Hay un día en la infancia en el que algún desalmado nos pregunta que a quién queremos más, si a nuestro papá o a nuestra mamá. Yo recuerdo ese día con desasosiego, probablemente, porque nunca pensé que tuviera que elegir. Pues por lo visto sí. Aquella señora mayor necesitaba una pronta respuesta y yo debía mostrarme segura, no fuera a pensar que no quería a mis padres. Elegir a ambos no parecía una opción, dado que me estaba preguntando claramente por uno o por otro. Así que elegí… No diré a quién porque no quiero crear rencillas entre mis padres cuando lean esto.

Y una vez decidido a cuál de nuestros progenitores preferimos, con todo el sentimiento de culpa que eso conlleva, pasamos a jerarquizar todo lo demás. Necesitamos definir quién es nuestra mejor amiga, incluso nuestra segunda mejor amiga, nuestra prima favorita, nuestra tía favorita y nuestro abuelo favorito. Y ya, exhaustos tras tanta clasificación, acabamos eligiendo a nuestro oso de peluche favorito. Que no quede NADA sin etiquetar.

En una época de vulnerabilidad absoluta como es la infancia, es lógico que necesitemos sentir que nuestros afectos están bien atados porque eso nos proporciona seguridad.

Pero un momento, ¿acaso no es esto mismo lo que hacemos los adultos?

Nos pasamos la vida catalogando nuestros afectos, dejamos muy claro que lo primero es nuestra familia, luego nuestros amigos, y después algún que otro conocido, que simboliza a nuestros peluches de la infancia.

Al elegir entre nuestra familia y el resto del mundo convertimos al resto del mundo en exactamente eso: un resto; un vano accesorio para cubrir el tiempo que nos sobra.

Nos han contado que si no dejamos claro a quién queremos más es porque no les queremos tanto. Tienes que organizar psicológicamente tus apegos para acordarte (o convencerte) de que tales apegos existen. Por alguna razón, muchas familias no son capaces de compaginar una actitud de cariño y protección a su familia con cariño y protección a los que no pertenecen a ella. Vamos, lo que el diccionario llama “clan”. Como si alguien nos hubiera preguntado que a quién queremos más y nos viéramos obligados a elegir. Pero no elaborar jerarquías afectivas no significa que no queramos a la gente, lo que significa es que tenemos amor para más gente, y no solo para ese reducto de casta.

Y con esto no estoy insinuando que yo quiera por igual a cada habitante de este planeta que a mi madre, sino que sería deseable ampliar mi capacidad de amar, cuidar y proteger a los demás más allá de mis lazos sanguíneos.

Dicen que la solidaridad no consiste en donar lo que te sobra, y esto es trasladable al afecto; no se trata de proteger a los demás cuando a tu familia no le falta de nada, se trata de poner en práctica una actitud simultánea.

Insisto, yo tampoco sé cómo hacerlo.

Pero esto no acaba aquí. Una vez que ya tenemos claro a quién queremos más de nuestro entorno, pasamos al terreno ideológico en el que también nos sentimos forzados a posicionarnos. ¿Por qué? (Buena pregunta, Bárbara) Pues porque tenemos incrustada en el cerebro esa inapelable fidelidad a nuestro clan, y si no la ejercemos se nos podría acusar de tibieza.

¿A quién quieres más, a Corea del Norte o a Corea del Sur? ¿A Maduro o a Capriles? ¿A Rajoy o a Rubalcaba?¿A los católicos o a los islamistas? ¿A Hitler o a Stalin? … ¿DE VERDAD TENGO QUE ELEGIR? ¿POR QUÉ?

¿Y si no elijo se abrirá una grieta bajo mis pies y me precipitaré al vacío?

Que solo falta una señora mayor que nos pregunte: “¿Quién prefieres que te reprima, la Policía Local o los Mossos d’Esquadra?” Y para demostrar que no dudamos ante nada, alguno será capaz de contestar: “A la Policía local, que por lo menos son de mi tierra”. Que viene a ser un: “Pues a mi papá, que por lo menos me deja atiborrarme de patatas fritas antes de cenar”.

¿Qué tenemos, cinco años?

Os diré una cosa que quizá no sepáis: no es obligatorio elegir siempre. A veces, entre dos opciones, puedes decidir no elegir ninguna de las dos. A veces, incluso puedes elegir ambas. A veces puedes permitirte tener dudas, y dejemos claro que hay multitud de ocasiones en las que no posicionarse no es un signo de debilidad, sino de humildad. Porque pretender que conocemos tanto el terreno como para no dudar de nada es bastante estúpido, y sobre todo, aburridísimo.

Así que, querida señora mayor, no sabe usted la que ha liado.

