Durante los años ochenta y noventa del pasado siglo, en España, al igual que en el resto de países de nuestro entorno, se suceden los jóvenes que rechazan la llamada a filas, apelando a razones de conciencia. Al final, el abrumador número de estos, obliga al Gobierno de turno a preparar la desaparición del servicio militar, que se hizo efectiva en el año 1996.

Pero, por otro lado, sorprende que los movimientos políticos y sociales se vinculen tanto con la ciudadanía en términos de militancia. Tras los esfuerzos por eliminar el servicio militar obligatorio, más de dos décadas después de muerto su principal representante, seguimos imbuidos de un espíritu similar. Sigue habiendo instrucción, maniobras, guardias y hasta desfiles en un tono, que pese a la apariencia de diferente, encierra un discurrir demasiado parecido. Es como si en la libertad de conciencia solo consistiera en poder elegir el ejército en el que alistarse.

Se puede entender que allá por el siglo XIX, en el que la revolución industrial trató de utilizar la mano de obra como si se estuviera en la época feudal, los obreros se agruparan en colectivos y sindicatos para frenar estos y otros abusos. Ahora, mires por donde mires, te cuesta encontrar un “obrero” en el entorno cercano. Los obreros están en China, en India o en Bangladesh -aunque dudo que se sientan así-, pero muy pocos en Europa, aunque prevalece una actitud de partida en la que las asociaciones siguen considerando a sus afiliados como “militantes”.

La izquierda, que no se ha recuperado del shock dejado por el hundimiento del comunismo real, continúa huérfana en pos de ideales, que siempre topan con la crudeza de los mecanismos económicos capitalistas. Y es que el capitalismo no es más que la organización sistemática de los vectores psicológicos en términos de economía y de relaciones sociales. Es decir, todo un sistema de funcionamiento de carácter eminentemente egoísta, que se apoya en unos mecanismos internos asentados en la naturaleza humana. Y el comunismo no lo es, o no lo fue. Y el gran error que cometió consistió en eso, en querer instaurar un modelo sin una transformación real de las personas a las que iba dirigido, instaurándolo desde formas dictatoriales y una nueva clase social (dictadura del proletariado).

En otros términos, el comunismo necesitaba de militancia, o lo que es lo mismo, de grandes masas de ciudadanos que asumieran desde fuera el modelo creado, sin que se hubiera realizado el recorrido que exigía un sistema así, y al capitalismo, en cambio, no le cuesta encontrar usuarios, que es lo único que necesita.

Seguramente la superación del capitalismo no está por esa vía. Porque la superación del capitalismo, como se empieza a demostrar tibiamente, está en la toma de conciencia personal del absurdo de la acumulación de propiedades, como fórmula para vencer el terror que genera la incertidumbre del futuro, como paso previo a vencer el vértigo de la existencia, lo que supone una transformación real en términos de transcendencia.

De la misma manera que la concepción del obrero está desfasada, respecto a la  del ciudadano acomodado de la clase media, la idea de la militancia choca de frente contra el espíritu de la libertad de pensamiento. Y esta libertad, ahora paradójicamente caracterizada por la ciencia, tiene sus propios postulados. Frente a los dogmas característicos de la primera, la constatación y evidencia experimental de la segunda; frente a los cuerpos doctrinales de los militantes, la interrelación multidisciplinar en las que están insertos los librepensadores, y frente a los estereotipos de la militancia la sucesión de prototipos con los que la ciencia nos nutre sin cesar.

La militancia social ha llegado a invadir esferas que nunca hubiéramos pensado que se vieran abocadas a ella. El mundo de la cultura, e incluso de la intelectualidad, otrora vanguardia de la oposición al poder, fuera cual fuera este, cuando no le vemos como aliado directo de este, lo está en franca coalición. Y los artistas, aceptando que su territorio es solo la variante fenomenológica de la mente terrenal  y renunciando a la transcendencia, son cómplices por omisión por matar a la Muerte. Debidamente arropados por la impostura de la subversión autodestructiva, en realidad no hacen sino lanzar proclamas variopintas del vacuo discurso reinante.

Una vez más el terreno de lo social, especialmente en el campo de la política, se queda varios siglos atrás de los sectores más punteros de nuestra sociedad, demostrando con ello que ni sus estructuras, ni sus ideales, ni sus líderes, ni sus filias y sus fobias, ni el manejo que hacen del poder concedido, ni casi nada de lo que emana de ellas, nos es útil ni necesario, y que más nos valdría a todos que fuéramos pensando en un sistema que sustituyera definitivamente a esta caterva de decimonónicos trasnochados.

