Los voluntarios para el estudio eran ocho jueces israelíes, que pasaron días enteros revisando casos en los que tenían que decidir sobre si se aplicaba o no la libertad condicional a diversos individuos. Los casos eran presentados aleatoriamente y los jueces empleaban en cada uno poco tiempo, una media de seis minutos. El tiempo exacto que tardaban en tomar la decisión era registrado, así como el que empleaban los jueces en sus pausas para comer o descansar. También se registró cuanto tiempo había pasado entre el último descanso y el momento de la toma de decisión.

Considerado el total de los casos analizados, la media de peticiones de libertad aceptadas fue del 35%, pero en los instantes inmediatamente posteriores a los intervalos de las comidas el porcentaje de peticiones concedidas llegaba a ser del 65%, dos de cada tres. Por otro lado, justo antes de estos descansos, cuando el grado de fatiga era mayor y el juez estaba hambriento, apenas se concedía ninguna petición: si el juez tenía hambre la probabilidad de que el solicitante se quedase en prisión se multiplicaba.

La conclusión de este estudio, aparecido en “Proceedings of the National Academy of Sciences” y citado por el Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman en su libro “Pensar rápido, pensar despacio”, evidentemente asusta. De hecho, asusta tanto que los autores del estudio intentaron cuidadosamente buscar muchas otras explicaciones alternativas a la conclusión que salta a la mente de cualquiera al que se informe de los resultados del experimento: los jueces, en los momentos en que estaban más fatigados y hambrientos tendían a tomar la decisión más fácil y común, en este caso la de denegar la libertad condicional, sin examinar profunda y objetivamente todos los ángulos del problema.

Así, aunque no nos guste, la conclusión del estudio es que somos perezosos, y  cuando estamos cansados o sentimos la presión preferimos ir a lo fácil, probablemente sin analizar las cosas como es debido. Las decisiones de calado, las importantes, salvo peligro de muerte, no deberíamos tomarlas hambrientos, cansados, estresados o presionados, porque en nuestra naturaleza está tomar el camino fácil, que no siempre es el mejor camino.

Por eso, visto el ejemplo anterior, en un entorno de crisis, como el que estamos viviendo, me temo que los encargados de tomar las decisiones importantes están sometidos a un grado de presión, y posiblemente a un grado de fatiga, que no les ayuda nada a pensar sosegadamente las cosas y tomar las decisiones correctas. Sobre todo si además de su trabajo gestionando un país, una comunidad autónoma o un ayuntamiento tienen que ocuparse de innumerables actos del partido, de peleas internas y de declarar periódicamente en algún juzgado, como es el caso de muchos de los que nos gobiernan.

Aunque ahora hay abundantes casos para ilustrar esta situación, se me viene a la mente como ejemplo claro de decisión de gran calado, y difícilmente reversible si acaba siendo una pifia, el de la privatización del Sistema de Salud en la Comunidad de Madrid, una privatización que se está haciendo a marchas forzadas, en un clima de estrés y con unas prisas difícilmente justificables.

En el momento de escribir estas líneas, el procedimiento ha sido paralizado por un juez, pero hace unos meses, una semana antes de aprobarse en la Asamblea de la Comunidad la ley por la que se permitía de facto la privatización de muchos servicios sanitarios y la cesión a manos privadas de la gestión de hospitales y centros de salud, se preguntó al Presidente de la Comunidad de Madrid por los beneficios tangibles y cuantificables que esperaban obtenerse del proceso privatizador. Con toda la comunidad médica puesta en pie (desde los médicos hasta los celadores) y con la mayor parte de la población muy preocupada con el tema, el Presidente de la Comunidad no fue capaz de decir cuánto dinero se iba a ahorrar ni qué otros beneficios podía tener la privatización de este servicio en concreto, y solo después, al comprobar que su jefe no tenía respuesta, salió a echarle un capote el Consejero a cargo del plan, diciendo que los madrileños se ahorrarían doscientos millones de euros al año, lo mismo que costó la Caja Mágica, un ahorro que, por otra parte, tampoco explicó como se iba a conseguir.

Lo que quedó claro de su intervención es que no había ningún estudio serio detrás, ningún informe técnico que razonase la decisión que se estaba tomando; se pidió a la ciudadanía que se creyera que el nuevo sistema iba a ser más eficiente que el actual como si fuera un dogma de fe, y cuando se trata de algo tan serio como la Sanidad Pública, desde mi punto de vista una de las conquistas de las que nuestra sociedad puede estar orgullosa, me parece muy aventurado hacer las cosas con la precipitación con la que se están haciendo. Es evidente que, con los datos de la natalidad en nuestro país y la evolución de la pirámide demográfica, hay que revisar el Sistema Sanitario, pero no así: no precipitadamente, sin estudios, con prisas… sin pensar ni mirar a los lados. Los experimentos hay que hacerlos con gaseosa.

Porque es cierto que estamos en un momento en que hay que tomar decisiones y realizar ciertas reformas estructurales que nos permitan salir de la crisis, y es cierto que a veces no tomar una decisión o postergarla es la peor decisión. Pero también es cierto que no todo es igual de urgente, y que ciertas cosas, las importantes, hay que meditarlas mucho, porque a lo mejor la marcha atrás es difícil (o ruinosa).

