En un resumen somero y nada exhaustivo, el pensamiento imperante a nivel global en los últimos tres siglos se basa en tres pilares: Estados que o son democráticos o que imitan lo que debería ser la Democracia -y que respetan los Derechos Humanos, ejercitan por sí mismos la violencia y se encargan de nadie más lo haga-, un sistema económico que acepta el Capitalismo como dogma de fe -más aún tras la caída del experimento socialista- y una absoluta, férrea, confianza en la Ciencia como panacea para (casi) todos los males y como vehículo de progreso.

Y el modelo basado en estos tres pilares, si se observan las cosas con perspectiva, parece haber funcionado razonablemente bien: utilizando cualquier tipo de indicador de bienestar, el ser humano, considerado en conjunto, nunca ha estado tan bien como está en este momento.

Aunque nos levantemos por la mañana con noticias aterradoras en los telediarios, como guerras en Siria, atentados en Bagdad o refugiados ahogándose en el Mediterráneo, lo cierto es que a lo largo de la historia humana nunca tanta gente se ha despertado por la mañana con la certidumbre de que una epidemia, un acto de guerra o la falta de comida no le iban a impedir ver ponerse el Sol. Incluso un campesino que despierte hoy en alguna zona pobre de la India o un trabajador de alguna fábrica China se encuentra, dentro de lo precario de su situación para nuestros estándares, en mejores condiciones de lo que lo estaban, por ejemplo,  la inmensa mayoría de los campesinos franceses en el siglo XVII, o de los habitantes del Imperio Romano.

Sé que resulta muy difícil de explicárselo a alguno de los cientos de miles de personas que sufren en las guerras que aún asolan el planeta o a alguno de los millones de personas que todavía sufren hambre en el mundo, pero posiblemente entre los grandes problemas que a la humanidad le va a tocar afrontar en el siglo que apenas acabamos de empezar ya no estén el hambre, las epidemias o la guerra, y todo parece indicar que estos problemas serán cada vez más residuales, arrastrando aún un alto porcentaje de dolor y sufrimiento, pero cada vez más cerca de ser erradicados.

Por supuesto que no quiero trivializar problemas que son muy serios y que aún estamos lejos de dar por resueltos, pero lo cierto es que los avances médicos y las medidas de higiene cada vez hacen más improbables epidemias como la Peste Negra (que se llevó por delante a un tercio de la población de Europa) o la Gripe Española (que mató a 40 millones de personas justo después de la Primera Guerra Mundial), y que pese al terrible drama que suponen las hambrunas en ciertos puntos del planeta, cada vez muere menos gente de inanición (según un estudio de 2013, en 2010 un millón de personas murieron en el mundo de hambre o por malnutrición, mientras que problemas relacionados con la obesidad acabaron con las vidas de tres millones de personas). Además, a pesar de lo que puede deducir uno leyendo un periódico una mañana cualquiera, la humanidad parece estar aprendiendo a controlar su innato afán de violencia.

A lo largo de la historia de la humanidad el porcentaje de gente que fallecía por muerte violenta ha rondado siempre el 15%. El siglo XX, el más sangriento en lo referido al numero de muertos que causó y a la intensidad y devastación de sus conflictos, se estima que se llevó por delante al 5% de la población mundial mientras que en lo que llevamos de siglo XXI- pese a que los telediarios puedan darnos a entender lo contrario- solo alrededor del 1% de las muertes han sido causadas por la violencia en sus diferentes manifestaciones. Este porcentaje de muertes violentas sigue siendo una barbaridad, pero lo cierto es que contemplado con perspectiva parece que algo avanzamos.

No obstante, a medida que vayamos resolviendo estos problemas, o al menos acercándonos a su solución, otros problemas vienen a ocupar su lugar, algunos terribles.

Así, mientras que en 2013 murieron en el mundo aproximadamente 600 mil personas debido a la violencia humana (unos 120 mil en guerras aún activas en todo el planeta y otras 470 mil debido a otras actividades criminales), en ese mismo periodo de tiempo, la Organización Mundial de la Salud estima que unas 800 mil personas se suicidaron en el mundo.

