa implícita de futura sumisión). Por desgracia, no suele tener que ver con un concurso de méritos y capacidades profesionales.

Puestos a inspirarnos en modelos ajenos, podíamos imitar el modelo británico para el nombramiento, por ejemplo, del Gobernador de su Banco Central. En la última renovación, el cargo se sometió a público concurso abierto a todo el mundo y, previa valoración de los currículos por una comisión de expertos, se adjudicó, nada menos, que a un canadiense.

Me pregunto si no podría ensayarse un modelo en el que estuvieran mucho más presentes los criterios de mérito y mucho menos los de proximidad política. ¿Por qué para cada legislatura no se constituye una especie de Consejo de Sabios, gentes jubiladas que lo hayan demostrado todo en sus vidas y que ya tengan poco apego a las vanidades del poder? Economistas, juristas, matemáticos, físicos, empresarios y jueces elegidos por sorteo entre una larga lista de los más meritorios.

Ese Consejo, para cada nombramiento que hubiera de hacerse en la legislatura, abriría un concurso público al que se pudiera presentar cualquier persona que acreditara, con su currículum, unos requisitos mínimos. En el concurso se definiría claramente el perfil ideal de los candidatos y las funciones que deberían desempeñar. De esos candidatos, previa valoración de sus méritos, el Consejo haría una propuesta al Gobierno de una terna de candidatos para el nombramiento en cuestión. Valorando méritos, capacidades, altura de miras,…, independencia. Esto no evita que, de esa terna de personas altamente cualificadas, el Gobierno elija el más afín. Sí, pero entre los más capaces.

Entre el sofisticado sistema que propongo y la nadería del nuestro hay un amplio abanico de posibilidades. Cualquier avance en la selección de dirigentes por sus méritos será bienvenido. En la situación actual, lo que no es una opción es quedarse quieto.

Si no buscamos formas nuevas de selección, nos encontraremos con nuestras élites aburridas y arrinconadas. Olvidadas en una espera inútil, preguntándose ¿y yo para qué me he formado? Y mientras el país hecho unos zorros.

13 comentarios

13 Respuestas a “¿DÓNDE ESTÁN NUESTRAS ÉLITES?”

  1. Susana Pacheco dice:

    Aunque lo que sigue no responde al Cómo elegir a nuestros dirigentes, quiero compartir con vosotros algo que me suscito tu artículo Isaac, artículo que como en otros, agradezco y disgruto de la claridad y sencillez del discurso a pesar de lo complejo y a veces farragoso tema cual sea “la política”. Por ello gracias y a continuación algunas reflexiones

    Isaac planteas que pueda ser que nuestras elites se aburran… verdaderamente es un despilfarro, como lo es la cantidad de jóvenes que están saliendo de España y van a dar lo mejor de sí a otros países. Verdaderamente apuntas a algo muy fundamental cual es deslindar la “elite” derivada de la “familiaridad” de la elite derivada de su “capacidad” o “cualidad” o “competencia”,o “cultura”, y en fin una serie de cualidades que podrían situar a algunos individuos entre “los mejores”.

    Hasta ahora y aún hoy, ya se sabe que “lo que más funcionan son “las formas” (incluso el abuso en lo políticamente correcto). El cambio arriba apuntado cuestionaría la forma, la familiaridad, o grupo de pertenencia y ahondaría en la capacidad y cualidad del personaje. No importa cual fuera su origen, si su recorrido.

    Y se me ocurre también que frente al abuso de las formas… (“políticamente correctas”) habría que osar ser más sinceros en nuestros estados, en este sentido más verdaderos quebrando esa forma “correcta”. Rescatando un proceder más sincero desvelando nuestros estados abririamos nuevos registros sensoafectivos más poliédricos y en definitiva al romper la monótona coraza del discurso formal patriarcal que pretende mantener el poder descubririamos nuevos pulsos, ritmos que quizás nos acerquen más a nuestro ser. No es extraño que nuestras élites se aburran en un modelo unidireccional repetitivo por inamovible y carente de desvitalizado, unidireccional, previsible. La población también se aburre y soberanamente.
    Y se me ocurre también que los viejos de ambos sexos podrían aportar esa visión más poliédrica, se supone que “el viejo sabio” es un estadio del desarrollo por el que el sujeto ha aprendido a mirar desde otro punto de vista, el tercer ojo, la visión interior, etc. etc. ¿tendría que ver con el advenimiento de la diosa…¡ahí y fuera poder¡ ni se posee la tierra ni se poseen los hijos. ¡Qué propuesta¡

    Y se me ocurre también que ni las elites ni el resto que componen la amplísima gama de los humanos habríamos de esperar a que nos ubiquen en un lugar formalizado, cada uno habría de habitar su propio espacio, el que ocupa por sí mismo, y si deseamos crecer como humanidad arrostrar también el esfuerzo de mantener un entramado grupal en función de objetivos compartidos, lejos de la estructuración formal y las leyes escritas. Este blog es un ejemplo vivo de ello.

