El estado del bienestar y la globalización

Aunque tiene sus antecedentes en el siglo XIX, el periodo de máximo desarrollo del estado del bienestar, sobre todo en Europa occidental, tuvo lugar en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Entre otros motivos, porque parecía que la alternativa europea, el bienestar dentro de una economía capitalista, funcionaba notablemente mejor que la opción de los distintos países comunistas.

En la década de 1970, tras la crisis del petróleo, se aplicaron los primeros recortes al tiempo que se fortalecía una corriente de pensamiento económico que ha dado en mal llamarse neoliberalismo y que tiene poco que ver con los principios fundamentales del liberalismo clásico; ya que prima la libertad económica por encima de cualquier otra libertad civil, como es la de pensamiento, de culto, de expresión o de movimiento y estas libertades son difícilmente ejercibles en situaciones de desigualdad social extrema. Poco puede hablarse de libertad cuando se permite la libre circulación de las mercancías y capitales y se impide la de las personas.

Finalmente, tras el crac financiero de 2008 y las políticas de austeridad con las que se intentaron paliar sus efectos, se ha reabierto un debate en el que se discute no solo si el estado de bienestar es sostenible sino incluso si es deseable en un mundo globalizado y digital.

El Estado puede intervenir en la economía de múltiples maneras: fijando aranceles a las importaciones, limitando los precios, promulgando leyes sobre las relaciones laborales, introduciendo normativas y estableciendo impuestos… Las tendencias neoliberales, defensoras a ultranza de la libertad de mercado, pretenden que estas intervenciones sean mínimas y esto incluye al papel estatal como garante de un mínimo básico de seguridad, ingresos y oportunidades para todos los ciudadanos a lo largo de su vida. La teoría no intervencionista es que el propio crecimiento lleva emparejado una disminución de la pobreza y si el proteccionismo del estado limita el crecimiento no está reduciendo la pobreza sino aumentándola.

Sea cual sea el modelo político de un país, el bienestar material de sus ciudadanos está ligado a su prosperidad económica. Donde hay más para repartir parece más probable que el reparto llegue a todos, aunque sea desigual. La pobreza de China ha disminuido notablemente en las últimas décadas, pero esto no significa que todos sus ciudadanos tengan garantizadas la sanidad, la educación, el desempleo y la jubilación; de hecho, su protección social es más similar a la de EEUU que a la europea.

Hay muchos modelos o tipos de estado de bienestar, casi tantos como gobiernos. El que en la actualidad parece que ofrece más seguridades a sus ciudadanos es el que disfrutamos en los países más desarrollados de la Unión Europea y, en particular, en los países nórdicos, en los que los impuestos son elevados pero la calidad de los servicios también lo es.

Pero este modelo se está deteriorando, el coste es cada vez mayor y la calidad se resiente. Tal y como está planteado en este momento, el estado del bienestar requiere del crecimiento económico para sostenerse, requiere de un flujo constante y progresivo de ingresos a través de los impuestos. Y esto parece difícil de sostener en el modelo europeo donde los impuestos ya son muy elevados y la población está envejeciendo.

Cuando las prestaciones sociales corren a cargo de los presupuestos generales del Estado suele olvidarse que estas prestaciones no son gratuitas y tienden a considerarse como un derecho que debe recibirse, se contribuya o no por él. No se tiene la consciencia de estar pagando por ellas igual que se tiene cuando se paga por un seguro de accidentes o un plan de pensiones, cuya cobertura siempre está en función de la cuota contratada.

Es más, una vez otorgada una prestación, que se considera un derecho, resulta muy difícil eliminarla o reducirla; ya que hacerlo supondría un enorme castigo electoral. Así que, con fines electoralistas, para mantener el estado del bienestar se incrementa la deuda, postergando el problema, incrementado, para los siguientes gobiernos.

Para superar la situación de deuda en la que se encuentran los Estados deberían reducir el gasto y aumentar los ingresos, de forma que haya un superávit que permita ir satisfaciendo poco a poco lo que se debe. Pero esto supondría limitar las prestaciones, y también el tamaño de la administración que las gestiona, o subir los impuestos, o ambas cosas a la vez, y este tipo de decisiones no suelen tomarse salvo que vengan impuestas por las circunstancias.