Cuando encontré el dato quede absolutamente fascinado; horrorizado: no tenía ni la más remota idea de la magnitud del problema.

No sale en los periódicos ni ocupa los primeros minutos del telediario, dicen que para evitar el efecto contagio, para impedir su normalización, para que aquellos que se lo estén pensando no den el salto. Y me parece bien, pero también me parece muy preocupante que se finja que no pasa nada, que demos por sentado que el modelo social que consideramos más avanzado de lugar a un porcentaje altísimo de gente que no es feliz. Parece que nadie se para a escudriñar en las tripas de una sociedad que lleva a que muchos de sus miembros, en un porcentaje mayor en las más avanzadas, en aquellas en las que los indicadores de riqueza son más elevados, en las más educadas, en las más prosperas, piensen en la posibilidad de quitarse la vida.

¿Cómo es posible que la sociedad más avanzada desde que el ser humano tiene memoria, la que está cerca de vencer a tres de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, la que ha descabalgado a la Peste, tiene en jaque al Hambre y acorralada a la Guerra, sea tan infeliz como para dejar que 800 mil personas cada año decidan que son lo bastante infelices como para acabar con sus vidas?

Y hay más:

En 2011, 3,5 millones de niños estadounidenses tomaban medicamentos para combatir el déficit de atención que les impedía rendir en la escuela. En Reino Unido el número de niños tomando Ritalin pasó de 92 mil en 1997 a 786 mil en 2012. En España se ha triplicado en 10 años el consumo de antidepresivos. El ejército americano calcula que el 15% de sus soldados en Afganistán e Irak los tomaron para ayudarse a superar la presión del combate. El 2% de los europeos entre 15 y 34 años toma regularmente cocaína…

Indicadores como la tasa de suicidios o el ingente consumo de antidepresivos, estimulantes o alcohol (al final, tratar de alterar nuestro estado por medios químicos) nos hacen ver que posiblemente el mayor reto al que nos enfrentamos como especie, una especie que gracias a las nuevas tecnologías cada vez forma más parte de una cultura común, y donde por lo tanto este problema lo es de todos, sea la lucha contra la infelicidad, o mejor aún, la búsqueda de la felicidad.

Y aunque es evidente que la búsqueda de la felicidad está dentro de cada uno, el modelo de sociedad tiene que girar en torno a este objetivo básico.

Ahora no lo hace: el modelo social no trata de adaptarse a las personas, no trata de convertirse en “algo” que ayude a la gente a ser feliz. Al modelo social le interesan las masas, no las personas, y si la persona no cuadra en el modelo se la entierra en telebasura y porno por Internet o se altera su percepción por medios químicos y listo. Hasta que se adapte o se rompa.

En lugar de tratar que la escuela mejore adaptándose a los niños se trata de hacer que los niños encajen en la escuela, y si no se adaptan se les medica. Si el modelo económico  hace que un alto porcentaje de la población no se sienta útil, que no encuentre trabajo o hace sentir a aquellos que lo tienen que su trabajo es alienante, se tapa el problema a base de antidepresivos. Si se embarca tu país en una guerra en la que se obliga a chavales de 20 años a disparar contra desconocidos, obligándoles a elegir entre matar o morir por una causa que o no comparten o no entienden, se les atiborra a drogas para calmar su ansiedad y a píldoras para que puedan dormir. Si toda una generación en Europa no ve salida a una crisis económica y de valores que pone en duda su posibilidad de futuro se la entierra en cocaína y alcohol…

Es evidente que estamos en un momento de cambio, en que, como decía antes, la humanidad ha de ser consciente de los nuevos retos a los que se enfrenta, pero mientras la agenda de los líderes políticos se siga ciñendo a conseguir incrementos del PIB  e ignorando que se han de potenciar otros indicadores, como el de la felicidad de aquellos a los que gobiernan, los fabricantes de drogas (legales e ilegales) seguirán haciendo su agosto mientras una humanidad cada vez más pacífica, sana y longeva se arrastrará de farmacia en farmacia en busca de la píldora mágica que haga más agradable sus vidas.