  2. Inés dice:

    He leído atentamente su comentario y me gustaría contestarle desde mi visión a varias de sus reflexiones:

    La primera de todas sus afirmaciones reconozco que la desconocía. Mas bien evidenciamos lo contrario; que nuestro País tiene muy claro a quien selecciona como cabeza de sus órganos responsables de poder, el “Gran Poder”. Esos que cita a continuación.
    Coincido plenamente con usted en cuanto a la preparación de los candidatos pero la independencia me temo que no es posible.
    No hablo de independencia con respecto a los partidos de turno sino de su independencia con respecto a un ente que les sobrepasa a ambos, políticos y su bien llamada “Elite”, la que dirige los destinos de millones de personas.

    Aunque hoy la mayoría cree que todo puede comprarse y por eso la independencia y la libertad están cada vez más caras ( como las leyes del mercado), imagino que como usted, también creo en la honestidad, el trabajo y la entrega de muchos equipos y personas válidas para llevar adelante un país, para restaurar la confianza de sus habitantes- ¿mucho antes que la de los mercados, no? porque igual pronto los mercados no tendrán a quien vender, igual ya está empezando a pasarles, igual eso ahora no lo miramos, porque las primas…, enfín.

    Por lo que no comparto la lógica de su planteamiento y por lo que decido escribirle es por dos cosas que considero fundamentales:
    1.- Por su selección del “consejo de sabios” que no comparto. Le faltan tres cuartas partes de nuestra representación cerebral. Ese equipo no sería funcional
    (en mi humilde opinión)
    2.- Una afirmación que yo si encuentro repetida hasta la saciedad cuando los españoles hablan de España y es la manía que nos rebota como una pelota, de tirarnos piedras a nuestro propio tejado, de copiar modelos de otros sin pararnos a pensar si son mucho peores que los nuestros, no se adaptan a nuestra forma de sentir ni de vivir, los tomamos cuando ya han fracasado en otros paises, nos creemos lo que nos dicen porque en todos los sitios las cosas se hacen siempre mejor que aquí, ¿será posible que no creamos en nosotros mismos como sociedad?

    Creo que es este el principal problema al que nos enfrentamos: que la verdadera élite quizás debiera ser un equipo de gente para la cual todavía no existe un puesto, porque la integración de su conocimiento y el desempeño de su trabajo no se adaptaría a trabajos monoespecializados, que de tan focales, pierden el 90 % de la visión en conjunto, la que nos hace posible percibir los ángulos, la profundidad, los bordes y por tanto integra correctamente nuestro mirar.

  3. Mónica m dice:

    Buenas noches, a mi modo de ver, creo que se trata simplemente de un problema de una absoluta y total falta de ética y rectitud moral humana en esas clases o categorías de personas que desde un cierto puesto social y político de mando han de influir en nuestros destinos, en la destinos del común de la población.
    Se ha perdido la visión del “dirigente” que de alguna forma dirije o al menos influye en el destino de las civilizaciones o de los pueblos como de persona al servicio de la sociedad (“servant”). Y es que para servir además de estar muy cualificados, sobretodo hay que tener una auténtica vocación y capacidad de sacrificio propio en aras del bien común. Y esto es lo que falta.
    Es, en definitiva, esto la esencia de un verdadero líder.
    No dudo de la preparación en la mayor parte de los casos de los nombrados, pero de lo que siempre dudo es de su honestidad y capacidad de auténtico servicio por encima del provecho económico y social propio. Que es lo que les hace por lo general regirse no por el bien común, síno por cualesquiera otros intereses.
    Y es que para dirigir además de valer (estar preparado), sobretodo hay que hacer un profundo ejercicio previo de humildad para analizar todo lo que ello implica y sí se está dispuesto a sacrificarse en lo personal por ese bien común.
    Sin ética, el mejor cualificado podría cometer atrocidades…, con auténtica ética y humildad, además de con cierta preparación se puede hacer pero que mucho. Pues como decía mi abuela que no hay muy listos ni muy tontos en está vida, pues con cierta preparación las diferencias de inteligencia entre dos personas cualesquiera son mínimas, y lo que distingue realmente a las personas es la voluntad y ahinco para tratar de hacer las cosas humanamente bien. Porque después de eso cualquier error humano realizado sin mala intención podría ser humanamente disculpable y seguramente con menos consecuencias que las derivadas de conductas dolosas y a sabiendas poco éticas…

  4. pepe111 dice:

    Al final la única garantía de una buena elección son los electores. Pero a falta de éstos, bien porque literalmente no existen o bien porque, aún existiendo tienen cegada la oportinidad de elección, bueno será disponer de algún buen mecanismo de elección.