En cualquier caso, actualmente el estado del bienestar es una responsabilidad nacional que casa mal con la globalización. Cuando se impone la ley del mercado sobre cualquier otra, el estado del bienestar no es una ventaja competitiva, sino más bien lo contrario. Las empresas siempre preferirán aquellos países con legislaciones laborales más flexibles, salarios más bajos, menos impuestos y menos limitaciones, medioambientales o de otro tipo, a sus actividades.

Cierto es que las empresas buscan algo más que una legislación más laxa para establecerse en un país; también valoran sus infraestructuras y la disponibilidad de personal cualificado, además de ciertas garantías legales frente a la corrupción de sus gobernantes o sus políticas populistas (confiscación de propiedades, nacionalización de empresas extranjeras, impagos…). Pero también es cierto que a medida que se van extendiendo la globalización y las comunicaciones y se va diluyendo el propio concepto de país como unidad económica y política se van encontrando fórmulas para paliar estos inconvenientes y riesgos.

Es más, el mismo concepto de Estado se va diluyendo. En términos económicos los organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización para la Cooperación y Desarrollo, además de las grandes corporaciones financieras, tienen más capacidad de decidir que los gobiernos. Muchas de las decisiones vienen impuestas por las grandes concentraciones de capital.

Ante esta dilución progresiva de los Estados, parece difícil que muchos de ellos alcancen o mantengan un estado de bienestar tal y como lo conocemos ahora los europeos. La concentración progresiva de la riqueza está conduciendo a la mayoría de la humanidad hacia una situación más apurada. Si se mantiene el modelo económico actual, el estado del bienestar está encaminado a ser puramente residual, el mínimo indispensable para paliar precariamente el descontento social.

Desde 1990, tras la disolución de la Unión Soviética y el éxito de las reformas en la economía China iniciadas por Deng Xiaoping, parece que el capitalismo es el modelo económico que en mayor o menor medida siguen todos los países. Pero el capitalismo necesita del estado de bienestar para mantenerse. Deben existir mecanismos para paliar el desempleo, la desigualdad social y demás consecuencias y excesos del capitalismo extremo. Para que las empresas produzcan y el mercado funcione se necesita cierta estabilidad política. Otra cuestión es decidir quién es el responsable de establecer y financiar estos mecanismos, qué parte le corresponde al Estado y cuál a la sociedad civil (empresas, ONG, asociaciones, iglesias, etc.) y los propios ciudadanos. 

El conseguir o no un estado del bienestar no depende directamente de la forma de gobierno, de que sea democrático o totalitarista. El estado del bienestar en Europa durante la década de los 60 se extendió tanto en las democracias francesa, alemana o inglesa como en el dictadura de Franco; las condiciones económicas lo permitían. En la actualidad todas las economías siguen mismas reglas: producir más, consumir más, crecer, competir por el mercado. Su permanencia estriba en cuánta desigualdad y cuánta falta de libertad pueden llegar a permitirse.

2 comentarios

2 Respuestas a “El estado del bienestar y la globalización”

  1. pasmao dice:

    Muy interesante columna Don Enrique, como suele ser habitual aquí.

    La pregunta que yo me hago es si lo que realmente pasa es que hay un intento deliberado de cargarse el Estado de Bienestar, usando para ello más que la globalización, el globalismo.

    Uno tiene la sensación de que si el Estado de Bienestar prosperó es porque era la manera más efectiva de hacer frente a los del otro lado del muro. La manera más práctica de conciliar los cañones y mantequilla de Samuelson.

    Es cierto que el Estado de Bienestar “legitima” ciertas ingenierías sociales, como el famoso modelo sueco de los 70-80, pero su viabilidad sólo es posible si concede la suficiente libertad para que pueda ser puesto en perspectiva por sus propios benefiados e impedir que se convierta en un fin en si mismo.

    El problema es que una vez ganada la Guerra Fría ese Estado de Bienestar se convirtió en un fardo, no por temas económicos, si no porque una parte de su población tenía la suficiente masa crítica para controlar al poder. Poder del Estado Nación. Y eso era intolerable.