7 comentarios

7 Respuestas a “La búsqueda de la felicidad”

  1. EB dice:

    Raúl, el análisis de su post requiere separar los dos primeros párrafos, los cuatro últimos y los que están entre los primeros y los últimos. Si no separamos, pronto nos confundiremos sobre lo que estamos hablando.

    Sus dos primeros párrafos presentan una visión equivocada de la transformación del mundo en los últimos tres siglos. A nivel global, ni siquiera en el siglo 21, se puede afirmar que la democracia, el capitalismo y la ciencia hayan “dominado el pensamiento”. Si no distinguimos por lo menos entre “Occidente” y el “Resto del Mundo”, nos formaremos una idea equivocada sobre cómo algunas “ideas básicas” han condicionado la transformación de Occidente de una manera diferente a lo que ha sido la transformación del Resto del Mundo, y en particular cómo fuerzas internas en Occidente que se han opuesto y se siguen oponiendo a esas ideas básicas no han podido detener y menos revertir su transformación. Por cierto, la transformación de Occidente ha estado también condicionada por relaciones “tensas” con el Resto del Mundo, donde fuerzas internas opuestas a las ideas básicas de Occidente han seguido dominando pero no han podido contener el avance de Occidente.

    Esa descripción simple de los últimos tres siglos es sólo un punto de partida para darle contenido a lo que podría ser una interpretación de la historia mundial reciente. Si ignoramos que la coexistencia interna en Occidente y la coexistencia entre Occidente y Resto del Mundo han estado y siguen estando plagadas de conflictos no podremos entender dónde estamos hoy. Si ignoramos las diferencias que todavía persisten al interior de Occidente y entre Occidente y Resto del Mundo tampoco entenderemos dónde estamos hoy.

    1. pasmao dice:

      Interasante aportación EB

      Efectivamente, confundir la historia de occidente con la histora global es peligroso.

      Dudo mucho, por ejemplo, que la sociedad islámica, y mas la de la los reinos árabes, esté muy de acuerdo con esos tres pilares. Y no se hace mucho por frenarla.

      Respecto la busqueda de la felicidad en su componente mas “social”.. el tema de los suicidios, y la correlación con la indaptación al trágala dominante simplemente comentar que no creo que haya que buscar una sociedad mas “adaptativa” a cada individuo. Como si de un modelo taylorizado tuviéamos que pasar a un pret a porter y luego al modisto indvidual (y perdoneseme la frivolidad) ..

      El problema del trágala de la religion de lo políticamente correcto es que no deja espacio para la libertad individual, e imposibilita que la gente pueda madurar, y de ahí la terrible disfunción que se manifiesta por jemplo en los suicidios.

      Por ejemplo en España muchos de los que se suicidan son hombre en proceso de separación-divorcio, a los que sus mujeres-exmujeres han desplumado y han robado su dignidad.

      Con por lo menos la aquiescencia “social” dado que por ser un tema terriblemente incómodo se echa una manta de silencio que contribuye a la sensación de orfandad. Apunto que yo estoy felizmente casado.

      Lo políticamente correcto invadiendo hasta el último rincon de nuestra conciencia e impidendo madurar a muchos, en haras de un felicidad colectiva que espanta, tienen que ver mucho en las neurosis autodestructivas que acaban en suicidios, drogas, alcholismo..

      Pero meter la nariz ahí es poco conveniente.

