Estoy mayor

Estoy mayor. Y sin ser yo especialmente pesimista, algo llamado biología me dice que seré aún más mayor. Incluso, si todo va “bien”, algún día seré anciana. Pero me he cansado de disimularme y de mirarme al espejo lamentándome por el deterioro del colágeno facial, que ya apenas sujeta nada. Me hastía seguir tiñéndome por no parecer más vieja, y por eso mismo he tenido por fin el valor de dejar de hacerlo. Ahora conviven en mi melena las mechas antiguas con los mechones blancos, que he liberado del secuestro del tinte tras muchos años. Parezco mayor, sí. ¿Y qué? Voy camino de los 50 y los aparento, qué le vamos a hacer. He dejado de cubrirme las canas porque esto es madurez y esto es inteligencia y esto es acabar con la tiranía de la estética. Se acabó. Estoy decidida a respetar mi aspecto, respetar mi edad, respetar mi vida y respetarme a mí misma. No pienso volver a teñirme las canas. Iba yo con este discurso en la cabeza (canosa) cuando recogía a mi hija del colegio el otro día. Ella me monta un pollo en plena calle y veo que una madre se detiene y me mira con complicidad. “Vaya genio tiene, ¿eh?” Yo contesto sonriente y con la guardia baja: “Desde luego”. Y entonces ella pregunta retóricamente, ya que lo tiene bastante claro: “Eres su ABUELA, ¿no?” Yo me quedo bloqueada unos instantes y, cogiendo el toro por los cuernos, pienso: “Creo que voy a volver a teñirme las canas”. En ese momento todos mis principios de libertad y respeto por mí misma se desvanecen, me convierto en una prematura (según esta desgraciada, no) anciana, me hago pequeña perdiendo toda mi personalidad y contesto con un hilo de voz: “No, soy su madre”. Y esta mujer, lejos de amilanarse tras haberme hundido en el fango, se ensaña con gran sorpresa: “¿la madre de ESA NIÑA PEQUEÑITA?” Y se aleja absolutamente perpleja, pero no más que yo, que me quedo sentada en un bordillo, consumida por la autocompasión, mientras LA NIÑA PEQUEÑITA sigue pataleando ajena a lo que está sufriendo su ANCIANA MADRE.  

No soy joven. Y esto es extraño porque, aunque haga años que dejé de serlo, es ahora cuando compruebo que ya no se trata de algo subjetivo sino de algo objetivo. Y al perder definitivamente la juventud, me encuentro en una crisis de identidad brutal. Porque de repente me doy cuenta de que la juventud, según yo, era parte de mi identidad y ahora no, entonces no sé muy bien quién soy. Me miro al espejo y me pregunto: “¿de qué voy?” “Si me visto así, ¿parezco Baby Jane o una mujer mayor pero liberada y moderna?” Y los buenistas diréis: ¿y a quién le importa? A mí, amigos, a mí todavía me importa y por eso escribo esto. El caso es que yo me siento bastante igual que hace diez años, incluso mejor, pero por fuera no soy ni mucho menos la misma. Y esa descompensación entre cómo me siento, cómo me veo y cómo me ven, me hace tambalearme. ¿Yo quién soy? (Si alguno de los lectores tiene una respuesta puede escribirme a la dirección de correo que aparece en la web).

Creo que he pasado gran parte de mi vida creyendo que yo no iba a ser vieja. He aparentado muchos menos años de los que tenía toda la vida, hasta ahora, como si el hechizo de la juventud eterna se hubiera roto de repente al cumplir los 46. Según he ido envejeciendo, pensaba que era transitorio, que ya se me pasaría esto de deteriorarme físicamente, que volvería a ser joven en cuanto descansara un poco y tomara el sol. ¿Cómo iba yo a ser una anciana? ¡Eso no tiene ningún sentido! Y entonces entiendo que todos los ancianos, esos que parece que lo fueron toda la vida, incluso que nacieron ya ancianos, también pasaron por esto o lo están sufriendo ahora. Los ancianos también se sorprenden por haberse convertido en ancianos, aunque desde fuera parezca un despropósito.