    Yo propongo uno que sea mezcolanza de las tres manera puras de elegir: la elección desde arriba (cooptación), la elección desde abajo (representación) y la elección a la manera confuciana (la que resulte del cumplimiento de los requisitos establecidos en la carrera profesional).

    La intención de mi propuesta es que la conjunción de los tres métodos en uno evite las corrupciones de cada uno de ellos por separado

  5. Ijacae dice:

    Existe una posibilidad que no está contemplada en los sistemas actuales, partiendo de la base de formar a los ciudadanos en lo que habéis ido diciendo en los anteriores artículos y en responsabilidad, el elegir a los que se considera mejores para desarrollar esa labor pero sin que hayan postulado para ello de forma que no hay un candidato que se presente, es el “pueblo” el que elige a los que considera más capaces, sin anuncios ni partidos, se eligen a los que se consideran capaces dentro de la sociedad.

    1. Alicia Bermúdez dice:

      Pero para eso habría que contar con una estructura mínima que diera acceso a conocer a esos posibles mejores.
      Lo que tú propones podría servir para elegir en ámbitos pequeños y los cargos más inmediatos y cercanos a la ciudadanía. A partir de ahí habrían de ser los que alcanzasen tales cargos los que eligieran los cargos siguientes, cada vez más altos, y así en una especie de cadena hasta llegar al presidente del gobierno.
      Pero incluso para elegir al más cercano nos encontraríamos con el problema eterno de qué criterio a la hora de elegir sería el idóneo; todos somos capaces de enjuiciar qué no está bien hecho, o en qué o por qué algo (un país) no está funcionando bien y, sin embargo, puestos a hacer indicaciones de cómo sí hacer parece perderse esa objetividad (que en realidad no existe, porque nadie somos objetivo y a lo más que alcanzamos es a ser comprensivo o transigente) de la que suele decirse que es virtud muy necesaria para proceder con rectitud, y cada cual se deja llevar por qué entiende que va a convenir más a sus circunstancias personales. No tienes más que ver cómo cada colectivo, o cada sector de la sociedad, se pone de uñas cuando los recortes (que tan razonables se ven cuando afectan a otros) le afectan a él.
      Otro inconveniente en lo que tu planteas es que aquel al que se eligiese no quisiera el cargo en cuestión. Entonces, ¿habría que empezar de nuevo?
      La única solución para arreglar cualquier país, y por extensión el mundo entero, es que cada persona sea absolutamente honesta.
      Pero estamos en las mismas. Cada uno tenemos una idea de qué es honestidad.

  6. pepe111 dice:

    Otra forma de elección podría ser la que en algún momento se utilizó en Atenas: la elección por simple sorteo

  7. Eloísa López dice:

    Me interesa mucho saber qué haríamos cada uno de nosotros si estuviéramos en un puesto de relevancia gubernamental que nos quedara manifiestamente grande. ¿Lo admitiríamos? ¿Pero lo admitiríamos privadamente para seguir dando el coñazo y dificultando el progreso o lo admitiríamos públicamente y nos iríamos a currar en algo para lo que estuviéramos preparados? ¿Y si nos daba por pensar que, aun con una brecha de conocimientos y habilidades insalvable en el corto y medio plazo (y habría que ver en el largo), el hecho de estudiar y rodearnos de personas más preparadas salvaría la situación?

    No hace mucho escuché respecto a una política que me toca cerca que “todo el mundo merece una oportunidad”. Y pensé: ¡Coño, claro, pero para trabajar en algo que no tenga transcendencia en el día a día de millones de ciudadanos! Yo merezco una oportunidad si me da por aprender chino o bailar claqué o poner una pollería (y no sé tanto lo de la pollería con las escasas habilidades en el uso del cuchillo que poseo), pero anda que si me entra el subidón de dirigir alguno de los máximos órganos de gobierno del país y pienso: bueno, lo que no sepa lo voy aprendiendo sobre la marcha…

    Imaginemos que probando nuestras habilidades como polleros nos hacemos un buen corte en una mano y llegamos al hospital de turno a que nos cosan y nos dicen: tenemos aquí a este muchacho que ha estudiado Derecho y que no ha cosido ni un botón en su vida, pero que tiene mucho interés en aprender y se rodea de estupendos asesores, y como tiene muchas ganas pues le va a coser a usted su brecha. ¡Un sin dios!

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