      un muy cordial saludo

  2. O,farrill dice:

    Creo Raúl que ningún “modelo social” puede ayudar a la gente a “ser feliz”. La felicidad sólo depende de cada uno de nosotros en su proceso de “conocernos” y “aceptarnos”. De ser “auténticos” y no simples copias de lo que se considera “correcto”. Esto nos va producir bastante daño pero, por el contrario, nos aportará la satisfacción de reconocernos cada día. Muchos no pueden soportar el pensar una cosa, sentir otra, decir otra y hacer otra y toman el camino del suicidio.
    Nuestras sociedades (¡tan diferentes!) tienen ideas muy diferentes sobre el concepto de “felicidad”. Asociarla al bienestar material o físico queda un poco escaso. Y siempre nos olvidamos de eso que llamamos “alma” procurando encerrarla en tesis o ensayos literarios de pretendido carácter científico. Pero, la verdad, es que no tenemos “ni idea”. Afortunadamente.
    Por supuesto que hemos cambiado unas situaciones sanitarias por otras. Cada tiempo, cada espacio, cada cultura y cada pueblo ha sufrido en sus carnes epidemias. Nosotros tenemos el “sida” y otras que acechan por distintas partes pero que no son menos graves o peligrosas que las de antaño. Y, sobre todo ello, los mensajes mediáticos que nos anuncian que “cada día” estamos en peligro: corazón, riñones, hígado, pulmones… todo tiene que pasar la ITV sanitaria como si la biodiversidad se convirtiera por arte de magia en uniformidad funcional de nuestro organismo.
    Ayer mismo se nos anunciaba que una estrella de neutrones impactaría sobre el planeta en un plazo máximo de 70 años. Y nosotros pensando en el “futuro”….. Reconozcamos que muy poco o nada sabemos y que todo es posible. Que una sociedad “avanzada” se puede venir abajo en cualquier momento y que la felicidad no está en una meta predeterminada, sino en el camino que recorremos cada día de nuestra vida para (eso sí) intentar hacer felices a los demás. Se llama “amor”. Un saludo.

  3. Alicia dice:

    Como en temas que requieren conocimientos de Historia y estar un poco al día de las tensiones que a lo largo de los tiempos hayan condicionado el cómo son las sociedades actuales en las distintas partes del mundo, voy a tirar más por la Felicidad – a secas- o, para entendernos, por esa “cosa” que sin meterse en mayores ringorrangos (que para qué) se identifica en términos generales con estar contentos y… Tira palante.
    ¿Sabe alguien dar una definición certera – que no sea la de la RAE – de Felicidad?
    Pero resulta que, investidos todos de un vastísimo desconocimiento de qué será eso que andamos buscando, nos aplicamos afanosos a encontrarlo y, luego, pues claro, pasa lo que pasa y, tal vez y en no pocas ocasiones, por haber utilizado para tal empresa unos criterios que voy (pero sólo porque rime) a calificar de bastos.
    A mí me parece que para ir saliendo del paso del cada día nos conformamos con estar contentos; contentura que, por cierto, suele depender de que suceda algo externo, fuera de nosotros, que nos salga al encuentro, así, sin incluso en ocasiones habérselo currado ni hecho méritos. Pero qué contentos nos ponemos.
    O, bueno, que a veces sí dentro de nosotros o en nuestras (o de álguienes) epidermis por lo menos.
    Estoy pensando en los placeres, del cuerpo (por precisar) y, por afinar más, de algunos muy concretos.
    ¿Alguien me podría explicar sin recurrir a tópicos por qué se los tiene en tanta estima?
    Por ellos, por su culpa y su causa, hasta la más moderna de las humanidades que es esta nuestra de este nuestro siglo XXI sigue siendo tan víctima como hace siglos – aunque a lo mejor no milenios, cuando todavía no se hubieran establecido los cánones del sentido de la propiedad – de profundísimas y (con frecuencia asombrosa) memísimas infelicidades que, esas sí, pueden conducir a infelicidades más serias, pero que siguen estando de una forma u otra directamente relacionadas con las tripas.
    Una vez, a cuenta del visionado de un Telediario, escuche a una señora que comía patatas a la brava en la barra de una cafetería decir en voz alta “pues si entre tanta bomba y tanto muerto hay algún vivo, aunque sea un poco descalabrao, seguro que en cuanto se le presente la ocasión echa un kiki”.
    Y es que somos como niños ¿Verdad?
    Y no sé ni si lo digo por el del kiki o por la de las patatas.

    1. Alicia dice:

      Me he comido un trozo de frase en el principio del primer párrafo. Quería escribir “Como en temas que requieren conocimientos de Historia y estar un poco al día de las tensiones que a lo largo de los tiempos hayan condicionado el cómo son las sociedades actuales en las distintas partes del mundo no estoy puesta”

  4. Andrés dice:

    Hola a todos,

    Muy interesantes todas las aportaciones. Es muy cierto, que ya de entrada, es complejo el definir qué es la felicidad. Para cada uno de nosotros, parece que será algo diferente, sea material o no, variando de un momento a otro de la vida.