Envejecer en un sistema dirigido exclusivamente a la juventud, te hace sentirte arrinconado. Aun así, no vivimos tampoco en la panacea para los jóvenes, cuyas cualidades son requeridas para ser explotadas laboralmente y cuyos encantos son requeridos para ser explotados sexualmente. Digamos que nadie sale ganando en un modelo que exprime a unos mientras destierra a otros. Quizás en países o culturas donde la vejez no sea motivo de insulto y de chiste, sino de respeto e incluso de admiración, esto no suceda así. Aquí nos disfrazamos de jóvenes para evitar ser unos apestados, para evitar ser objeto de burlas, para que no nos desacrediten con eso de “venga, tía, que ya chocheas”, para que no te empujen en el metro a esas horas a las que tú vuelves a casa mientras los adolescentes se dirigen a las zonas de marcha. Vivimos el envejecimiento como si tuviéramos que disimularlo todo el tiempo posible para seguir siendo de “los suyos”, de los jóvenes. – “¿Veis? No tengo arrugas, soy de los vuestros, no me apartéis”. Como si fueran a pillarnos en cualquier momento y a desenmascararnos. – “Un momento, mira esas canas, ¡tú eres vieja!” – “No puede tomarse una copa aquí, señora, le cuelgan los brazos, no nos queda usted bien en este local de moda. Coja su bastón y márchese”. – “Lo siento, no podemos contratarla, su imagen no se corresponde con el espíritu juvenil, entusiasta y dinámico de nuestra empresa. ¿Por qué no se va a merendar con sus amigas?” – “Es que han cerrado el Nebraska” – “Ese no es mi problema, cierre la puerta al salir”. (Yo también sé hacer chistes de viejos para defenderme).

Es ahora cuando descubro que la juventud ha sido un poder para mí y que ya no tengo ese poder. La vejez es mi kriptonita. Soy un Superman con ojeras, sin fuerzas y con la capa deshilachada. Soy un Superman con el traje de súper héroe desteñido bajando la Gran Vía con una lata de cerveza en la mano. Y, claro, una vez perdido ese supuesto poder juvenil, hay quien hace lo posible para sustituirlo por otro: el dinero. El dinero para alargar la juventud con cirugía y el dinero para convencer a los demás de que les compense estar a tu lado PESE A tu edad. Porque si eres joven, ya cuentas con algo que ofrecer, pero si eres viejo te lo tienes que currar. En los hombres funciona mejor porque las mujeres admiramos a los intelectuales, pero al revés no funciona tanto, según mi experiencia. A mí me gustaron siempre los hombres mayores que yo, de hecho, comparto mi vida con uno, aunque ahora mismo siento que ya tenemos la misma edad (no pienso perder ni una oportunidad para autocompadecerme), pero yo no he recibido una mirada de interés desde hace años. Es más, si un hombre me mira, directamente doy por hecho que le sueno de algo (De alguna publicidad de El Ocaso) Los hombres no me ven, ya no hay juegos de miradas por la calle, en una fiesta o en un vagón de metro. (Dijo ella como si fuera a muchas fiestas). Y, de repente, compruebo que podría ir desnuda por la ciudad y solo se me acercaría algún joven con patinete para decirme: “¡SEÑORA, apártese, coño!”. A ratos vivo esta indiferencia del entorno con alivio, otras con estupefacción y otras muchas con melancolía. Se acaba una época, la más larga hasta ahora, la más intensa, la única.  

Pero si la juventud es tomada como virtud, inevitablemente, la vejez es tomada como defecto. Y todo el mundo disimula sus defectos. Eso es lo que nos hace entrar en esta esclavitud para evitar mostrar el declive, viviendo inmersos en la batalla contra casi lo único que no se puede vencer: el tiempo.

El ser humano está en evolución permanente. Atravesamos la alquimia vital de nuestras células a cada instante, y aunque intentemos vivir como si nada fuera a morir, como si nosotros mismos no fuéramos a morir, existe un leve susurro que nos recuerda que aquí estamos de paso.

Por eso me gustaría aprender a vivir con más valor, con más libertad, asumir que la transformación es sinónimo de estar viva, que no puedo quedarme anclada en la imagen del pasado que tengo de mí misma, fortalecerme para lo que está por venir, descifrar quién soy más allá de mi piel y, lo más importante de todo, hacer un hueco esta semana para volver a teñirme las canas.

9 comentarios

9 Respuestas a “Estoy mayor”

  1. Silvia dice:

    Joder tía, después de leer lo que yo sería incapaz de escribir, no se si me has dejado más hundida de lo que ya estoy o me reconforta saber que hay mujeres que sienten y pasan por lo mismo que yo en estos momentos.
    Ha sido un placer leerte.
    El día que superemos teñirnos, nos comeremos el mundo una vez más.