5 comentarios

5 Respuestas a “¿A QUIÉN QUIERES MÁS?”

  1. Alicia Bermúdez dice:

    Todos somos tiranos, todos de todos y para todos; tiranos de los que amamos y tiranos de quienes nos aman. Y, que resulta curioso, también somos todos al mismo tiempo esclavos. Arrancar de sobre nuestro cuerpo (sentido figurado) las garras que nos inmovilizan, liberar los cuerpos de los otros de las garras con las que aun bajo pretextos de amor, o de altruismo, o de generosidad o de bondad, cercenamos su libertad y su derecho a los propios errores que — y ahí surge el egoísmo inevitable, o el miedo a sufrir — van a dolernos.
    ¿Qué elegir?
    ¿Liberarse o liberar?
    ¿Cómo elegir y en nombre de qué prioridades?
    Vivimos sin guión, sin ensayar; no nos lanzamos al mundo cada día con una lista, como cuando vamos al supermercado, de qué sí hacer y de que no hacer, ni de qué sentir ni cómo reaccionar ante los imprevistos — que, por otra parte, consideramos, basándonos en eso que llamamos experiencia y qué hemos “aprendido” del ayer y “la experiencia”— que depara el instante único que no aguarda a la objetividad ni nos da tregua.
    Y hay que elegir, aun teniendo que sufrir el desgarro de por qué tengo que hacerlo.
    De los propios sentimientos somos esclavos. Ellos son nuestros más implacables tiranos.

  2. Alicia Bermúdez dice:

    Me he comido una palabra, quería escribir “que, por otra parte, consideramos, basándonos en eso que llamamos experiencia y qué hemos “aprendido” del ayer y “la experiencia”, previsibles.
    Y, añado, tal vez porque – como vengo de leer en http://www.aventurapensamiento.com/parrafo-6-27/- “La mente compone con constancia imágenes rotas y rellena las secuencias perdidas, reinventando la realidad con tinieblas venidas de todas partes.”.

  3. Eloísa López dice:

    Al leerlo me vuelve una pregunta q m venía d pequeña: ¿Y los niños q no tienen papá ni mamá ni abuelos y un tío borracho? ¿Esos para dónde miran en el recreo cuando el resto hace apología de SU familia?

    A veces m parece q la familia es como tener la colección de cromos completa: ¡la tengo, la tengo! ¡Mía! Y quien no la tiene, pues anda por ahí buscando cromos.

    Ahora con más años creo q la familia esa tan MI tiene algo de coraza y trampa para no ver que hay mucha vida más allá de MI familia.

    Cuando te faltaban cromos ibas al Rastro a buscarlos. Eso molaba. Veías mundo.

  4. yo misma. dice:

    Hay veces que, no se tiene familia, es decir, no se tiene a quién querer?, o lo que sería parecido, un@ no se siente querido por nadie, por casi nadie…
    aunque resulta curioso, no tienes familia- tal cual la sociedad dicta, padre, madre etc..pero tienes gente alrededor, gente que está en la misma que tú- en situación parecida a la tuya y…casi parecen tu “familia”, por aquello que compartes, por las horas juntas, por las experiencias vividas que acercan, etc..

    no te dan a elegir, a quién se quiere más…simplemente estás con otras personas de intereses afines y circunstancias de cercanía, y el afecto se dá o no..por lo general se dá!!,
    una familia de obligación, termina reventándose por donde sea, y allí donde no corre el aire , no se respira..(se entiende no?),

    amarrar para no sufrir, doble metedura de pata creo, sino erramos y no nos equivocamos , ¿cómo entonces se aprende?, no hay relaciones sin libertad, lo otro es medio masoca a mi entender…

    y elegir a quién se quiere más, no dice nada en el fondo..a veces es la familia la que le elige a un@, es áquel en su necesidad o interés determinado el que elige al otro, y el otro está o no!!–para esos interese o necesidades; a veces no se tiene familia en ese sentido el tradicional, lo que no implica que no se pueda tener una extensísima familia de allegados en los que se comparte hasta iguales sentimientos, entre ellos el de libertad, por ejemplo..
    que aquí quién escribe, licenciada en nada, o mas bién en la escuela de la vida, ignora si eso de la libertad es un sentimiento o cualquier otra cosa;

    opino que todas las tiranías son malas, aún si se hacen pensando en el beneficio del otro, porque en toda tiranía suele pasar que uno proyecta todo su paisaje de formación biográfica sobre la otra persona, aparte de los miedos, los intereses y proyecciones a futuro con dicha persona..

    a veces hay que fluir con la vida y soltar, soltar..sin miedo a nada,
    aunque esto dé vértigo, uno se encontrará ante situaciones nuevas no resueltas a las que enfrentarse, y con capacidades suficientes, seguro, para hacerlo..porque sino aprendemos cosas nuevas en esta vida–cómo evolucionar?, cómo ser más independientes?, cómo atrevernos a más, aunque se falle..no pasa nada..

    al final, un@ con un@ mismo-estará algo más dichoso o contento y los de alrededor iguaL no tienen más opción que querer mucho, y por un tiempo a esa persona que ha cambiado-evolucionado..etc..

    así que cuando me pregunten a quién quieres más, si a mí o a él (hermano)..yo diré, a quién sea más capaz de “sorprenderme”, con “actitudes e ideas ” “nuevas”. adeu.

  5. María dice:

    A mí (y a mis hermanos) nos lo preguntó un juez cuando tenía seis años, claro, que eso fue hace más de 30 años. Los tiempos cambian.

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