    Parece que el origen del problema está relacionado con esta confusión a nivel personal que todos tenemos y por ende, nuestra sociedad también. Vivimos, trabajamos, descansamos, ahorramos y todo para conseguir eso que cada uno define como felicidad, o aquello que nos han dicho social o tradicionalmente que me aportará felicidad.

    ¿Pero existe algo concreto a lo cual llamar felicidad o algún requisito mínimo? Para responder a esta pregunta, tal vez deberemos recurrir a la ciencia básica y a lo que nos ha aportado a lo largo de las últimas décadas de investigación. Entonces, podemos asumir que la mente está relacionada con el funcionamiento del cerebro, por lo que parece que entendiendo la forma en que el cerebro humano evolucionó, ello nos puede arrojar algo de luz al respecto.
    Sin que sirva de anuncio comercial, podéis ver un libro que escribí que trata dichos temas (ver vínculo en https://www.amazon.es/%C2%A1ATENCION-Felicidad-Adentro-aventura-descubrirnos-ebook/dp/B013ILD7KM), el cual también distribuyo de forma gratuita.

    Parecemos ser una sociedad y personas capaces de entender intelectualmente algo de manera muy profunda, pero no tenemos mucha idea de cómo llevarlo a la práctica. Para cambiar en la práctica, debemos abordar los condicionamientos conductuales existentes.

    Es similar a un médico que haya estudiado por décadas el funcionamiento del cuerpo humano, y sin embargo será fumador. El regular dicha conducta nociva va más allá de la adquisición de conocimientos. Lo mismo nos pasa como sociedad y personas; vamos entendiendo que la felicidad es algo que no es sólo adquirir cosas o convertirme en alguien, pero tenemos rutinas aprendidas en diferentes niveles que no sabemos cómo regular. Dichas rutinas manejan gran parte de nuestro actuar e interpretar psicológico del mundo.

    Un saludo,

  5. Loli dice:

    Felicidad, ¿no está ligada al movimiento?.

    Cuando el horizonte está totalmente definido (aunque sea una apariencia), ¿dónde queda la posibilidad de la “sorpresa?.

    Cuando a una sociedad se nos convence de que las claves que aseguran nuestra felicidad, pasa por delegarlas, dejarlas en mano de una estructura llamada Estado, sin ni siquiera ofrecernos la oportunidad de indagar en lo que encierra esa palabra tan manida en los mensajes “publicitarios”.

    Cuando, al mismo tiempo, se vincula ser feliz a la posesión de bienes (de cualquier naturaleza), se fomenta la “necesidad”, y aparece el “consumo”.

    Pero el consumo se vuelve incompatible con la motivación de descubrir, a lo mejor, porque, entre otras cosas, poco a poco, la capacidad que lleva a la emoción de descubrir nueva información, o nuevas “formaciones”, conceptos insospechados, se va olvidando, o se van atrofiando las habilidades, o quizás, también, los sentidos, protagonistas necesarios en esa acción, saturados por experiencias ajenas, pero no vividas.

    Esa terrible sensación de “tierra yerma”, donde ya no hay nada que no esté inventado, catalogado y puesto a disposición de ser acumulado como un bien más, consumidos éstos “bienes” de manera muy parecida a una depredación, y “desperdiciados” luego al no tener una finalidad dinámica de aportar nuevos caminos, parece ser uno de los pilares de nuestros modelos sociales de “bienestar”.

    Y cuando se convence a un pueblo de que no hay ya nada más allá de lo que ese modelo de vida, pueda aportarle, también se le está robando la posibilidad de la alegría, una situación que seguramente tiene su principal raíz en la experiencia del “descubrimiento”.

    Y si la alegría es un impulso, y si la felicidad está ligada al movimiento y a la emotividad, y nos encontramos en un escenario donde ambas cosas están reguladas, constreñidas, abocadas a la inmovilidad, entonces puede hacer su aparición una “inercia” insoportable para el “alma”.

    ¿Nos extraña que no se quiera profundizar en ese elevado número de suicidios de las sociedades “avanzadas”

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