    (PD. Tengo 5 años más que tú y una hija de 11)

  2. Paz dice:

    Yo también me decía que jamás me teñiría las canas y me las tiño, no pasa nada. Tampoco pasa nada por no teñírselas.
    Pero sí pasa por no aceptar la realidad. Tener hijos a partir de los 35 no es tenerlos jóvenes. Que ahora haya más niños con padres añosos y que se vean más padres mayores con niños pequeños de lo que sería biológicamente adecuado no significa que sea lo deseable.
    Yo lo asumí cuando me di cuenta de que mi hija es diez años más pequeña de lo que era yo cuando mi madre tenía mi edad.
    Seamos realistas, no nos hagamos trampas al solitario.

  3. Ligur dice:

    Querida Bárbara;
    Ya sabes el dicho: “La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”.
    Lo que escribes del teñido del cabello, me da mucha risa por que mi madre de 90 años dejó de teñirse hará unos 30. Me contó que hace unos meses, en la peluquería, después del lavado y demás zarandajas, se acerco una mujer de unos cincuentaitantos, con unos canutillos de papel de aluminio puestos en los pelos que parecía espinete y dijo: ¿Sra, me puede decir que número de tinte utiliza Ud.? luce un pelo con una blancura envidiable, y mi madre toda oronda (como si la viera) y como una gallina clueca la contestó, no señora el pelo tan blanco que ve Ud. es mio sin teñir.
    Bueno, es una acnédota que cuento para hacerte reír.

    Y respecto a la que pregunta, ¿quien soy?…. ni el más sabio te lo diría.
    Ahí estamos la inmensa mayoría de los mortales, tratando de llegar a descubrirlo.

    Con afecto

  4. O'farrill dice:

    Precioso y conmovedor artículo de Bárbara que, estoy seguro, nos hará reflexionar mucho sobre la feria de vanidades en que vivimos (o en la que nos empeñamos en vivir) Este año cumplo 75 años. Tengo una hija con discapacidad que vive conmigo y con la que, desde que nació, he ido rejuveneciendo (dentro de lo que cabe) y el pelo blanco.
    ¿Que entiendo por rejuvenecer? No perder ilusiones, proyectos (por muy absurdos que sean) y sentir que todavía tienes mucho partido por delante. Una anécdota: hace unos cuantos años, acostumbraba a ir a un «garito» en Lavapiés donde se leía poesía o textos poemáticos por un nutrido grupo de jóvenes veinteañeros, estudiantes de cosas «raras»como Filosofía o aspirantes al mudo escénico. Mi pelo blanco (lo tengo casi desde los treinta años) les llamó la atención y me preguntaron por mi edad. La respuesta era obvia. ¿cual de ellas, las del DNI o la del corazón?. El tiempo administrativo (o «la vida administrada» en palabras del sociólogo Juanma Argüelles) es algo con lo que debemos convivir, pero nuestro tiempo vital, en el que somos y nos formamos como «personas», en el que constantemente aprehendemos desde nuestra curiosidad insaciable más y más sabiduría, es algo muy diferente y por ello no debe acomplejarnos. Estamos siempre en lo mejor de la vida, al menos mucho mejor que los jóvenes (de DNI) y viejos en sus almas. Y, sobre todo, sabemos distinguir las cosas importantes de lo que no lo son.
    Estimada Bárbara, tus canas son las medallas que tu experiencia y conocimientos ha acumulado. Un tesoro valioso que nadie (menos aún los jóvenes descerebrados) será capaz de valorar, pero que tú sabes que está ahí disponible para dar respuesta a cualquier cosa (sin necesidad de consultasr al móvil). Yo también pasé con mi hija por ser su abuelo y con mi pareja actual (tiene 50 tacos) por ser su padre. Mis carcajadas al oirlo aún resuenan por el espacio…..
    Un cordial saludo.

  5. Manu Oquendo dice:

    Cuídense mucho, hagan ejercicio, coman poco, no fumen, mediten, involúcrense en los problemas de sus semejantes y estudien. Todo ello, naturalmente, si les queda tiempo tras la batalla diaria y sacar los niños adelante. Recen un poco cada día, que es muy bueno.