Militantes de género, militantes de barrio, militantes culturales, militantes de redes sociales, militantes de marcas de moda, militantes de abortos, militantes de sexo y militantes de cadenas de televisión. Hemos dejado atrás la militancia religiosa y la militar, para llegar a la paradoja de que la Libertad solo es un simple cambio de ejército… y nuestra conciencia sin nada que objetar.

5 comentarios

5 Respuestas a “La milicia obligatoria”

  1. Gema. dice:

    Este año toca leer-te…uff- Qué trabajo..en su fondo y forma..el artículo..
    De lectura obligada, casi-como la mili de antaño..
    El Sabina tiene que ver con sus canciones: “pasando de Pili, pasando de mili..pasándolo bien..”

  2. Alberto Donaire dice:

    No hay duda, prácticamente todos y cada uno de nosotros somos en mayor o menor medida borregos militantes convencidos de un sin fin de obviedades baratas y además obsoletas que llamamos nuestras opiniones. Obedientes y enajenados ciudadanos que cada día nos afanamos en el cumplimiento de una vocación de sumisión y servicio a los intereses de un poder centrípeto que a cambio de nuestra entrega nos nutre de más y más enajenación en la que ahogar nuestro cada vez más débil sentido de la responsabilidad hacia el hecho de haber nacido. Marchamos al trabajo o a la cola del paro, a la cola de hacienda o a la de la caja del centro comercial, a la cabalgata o al veraneo, al museo o a las urnas en formación, marcando el paso y con la imaginación crucificada en la pantalla del móvil.
    Gracias por este magnífico artículo.

  3. Alberto Donaire dice:

    Diógenes andaba por las calles, a plena luz del día, llevando un candil encendido que levantaba buscando un hombre honesto. Y parece que ni siquiera entre los más virtuosos ciudadanos lograba fácilmente encontrar uno.

  4. Alberto Donaire dice:

    Y es que puede que muchas veces, acaso la mayoría de las veces que obedecemos, nuestra obediencia no sea un acto de honestidad sino de indecencia, cuando menos estética.

  5. ariel dice:

    Sr. Carlos Peiro, su articulo lo comencé a leer con dificultad pero acabe disfrutándolo. Acerca del principio, donde usted antepone Capitalismo vs. Comunismo, le indico una corrección que debe ser analizada antes de seguir. El comunismo no ofrecio nunca una verdadera alternativa al capitalismo. el Comunismo tal y como lo hemos conocido tiene: Sociedad jerarquizada, sistema financiero, ejercitos, prisiones, propiedad, educacion manipulada, politicos, fraude, bancos, etc… todas estas caracteristicas fundamentales del capitalismo. El comunismo simplemente fue un cambio de la clase dominante y del modelo de produccion, de la propiedad privada al monopolio de estado (paso este evidentemente retrogrado pero esperable ya que los rusos pasaron casi directamente de un sistema feudal a uno “comunista”. Por otro lado, se refiere usted a la naturaleza humana como si eso fuese algo mas que el unico instinto innato: sobrevivir. Lo unico otro que es achacable a la naturaleza humana es la curiosidad. Todos los demas elementos que se han considerado tradicionalmente como parte de la naturaleza humana no son mas que condicionantes del entorno socio cultural. Luego hay una parte del articulo donde usted hace un giro que ya me gana, y es precisamente cuando se refiere a lo obsoleto del modelo actual. Yo he visto a muchas personas hablando de actualizar el modelo de democracia, actualizar la constitucion, actualizar o regenerar la politica. En pleno siglo XXI, estoy plenamente de acuerdo con usted: lo que hay que cambiar es la sociedad entera, los valores y paradigmas, los dogmas y las certezas por una manera cientifica de organizarnos y vivir. donde la escasez ficticia en que vivimos desaparezca y todos los seres humanos tengamos nuestras necesidades materiales basicas cubiertas y una educacion relevante (aqui no valen los catequismos religiosos ni de izquierda/derecha). SOlo asi sera posible que la humanidad trabaje junta para lograr un desarrollo en armonia con la naturaleza y nuestro planeta. Un saludo.

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