Como la tendencia que se ha instalado es la de pedir al Estado, a la administración y a los poderes públicos, y que no falte, hemos aprendido la lección y hemos ampliado la cuestión a todos los ámbitos posibles de las actividades que realizamos.

El estilo “derechos humanos” ha calado con mucha fuerza en nuestro tejido social y en la manera en que las mentes occidentales organizan su realidad. Y este estilo, que es una exposición de los valores que se conjugan en nuestra sociedad, es también el modo de contemplar el hecho de vivir en una sociedad avanzada. Lo que más destaca es su extensión al terreno más personal de los que formamos parte de ese conjunto. Así, más allá de los derechos civiles, los laborales o las regulaciones administrativas, cada vez van tomando más fuerza aquellos que tienen que ver con lo que entenderíamos como el ámbito de la privacidad del individuo. Por ello, cada vez están más presentes en el debate ciudadano los derechos de género, los de familia e infancia, los de pareja, los del tipo de trato a dar y a recibir, etc.

La irrupción del mundo del derecho en las intimidades simboliza el conflicto entre dos formas de entender al ser humano, pues hasta no hace mucho se contemplaba al individuo como el principal responsable del ámbito de su privacidad mientras que ahora cada vez se le va entendiendo más en su faceta social y colectiva.

Con una perspectiva histórica, parece que romper la opacidad dominante en los espacios privados puede ser una conquista, al exigirse que los valores que rigen en otras facetas más abiertas de la vida, que ya están más instalados y asegurados en el conjunto social, también se abran camino en los entresijos de la vida personal. Hace no mucho escuchaba a una de las “popes” de la Psicología Social afirmar que había llegado el momento en que las formas democráticas, una vez asentadas en nuestra sociedad, llegaran también al ámbito familiar. Y al escucharlo me preguntaba si íbamos a tener que votar todas las noches en casa el menú que nos fuera a corresponder.

Quizá la cuestión más importante no venga dada por la demanda de mayor claridad de los espacios privados, sino en la manera en que esta se vaya produciendo en el desarrollo de un proceso que se puede anticipar como especialmente complicado. Respecto a la claridad en los espacios privados, no cabe duda de que romper la opacidad que los ha dominado hasta ahora es positivo. Pero el cómo hacerlo es lo que se antoja complejo, y creo que hasta peligroso. Las claves van a ser ¿Cómo se está haciendo? y ¿Para qué, con qué fin?

Y es que la preocupación que puede anidar consiste en esa amenaza latente que todo poder ejerce sobre sus ciudadanos. Si nos atenemos a los episodios más dramáticos del siglo pasado, hemos visto sobradamente la enorme facilidad con la que las mentes pueden ser abducidas por ciertos mensajes, y la tendencia de los colectivos a escuchar los planteamientos más maniqueos y llevarlos hasta sus últimas consecuencias. El amplio espectro de recursos que el “marketing social” pone a disposición de los poderes para guiar a las masas hacia los posicionamientos que aquellos consideren oportunos a sus intereses, resulta clave en este fenómeno. Habrá que estar muy atento a que las doctrinas sociales no invadan también estos otros escenarios.

El gran hermano no solo es un juego televisivo, es todo un símbolo del auténtico poder ante el que la mayoría estamos en abierta indefensión, y condenados a una asunción tan cerrada como favorecida por la habitual pasividad que caracteriza a los ciudadanos ante sus poderes.

Los aspectos más delicados de la privacidad casan mal con una observación legisladora, si bien es positivo que aquellos se abran hacia una mirada que la vaya legitimando, siempre mejor alternativa que legislar, aunque solo sea por el hecho de forzar a un interesante ejercicio de reflexión, que permita dar pasos hacia cambios que de otra manera difícilmente se van a producir. Ante ello, que los propios poderes limiten su intromisión a través de leyes como la de Protección de Datos personales, son interesantes ideas que deben generalizarse y estructurarse de forma más adecuada al común uso del ciudadano. También que se extiendan y generalicen maneras no jurídicas utilizando orientadores o consejeros permite “ventilar” áreas de la vida personal, y esto es necesario para ir logrando ciertas modificaciones que se resisten por la potestad cerrada y exclusiva del individuo sobre esos espacios.

