España y la ruleta rusa

En España llevamos un tiempo empeñados en destruirnos jugando al peligroso entretenimiento de la ruleta rusa. Desde que el Presidente Zapatero dijo aquello de que aprobaría todo lo que viniera de Cataluña, el nacionalismo ha entrado en una carrera enloquecida hacia ninguna parte que amenaza con arrasarlo todo.

Los brotes verdes podrían ser que según el CIS catalán por primera vez en años los partidarios de la independencia son minoría. Sin embargo, no nos dejemos engañar, el nacionalismo es un problema que va a seguir ahí en España y en Europa. Se alimenta de buena parte de las miserias que asolan el mundo como el egoísmo, el sentimiento de superioridad y la búsqueda de enemigos externos a los que culpabilizar de todo lo que hacemos mal.

Pero cuidado con buscar atajos, taponando la herida y agravando la enfermedad. La reforma constitucional para impulsar el federalismo me parece echar más leña al fuego del nacionalismo.

Prepárense para una reforma constitucional

Reforma… ¿Qué reforma?

¿Europa o los nacionalismos?

3 comentarios

3 Respuestas a “España y la ruleta rusa”

  1. O'farrill dice:

    Llevamos ya mucho tiempo «jugando» peligrosamente. No sólo con los nacionalismos, sino con otras muchas cosas importantes disfrazadas de nuevas ideologías con que agredirnos socialmente y coartar las libertades. En todo ello están haciendo un magnífico trabajo los medios de comunicación como «mamporreros» de los poderosos y de organizaciones mafiosas (ahora llamadas «lobbys») de todo tipo. Mientras el mundo sigue sin rumbo y sin pulso ciudadano, siempre hay quién aprovechará la circunstancia para forrarse.
    El caso de la deriva hacia el «federalismo» es la consecuencia de todo ello. Se empieza por endeudar al Estado (a una sociedad) con un gasto más
    dirigido a la compra descarada de votos (debilidad institucional) y se sigue con la venta más o menos encubierta de la soberanía y la fragmentación social y territorial.
    Nadie propone revisar el sistema porque todos viven de él y son cómplices directos o indirectos de la deriva denunciada por Isaac.
    Un saludo.

  2. Ligur dice:

    “España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido”.
    O. V. Bismarck.

    No se Isaac, no lo tengo muy claro, este gobierno es capaz de, sin llegar a taponar la herida, hacer unos cuantos baipás a la constitución con tal de conseguir las reformas con las que desgajar España y entregar Cataluña a los pájaros golpistas; y esto dará el pistoletazo de salida a otras autonomías que están pensando en lo mismo; Vascongadas, Valencia, Baleares y Castilla la Mancha si se lo propone.
    Saludos

  3. O'farrill dice:

    ¿A quien interesan las autonomías? En el sistema político anterior, con unas administraciones públicas centralizadas y unas delegaciones y diputaciones provinciales sujetas «a Madrid», la realidad administrativa para los ciudadanos era la distancia entre ellos y el lugar de toma de decisiones. Desde mi experiencia en un sector concreto, esto tenía la ventaja de impedir las corruptelas y compromisos locales (como se está constatando en el ámbito autonómico actual) nacidos de la «cercanía» de las relaciones personales. Más o menos lo que se supone ocurre (o debería ocurrir) con la UE frente a los intereses particulares de sus estados miembros. Aparte de ello el inferior coste de un sistema centralizado frente al superior del sistema autonómico (tal como lo conocemos).
    Bien, en ese caso todo dependía de delegar gestión (no titularidad) en los entes regionales o autonómicos, para «acercar» la gestión a los ciudadanos. Era una apuesta arriesgada por las razones expuestas, pero el nuevo sistema político debía confiar en sus ciudadanos y en su capacidad de resolución más o menos directa (y según las leyes del Estado) de los problemas administrativos territoriales sin esperar la decisión de la Admón. Central. Un sistema en que, además, los ciudadanos eligen sus propias administraciones a través de los partidos políticos, lo que de hecho supone un sistema de autogobierno. Una teoría impecable si no fuera por la perversión posterior del sistema. Los partidos encontraron en las nuevas estructuras administrativas la forma de conseguir poder territorial a través de la cesión de titularidad competencial desde el Estado y su gestión en las asambleas autonómicas. Nuevamente los «compromisos» locales encontraban una forma de aval jurídico (asambleas) o administrativo (gobiernos). No sólo se planteaba una nueva forma de centralismo regional (capitales autonómicas), sino que las decisiones estaban más sometidas a las relaciones locales con los poderes públicos. No hace falta desgranar todas las corrupciones conocidas hasta ahora en el nuevo sistema….y las que aún no se conocen.
    ¿A quien pues beneficia o interesa el sistema autonómico actual? Cómo es lógico, los más directamente beneficiados son los partidos políticos que encuentran la forma de atraer y mantener a los militantes en los cargos públicos. En segundo lugar están los «lobbys» regionales de cualquier índole, con cercanías personales o políticas que atraen subvenciones y privilegios, mientras aportan votos desde los diferentes «pesebres» según la cuantía con que estén regados. Los nacionalismos han encontrado en esta vía la forma de propagar sus ideas y proyectos contra el propio Estado que los subvenciona. Tampoco hace falta mencionar casos concretos de sobra conocidos.
    Como vemos, no son los ciudadanos con sus impuestos quienes se benefician del sistema actual, sino que son utilizados descaradamente para que se mantenga la situación, apelando a cuestiones identitarias -muy cuestionables- que los pongan frente al Estado (a ellos mismos) provocando una fragmentación social que permite al poder (o a los poderes) su manipulación interesada.
    Esta es la «ruleta» en que nos encontramos desde el punto de vista de la organización política del Estado. Con una disyuntiva muy simple: o se reajusta todo el sistema autonómico a la simple gestión de servicios públicos (cercanía y efectividad) eliminando los órganos correspondientes o el propio Estado habrá cavado su tumba política (soberanía), económica (deuda) y social (enfrentamientos).
    Un saludo.

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