    Para ello se abusó de dos herramientas asociadas a la globalismo:

    – El establecimiento de economías de escala alentadas artificialmente desde entidades supranacionales . Muchas veces con el simple motivo de crear una alianza entre esas transnacionales y las organizaciones supranacionales que las cobijaban, imposibilitando su control
    – La intervención en el tipo de interés. Bajando los tipos tipo de interés hasta límites insospechados a los que se añadía una liquidez inusitada, para entre otras cosas financiar a las anteriores

    Amén de esa promoción de miedos globales irreales ligados al cambio climático, o esa necesidad de atraer población de muy difícil encaje con la excusa de la baja tasa de natalidad, etc…

    Lo podemos ver claramente con lo de la guerra en Ucrania, donde todas las medidas económicas tomadas contra Rusia van a perjudicar mucho mas a Europa, meca de ese Estado del Bienestar, que a Rusia.

    Nada de eso ha ocurrido por casualidad.

    La continuación de ese Estado de Bienestar habría sido perfectamente posible, con las oportunas reformas, si se hubiese querido. No es casualidad que quienes más contribuyen a la destrucción de ese Estado de Bienestar en su Estado Nación sea luego magnánimamente recompensados fuera. Por ejemplo. Esa es la idea aquí con Sánchez ¿o no? (con las bendiciones, me temo del PP). Lo mismo se prodría decir de la Von der Leyen, Dragui, etc.. Mientras que quienes lo defienden con ahínco como en Hungría son demonizados.

    Sobre el tema se podrían hacer hasta tesis doctorales.. los que pudieran, que no es mi caso.

    Sería digno de análisis el caso suizo, donde la población en vez de intentar desesperadamente acogerse a mayores prevendas las rechaza via referendum.

    Un cordial saludo

    PS les dejo el link al último post de Fernando del Pino. Muy inquietante. Donde se analiza la intervención suprancional desde la OMS en los Estados Nación que para garantizar un bienestar global de «salud» que pone los pelos de punta.

    https://www.fpcs.es/un-anillo-para-gobernarlos-a-todos/

  2. O'farrill dice:

    Buenas reflexiones sobre un concepto vacuo que se ha instalado en las sociedades occidentales: «estado de bienestar». Sería preciso matizarlo un poco más para darnos cuenta de que, sobre todo, el bienestar verdadero ha sido para los de siempre: los que han vivido y viven a costa del sudor del prójimo.
    Magnífico y lúcido comentario de Pasmao que deja ver la desnudez real del citado concepto, así como su aportación al blog de FPCS.
    No es la primera vez que insistimos sobre la misma cuestión, como si dándole vueltas reiteradas acabásemos por aceptar lo inaceptable: ese intento de élites económicas mundiales por erigirse en nuevas divinidades del panteón global por medio de una insistente propaganda y relato.
    Yo preferiría hablar de una evolución natural de las personas que poco a poco han intentado conseguir unas ciertas mejoras en su forma de vivir, aunque a costa muchas veces de perder lo importante y sustituirlo por lo banal (un tema también tocado en este blog: «¿Vivíamos antes mejor?»).
    Los límites de un supuesto progreso y desarrollo vuelven a perfilarse cuando suponen problemas de mayor calado: guerras, pandemias, desplazamientos obligados de población, perversión científica, destrucción de sociedades y culturas, etc.
    Hemos creado nuevos mitos que pueden convertirse en verdaderas pesadillas para las generaciones futuras. Todo por jugar y depender del sistema totalitario tecnológico, a falta de respuestas serias, personales y lógicas a cualquier asunto que se nos presenta. Preferimos ser máquinas y depender de ellas y sus migajas insustanciales, en lugar de ser creadores y sobre todo humanos. Nos han debilitado a propósito desde hace tiempo para este sometimiento denaciones, gobiernos y población a intereses de unos cuantos «iluminados».
    Nos han embotado el cerebro con los medios de comunicación y sus mensajes doctrinarios dogmáticos. Los «cuentos» de León Felipe a que me he referido muchas veces y que se han hecho presentes en nuestras vidas desde el nacimiento hasta la muerte. La verdad ya no cuenta, la racionalidad tampoco, la lógica o la sensatez son aplastadas por «relatos» infantiloides. Los principios, los valores que hemos conseguido para la convivencia, están siendo destruidos por ese globalismo caótico y confuso («Si no los convences, confúndelos» Truman)que ha calado ya demasiado en la gente.
    Por eso son muy de agradecer esos enlaces que se salen de lo políticamente correcto (como el que nos regala Pasmao sobre estos temas o el aportado por R.Estévez sobre la realidad del conflicto de Ucrania, por ejemplo) y que son ventanas abiertas a la luz dsde la oscuridad en que nos mantienen.
    Un saludo.

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