Lo jurídico, como brazo ejecutor de la política y sujeto a sus propósitos y objetivos, es un arma fundamental en este escenario entre lo individual y lo social al que estamos actualmente sometidos. Pero en su acción es necesaria la prueba, la evidencia y la constatación, para poder llevar a cabo sus ajustados y cada vez más invasivos procedimientos procesales. Por ello le es más factible actuar en el terreno de las relaciones, pues es donde los actos, conductas y comportamientos adquieren la fuerza de los hechos evidentes y pueden ser juzgados. No nos equivoquemos, esto forma parte de un panorama de mayor envergadura que el mencionado, pues el ámbito de lo privado no solo tiene que ver con las relaciones sociales, familiares, de pareja, paterno o materno-filiales, sino también con el pensamiento, los valores, las prioridades, la manera de contemplar la vida, las expectativas, las formas afectivas, el uso del ocio personal, etc. Y de todo ello ya se ocupan otros profesionales de “lo social”.

Otro tema a debatir sería las consecuencias psicológicas, en el más amplio sentido del término, que tiene entre las personas que componemos estas sociedades, esta sorda pero implacable sensación sutil de estar siendo usurpados de nuestra identidad individual, mediante cada vez más sofisticados mecanismos. Resultaría enormemente interesante hacer una amplia radiografía del hombre moderno que incluyera aspectos aparentemente tan dispares como la alimentación y el pensamiento, la sexualidad y las profesiones o el consumo y la espiritualidad, para analizar lo que nos encontráramos. Seguro que nos llevábamos un gran sorpresa.

La lucha entre la intención, de lo que podríamos denominar genéricamente el Poder, de dominar todas las esferas de la individualidad y la necesidad de un enriquecimiento nutriente de la vida personal está servida, y me temo que al respecto la primera va ganando mucho terreno a la segunda. No hay más que contemplar la fuerza que van adquiriendo movimientos sociales que se apoyan en exceso en formas de pensamiento radicales exentos de una mínima autocrítica, el fanatismo con el que se expresa muy frecuentemente lo catalogado dentro de las ideologías de género, o la manera tan poco caritativa y extremista de actuar de los movimientos cuando ven peligrar alguno de los que consideran sus derechos.

Si no se produce algo tan infrecuente como que el propio Estado se imponga honestamente límites a su ejercicio, podemos ir lentamente cediendo un terreno, que ha sido demasiado privativo, hacia una auténtica invasión de este espacio, y que sin darnos cuenta suceda que el orgasmo sea convierta paradójicamente en un derecho y que la Guardia Civil nos obligue a su cumplimiento instalando cámaras en nuestros dormitorios.

4 comentarios

4 Respuestas a “DERECHO AL ORGASMO”

  1. Eloísa López dice:

    ¡Qué bueno Carlos! Lo peor es que tengo la sensación de que la irresponsabilidad circundante ha llegado a tal punto que muchos estarían satisfechos (al menos en su pensamiento más superficial) si el BOE dictara menús, horario y frecuencia sexual recomendables e incentivados, temas de conversación más valorados, guión correcto para la limpieza del hogar…

    Es como un anuncio de pasta que acabo de ver en el metro: “Compra pasta precocinada y ¡tendrás más tiempo para ver la tele!”. Pues eso: que nos lo regulen todo ¡y tendremos más tiempo para ver la tele!

  2. Carlos Peiró Ripoll dice:

    Efectivamente. Doy por seguro que los legisladores son perfectamente conscientes de que el sentido de las leyes no es la regulación de las actividades, sino el efecto psicológico que producen que no es sino la de legitimar comportamientos.

    Cuando alguien hace algo “legal”, más allá de lo que suponga, internamente cree que hace lo que debe hacer. Y al tratarse del espacio privado e íntimo, es la forma moderna en la que se fragua la docilidad y sometimiento reinantes. Conductismo social en estado puro.

    ¿Y los juristas no dicen nada ante esta forma de perversa de uso de la ley?

    Un cordial saludo

  3. Eloísa López dice:

    ¡Legitimar comportamientos! Gracias porque no tenía esta expresión incorporada y me parece muy necesaria para analizar y desnudar las cosas. Saludos cordiales

  4. Yo misma. dice:

    El artículo es de carrera de fondo…y por tener poco tiempo y ganas de expresar,
    Yo apunto que, sobre estos asuntos ni se legislaría así, ni sería de obligado cumplimiento el “asunto” en cuestión, el orgasmo, mas bien sacarían normativas, por supuesto, multas..por haberse pasado (quién fuera o fuese), una noche ..o dia lujurioso y orgàsmico, y otra multa por haberse pasado en la tabla, los decibelios admitidos..(por los gritos, carantoñas, mimos, ruidos raros, arrumacos etc..)con tal acción ; a esto se le añadiría otra multa si..las sesiones continuan con pareja diferente etc..

    Y cómo no quiero dar mas ideas de cómo seguir exprimiendo al ciudadano, que con el recibo de la luz-la llevamos clara!!–
    Me callo en este mismo momento!!- adeu.

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