Decía Savielly Tartakower, gran maestro de ajedrez, que “La táctica consiste en saber qué hacer cuando hay algo que hacer. La estrategia consiste en saber qué hacer cuando no hay nada que hacer”.  La táctica está para reaccionar al entorno, la estrategia para definir lo que somos. Por eso los tiempos de crisis como los que nos está tocando vivir son para las decisiones tácticas; para salvar el trasero. Las decisiones estratégicas, las que definen el modelo de sociedad, lo que queremos ser, las deberíamos tomar con el sosiego y la reflexión necesarios, aunque sea en medio de la tempestad, tratando de que la fatiga o el hambre no nos obliguen a tomar decisiones precipitadas.

4 comentarios

4 Respuestas a “DECISIONES BAJO PRESIÓN”

  1. Me temo que, cuando las cosas van bien, nadie se preocupa lo suficiente por “definir quiénes somos”. En la evolución biológica, los grandes cambios se producen en época de crisis. En la historia humana, también.

  2. Santiago Alarcó dice:

    Estimado Raúl,
    muy claro y bien escrito, gracias.
    A miuchos nos preocupa el modelo de sociedad hacia el que vamos, aquí estamos en el campo de la estrategia. Para tener una estrategia hay que tener un fin. Y de esto carecemos; o mejor dicho, a lo mejor en el terreno de la salud y sus cuidados, el fin del ciudadano corriente no coincide con el fin de sus representantes momentáneos.
    Perdón por ser tan simplista, pero yo no puedo sino verlo así, “por sus actos los conocereis”.
    También entiendo que estamos en una crisis, pero como tu muy bien remarcas, estamos hablando del futuro, nuestro y de próximas generaciones.
    En mi opinión, salud y educación deben tener alternativas públicas y excelentes. Prioridad máxima. Probablemente hay mejores modos de ahorrarse esa cantidad.
    Un saludo, y de nuevo, gracias, me imagino la cara de pasmo de nuestro representante a la hora de explicar el porqué de su decisión.
    Santiago

  3. Manu Oquendo dice:

    Puestos a experimentar con nuestras capacidades llamadas “superiores” hay muchos ejemplos de que, el día que fuimos creados, el Altísimo debía estar esperando a que le sirvieran la comida y el camarero iba retrasado. Muy retrasado.

    Dos ejemplos rápidos.

    1. Memoria sensorial:
    Al los 18 segundos de recibir una serie de números o letras ninguno de los sujetos es capaz de recordar con el 100% de precisión y fiabilidad los datos que se le han ido dictando para, posteriormente y cuando se le pida, registrarlos. Sólo se recuerdan y pasan a la memoria permanente aquellos eventos que han dejado huella neuronal (Traumas, emociones fuertes o esfuerzo consciente de aprendizaje). De no ser así, en 18 segundos la pérdida de precisión es del 100%

    2. Juicio Moral:
    Tendemos mayoritariamente a aceptar –llegando a cambiar de opinión– lo que hace o dice la mayoría del grupo aunque sepamos con certeza que está equivocado, es injusto o es indecente. Nos “plegamos” para no llamar la atención.

    Somos así pero estas cosas no se nos explican en el proceso educativo y sólo las saben algunos especialistas.

    El caso es que gran parte del proceso político y legislativo, –el ejercicio del Poder social– sí que las tiene muy en cuenta.

    Por otra parte el autor cita el proceso privatizador de algunos Servicios de Salud. Un asunto controvertido a pesar de que servicios públicos privatizados hay muchísimos. Probablemente porque afecta a la vida de muchos profesionales vocacionales comenzando por los médicos. Una profesión que respetamos y necesitamos.

    Ayer, mismamente, tuve que llevar a una persona a hacerse unas pruebas a un centro de Salud en Galapagar y unos días antes a la misma persona a un centro privado de Torre.

    En ambos caso la cola comenzaba a las 8 am y era de similar tamaño. Entré en el centro de Galapagar a los 40 minutos buscar a la persona en cuestión y pude comprobar que el número de, recogedores de muestras y extractores de sangre era seis veces mayor al del que operaba en Torre. Ni de lejos había más del doble de público.

    Qué duda cabe de que el sistema público no funciona con criterios de mínimo empleo, que sus gestores tienen dependencias políticas y que sus empleados tienen un estatuto laboral mejor que el privado. ¿Por qué nadie sugiere igualar ambos estatutos y vemos qué sucede?

    Pero lo mismo podemos decir de los servicios de Limpieza.
    Un pedazo negocio para compañías del IBEX y que se nutre de esa Tasa de Recogida de Basuras que nos han clavado a traición al mismo tiempo que nos triplicaban el IBI.

    ¿En qué hemos notado la gestión privada en la recogida de basuras?

    En esto.

    Se ha encarecido brutalmente, es de peor calidad, ofrece un empleo tercer-mundista y todas las subcontratistas van en moto y con unas cotizaciones inauditas.

    Otra burbuja a costa de impuestos indecentes e insostenibles. Como el timo de las Renovables.

    A ver si alguien puede encontrar un ejemplo de que la gestión privada de un servicio público le haya supuesto un ahorro de impuestos, tasas o costes.

    Me temo que hay mucho cuento chinocon la gestión privada de lo público y los negocios de la China a que esto da lugar.

    Saludos

  4. Victoria dice:

    ¡¡ Magnifico, Raúl !!
    ¡¡¡ Lo voy a reenviar a unos cuantos !!!

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