    Me temo que, para O’Farrill y para mí, la autora y las señoras que se han manifestado tras este nuevo y estupendo artículo, son jovencitas que bien podrían bien pasar por nuestras hijas.
    Ustedes aún no han llegado a la mejor parte de sus vidas terrenales: el ultimo tercio. El más importante.
    Mantengan la ilusión, procuren gustarse a si mismas que es lo más importante si no se exagera.
    Lo mejor está por llegar hasta el momento de pasar los trastos y el ejemplo. Ya habrá tiempo para descansar. Mucho tiempo.
    De momento nos toca servir porque no hemos venido a servir-nos.
    Buenas noches

  6. Isabel dice:

    Me ha encantado el artículo creo que es una de las experiencias que vivimos las mujeres, yo tengo 46 y decidí dejar de teñirme el pelo me canse simplemente.

    Creo que somos más que eso, tenemos un valor que no se mide por nuestro físico y eso poco a pocos cuando lo decidamos cada una de nosotras lo iremos haciendo cada una en su momento cuando este preparada para ello.

    Muchas gracias, somos muchas que sentimos lo mismo hace un tiempo.

  7. Paco dice:

    El hacerse mayor es algo de lo que uno empieza a darse cuenta con pequeños detalles: cuando los jóvenes te tratan de usted o de señor, cuando se va al médico con mayor frecuencia de lo que lo hacía antes, cuando tus padres fallecen o los ves realmente ancianos, cuando empiezas a pensar qué te va a quedar de jubilación, etc

    Todo esto es cierto y hay un momento en la vida, que refleja Bárbara en su artículo, en que esto te viene de golpe y produce una cierta melancolía. Pero creo que esa visión un tanto negativa hay que superarla.

    La pregunta básica que uno se tiene que hacer es ¿me cambiaría ahora mismo por la persona que era cuando tenía 20 años? La mayor parte de la gente que conozco no lo haría. Hombre, sí que cambiaríamos la salud, la agilidad, la falta de responsabilidades, etc pero, si nos acordamos del cacao mental que teníamos en aquella época, de la falta de ideas claras y de madurez, y de las tonterías que hacíamos, en general no lo haríamos. La mayoría está más a gusto consigo mismo en este momento que en aquella época.

    Además la cosa no tiene remedio, el tiempo pasa inexorablemente y la actitud vital más inteligente es adaptarse a lo que nos ha tocado vivir, en cuanto a la edad y en cuanto a todo lo demás, y aprovechar para disfrutar y se mejor persona todo lo posible.

    Se dice que hay que tener juventud de espíritu. Creo que es una gran verdad. Conozco a un amigo mío de setenta y tantos años que es una de las personas más jóvenes que conozco. Le envidio su actitud de estar siempre creando cosas novedosas y explorando nuevos caminos, con ese tipo de curiosidad (que denominamos infantil) por todo lo que le atrae.

    Cuando nos hacemos realmente mayores es cuando esta curiosidad desaparece, ahí es cuando tenemos poco más que aportar. O sea que ya os he dicho lo que hay que hacer.

  8. Rafa dice:

    » Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida pintar como un niño» (Picasso )

    Creo que todavía tienen que pasar unos años para que te sientas joven otra vez y no te importe la edad que tengas; esta sociedad lo que pretende son caricaturas de nosotros mismos, fabricando permanentes adolescentes, con el síndrome de Peter Pan, (octogenarias que hacen parapente y ancianos corriendo marathones), y eso lo que produce es más miedo todavía.

    Aunque si escribes los artículos con la espontaneidad y frescura con que lo haces, es que no estás vieja.

    » Buen artículo forastera».

    Un abrazo

  9. pasmao dice:

    Apreciada Bárbara

    Poco que añadir a tan extraordinaria columna, y tan buenos comentarios.

    Tu hija va tener la posibilidad de contar con una madre con una extraordinaria sensibilidad y capacidad de reflexión, y que sabe mucho mas de las vueltas de la vida que una mamá «jovencita».

    Lo que son ventajas por un lado son desventajas por el otro. Así es la vida.

    La pena es que quien te hizo la «observación» pueda cualquier día llegar a «presidenta» de gobierno; visto el mundo en que vivimos. Que esa manera de ofender de manera gratuita y sin despeinarse acabe por ser una moneda tan habitual en nuestras relaciones interpersonales que a quien mas abuse de su situación sea al que mas valoremos. Independientemente del partido o de la ideología.

    Un afectuoso saludo

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